Miércoles, 2 de Diciembre de 2020
<<A la búsqueda de esa hora futura en la que la libertad sea protagonismo de los ciudadanos>>
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03/11/2020

PLURALISMO ÉTICO Y CIUDADANÍA


por Humberto Molina


Pluralismo  ético  

El filósofo argentino Carlos Lasa[1], en su pretensión de esclarecer el concepto de pluralismo en el pensamiento de J. Maritain, expone una diferenciación entre, pluralismo de principio y el pluralismo ético.

Al primero lo califica de dogmático, en tanto oblitera el acto de pensar y condena al hombre a un pragmatismo del cual él mismo resulta ser la principal víctima. Mientras que el segundo, es aceptado por garantizar el ejercicio autónomo de las facultades propiamente humanas.

En esa línea argumentativa, sostiene que el pensar es el signo distintivo del ente inteligente finito que es el hombre. Pensar es el «acto de la mente humana que se da por y con la asunción de cualquier entidad por parte de la mente misma».

La realidad es pensada cuando es convertida en objeto, es decir, en real presencia objetiva, interna no externa. Ello supone, un planteo y la aparición del problema que exigirá una respuesta.

 Así, el pensar genera una relación entre sujeto y objeto denominada conocimiento. Ello implica una unión intencional derivada de la abstracción, la que consiste en un acto del intelecto por el cual se considera un elemento o un aspecto de una cosa sin tener en cuenta los otros datos o aspectos. Es decir, tiene en cuenta la naturaleza o esencia del objeto, distinguiéndola de los caracteres que la individualizan. Es la operación propia de la inteligencia: es el modusconstitutivo del pensar. Sin ella no existiría el pensar ni el saber en ninguna de sus formas, consecuentemente, no existirían, el derecho, el arte, la religión, la física, etc.(Lasa 2007)

Ello supone la prevalencia de un pensamiento crítico, que no es ni escéptico ni dogmático, lo que significa que el hombre al asumir el problema, confía en sus poderes cognoscitivos para resolverlos. Así, considera al pensar como teológico o teísta, porque el ente pensante sabe de su ser, gracias a la diferencia entre la pregunta que se formula y el hecho de no poseer aún la respuesta.

Ahora bien, el pluralismo de principio, expone el autor, genera escepticismo en tanto, frente al problema surgido por la capacidad abstractiva de la inteligencia humana, todas las respuestas valen lo mismo. Consecuentemente, ninguna responde al problema. Por lo tanto, si no hay solución a los problemas no tiene sentido planteárselos. Así, se declara el sin sentido del pensar y se renuncia al mismo. Y, dado que la verdad de las cosas resulta inaccesible para la inteligencia humana, entonces sólo debemos interesarnos por su utilidad.

De lo que resulta, considerar un mundo en el cual todo se valida según su utilidad, con lo cual, la persona humana pierde su dignidad esencial, no siendo ya considerada como fin sino como un medio más.

Precisamente sobre este pluralismo, hay una tendencia a considerar al agnosticismo y al relativismo escéptico, como filosofía y actitud fundamental de las formas políticas democráticas, y que cuantos están convencidos de conocer la verdad y se adhieren a ella con firmeza, no resultan fiables desde el punto de vista democrático, por no aceptar que la verdad sea determinada por la mayoría o que puede variar en virtud de los diversos equilibrios políticos.

En ese razonamiento, el pluralismo de principio desprende un “politicismo”, que reduce la validez de cada valor a su “funcionar” políticamente, y en su aplicación a la filosofía y a la cultura, a la moral, a la religión, a la teología, deviene la  desnaturalización de cada cosa, con pérdida de la verdad que le es propia, para confiarse al sólo juego de opiniones posibles o probables, oportunas o idóneas según  circunstancias e intereses. Evidentemente, ello no es un criterio de verdad, es sólo un método, que resulta nefasto para la praxis política en cuanto la priva de lo verdadero y propio.(Lasa 2007).

Según la concepción de Jacques Maritain, tal inutilidad es necesaria al hombre toda vez que, siente la necesidad, no de verdades que le sirvan, sino de una verdad a la cual servir. En el mismo sentido, sostiene una sociedad democrática que se alimenta del escepticismo universal, no sólo se condenaría a sí misma a morir por inanición, sino que entraría en un proceso de autoaniquilación, por el hecho mismo que ninguna sociedad democrática puede vivir sin una creencia práctica en aquellas verdades que se llaman libertad, justicia, ley…, y porque cualquier creencia inamoviblemente verdadera en estas cosas, así como cualquier otra verdad, repugnarían a la supuesta ley del escepticismo universal.

Ahora bien, Carlos Lasa hace uso del vocablo “pluralidad” como referencia a la unidad síntesis-total, la cual le da sentido y afirmación como tal. Por el contrario, el término pluralismo remite a una concepción de la realidad entendida en términos de pura diversidad (pluralismo de principio). Lo que conduce, según lo señalado, a la negación de la verdad y a un feroz pragmatismo que sólo tiene ojos para lo útil. (Lasa 2007).

Luego, señala el autor lo paradójico del pluralismo de principio, que al pretender asegurar la diversidad, termina negándola y estandarizando al hombre. Y señala, que la diversidad sólo puede surgir del acto de pensar, acto, éste, que el pluralismo de principio declara sin sentido. Quien, por el contrario, destaca la importancia fundamental para la persona humana del acto de pensar, pone toda su energía en asegurar que dicho acto pueda ejercerse, lo cual supone el libre ejercicio, que garantiza, así, la pluralidad.

En esa línea de pensamiento, Maritain concibe una democracia a la que califica de “personalista”, en cuyo marco, sostiene que “son los derechos de la persona humana los que desde la base y a través de todo el sistema deben ser reconocidos y garantizados, de tal suerte que una democracia orgánica sería por esencia la ciudad de los derechos de la persona… Si la persona humana carece de derechos, no hay derecho en ninguna parte, ni por consiguiente autoridad”.

Asimismo, dice: “Esta democracia orgánica no suprime, ni siquiera en principio, la autoridad ni el poder: quiere que ambos emanen del pueblo y se ejerzan en su nombre y con su apoyo. En su raíz está la idea de que el hombre no “nace libre” (independiente), pero debe conquistar la libertad, y que en la ciudad, totalidad jerárquica de personas, los hombres deben ser gobernados como personas, no como cosas, hacia un bien común verdaderamente humano que recaiga sobre las personas y cuyo valor principal es la libertad de desarrollo de éstas”.

Cabe señalar, que al conjunto de derechos de la persona humana (como el derecho a la vida, a la integridad del cuerpo, a los medios necesarios de existencia; el derecho de asociación o el de propiedad),  Maritain agrega el de un “justo pluralismo”, al cual lo considera “el remedio más normal para las dificultades propias de toda democracia”.

Evidentemente, Maritain, fundado en la naturaleza humana, piensa que en la sociedad política se debe asegurar el máximo de autodeterminación posible, aun cuando se corra el riesgo del error. La unidad del estado no puede abrogar la pluralidad de las personas, antes bien, asegurarla.

Lo relevante en el nuevo orden político del espacio público y dentro del proceso de consolidación de la democracia participativa, es el descubrimiento de una nueva sociedad pluralista sustentada en los componentes éticos de la concepción maritaniana, en tanto integradores de lo humano universal.

Lo expuesto sobre el Pluralismo resulta el marco referencial pertinente para el abordaje de la Ciudadanía y sus implicancias, en orden al objeto del presente.  

 

Ciudadanía

      La noción de Ciudadanía, surge en Occidente en la figura del polites, como la forma de pertenencia plena a la polis. El tipo ideal que hemos heredado de entonces es también el del ciudadano ateniense, que se caracteriza por ser libre y por entender la libertad como participación en los asuntos públicos. Ahora bien, históricamente el concepto de ciudadanía es objeto de  una  metamorfosis, evidenciada, a partir del cive del Imperio Romano, protegido por la ley con participación en los asuntos públicos, luego el Bürger, miembro de la ciudad, y recientemente el “ciudadano social”, concepto generado por Thomas Marshall, el cual  resulta referencial para las reformulaciones e reinterpretaciones. (Marshall, 1998).

El estudio de las implicancias de la ciudadanía supone dar cuenta de sus consecuencias tanto en el plano jurídico, como en lo sociocomunicacional. Y en ambas dimensiones la ciudadanía apela a un sentido de igualdad, de superación de las diferencias de toda índole por la vía de los derechos. Esta tensión entre la igualdad que presupone la ciudadanía y la desigualdad de facto que imponen las sociedades modernas, incrementadas al límite por la globalización, ha sido y es uno de los ejes críticos de las teorías de la ciudadanía desde su origen.

 La participación ciudadana es una práctica política propia de las democracias contemporáneas. En esta medida, la ciudadanía es ejercida como la acción participativa de un actor o agente en la realización de los derechos políticos que le corresponden, en un contexto histórico, económico, político, ideológico y cultural específicos, en un momento determinado, dentro de un sistema social.

Como categoría multidimensional la ciudadanía implica, en principio una relación de pertenencia con una determinada politeia o comunidad política, es decir, asegurada en términos jurídicos, pero también denota una forma de participación activa en los asuntos públicos. Vale decir, por un lado, supone una condición de status y, por otro, define una práctica política.

 Según  Marisa Revilla, “Participación, son todas las acciones ciudadanas que permiten la intervención de los ciudadanos en la producción del orden democrático, ya sea introduciendo valores, demandas o temas en la agenda política, ya sea influyendo en quién, cómo y sobre qué se decide, o adoptando estrategias directas de resolución de conflictos”

El debate sobre la participación ciudadana, se nutre con la idea de la revitalización del discurso sobre la sociedad civil, motivada por aquellos  procesos de democratización en el Sur de Europa en los años setenta, en América Latina en los ochenta y en Europa del Este, a partir de la caída del muro de Berlín, también es cierto que conecta con una potente tradición de pensamiento político (cfr. Cohen y Arato, 2000).

Siguiendo a Velazco, entiendo que lo relevante de la discusión actual sobre la ciudadanía, resulta del hecho de reposicionar en el debate a la sociedad civil, cualquiera sea la manera de concebirla,  lo que implica sustancialmente, plantear demandas de mayor compromiso de los actores en la esfera pública, esto es, que los ciudadanos asuman su papel de sujetos activos de una comunidad política.

En ese sentido, la sociedad civil, supone una conformación plural de grupos que por medio de la organización de asociaciones, construyen la ciudadanía, y asumen roles de vigilancia de los derechos y deberes cívicos, resultando representativos de las demandas, reivindicaciones y defensa de los derechos humanos en general y de aquellos específicos de los diversos sectores.

En virtud del sistema representativo, el ejercicio de la ciudadanía y su influencia en el sistema político, se viabiliza a través de la elección de los ocupantes de cargos o roles en aquellas estructuras. Así, en los sistemas democráticos actuales, la participación ciudadana real como acción política, es decir, las prácticas ciudadanas activas, solo son posibles en la lógica de la subordinación y delegación propias de la representación.  Sin embargo, en la dinámica de la democracia participativa, aquella, encuentra mecanismos de intervención semidirecta o sin intermediarios. Con lo cual, la participación ciudadana varía y resulta versátil, en cuanto a los mecanismos de dependencia para su desarrollo, así puede depender tanto, de aquellos por los que se designan a los gobernantes o se puede influir en los representantes.

Desde la década de los noventa del siglo XX la noción de ciudadanía cobra un inusitado protagonismo en la Filosofía Moral y Política y también en la vida cotidiana, pero además se convierte en una noción revolucionaria, en un motor de transformación social[2]

 

Nociones de ciudadanía

      La significativa propagación de la noción de ciudadanía en las ciencias sociales y en la agenda política, refleja su dinamismo y constante adaptación contextual, al mismo tiempo, implica la pretensión de ampliar su campo de aplicación. La historia jurídico-política de la humanidad es, en gran medida, la historia de la lucha por la ciudadanía, de su reconocimiento y extensión a todos los seres humanos.

Velazco expone, “Ciudadanía es una categoría multidimensional que, simultáneamente puede fungir como concepto legal, ideal político igualitario y referencia normativa para las lealtades colectivas. Implica en principio, una relación de pertenencia con una determinada politeia (o comunidad política), una relación asegurada en términos jurídicos, pero también denota una forma de participación activa en los asuntos públicos. Por un lado, supone una condición de status y, por otro, define una práctica política”.[3]

Asimismo, el autor encuentra en el debate sobre la ciudadanía dos lenguajes políticos diferentes:

1-Como condición legal, implica la plena pertenencia a una comunidad política particular, y es la visión tradicional del liberalismo, según la cual, derechos y ciudadanía constituyen dos ingredientes básicos de la concepción liberal de la política: la ciudadanía representaría en este caso el estatuto jurídico que sirve de soporte para el conjunto de derechos que pueda disfrutar un individuo.

2-Como actividad deseable vinculada a la participación en el destino de la comunidad política, refiere a un lenguaje de las virtudes públicas, es decir, corresponde al discurso republicano sobre las virtudes del buen ciudadano, definidas éstas como un conjunto de predisposiciones hacia el bien común necesarias para otorgar estabilidad y vigor a las instituciones democráticas.

En ese sentido, autores como Hannah Arendt o Maurizio Viroli, identifican la ciudadanía con el autocontrol democrático, esto es, con la capacidad de autogobierno de los sujetos mediante la participación activa en la esfera pública.

Asimismo, como categoría histórica, la ciudadanía supone una complejidad basada en un conjunto de derechos, constituidos de manera diferente en distintos países y  su dinámica se caracteriza por la sujeción al devenir y a procesos de transformación constantes. Así, la relación entre los derechos y el sistema político de un país es un fenómeno contingente, en tanto varía según el momento histórico y en cada nación.

Los múltiples planteos conceptuales sobre la ciudadanía, derivan en cierta confusión teórica al momento de abordar su estudio. El conjunto de enfoques se integra, aunque no definitivamente, con las siguientes categorías: ciudadanía diferenciada (Young, 1989), ciudadanía postnacional (Soysal, 1994), ciudadanía neorrepublicana (van Gunsteren, 1994), ciudadanía cultural (Turner, 1994), ciudadanía multicultural (Kymlicka, 1995), ciudadanía transnacional (Baubock, 1995).

Estas son solo algunas de las nuevas referencias teóricas sobre la noción de ciudadanía, las que resultan conducentes a sostener el planteo de T. Marshall, y con ello, contribuyen a unificar los términos de la discusión. Al mismo tiempo, apuntan a indagar en los nuevos significados de la participación en los procesos de toma de decisiones públicas. (Baumann, 2001, p. 172).

En Marshall, la idea de ciudadanía supone un status de pertenencia de los sujetos a una determinada comunidad política. Comprende un conjunto de derechos generados a partir del reconocimiento de la organización estatal, situados en clave histórica, según su naturaleza y especificidad: la primera generación, es la de los derechos civiles y políticos;  la segunda es la generación de derechos sociales y económicos.

Los principales cuestionamientos al enfoque refieren a que prevalece en él, la idea de una identidad colectiva uniforme, corroborada con una concepción hegemónica respecto de la integración de las diferencias. Asimismo, al identificar ciudadanía con un Estado o Nación concreta, el “ser ciudadano” está determinado por el territorio de su Nación correspondiente. (Carracedo 2007)

Siguiendo a Horrach Miralles describimos a continuación las principales características de modelos recientes de ciudadanía, y a posteriori, analizaremos en profundidad la noción de “nueva ciudadanía” como uno de los ejes teóricos centrales en la investigació[4]

 

Ciudadanía liberal

 Los principales supuestos del modelo son:

ü  La idea de libertad, que supone un actuar autónomo del hombre y un ejercicio soberano de su voluntad, independiente del Estado.

ü  El uso de la moral pública, corresponde al ámbito que determina la legalidad. Su instrumentación se basa en una racionalidad estratégica que separa claramente lo público de lo privado.

ü  El individualismo es el componente fundamental de la ciudadanía liberal. Concibe al  hombre como sujeto político que sospecha del poder despótico, por lo que se priorizan los derechos individuales y su campo de acción. Los proyectos subjetivos y el ejercicio de aquellos  derechos sin la injerencia del Estado, resultan el eje del modelo. Asimismo, se busca prevenir y evitar la tiranía de las mayorías y las lesiones que se pudieran ocasionar con respecto a las libertades individuales.

ü  La idea de participación política supone una construcción, en la que el individuo  es un ser autosuficiente y competitivo, que actúa en función de su interés particular, dejando lo político sujeto a la lógica del sistema de representación. Ello implica, la conformación y desarrollo de una ciudadanía pasiva, con prácticas limitadas.

ü  El rol neutral del Estado, se manifiesta en su actitud frente a los aspectos de índole moral y aquellas referidas al bien. Por lo que debe abstenerse de intervenir y tomar posición respecto de lo ético. Se distingue claramente entre lo público y lo privado, quedando en el ámbito de lo particular lo que tiene que ver con la multiplicidad sociocultural.

 

Ciudadanía republicana

 

    Resulta insoslayable su vinculación con el liberalismo, ya que como algunos entienden, adquiere relevancia frente a los problemas del modelo anterior. Entre sus exponentes se encuentran: Jürgen Habermas, Hannah Arendt y Quentin Skinner.

Son sus rasgos característicos:

ü  La Idea de libertad: según la cual se realza el vínculo del individuo con la comunidad, aunque sin alcanzar los extremos del comunitarismo. Así, el sujeto político individual debe actuar para alcanzar sus fines particulares, sin entrar en colisión con público.  En ese sentido, la participación ciudadana supone el ejercicio de una libertad positiva, y se considera relevante la educación del ciudadano en las virtudes públicas. En su dinámica se evidencia una deliberación constante sobre la determinación de normas y valores. Se advierte que la principal debilidad de la ciudadanía republicana consiste en una tendencia a caer en demagogias populistas. (Horrach Miralles 2009)

ü  La idea de la igualdad real, como fórmula para superar las desigualdades existentes, supone que la misma es un requisito para lograr la libertad. En tal sentido, para el republicanismo no basta con la igualdad jurídico-formal y exige la generación de condiciones para materializarla, es decir, alcanzar la igualación profunda.

ü  La idea de Justicia en el republicanismo se basa en una concepción contractualista y no iusnaturalista, y entre sus implicancias se destaca la primacía de los “derechos del ciudadano” respecto de los derechos del hombre.

ü  La ciudadanía deliberativa y activa: se plenifica con la participación de los sujetos en la discusión pública, atreves del desarrollo de procesos de interacción dialéctica y de información sobre sus contenidos. La idea del deber cívico refiere a la participación activa en la dinámica política, con el propósito de que los individuos alcancen su realización.

ü  La educación del ciudadano: significa que para ser ciudadano, es imperativa la instrucción y educación formativa sobre los deberes cívicos y políticos, en orden a sostener una referencia al ideal cívico.

 

Ciudadanía comunitarista

     Entre los aspectos fundamentales de ésta concepción, señalamos:

ü  Privilegia la comunidad al individuo, poniendo por delante los vínculos de adhesión grupal con respecto a la libertad individual, y quedando el bien común por encima del pluralismo

ü  Son exponentes principales: Alasdair MacIntyre, Charles Taylor y Michael Sandel.

ü  Los comunitaristas son críticos de la modernidad, a la que ven como la responsable de la mayor parte de los problemas sociales existentes. Subyace la idea de recuperar  valores y vínculos, que ya no están vigentes. En ese sentido, para escapar al desarraigo moderno que relativiza o deshace las identidades nacionales, se pretende volver hacia atrás en sentido histórico, otorgando una renovada fuerza a los vínculos comunitarios.

ü  Se trata de rehabilitar formas tribales de convivencia, modelos heterónomos que primero Grecia y luego la Ilustración habían puesto en entredicho. Frente a ello refuta Habermas,  representante de la ciudadanía postnacional, que “la ciudadanía no ha estado nunca ligada conceptualmente a la identidad nacional” (Habermas 1993).

ü  Sostiene la idea de una activa participación política, al servicio de la identidad colectiva y sus intereses correspondientes. Ello implica el papel intervencionista del Estado, en defensa del bien común para preservar valores y principios comunitarios. Así, deja de lado la neutralidad vigente en el esquema liberal.

ü  En la lógica del vínculo individuo-comunidad, la constitución colectiva resulta generadora y determinante del yo-individuo y parte del grupo. La identidad colectiva es el ente principal y se sitúa por encima de la individual, en su consecuencia, existe una restricción a la autonomía individual. El nacionalismo y el comunismo son casos emblemáticos de comunitarismo.

Una de las paradojas más delatadoras del modo de proceder de los nacionalismos consiste en que el individuo es absorbido casi por completo por su comunidad de pertenencia; de esta manera, la dinámica de grupo coarta y lesiona, de forma importante, el desarrollo autónomo de los individuos particulares. (Horrach Miralles 2009)

ü  Su estructuración se basa en la lógica inclusión/exclusión, pretendiendo sustentar una “unión” con un marcado sentido antagónico, por lo que se absolutizan las diferencias respecto de aquellos se posicionan por fuera del “territorio” propio.

ü  La pertenencia se fundamenta en el criterio de la lealtad, excluyendo de la comunidad a los que no acuerdan con ella. Así, “la deliberación cede a la autoafirmación de la mayoría hegemónica” (Rubio Carracedo 2007: 78).

ü  La idea de la democracia se vincula a la idea de Nación, lo que implica una dinámica con argumentaciones tendientes a sustentar a la comunidad moral y su identidad, consecuentemente, para el sistema político resulta imperativo, reconocer y generar ámbitos de expresión a la identidad colectiva hegemónica.

 

Ciudadanía diferenciada

     Representada por autores como Iris Young y Carole Pateman, son sus principales características:

ü  La defensa de la idea de igualdad, interpretada desde lo colectivo, y no a partir de lo individual. La cuestión de la injusticia se sustenta en el hecho de que existe posición dominante a cargo de un grupo mayoritario que la ostenta.

ü  La implementación de políticas diferenciales o de discriminación positiva, a favor de grupos minoritarios. Se trata, en lenguaje eufemístico, de medidas de desigualdad orientadas a lograr la pretendida igualdad plena, y tienen como destinatarios, aquellos colectivos históricamente marginados, por ejemplo, mujeres, negros, homosexuales, etc.

ü  La idea de ciudadanía supone una consideración privilegiada de la diferencia, por sobre lo esencialmente común. Lo que, para algunos, resulta su principal fuente de cuestionamiento.

 

Ciudadanía multicultural

    Tiene puntos en común con el modelo anterior, su autor más importante es Will Kymlicka, defensor del “pluralismo cultural”. Se refiere a tres clases de grupos, con sus correspondientes derechos específicos para cada caso:

  1. los grupos desfavorecidos (mujeres, discapacitados, etc), que deben tener derechos especiales por un espacio de tiempo determinado;
  2. grupos de inmigrantes y minorías étnicas o religiosas: son acreedores de derechos multiculturales, y además de forma permanente, por lo que mantendrían su identidad diferenciada;
  3. minorías nacionales: exigen “derechos de autogobierno”. Prefieren mayor grado de autogobierno que una representación mayor en el conjunto del estado.

El modelo pondera con mayor determinación que el esquema anterior, las características diferenciadoras de cada grupo implicado, lo que requiere de la implementación de adecuadas políticas de reconocimiento.

Uno de los puntos en común con el comunitarismo y eje de críticas, refiere a la absorción del individuo por parte de su grupo de pertenencia, lo que deriva en restricciones al desarrollo de la autonomía individual.  

Rescato el cuestionamiento del politólogo Giovanni Sartori (2001) al señalar, que en propuestas como la que analizamos en éste punto,  el problema consiste en que asimilan conceptos que son esencialmente diferentes, tal el caso del multiculturalismo y pluralismo. Sostiene el autor, si por un lado el pluralismo defiende precisamente la pluralidad en la sociedad, es decir, que el hecho de que no exista una unanimidad es positivo, el multiculturalismo vendría a ser aquel modelo que llevaría a cabo un proyecto de promoción de las diferencias étnicas y culturales, en el sentido de una mayor potencialidad conflictiva y desestructuradora. De lo que resulta, que invocando la tolerancia (atributo del pluralismo), el multiculturalismo acabaría con el principio de tolerancia mismo, pues, en lugar de integrar en la diferencia (es decir, una integración que no significara una homogeneización absoluta), se defendería en la práctica una desintegración multiétnica, una sociedad partida en mil fragmentos que no guardarían relación los unos con los otros, y en cuyo blindaje se perdería precisamente la idea del auténtico pluralismo”.

 

Ciudadanía postnacional

     La propuesta tiene como exponente a Habermas y se contextualiza en el proceso de construcción de la Unión Europea y se justifica en la necesidad del reconocimiento de los estado postnacionales, cuya suma constituye nuevos estados plurinacionales y multiétnicos.  En este sentido, a partir de los Acuerdos de Schengen (1985), se pone en marcha el camino que lleva a la elaboración de una ciudadanía europea  que se superpone con cada una de las ciudadanías nacionales.

Se basa en la idea del denominado “patriotismo constitucional”, es decir, que a partir de la  Constitución supra estatal, se puede alcanzar la plena integración común de las diferencias existentes en la sociedad. Ello implicaría definir las maneras de consolidar el pluralismo, permitiendo el nacimiento de  un nuevo tipo de ciudadanía, la postnacional. 

 

Cosmopolitismo cívico

    La idea consiste en defender un sistema global de derechos y deberes de alcance universal que vaya más allá de aspectos como el lugar de nacimiento o de residencia de cada individuo. Se trata de  superar los particularismos de tipo esencialista. Son sus principales defensores, desde diferentes enfoques,  David Held y Adela Cortina.

Held sostiene que el acceso al cosmopolitismo cívico, será posible en el marco del desarrollo de  una democracia cosmopolita, mientras que la interpretación de Cortina, se basa en la pretensión de Kant, de llevar al ámbito jurídico lo que sólo era estrictamente moral.

Siguiendo a Benéitez Prudencio, señalo que la concepción del cosmopolitismo resulta ser uno de los aportes principales del estoicismo, cuyas ideas se resignifican a lo largo de la historia a través de nuevas corrientes y enfoques.

En ese sentido, más allá de las posiciones teóricas que exaltan a los particularismos y a los relativismos humanos, la globalización ha implicado también actualizar el sentido ético de la misma. En ese orden, asumiendo la existencia del denominado cosmopolitismo ilustrado sostenido por los pensadores de la Ilustración, resulta pertinente rescatar, el pensamiento kantiano con su idea de república universal o Weltrepublik, como el más influyente en el cosmopolitismo, y que ha intentado ponerse en práctica con el modelo de la Sociedad de Naciones y, luego  en el actual de Naciones Unidas[5].

Dicho autor, en su análisis del pensamiento de Nussbaum expresado en el libro El cultivo de la humanidad, destaca la referencia a Cicerón y al estoico Hierocles (ca. II d. de n. e.), en relación a los afectos humanos. En ese sentido, considera la teoría de los tres círculos concéntricos del afecto[6]partiendo de la familia, como la más cercana y querida, siguiendo inmediatamente el círculo de nuestros amigos cercanos, luego el que atañe al afecto tribal y el que sentimos hacia los habitantes de una misma localidad, después el círculo que concierne al afecto hacia los habitantes de las localidades vecinas. Por último, el más difuso de todos, representaría el sentimiento hacia todo el género humano.

Señala que Nussbaum, como hicieron los antiguos estoicos, se sirve de esta explicación de los círculos del afecto para poner de relieve su defensa del cosmopolitismo, basándose en la artificialidad de nuestra afectividad por las personas que amamos y nos resultan más cercanas. Es decir, que los afectos que sentimos, sobre todo, por nuestros familiares o amigos no son naturales, como creía Hume. Uno puede afirmar que estén motivados por la sociedad y por la cultura (desde luego el sentido patriótico lo está, si partimos de la premisa que las naciones y los estados no son, como pensaba entre otros Aristóteles, pero Nussbaum va más allá de esta consideración. Dice, también, que el sentimiento cosmopolita hacia todo el género humano constituye nuestra lealtad primaria y natural. Asimismo, lo califica con argumento estoicista de que “el afecto hacia todo el género humano es un afecto razonado y razonable”.

Así, para el estoicismo existe una comunidad moral que une a todos los seres humanos, cualquiera que sea su condición y estatus. Nussbaum recuerda lo que decía Zenón de Citio, el fundador de la escuela estoica:

Que no vivamos separados en comunidades y ciudades póleis ni diferenciados por leyes de justicia particulares, sino que consideremos a todos los hombres conciudadanos de una misma comunidad cosmopolita, y que haya una única vida y un único orden para todos.

Por tanto, el ciudadano cosmopolita de Nussbaum se siente como tal en todas partes, siendo secundario y accidental el que uno haya nacido o pueda vivir, inclusive, en una sociedad no democrática. Éste constituye uno de los puntos más atacados de su defensa del cosmopolitismo.

Por otra parte, señala el autor que antes que Zenón, el cínico Crates había afirmado: “yo no soy de una ciudad pues tengo todo el ancho mundo para vivir en él”. Tal expresión se asimila a la del rey Agesilao de Esparta al enunciar: “cualquier sitio puede ser bueno para dormir”.

Ese sitio bueno, es la “eutopía o buen lugar”, y se asemeja a la que defendieron los estoicos en el Imperio Romano, pues su cosmopolitismo alineaba con la idea de hacer partícipes a todos los pueblos de las bondades de la vida civilizada. Claro que el problema del que dio cuenta el estoico Marco Aurelio, fue que la comprensión sobre la importancia de participar en la vida buena, surge de la “imposición imperial” sobre dichos pueblos.

Sin embargo, Nussbaum enfatiza el hecho de que la tradición filosófica occidental, desde Cicerón, pasando por Grocio, Kant y Adam Smith hasta llegar al moderno derecho internacional, ha apelado a normas estoicas para justificar determinadas máximas de la acción política[7].

La soledad cosmopolita o el exilio filosófico que reivindica Nussbaum es producto de un sentimiento de amistad o de amor (philía) del ciudadano hacia todos sus semejantes, es decir la humanidad entera. Lo cual exige un activismo basado en precisos patrones de conducta personal y política.  En ese orden, considera que toda decisión que tome el ciudadano cosmopolita es propia de seres humanos racionales y mutuamente dependientes (Benéitez  Prudencio, 2010).

En suma, el cosmopolitismo constituye el sentimiento que llegará un día a generar toda persona razonable, y por tanto constituye un fin (télos) del ser humano. En ese sentido, Nussbaum sostiene que resulta imperativo la concreción de un proceso educativo adecuado orientado a la capacitación  y el logro de prácticas, a partir de la formación de sujetos con juicio crítico, aptos para deliberar y elegir y con ello influir asumiendo protagonismo en la determinación de las metas y acciones adecuadas para la vida en común.

 

Bibliografía

ARENDT, Hannah  (1993). “La condición humana”. Paidos, Barcelona, autonomía y ciudadanización en México”, en Revista Nueva Sociedad.

CORTINA, A. (1999) Alternativas frente a la Globalización; Bs As, Ed. San Pablo.

CORTINA, Adela (1997), Ciudadanos del mundo, Madrid, Alianza.

DAHL, R. (1989). La poliarquía; participación y oposición. Buenos Aires,

HABERMAS, J (1998): Facticidad y Validez. Madrid, Trotta.

HABERMAS, J (1999): La Inclusión del Otro. Estudios de Teoría Política. Bar. Paidós

HELD, D. (1947) Democracia y orden global; Buenos Aires. Editorial Paidos.

KANT, Immanuel (1968), Zum ewigen Frieden, Berlin, Walter de Gruyter,

KYMLICKA, Will (1996), Ciudadanía multicultural, Barcelona, Paidós.

MARSHALL, T. (1997). Ciudadanía y clase social. Barcelona: Paidós.

DONELL, G. (1993) “Estado democratización y ciudadanía”, en Nueva Soc. nº 128. REVILLA BLANCO Marisa, (1994). “Participación política: lo individual y lo colectivo en el juego democrático” en: Sociedad y Política. Jorge Benedicto y María Morán, editores. Madrid, Alianza, 1995, cap. 10, p. 321.

RUBINSTEIN J.C. (1994) Sociedad civil y participación ciudadana. Mad.Ed.  Iglesias.

RUBIO CARRACEDO, J.(2007) Teoría crítica de la ciudadanía democrática. Trotta.

WILL KYMLICKA-WAYNE NORMAN. (1997) “El Retorno Del Ciudadano. Una Revisión De La Producción Reciente En Teoría De La Ciudadanía” Ágora, núm. 7, 5.

 

 

 

 



[1] Lasa, Carlos. “Pluralismo y derechos humanos”. Fernández Gonzalo; Gentile Jorge (Compiladores). Alveroni Ed. Córdoba. 2007.

 

[2]Cortina, Adela. “Ciudadanía Intercultural”, ARTIGO, Universidad  de Valencia. 2002.

[3] Velazco, Juan Carlos. “La noción republicana de ciudadanía y la diversidad cultural”. Instituto de Filosofía del CSIC. Technische Universitiit de Berlín. ISEGORÍA, 2006.

[4]Horrach Miralles Juan Antonio, Factótum 6, 2009, pp. 1-22ISSN 1989-9092, http://www.revistafactotum.com)

[5] Benéitez  Prudencio José Javier,  “La ciudadanía cosmopolita de Martha Nussbaum”,  Revista Internacional de Filosofía, Suplemento 3, 2010, 347-354 - ISSN: 1130-0507.

[6] Nussbaum, El cultivo de la humanidad. Una defensa clásica de la reforma en la educación liberal, Barcelona, Paidós, 2005, p. 88.

[7] En Benéitez  Prudencio José Javier,  “La ciudadanía cosmopolita de Martha Nussbaum”,  Revista Internacional de Filosofía, Suplemento 3, 2010, 347-354 - ISSN: 1130-0507.


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INAUCO, "Autogestión, Cooperación, Participación"
Director: Antonio Colomer Viadel
ancovia@urb.upv.es
www.upv.es/inauco

Instituto Intercultural para la Autogestión y la Acción Comunal, UPV Camino de Vera s/n [Pabellón K-8], CP 46022, Valencia, España
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