Miércoles, 2 de Diciembre de 2020
<<A la búsqueda de esa hora futura en la que la libertad sea protagonismo de los ciudadanos>>
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28/10/2020

Tribulación y pandemia. Lectura existencial/espiritual de un filósofo


por Carlos Díaz


1. La lección más perversa que me enseña esta gran desolación

A todos nos ha atacado por la espalda la puñalada trasera, algo o alguien conspiraba para matarnos sin dar la cara: iba a por mí sin que yo pudiese negociar con él a fin de postergar su homicidio, así piensa la gente. Esta histeria contra la muerte, esta recopilación de aplausos a la hora taurina de las cinco en punto de la tarde para aplacar la Parca, explica la reagrupación de la manada para defenderse en círculo con las patas traseras contra el animal asesino.

Los creyentes han demostrado que quieren a toda costa no ver a Dios tan pronto, y los no creyentes no verse expulsados antes de tiempo del cierre de las persianas chirriantes de los grandes almacenes, que es donde verdaderamente mora para ellos lo sagrado. A mí, haber visto cómo la gente está apegada a la vida como la estampilla al sobre me ha sorprendido más de la cuenta, a pesar de mi provecta edad. Quizá haya sido la lección más grande que me ha dado esta gran tribulación: ver cómo vivimos como si hubiésemos adquirido el derecho a vivir con garantía de no caducidad, pero sin asumir el deber de plantarle cara a la muerte, Este ansia sólo la había visto en un cenotafio griego en cuya lápida se leía: Zeus inmortal. Claro que el temor a morir tan propio del humano que también se cree Zeus inmortal se agudiza entre quienes han tenido y tienen miedo a vivir, mientras que aquellas personas que han sabido ser más felices suelen ser también más agradecidas por la vida que va a concluir. En una época de seguros y de reaseguros eso vende, aunque la única diferencia sea que el féretro del rico pesa más y es más vistoso aunque al instante sea enterrado, metido en tierra, regresado a su propio humus.

Además, dígase lo que se diga, soto voce muchos se han alegrado de que los virus se vayan llevado sobre todo por delante a los más viejos: ¿te imaginas cuánto dinero vamos a ahorrarnos de los que hubieran sido destinados para mantener tanto caquéctico que no terminaba de morir? Menos pensiones a pagar a los ancianos, se va a notar. Esta crisis habrá servido de eutanasia limpia, porque el trabajo sucio lo habrán hecho los virus. A viejo muerto, joven puesto, creen los muy pillos, aunque yerren.

Así que, en cuanto salga la vacuna que está al caer, podremos en breve volver a comprar a plazos las mismas chucherías con nuestras doradas tarjetas Visa (en latín, las cosas vistas) ¡habíamos dejado de comprar durante una larguísima e insoportabilísima cuarentena de cuarentenas para resurgir del Orco, resistiremos, es decir, re-existiremos, venga a nosotros el círculo del eterno retorno de lo eterno! Esto quiere decir que en lugar de muerte habremos tenido reencarnación. Hemos descubierto que en realidad no estábamos tan mal. Qué ingratos éramos a pesar de tanta bronca, pues lo que realmente nos encanta es volver al mismo menú de antes, regresar al redil del conformismo agradecido. Qué buenos son los hermanos regidores, qué buenos son que nos llevan de excursión: tres hurras por el Inserso, que ya incluso nos mete la sopita en la boca desdentada. Al menos ahora sabemos que éramos unos mentirosos de copete cuando nos quejábamos de lo que tan denodadamente queremos recuperar, virgencita que me quede como estoy. Incluso los sedicentes revolucionarios mentían cada vez que abrían el pico.

Los pobres seguirán siendo pobres, más aún si cabe que antes, y los ricos seguiremos siendo más ricos comparativamente, si también cabe. Ninguna simpatía nos queda, pues, para la menor revolución, evolución, o reforvolución, a vivir, que son dos días. Nosotros los humanes, incluidos los orangutanes, no tenemos en nuestras manos la más mínima posibilidad de alterar los designios científicos de Charles Darwin, así que se acabó la voluntad de aventura, todos a bordo del Beagle 1839, nuestra arca de Zoé o Noé con todo el zoológico dentro. El género, menuda especie humana. Se han terminado las molestas utopías morales, las cosas viven y mueren sometidas a una Ananké necesitaría que rige el mundo. Aborregados, los gurús nos guiarán con sus piernitas cruzadas y su fálico lingayat, siguiendo el curso de las estrellas en las cuales todo está al parecer escrito. Se acerca la era de Acuario explicada por la Cienciología, la religión de Hollywood. La crisis vírica ser ha vuelto viral, nos ha dejado muy claro que no hay más cera que la que arde. He ahí también el nihilismo consolado, sólo lo útil vale, sólo el hedonismo tierno de los tenerísimos Bandos del Alcalde. En fin, el nuevo decálogo del amoralismo virtuoso cabalga de nuevo:

1. Tenemos que morir, y esta crisis sanitaria ha demostrado que, si lo sabíamos, no lo creíamos. Siempre se morían ellos, ahora también yo.

2. Nunca antes se había visto tanto pánico a nada. Cuando hablo de pánico, hablo de una inversión absoluta de la objetividad y de una conturbación de la capacidad afectiva de las masas, que han perdido el juicio y la perspectiva. El gallinavirus: todos descabezados corriendo los últimos metros antes de morir.

3. En Europa se ha evidenciado la escasez de recursos intelectuales, ideológicos o religiosos del ciudadano “escolarizado” para afrontar el analfabetismo antropológico y el inmanentismo. Fracaso educativo en toda regla.

         4. El coronavirus ha vuelto a poner de relieve la mentalidad preconvencional de las personas y de las familias (“para mí, para mí y para mi familia”). La gente se tapa como puede y se embozala según prescripción, pero no va a cambiar de hábitos de vida. Yendo yo caliente, ríase la gente

         5. El ansia por pasar de fase en fase hasta la fase final es la playa, el chiringuito, la cerveza, y el regreso al dorado chalé, todo lo que constituye las expectativas hedonistas del burgués y de la burguesía.

         6. La piedad necrofílica se ha adherido a las banderas con crespones luctuosos. Es más fácil llorar a los muertos que luchar contra lo que mata y que compartir el dinero con los empobrecidos.

         7. También se ha puesto de relieve la incapacidad cognitiva para procesar lo que no sean las costumbres rebañegas, por ejemplo, para afrontar la problemática ecológica que todos miran sin horror, como si ya formara parte del habitual paisaje.

         8. El tiempo no cura los virus. Vendrán más virus que matarán más y nos harán más infelices. Te llamarán agorero si les recuerdas que el tiempo no es elástico ni infinito, y que tiene un término, un apocalipsis.

         9. ¿Acaso van a poner el cascabel al gato vírico los apoyos económicos de China, de USA, o de Europa? ¿Abandonarán para ello sus luchas armamentísticas, su perversa polución planetaria, su darwinismo social? La incapacidad crítica de las personas les lleva a aplaudir a quienes arrojan primero la bomba y luego las tiritas y la mercromina para sanar las heridas.

10. Los virus son el rostro visible del caos global de la humanidad y del humanitarismo. No hay peor virus que el ser “humano”[1].

 

2. Los buenistas: pesimistas con esperanza inactiva

Uno de los dos ha cometido el asesinato y yo no he sido: alguien ha sembrado los virus, pero a mí que me registren. Yo no he contagiado a nadie, ¿no querrá usted que me culpabilice por la muerte de algún infectado? Mucha gente no se sostiene en pie sobre la tierra, pero a mí no me mire tan fijamente, nada quiero saber de esos cadáveres, no me los cuelgue, busque usted en otra parte, yo tengo todos los papeles en orden contable. El impostor lo es también en plena pandemia, aunque le ponga palabras bonitas: “Mi único propósito es ese: disfrutar más y quejarme menos. Frases como ‘hemos vivido equivocados, hemos de cambiar nuestra manera de existir, la culpa la tienen los abusos del egoísmo o la falta del respeto a la ecología’ son falsas. No, se trata de una plaga y se acabó. Ha habido plagas desde que los seres humanos tienen memoria y habrá muchas más. Esta en concreto tiene una virulencia brutal, pero también tenemos mucho más medios para enfrentarnos a ella y contrarrestarla. Pero no entiendo eso de en seguida empezar a sacar conclusiones como en la Edad Media, de que es un castigo divino. No puede ser que ahora a los castigos divinos se les llame castigos de la naturaleza. Me parece insoportable que los moralistas vayan repitiendo cosas como que ahora nos enteramos de lo importante que son los otros. Es como si hubiera habido que esperar 21 siglos y una plaga para darnos cuenta de que los otros son importantes. Tras esta crisis se van a producir cambios sociales importantes. Todo lo que ocurre, desde las crisis hasta los embotellamientos de los findes o fines de semana, siempre marca un antes y un después. Cuando era joven estudié en un colegio de curas —aunque no se me note demasiado— y nos llevaban de ejercicios espirituales. Íbamos a un lugar durante cuatro o cinco días y nos daban charlas y meditaciones. La idea era que eso nos ayudara a cambiar de vida. Esta situación se parece un poco. Estamos oyendo a muchos predicadores laicos que quieren salvarnos y nos quieren hacer mejores. Pero yo no pienso cambiar de vida. De hecho, añoro la que tenía. Creo que deberíamos aprender a disfrutarla como era. Mi único propósito es ese: disfrutar más y quejarme menos. Hay cosas sencillas, elementales, como la ternura de una caricia, una palabra amable, un chiste contado a tiempo, la conversación. Todas esas cosas ahora las vamos a valorar más. Y, por supuesto, los paseos, sean al campo, al borde del mar o con amigos en la ciudad... Los desastres naturales no tienen nada de bélico. Nos enfrentamos a algo que no tiene ningún tipo de aprecio o de desprecio por nosotros. Simplemente sigue un proceso de la naturaleza, que es un mecanismo admirable en muchas cosas, pero a la vez implacable. No tiene piedad: destruye y tortura a los seres como ninguna otra cosa. Si tenemos que esperar algo de piedad, es de nuestros semejantes, no de la naturaleza. La vida se hace humana cuando aplicamos la ciencia. Me refiero no solo a las ciencias físicas y la tecnología, sino al conocimiento en general. Toda la desdicha de los hombres se debe a una sola cosa, la de no saber permanecer en reposo en una habitación. Un hombre que tiene lo suficiente para vivir, si supiese quedarse en casa con placer, no saldría de allí más que para embarcarse o para vivir el asedio de una plaza. Si se compra un grado en el ejército a buen precio es porque resulta insoportable no moverse de la ciudad; y si se busca el rato de los demás y las diversiones de los juegos es porque no sabe permanecer en su propia casa placenteramente”[2].

No puedo asumir el gran dolor que los buenistas me producen, porque además de equivocarse estoy seguro de que mienten: no es creíble que haya tanto imbécil que no se dé cuenta de la marcha de nuestro planeta ni de nuestro mundo personal a la deriva. Lo cierto es que no se lucha contra el mal, mientras rebosan los mataderos de corderos, borregos y carneros degollados que todo lo toleran y de este modo lo refuerzan. Hay demasiados muertecitos que cada vez más se ponen de perfil para sobrevivir. Muchos arrodillados asidos únicamente a su instinto de conservación, y muchos premuertos antes de que los maten, viven para huir del morir. Y son precisamente estos hipócritas cómplices los que con su inacción más hacen más por el mal.

Lo peor es que estos desaparecidos para el combate proclaman tener todavía esperanza porque dicen que creen en la bondad de la humanidad, aunque sean eucatastróficos en plena discatástrofe sin aducir argumentos. Creen, tienen fe, tienen esperanza, o así lo dicen, pero no actúan, no alzan la voz, se hacen los locos, no tienen caridad con nadie, abrumados como lo están por el pánico. La vida es para ellos el arte de aferrarse a un clavo ardiendo. Son pesimistas con esperanza inactiva, faquires de la nada. Son pesimistas por su rapidez para decir y por su taruga lentitud para hacer, como si una justicia tardía no fuera una injusticia. Por eso son como son. No digo de ninguna manera que no haya gente admirable, auténticos maestros de humanidad, pero esos son los que sienten más desgarro ante la situación, los que menos se dejan anestesiar y caminan en carne viva. Viva, sí, viva.

Lo propio de las sociedades insanas es que interrumpen y excluyen la comunicación solidaria con todos sus miembros, y a consecuencia de ello alteran su comunicación con los demás. En las sociedades neuróticas quedan bloqueadas algunas partes de sí mismas -inconscientes reprimidas, o negadas a la conciencia social- de manera tal que ellas ya no se comunican entre sí, porque quienes entran en ese infierno han perdido toda esperanza, como Dante en el infierno. Si tienen esperanza, es una esperanza límbica, la de alcanzar el nirvana. Y, si me dieran a elegir entre un buenista con su peculiar “esperanza” y un desesperado activo, elegiría a éste, por su bien: porque a quien presume de lo que no tiene le irá mal, pero a quien no tiene y lucha por tenerlo puede comenzar a abrírsele un claro en el bosque.

Estos meses no he cesado de preguntarme por qué este apego destructivo a la vida: ¿por qué ha aumentado el 26% en los centros de salud europeos el número de personas que están patológicamente enfermos de gravedad por miedo al coronavirus, a veces tan grave que ha llevado a la destrucción de vínculos personales y familiares? Porque una cosa sensata es protegerse y una cosa insensata soñar con que tal o cual riesgo de contagio vírico va a por mí, por lo cual me aíslo absolutamente, a cal y canto, a fin de acorazarme en el bunker de mi salud. Vivir así, con una profilaxis tan espantada, es perder contacto con la vida, por renuncia a la cual se exige el aislamiento e incluso el encierro en una burbuja perfectamente aséptica y sin mezcla alguna de amenaza, a fin de que la vida asesina no mate a la vida sana.

Si volver a la vieja normalidad está significando para muchos volver a lo que siempre fueron, es decir, a la normalidad de su anormalidad, y eso ya no hay quien lo pare cuando la vida se torna bárbara berreando en manada en los estadios de fútbol, en los botellones, en las despedidas de soltero o de soltera, o en simples banquetes de amigos o familiares, qué se le va a hacer, no es mejor sin embargo la nueva normalidad consistente en enfermar de miedo a la vida, la cual seguirá amenazando con eliminarnos. El prolongado hábito de temer la muerte hace que terminemos odiando la vida, forma evidente de círculo vicioso.

Todo esto ¿qué nos está diciendo? He ahí el clamor de fracaso, la incapacidad que la sociedad misma exhibe para educar, es decir, para no pasar de la barbarie ofensiva a la barbarie defensiva. ¡Y todavía andan por ahí los partidos políticos vaciándose entre sí los ojos ciegos como carroñeras aves elaborando nuevos planes de estudios sin enterarse de que huelen y no a ámbar, amigo Sancho! Puede corregirse un temor con otro, pero ese miedo al morir con nada puede contrarrestarse, pues quien lo padece hace rato que está premuerto y casi RIP.

El miedo a la locura enloquece, “su aspecto aterrador proviene de que percibimos en su presentimiento una disipación total, una pérdida irremediablemente para nuestra vida. La locura nos hace perder todo lo que nos individualiza en el universo, nuestra perspectiva propia, el cariz particular de nuestro espíritu. De ahí que, aunque sea persistente y esencial, el miedo a la muerte resulte menos extraño que el miedo a la locura, en la cual nuestra semipresencia es un factor de inquietud mucho más complejo que el terror orgánico a la ausencia total experimentada en la nada, es decir, en la muerte. ¿No sería la locura una manera de evitar las miserias de la vida? El presentimiento de la locura va acompañado del miedo a la lucidez durante la locura, el miedo al regreso a sí mismo, en los que la intuición del desastre podría engendrar una locura aún mayor.

Exceso del mal, angustia químicamente pura, he ahí la estructura disipativa de la locura. La persona enferma se desploma y ya deja de producir la tensión necesaria como para buscar la salida, mientras la persona sana hace virtud del miedo al vacío y unifica desde las grietas de sus miedos y de sus carencias la existencia uniendo aquello que la separa, o sea, sacando fuerzas de flaqueza. Podríamos decir que de este modo reproduce la newtoniana ley de la gravitación universal que une a los planetas por la fuerza misma que los separa y de este modo el centro de gravedad de aquellos deviene a la vez su centro de salud. Menos por menos, más. Cuando no se afronta de ese modo el mal no cabe sino vivir disparatadamente, alocadamente, descontroladamente, al modo de las estructuras disipativas: “Me gustaría perder el juicio con una sola condición: tener la certeza de ser un loco jovial, sin problemas ni obsesiones, jocoso durante todo el día”[3].

 

3. Protréptico

Con ática elegancia, y como elemento esencial en la paideia, enseñaba el estoico Epícteto: “La muerte está frente a tus ojos cada día, y no tendrás nunca un pensamiento rastrero ni una pasión excesiva”. También Séneca lo predicaba: filosofar es aprender a morir. Esta actitud fue en buena medida compartida por el cristianismo de los primeros siglos, y así san Basilio, apodado el Grande, escribe: “Nosotros, hijos míos, no damos ningún valor a esta vida terrena ni consideramos ni llamamos un bien a lo que muestra utilidad solamente para esta vida. Ni el brillo del nacimiento, ni la fuerza física, ni la belleza, ni el tamaño, ni los homenajes de todo el mundo, ni la misma realeza, ni todo lo que se llamaría humano, nada de esto es grande ni aun deseable según nuestra opinión, y aquellos que lo poseen no causan en absoluto nuestra admiración. Nosotros llevamos más lejos nuestra esperanza y cumplimos todas nuestras acciones para prepararnos otra vida. Decimos que hay que amar y buscar con todas nuestras fuerzas lo que nos sirve para aquella vida y despreciamos como no valioso lo que a ella no conduce”.

La tarea de enseñar a vivir no es la de llenarla de pánico, sino la de llenar de vida al propio pánico rompiendo los barrotes de su jaula de muerte, es decir, llenando de luz y fecundidad cada rincón oscuro de la existencia supuestamente amenazada. Como terapeuta durante los últimos años, sobre todo en países muy empobrecidos, hasta hoy siempre he comprobado que los más miedosos han sido los más infecundos y estériles, aquellos cuya vida ha sido peor realizada. Como si en el fondo fuera una misma cosa ser colocado en la cuna o en el ataúd, repiten con la Tristitia de Ovidio: quocumque aspicio, nihil est nisi mortis imago, allí donde miro sólo veo imagen de muerte. Porque la muerte no solamente viene de fuera, sino del interior de quien está muerto de miedo. Por eso no me gusta la terapia de la autocompasión, sino la de la lucha. En último extremo, sólo para quien lucha tiene sentido morir.

Y una reflexión protréptica o exhortativa: eduquen a sus hijos, a sus alumnos, a sus amigos, a sí mismos en la fecundidad existencial, abandonen tanto proteccionismo sin que eso signifique descuido, dediquen sus días a agradecer la vida, y no a poner una vela al final de sus jornadas como réquiem por el día que pasó. Que pasó y no ha sido. No deberíamos robar a los vivientes el amor con que acompañamos a los muertos cuando los enterramos. Tenemos la obligación de ser mejores que nuestros muertos. Tenemos la obligación de vivificarles dando vida a los vivos. Fin del duelo.

“¡Cuánto me gustaría que todas las personas ocupadas o investidas de una misión, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, seres superficiales o serios, alegres o tristes, abandonasen un buen día sus tareas, renunciando a todo deber u obligación, y saliesen a pasear a la calle cesando toda actividad! Todos esos imbéciles que trabajan sin motivo o se complacen en su contribución al bien de la humanidad, ajetreándose -víctimas de la ilusión más funesta- para las generaciones futuras, se vengarían entonces de la mediocridad de una vida nula y estéril, de ese absurdo derroche de energía tan ajeno al progreso espiritual. ¡Cómo saborearía yo esos instantes en los que ya nadie se dejaría embaucar por un ideal ni seducir por ninguna de las satisfacciones que ofrece la vida, esos momentos en los que toda resignación sería ilusoria, en que los límites de una vida normal estallarían definitivamente! Que todos los ideales sean declarados nulos; las creencias, bagatelas; el arte, una mentira, y la filosofía. Pura chirigota. Ojalá torbellinos de llamas se eleven con un ímpetu salvaje e invadan el mundo entero para que el menor ser vivo sepa que el final está cerca. Ojalá toda forma se vuelva informe y el caos devore en un vértigo universal todo lo que en este mundo posee estructura y consistencia. Que todo sea estrépito demente, estertor colosal, terror y explosión, seguidos de un silencio eterno. ¡Marcha atrás hacia el caos inicial, retorno a la confusión primordial! ¡Lancémonos hacia el torbellino interior a la aparición de las formas! Que nuestros sentidos palpiten gracias a ese esfuerzo, a esa demencia, a ese arrebato, a esos abismos. Que desaparezca todo lo que existe para que en esa confusión y en ese desequilibrio podamos alcanzar plenamente el vértigo total, remontándonos desde el cosmos hasta el caos, desde la naturaleza hasta la indivisión original, desde la forma hasta el torbellino. La evolución: un apocalipsis invertido, pero brotando de las mismas aspiraciones. Porque nadie desea el regreso al caos si no ha experimentado plenamente los vértigos del apocalipsis. Qué inmensos son mi terror y mi alegría cuando imagino que soy atrapado bruscamente por el tumulto del caos primigenio, por su confusión y su paradójica geometría -la única geometría caótica, sin excelencia formal ni de sentido. El vértigo, sin embargo, aspira a la forma, de la misma manera que el caos posee virtualidades cósmicas. Me gustaría vivir en el comienzo del mundo, en el torbellino demoniaco de las turbulencias primordiales: que nada de lo que en mí es veleidad de forma se realizase, que todo vibrase con un estremecimiento primitivo, como un despertar de la nada. Yo sólo puedo vivir en el comienzo o en el fin del mundo. Los seres que gozan de buena salud no poseen ni la experiencia de la agonía ni la sensación de la muerte. Su vida se desarrolla como si tuviera un carácter definitivo. Es característico de las personas normales considerar la muerte como algo que procede del exterior, y no como una fatalidad inherente al ser… La vida como agonía prolongada y camino hacia la muerte no es sino una versión suplementaria de la dialéctica demoniaca que la obliga a engendrar forma que ella destruye. La multiplicidad de las formas vitales engendra una dinámica demente en la que únicamente se reconoce el diabolismo del devenir y de la destrucción. La irracionalidad de la vida se muestra en ese desbordamiento de formas y de contenidos, en esa frenética tentación de renovar los aspectos desgastados. Una especie de felicidad podría obtener quien se entregase a ese devenir dedicándose, más allá de toda problemática torturadora, a saborear todas las potencialidades del instante, sin la perpetua confrontación relevadora de una relatividad insuperable” ”[4].

Hasta aquí Ciorán, con el cual concuerdo en que “el hecho de que la sensación de la muerte sólo aparezca cuando la vida es trastornada en sus profundidades prueba de una manera evidente la inmanencia de la muerte en la vida”. En casi todo lo demás discrepo. No es cierto que las personas sanas sean las que viven diabólicamente. Diabólico es lo que separa, antítesis por tanto de lo simbólico, es decir, de lo que une. Una vida no realizada ha de resultar más pronto que tarde diabólica, y en última determinación esquizofrénica, escindida de todos y enemistada consigo misma. Lo vital no es verdadero porque separe, eso pertenece a lo enfermizo. Ciorán coloca la carreta de su pesimismo metafísico delante de los bueyes y de este modo, después de afirmar a carretadas ese su pesimismo, obliga a los bueyes entorpecidos por la carreta a que aren con surcos torcidos. En mi opinión, puede ser que al depresivo su proceso de interiorización le revele una región en la cual vida y muerte se hallan indisolublemente unidas, pero eso no es propiedad exclusiva del deprimido, todos los hombres son mortales, Sócrates es hombre, luego Sócrates tiene que morir, moriri habemus, con o sin depresión. Moriri, del verbo latino morior, tiene voz pasiva y significación activa, poniendo de este modo perfectamente de relieve que no ha de traducirse el moriri habemus por todos tenemos que ser destripados y acabar mal muertos, sino lisa y llanamente, nos guste o no nos guste, velis nolis, que tenemos que morir.

Y, añado, que más valer morir con honra que vivir con vilipendio. Es precisamente el temple de ánimo con el que se muere y con el que se vive el que diferencia al depresivo del que no lo es o no lo está. La realidad es, lisa y llanamente, que unas personas aran derecho con líneas derechas, otras derecho con líneas torcidas, otras torcido con líneas derechas que no conducen a parte alguna, y otras torcidamente siempre. Si a mí me dieran a elegir entre existir como lo hacen los animales “sanos” y despreocupados (y así también muchas gentes), o como un ser personal que sabe que va a vivir sufriendo tensiones y después muriendo yo elegiría esto último. Porque un perro que muere y no sabe que muere, que vive y no sabe que vive, yo no quisiera serlo: no quisiera que el mío fuese un mondo cane. Al perro lo que es del perro. Sólo los verdaderos enfermos, aquellos que conocen su infirmitas o carencia de firmeza, son los capaces de seriedad auténtica, de dar la cara, de no renunciar en lo más íntimo de sí mismos a las revelaciones metafísicas más allá de las físicas, a cambio de un amor cándido o una voluptuosa inconsciencia. Toda enfermedad implica heroísmo, un heroísmo de la resistencia, y no de la conquista, que se manifiesta a través de la voluntad de mantenerse en las posiciones perdidas de la vida”[5].

La depresión es la ausencia de fortaleza tanto para resistir como para contrarrestar. No sólo la psicología, sino también la actitud virtuosa le otorga una fuerza básica para salir de la oscura depresión. Todo individuo que se plantee seriamente el problema de la muerte no podrá por menos de sentir miedo, eso resulta inevitable, pero -aunque nos tiemblen las piernas- podemos sostenernos sobre ellas haciendo lo suficientemente al menos por no huir. Que nos tiemblen es normal, que nos tiemblen donde nos tengan que temblar es valiente; que nos tiemblen donde nos tengan que temblar sin renunciar a los ideales y trabajando por ellos es heroico. Sin ese aferrarse a una esperanza o a una realidad salvadora, a veces uno se hunde en el vacío del ser que habita el ser sin serlo. Sin ello, las formas y las categorías abstractas aparecen ante la muerte como insignificantes, mientras que su pretensión de universalidad se vuelve ilusoria frente al proceso de aniquilación irremediablemente devorador.

En esta situación, muchos se vuelven escépticos radicales, incluso nihilistas absolutos, pues preferirían la nada antes que el ser que irremediablemente muere. Del mismo modo, otros muchos se han declarado ateos a lo largo de la historia porque han temido a un Dios juzgador que hubiera podido poner de relieve las estructuras de pecado que ellos mismos han descubierto al tiempo que ocultado celosamente en sus propias vidas. El miedo a la muerte no afrontada neurotiza tanto como el miedo a la vida más allá de la muerte. Pero, si no hay salvación ni en la existencia ni en la nada, ¡que revienten entonces este mundo y sus leyes eternas! Cuando la fatiga nos hace vivir por debajo del nivel normal, y ni siquiera nos concede ya un presentimiento de las fuerzas vitales que aún nos quedan, entonces se hace acopio de la última capacidad de afirmación, pero con carácter implosivo: ¡que se vaya todo a la mierda, la mía incluida! El desapego progresivo de todo lo que es concreto e individualizado te ha llevado a apegarte, pero la mirada melancólica hasta la muerte ha devenido de todo punto inexpresiva cuando se concibe sin la perspectiva de lo ilimitado.

“Para ser psicólogo, dice Ciorán, hay que conocer suficientemente la desgracia a fin de comprender la felicidad, y poseer el suficiente refinamiento para poder convertirse en un bárbaro; para ejercer la psicología se necesita una desesperación lo bastante profunda para no distinguir ya si se vive en el desierto o en las llamas. Proteiforme, tan centrípeto como centrífugo, nuestro éxtasis deberá ser estético, sexual, religioso y perverso”[6]. Cierto lo primero, falso lo segundo. Quita a un ser humano las ilusiones de su vida y le mandas al manicomio, psicólogo: un paso más allá del entusiasmo y se cae en el fanatismo, otro paso más y se llega a la locura. Para ser psicólogo lo que hace falta es inteligencia emocional y mucho sacrificio. Ese pandémico pánico a morir demuestra que la inmensa mayoría de la población necesita ser reeducada en la vida, y nunca es tarde. Es imprescindible más inteligencia emocional, disminuir la toxicidad de la histeria contagiosa, para que mueran menos. La muerte no es morir, morir se acaba.

De nuevo Ciorán: “Tengo la clara certeza de haber concentrado en mí todo el sufrimiento de este mundo y de poseer el derecho a su gozo exclusivo, y ello a pesar de que constato sufrimientos aún más atroces, que se puede morir perdiendo trozos de carne, que se puede desintegrar uno ante sus propios ojos. Hay sufrimientos monstruosos, criminales, inaccesibles”[7]. Quien vive sin locura no es tan cuerdo como cree, pero quien tiene el monopolio de la locura es el más cuerdo. Además, con las cosas atinentes al sufrimiento no se juega. El sufrimiento deforma tanto, que incluso el miedo al sufrimiento puede matar el alma. Jamás locura alguna me hará reírme de la locura. Un hombrecillo asustado por una musaraña de campo puede padecer la misma angustia que un gladiador circense frente a un retiario gigantesco. Nada tan poderoso como el poder del miedo, nada tan contagioso, pero aterrador, dejándonos sin tierra bajo los pies.

Por otra parte, es más locura el que un cuerdo siga a un loco, que un loco siga sus propias locuras. Precisamente porque está loco, el loco suele contradecirse y dejar a medias sus proyectos, aunque sea para pasarse a otros aún más locos. Si el hábito de la cordura envejece, el de la locura rejuvenece, como dejó dicho Erasmo de Rotterdam: ¡hay que ver la fuerza con que se resiste un loco a ser reducido! Cuando el miedo es paranoico incendia con su tea de miedo al mundo entero. Un paranoico bien entrenado puede incendiar una megalópolis con una cerilla, siendo su lema “antes quemar que ser quemado”.

 

4. La necesidad espiritual de sentido en el ser humano

 “En los campos de concentración se vive bajo una profunda apatía, especie de mecanismo con que uno se rodea y protege a sí mismo. Se produce lo que ciertos observadores consideran como una regresión al primitivismo. Los intereses de la persona se concentran en las necesidades más elementales y más apremiantes. Todo lo que rebasa de los problemas actualísimos del puro instinto vital de la propia conservación llega a carecer de todo valor. Y esta tendencia creciente y cada vez más extensa de desvalorización se traduce en la frase más corriente entre cuantas se oían en los campos de concentración: Todo es una mierda. Los intereses superiores quedan postergados durante la reclusión en el campo, y el recluso va hundiéndose culturalmente en una especie de sueño invernal”[8]. Pero ¿es todo “una mierda”? Todo radica en la singularidad de cada uno de los seres humanos, el sentido de la vida se realiza en el ser propio de cada cual. Por excelentes que fueran los valores heredados de la sociedad, de los padres, o de Dios, cada persona debe ratificarlos, hacerlos suyos, pues una herencia que no se reactualiza se endurece, se enfría y se pierde; sin un esfuerzo de apropiación personal no se produce empoderamiento alguno, en ese último sentido siempre estamos solos, cada quien tiene que vivir su propia muerte aunque esté tan acompañado de deudos y seres queridos como Sócrates según lo relata la Apología de su discípulo Platón. Vida y muerte hemos de vivirlas en una soledad, aunque se trate de una soledad acompañada.

        El sentido del sentido, the meaning of meaning puede variar a lo largo de la vida, y a veces bastan unos pocos segundos para que la existencia de un vuelco total; el sentido va vinculado a un siempre por la mediación del antes y del después, y en ambos casos el sujeto ha de estar al pie del cañón. Para no pocos el mundo huele mal y esa desesperación los enfrenta a la decisión del suicidio de balance”, por cuanto resulta de un balance de vida negativo, compara haber con debe, contrapone lo que la vida le debe y lo que él cree poder alcanzar todavía en la vida, y el balance negativo que ve en esa comparación le mueve al suicidio. Pero tal vez alguien objete que concede que el suicidio sea un hecho absurdo, pero que quizás la vida llegue a carecer de sentido simplemente a la vista del mero hecho de la muerte natural que se le presenta a todo ser humano y nada hay en absoluto de perdurable. Respondemos a esta objeción dándole la vuelta; preguntémonos: ¿qué pasaría si nosotros fuéramos inmortales? Si fuésemos inmortales podríamos aplazarlo absolutamente todo, pues nunca se daría el caso de tener que hacer algo ahora, o mañana, o pasado mañana, o dentro de un año, o dentro de cien años, o cuando fuere: ya habría tiempo para ello, siempre tendríamos tiempo, infinitamente mucho tiempo. Por el contrario, el hecho de que seamos mortales, de que nuestra vida se acabe, de que nuestro tiempo esté limitado y de que todas las posibilidades también lo estén permite con sentido pleno el emprender algo, el utilizar una posibilidad de sacar provecho y de convertirlo en fértil. Por otra parte, y aceptando que los suicidas también encuentran sentido en el sinsentido de suicidarse, ¿cómo distinguir entre el sentido y el sinsentido? Estos inconvenientes, de otra parte, se deben a la indefinición de lo que sea el sentido: si el sentido es subjetivo, ¿también las personas superficiales que ponen su vida en la peluquería?     

        La logoterapia pretende ayudar a la persona a ponerse en disposición de encontrar su sentido existencial y los valores que dimanan de aquel. El terapeuta no propone ni proporciona una cosmovisión o un sistema axiológico al paciente. El terapeuta no impone nada, se contrapone así al dogmatismo mecanicista de otras orientaciones psicológicas que pretendían poder sanar entendiendo el psiquismo como un mecanismo estropeado al que era suficiente aplicarle la técnica adecuada. En logoterapia, la tarea del terapeuta será la de acompañar a la persona para que éste mismo obtenga un despertar sobre sí mismo. Por eso, no se considera a la persona un ‘paciente’ sino un agente de su propia sanación, un interlocutor en el viaje hacia el propio sentido. Y esto se lleva a cabo a través del encuentro con el otro doliente. Inspirado por Buber, repite Frankl que el encuentro entre personas es lo que propicia la salud: el cambio sólo puede surgir de la experiencia adquirida en una relación.

        Si un individuo no tiene que enfrentarse con misiones que cumplir y evita la tensión específicamente despertada por dichas misiones, se establecerá un determinado tipo de neurosis, la neurosis noogénica: “No hace más de un año que los hombres del campo de concentración se encontraban cavando zanjas y matándose para abrir con pico y pala el suelo helado, de forma tal que al hacerlo saltaban las chispas. Y, cuando el centinela de guardia se alejaba del grupo y, ya por un rato sin vigilancia, dejábamos reposar las palas y los picos entre nuestras manos desnudas, entonces daban comienzo allá afuera los diálogos entre estos hombres que se encontraban en el destacamento exterior, esos diálogos al pie de obra que giraban una y otra vez con desapacible automatismo anímico en torno al mismo asunto: el tragar. Precisamente al pie de la zanja se intercambiaban ellos recetas de cocina y menús culinarios preguntándose uno al otro por sus comidas favoritas o llenándose la cabeza con fantasías respecto a sus bocados exquisitos, esmerándose incluso en describir aquello a lo que se invitarían a comer unos a otros y a lo que se agasajarían entre sí tras la liberación del campo de concentración. Sin embargo, los mejores entre ellos no deseaban ese día de la liberación para abandonarse al goce de los placeres culinarios, sino por un  motivo completamente diferente: para que finalmente cesara aquella situación de indignidad humana absoluta en la cual no se podía hacer otra cosa que pensar simplemente en tragar, esa situación en la cual no se puede pensar otra cosa a no ser en si falta un cuarto de hora o media hora para las diez de la mañana antes del mediodía, o media hora o tres cuartos de hora para las doce, y cuántas horas han  de pasar todavía en aquella zanja con este estómago vacío hasta que llegue la breve pausa del medio día, o hasta que al fin adviniese el anochecer y pudiera llevarse a cabo la marcha de regreso al -campo de concentración para, finalmente, recibir en la cocina el cuenco de sopa. ¡Cómo ansiábamos entonces un sufrimiento propiamente humano, problemas propiamente humanos, conflictos propiamente humanos, en lugar de aquellas cuestiones infrahumanas del tragar o del hambrear, del quedarse helado de frío o del dormir, del trabajar como negros o del ser golpeados!”[9].

        La vida tiene un sentido hasta el último aliento. Eso es algo que en cada instante sólo depende de nosotros. Si la vida tiene un sentido, entonces también el sufrimiento debe tenerlo. El ser humano puede sufrir sin estar enfermo, y puede estar enfermo sin sufrir. El sufrimiento una oportunidad auténtica para la vida humana como tal -de la cual forma parte por necesidad-, que en determinadas circunstancias el no sufrir puede ser un indicio de enfermedad. Existen signos patognomónicos de enfermedades anímicas en las cuales el ser humano ¡sufre! por no poder sufrir. Existe, por ejemplo, una forma especial de melancolía que, a diferencia de la habitual, no se manifiesta con una disposición de ánimo de tristeza o de angustia, y en la cual los enfermos se quejan de no poder alegrarse pero tampoco sufrir, de  su ineptitud  para todo tipo de excitación del sentir en general, no sólo en la dirección de las vivencias agradables, sino tampoco de las desagradables, de que se encuentran embotados en su disposición anímica y fríos sentimentalmente; una de sus mayores desesperaciones la constituye precisamente el que el psiquiatra nunca pueda darse cuenta de todo aquello.

        Si nos preguntásemos siquiera una vez, pero con toda honestidad y seriedad, si desearíamos cancelar las vivencias tristes de nuestra vida pasada, por ejemplo, las relativas al amor, si desearíamos prescindir de todo aquello que se ha originado en el sufrimiento pleno, en la vivencia del puro sufrir, entonces todos nosotros diríamos que no. Pues de algún modo sabemos cuánto hemos crecido y madurado interiormente en esos fragmentos y épocas de nuestra vida. El sufrimiento dotado de sentido apunta más allá de sí mismo, remite a una causa por la que ofrecemos sin masoquismo nuestro padecimiento, crea en la persona una tensión fecunda y quizá hasta revolucionaria que evita llorar por lo pasado incancelable: No hay ninguna situación de la vida que realmente carezca de sentido. Los aspectos aparentemente negativos de la existencia humana, en especial la tríada trágica en que se juntan el dolor, la culpa y la muerte, pueden también transformarse en una realización positiva, con sólo afrontarlas con la actitud correcta. Hay mucho sufrimiento inevitable, y el terapeuta debería cuidarse de colaborar con la tendencia del paciente a huir de este hecho existencial.

La vida es siempre una ocasión para mejorar: No debes aferrarte a tu dolor, puedes sumergirlo en el dolor general. La vida no se colma solamente creando y gozando, sino también sufriendo. El dolor no significa el vacío de la vida. Por el contrario, la persona madura en el dolor y crece en él; y estas experiencias desgraciadas le dan mucho más de lo que habrían podido darle grandes éxitos amorosos. Entre las obras de música inmortales no se cuentan solamente las sinfonías incompletas, sino también las patéticas. El sufrimiento crea en la persona una tensión fecunda y revolucionaria contra lo que no debe ser. Quien ante el golpe de infortunio se aturde o trata de distraerse no aprende nada. Trata de huir de la realidad, pero la vida es siempre una ocasión para algo mejor.

        Quien se subleva contra su destino y, en consecuencia, contra aquello que no puede hacer absolutamente nada y contra lo que resulta imposible cambiar no ha comprendido el sentido de todo destino. Cuando un epiléptico se pregunta qué habría sido de él si su padre no hubiese sido un bebedor y no le hubiese engendrado durante su ebriedad, sólo puedo darle una respuesta, a saber, que él está inculpando sin sentido a su destino, pues su cuestionamiento es falso: si a él le hubiese engendrado otro padre, él no hubiera llegado a ser “él”, y por eso tampoco hubiese podido plantear esta cuestión carente de sentido, ni alzar sus airadas quejas contra el destino. Éste pertenece a nuestras vidas y también el sufrimiento; en consecuencia, si la vida tiene sentido, también lo tiene el sufrimiento: la vida nos pone ante las preguntas a las que debemos responder; si la posibilidad de sentido no fuera única e irrecuperable, y nosotros no fuéramos únicos e insustituibles, difícilmente sería ya factible la responsabilidad.

        “Los presos no podían contar con perspectivas de supervivencia. ¿Qué hubiera podido yo decir a esas personas que yacían junto a mí en el barracón y que sabían bastante exactamente qué y cuán pronto tenían que morir? Ellas sabían tan bien como yo que no les esperaba ninguna vida allá fuera, ningún ser humano y ninguna obra, o que cualquier esperar resultaba vano… Por tanto, junto al sentido del sobrevivir, también junto al sentido del sufrimiento, del sufrimiento inútil, era necesario, y aún en mayor medida, mostrarles el sentido del morir que hubiese seguido teniendo sentido: que cada uno muriese su muerte. ¡Vivir nuestra muerte resultaba valioso para nosotros, pero no por cierto aquella muerte que nos habían impuesto las SS! Vivir nuestra muerte, es decir, la plenitud de sentido del morir, que venía a ser como vivir el sentido de la vida, por lo cual se trataba de algo personal, lo más personal. En calidad de tal, nuestra muerte nos es dada como tarea, y frente a esa tarea tenemos la misma responsabilidad que respecto a la tarea de la vida. Cada uno debe responder a esta última pregunta por sí mismo en última instancia. Y eso se hace visible cuando, por ejemplo, el uno se siente responsable en el barracón ante su conciencia, el otro ante Dios, y el tercero ante un ser humano que ahora se encuentra lejos. Cada uno de ellos, en cualquier caso, sabía que, de algún modo, en algún lugar, alguien estaba allí y que le miraba desde su condición de invisible, alguien que pedía de él que fuera digno de su sufrimiento, y que de él esperaba que viviese su muerte. Esta esperanza la sentíamos entonces todos y cada uno de nosotros ante la proximidad de nuestra muerte, y la sentíamos tanto más cuanto menor era el sentimiento de que uno mismo pudiese esperar algo de la vida en general, de que alguien o algo pudiera esperar todavía algo de uno, de que siquiera su supervivencia pudiera esperarse.

        Pero también hubo un jefe de campo de concentración, un hombre de las SS, que estuvo pagando dinero regularmente en secreto y de su propio bolsillo a fin de obtener medicamentos para sus presos en la farmacia  del cercano pueblito bávaro,  mientras que en el mismo campo de concentración el capo, él mismo también un prisionero, maltrataba de la manera más terrible a los presos por él mismo comandados: ¡con el ser humano pasan precisamente estas cosas!”[10]. En la esencia misma de la constitución humana hay mucho sufrimiento inevitable, y el terapeuta debería cuidarse de colaborar con la tendencia del paciente a huir de este hecho existencial. Una mañana los presos eran conducidos en pelotón a los campos de trabajo forzado. El viento cortaba el aliento y los presos caminaban en silencio. De repente a Frankl le asaltó el pensamiento de su esposa; no un pensamiento frío, sino una como visión imaginaria de su figura, su sonrisa, su rostro y hasta el tono de su voz: “Un pensamiento me traspasó: por primera vez en mi vida comprendí la verdad tan cantada por los poetas y proclamada por los pensadores como la última sabiduría; la verdad de que el amor es la última y más elevada meta a que puede aspirar el hombre. Entonces comprendí el significado de ese gran secreto que poesía, reflexión y fe han querido revelarnos: la salvación del hombre viene con el amor y por el amor. Entendí entonces cómo un hombre, aun privado de todo en este mundo, puede, contemplando a su amada, entrever, siquiera por un momento, un atisbo de la gloria. En situación de total desposeimiento, cuando el hombre no puede expresarse en acción alguna positiva, cuando su única salida es enfrentar honradamente el sufrimiento, aun en ese caso el hombre puede alcanzar a plenitud a través de la contemplación de la persona amada. Por primera vez en mi vida fui capaz de entender el significado de estas palabras: los ángeles se pierden en la contemplación perpetua de la gloria infinita”[11].

Ser persona es imposible mirando a otro lado: “No hay ninguna situación de la vida que absolutamente carezca de sentido. Lo aspectos aparentemente negativos de la existencia humana, en especial la tríada trágica en que se juntan el dolor, la culpa y la muerte, pueden también transformarse en algo positivo, en una realización, con sólo afrontarlas con la actitud y tesitura correctas. El sentido de la vida no puede ser dado, sino que ha de ser descubierto y encontrado por la persona; la vida no es un test autoproyectivo como el de las láminas de Rorschach, ni un mero resultado de la voluntad, como tampoco de inventarlo refugiándose en el absurdo subjetivo pasando por alto el sentido verdadero, los auténticos quehaceres y problemas del mundo real: “Los logoterapeutas sólo podemos contribuir a ampliar el campo de visión del paciente. El logoterapeuta no es pintor, sino oculista. El pintor pinta la realidad tal como él la ve, mientras que el oculista ayuda al paciente para que pueda ver la realidad tal como es para el paciente. Es decir, amplía su horizonte, su campo de visión para un sentido y unos valores”. Nada ni nadie puede sustituir al paciente: el proceso de búsqueda del sentido es una especie de proceso de percepción de la forma único e irrepetible. ¿Cómo podrían la tradición o nuestros padres saber qué clase de deberes o situaciones concretas deben imponernos o proponernos?

Nada hay en el mundo tan capaz de ayudarnos a sobrevivir, aun en las peores condiciones, como el hecho de saber que la vida tiene un sentido. La salud se basa en un cierto grado de tensión entre lo que ya se ha logrado y lo que todavía no se ha conseguido, en el vacío entre lo que se es y lo que se debería ser. Esta tensión es inherente al ser humano y por consiguiente indispensable al bienestar mental. Considero un concepto falso y peligroso para la higiene mental dar por supuesto que lo que el hombre necesita no es vivir sin tensiones, sino esforzarse y luchar por una meta que le merezca la pena. Lo que precisa no es eliminar la tensión a toda costa, sino sentir la llamada de un sentido potencial que está esperando a que él lo cumpla. Lo que el hombre necesita no es la homeostasis, el equilibrio, sino lo que yo llamo la noodinámica, es decir, la dinámica espiritual dentro de un campo de tensión bipolar en el cual un polo viene representado por el significado que debe cumplirse y el otro polo por el hombre que debe cumplirlo. No debe pensarse que esto es cierto solo para las condiciones normales; su validez es aún más patente en el caso de individuos neuróticos. Esa es la cuestión, la homeorresis, el aumentar la carga.

 

5. Sufro, luego existo

 “Todo el mundo, tras haber vencido el dolor o la enfermedad, siente, en el fondo del alma, una nostalgia, aunque sea vaga, muy tenue. A pesar de que deseen restablecerse, quienes sufren larga e intensamente sed se sienten siempre obligados a considerar como una pérdida su probable curación. Cuando el dolor forma parte integrante del ser, su superación suscita necesariamente la nostalgia, como la que se siente ante algo desaparecido. Lo mejor que yo poseo en mí, y también lo que he perdido se lo debo al sufrimiento. De ahí que no se le pueda amar ni condenar. Yo experimento ante él un sentimiento particular, difícil de definir, pero que posee el encanto y el atractivo de una luz crepuscular. La beatitud alcanzada mediante el sufrimiento no es más que una ilusión, porque ella exigiría la reconciliación con la fatalidad del dolor para evitar la destrucción. En esta beatitud ilusoria residen los últimos recursos de la vida. La única concesión que puede hacerse al sufrimiento consiste en la nostalgia de la curación, pero esa nostalgia, demasiado vaga y difusa, no puede cristalizarse en la conciencia”[12].

Aunque así no sea, “si existen seres felices sobre esta Tierra, ¿por qué no gritan, por qué no salen a la calle a proclamar su alegría? ¿Por qué tanta discreción, tanta reserva? Si yo sintiera en mí una alegría permanente, una irresistible propensión a la serenidad, lo proclamaría a todo el mundo, daría rienda suelta a mi euforia. Si la felicidad existe, debe ser comunicada. Pero quizá los individuos realmente felices no sean conscientes de su propia felicidad. Si ello es cierto, nosotros podríamos ofrecerles parte de nuestra conciencia a cambio de una parte de su inconsciencia”[13]. Yo afirmaría que lo mejor que poseo, y también lo que he perdido se lo debes al sufrimiento. No es que me atraigan las tinieblas del sufrimiento, a juzgar por la forma en que a veces lo produzco innecesariamente. Para mi es posible cristalizar en mi conciencia la posible curación, si el sufro luego existo lo sé transformar en un somos amados luego existimos, tarea a la que llevo consagrando mis últimos libros.



[1] Cfr. Mis libros Estos días llenos de noches. Un planteamiento ético sobre la pandemia; En las cimas de la desesperación. El miedo a vivir; Por mí que no quede; Derecha burra e izquierda caviar; Del tamaño de un hipopótamo sumergido; Cementerio de ideas; Organizar la compasión. Estos ocho libros han sido publicados en Editorial Sinergia, Guatemala. Son totalmente desconocidos en España.

[2] Savater, F: Declaraciones a El Tiempo. Lima 16/05/2020.

[3] Cioran, E: En las cimas de la desesperación. Tusquets Editores, Barcelona, 1991, p. 41.

[4]Ibi,pp. 154-155.

[5] Ibi, p. 48.

[6]Ibi, p. 204.

[7]Ibi, p. 92.

[8] Frankl, V: Op. cit, p. 98.

[9] Frankl, V: Un psicólogo vive el campo de concentración. Traducción de Carlos Díaz. Editorial Sinergia, Guatemala, 2016 pp. 47 ss.

[10]Ibi, pp. 91 y 96.

[11]Frankl, V: A pesar de todo, decir sí a la vida. Ed. Sinergia, Guatemala, 2015, p. 180. Curiosa e inexplicablemente existe también otra obra de Frankl de título homónimo: A pesar de todo, sí a la vida. Tres conferencias pronunciadas en la Universidad Politécnica de Wien-Ottakring. Ed. Plataforma, Barcelona, 1917. Tengo el honor de haber traducido al español ambas obras.

 

[12]Ibi, p. 126.

[13]Ibi, p. 181.


Tribulación y pandemia. Lectura existencial/espiritual de un filósofo




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