Miércoles, 8 de Febrero de 2023
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21/01/2023

El laurel posmoderno tiene dos destinos: la cabeza del héroe o el estofado


por Carlos Díaz


Los amigos de la meditación trascendental y otras mandangas intususpectivas se creen Estados soberanos que, de la piel para adentro, mandan con exclusiva jurisdicción, según la cual elijen si deben o no cruzar esa frontera.  Su ego es el mundo y el mundo su ego: qué apañaditos. Y, como su egotismo no tiene límites, y además no han leído a los clásicos porque para clásicos ellos, se suelen citar a sí mismos y empiezan sus engorrosos parlamentos con la expresión: “como yo suelo decir…”, cual si dijera Gracián. Aquel no paraba de hablar de Stendhal y, a la pregunta “¿pero ha leído usted a Stendhal?”, respondía tan tranquilo: bueno, personalmente, no, pero…  Y peores son todavía aquellos a quienes no les hace la menor gracia Gracián, y a la pregunta “¿ha leído usted a Gracián?” replican molestos, ¡No, para qué voi a leerlo si no me gusta!”.

A los mediocres se le detecta por su permanente megalomanía. Les gusta todo cuanto más embrollado mejor: lo centelleante, lo atronador. Lo discreto les aburre, la rutina les desespera. De sí mismos no esperan nada que suene a común y corriente, pues no saben ver lo grande en lo pequeño, ni lo pequeño en lo grande. Llevan golas y alzacuellos, porque desean igualar o superar a las jirafas. Y luego, nada; como los cines de barrio, primero te hacen entrar y después te cambian el programa.

Para esas gentes el éxito ajeno, si es que existe fuera del suyo, es un insulto al suyo propio. Su ideal es ser nieto de un gran ladrón, borrar el recuerdo del difunto y quedarse con sus dineros. Ganarse la vida en el sentido de honrarla, de estar a la altura del regalo, no como una conquista del ego, no lo comprenden. Tales egos no se ganan la vida, al contrario: la matan.

En la novela policiaca perfecta solo los escritores están libres de sospecha. Les horrorizan las lecciones magistrales, excepto si  son suyas, vengan o no vengan a cuento, y aunque no se las pida nadie, como corresponde a l’idiot de villaje. Sus preguntas a sí mismos son complacientes, sus respuestas complacidas. A veces no se hacen preguntas para no encontrar las respuestas indeseadas. Enamorados de los libros de autoayuda, se obedecen con su propio autoayudante, que son ellos mismos. Pérez Galdós hacía decir a su personaje Lord Grey en uno de sus Episodios Nacionales (Cádiz) que “si Dios no hubiese hecho a Jerez, ¡cuán imperfecta sería su obra!”. Ejercicio: donde dice “Jerez”, póngase  “narcisistas”. Las gentes banales suelen modificar la verdad para poder recordarla a su antojo, y lo mismo les ocurre en cuanto a su olvido y en cuanto a su vista: cierran los ojos para no ver. La ceguera es mal que aquí no tiene cura, porque es ceguera voluntaria.

 “Conócete a ti mismo”, dice uno; “¡sí, hombre, como si no tuviera otra cosa que hacer!”, responde el otro. El fanatismo y el humor se llevan muy mal porque el primero esconde las contradicciones mientras el segundo las busca y exhibe delante de las propias narices. Nuestra capacidad para tragarnos mentiras o verdades sesgadas es casi infinita, sobre todo si nos complacen o dan la razón: el autoengaño carece de límites. No esperes que la raposa grite ante el gallinero: ¡que viene la raposa!

El teatro es una exageración cuando “se hace teatro”, es decir, cuando uno sobreactúa interpretándose a sí mismo, y por lo tanto haciendo el payaso. Para el bufón, el teatro puede existir sin obra escrita, puede ser sin actores profesionales, puede realizarse sin local apropiado, pero no puede vivir sin espectadores de sus propias bufonadas. La teatrería, es decir, el arte del teatrero, es ese zoológico al cual acudimos para que nos contemplen incluso los más animales. Lo que ocurre es que gustar a todo el mundo no lo ha conseguido ni el jamón serrano.

La exageración, la hipérbole nos retrata como las rectoscopias. Nunca antes hubo tanta educación emocional, tanta conciencia de la importancia de los sentimientos, tanta necesidad de rosas rojas compensatorias para dulcificar los sinsabores de la vida, pero eso, en vez de aumentar la felicidad, nos ha vuelto más ansiosos, más desdichados, y sobre todo más insatisfechos. Para la moral del pedo solo huelen mal los de los otros.

El laurel tiene dos destinos: la cabeza del héroe o el estofado. Para pensar hay que saber pensar. Pero antes, saber leer. Pero antes, saber escuchar. Pero antes saber estar en silencio. Pero antes procurarnos un tiempo para no hacer nada. ¿Qué a ese paso nunca pensaremos? Sin embargo, ser sabio es verle la espalda a las cosas después de haberlas analizado.

Por supuesto, en este tibilorio de teatrillo hay que hacer magia con las palabras: el sexo de las personas es género, el asesinato de una persona en su círculo afectivo es violencia de género, la impotencia sexual masculina es disfunción eréctil, la guerra es misión de paz, las bajas civiles en una guerra son daños colaterales, el aumento de los impuestos es gasto social, los países empobrecidos son países en desarrollo, el despido masivo de trabajadores es expediente de regulación de empleo, el peluquero es estilista, los grupos de extorsión en las huelgas son piquetes informativos, la subida de precios es reajuste de precios, y al aborto lo llaman interrupción voluntaria del embarazo en el colmo del cinismo. Nadie se siente cómodo con alguien hasta que no lo ha decepcionado por lo menos una vez. El mundo está presidido por un relativista absoluto, fanáticamente antifanático. De vez en cuando hay que invitar a la duda a fumar un cigarrillo, pero produce cáncer maligno “más pronto que tarde”.


El laurel posmoderno tiene dos destinos: la cabeza del héroe o el estofado




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