Sábado, 20 de Julio de 2024
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21/06/2024

Dos estilos en el republicanismo americano.


por Jose Luis Colomer Viadel


Dos estilos en el republicanismo americano.

José Luis Colomer Viadel.

jlcolomer@hotmail.com

En todas las propuestas filosóficas y políticas hay variedades que muestran las prioridades que mantienen sus defensores, en el republicanismo no podía dejar de pasar lo mismo. Aquí presento un breve resumen de las propuestas de los profesores Philip Pettit  y Michael Sandel, que nos ofrecen una visión más rica de este movimiento en los Estados Unidos.

Recordemos primero los que son los principios del republicanismo en que ambos autores coinciden:

La república es, según la antigua definición, la “cosa de todos”, pero también la “comunidad política bien gobernada, entendiendo por esto que el gobierno prioriza el bien común sobre los intereses particulares” (La ilusión republicana, 21).

Los principios del republicanismo vienen a afirmar:

-Que el ser humano es por naturaleza un animal social y político que sólo en sociedad desarrolla sus cualidades.

- Es necesaria la virtud cívica como predisposición a procurar el bien de la comunidad.

-El sistema político debe impulsar esta virtud.

-El pueblo debe participar en el gobierno.

-Los individuos deben ser iguales ante la ley e independientes. (R. Dahl en La Ilusión republicana, 29).

La definición de gobierno republicano también es compartida por los dos:

a)                  La finalidad principal de este gobierno es evitar la dominación de unos individuos por parte de otros individuos o grupos.

b)                  El gobierno no ejercerá la dominación, pese a que su función sea ejecutar las leyes que deben representar siempre las ideas y valores de la ciudadanía.

c)                  Este  gobierno tendrá como finalidades primordiales mantener la paz, el imperio de la ley y la prosperidad económica.

d)  Deberá limitar su función a ser mero árbitro de las diferencias entre ciudadanos mediante los mecanismos del voto parlamentario, el referéndum, el debate en comisión o el recurso a los tribunales.

e)   Debe quedar establecido un espacio libre para la confrontación de ideas (parlamento, debates públicos o manifestaciones) compatible con la marcha de la política unificada por el presidente de la república o el Jefe del estado.

f) La política exterior debe orientarse hacia el logro de alianzas con países que respeten los mismos principios republicanos, y debe huirse de las meras alianzas estratégicas.

g) El Estado deberá ser el máximo promotor de la idea de patriotismo entendido como sentimiento de comunidad en torno a conceptos como la sanidad universal o la justicia fiscal, no sobre miedos y exclusiones.

Ambos autores coinciden en la idea, inspirada en Aristóteles, de que las instituciones y leyes republicanas tienen que estar enraizadas o entretejidas con una red de normas morales que imperen de modo efectivo en la sociedad civil, es decir desde la familia hasta el estado sin incluirlo. Estas normas serían las normas cívicas, que incluyen el respeto a las personas y al medio en el que deben vivir, su bien común. La república no puede funcionar sólo a base de leyes, necesita virtudes ciudadanas, o, como prefiere Pettit, de “civilidad”. Este señala varias razones para poder afirmar esto, la primera es que si las leyes están basadas en normas, los ciudadanos no esquivarán su cumplimiento. Segunda, esa virtud cívica puede detectar nuevos ámbitos dónde sean necesarias leyes (ej., leyes de igualdad de género, de respeto a las minorías o legislación sobre medioambiente). Tercera, el ciudadano mismo sería el encargado de alabar a los observantes de las leyes y de denunciar  a los infractores.

Hasta aquí las diferencias serían prácticamente inexistentes, pero Pettit un poco más adelante se separa del proyecto de Sandel, como vamos a ver. El primero afirma que “sabemos poco o nada sobre cómo generar una civilidad generalizada cuando ésta ha dejado de existir” (Rep.,328). Insiste en que el estado no debe imponer normas rígidas a los ciudadanos, debe limitarse a poner los medios para que el esfuerzo en el cumplimiento de las mismas se vea recompensado. Sólo un avance intangible, pausado, del desarrollo de las ideas republicanas en la sociedad puede lograr esto. Se debe ser paciente para que surja un nuevo tipo de patriotismo, la remoralización de la vida pública, o un nuevo acercamiento y convivencia entre las clases sociales, que ambos entienden necesario. Pettit insiste en que los medios de comunicación no pueden ser un conjunto de monopolios, o en todo caso el estado debe crear medios de comunicación semiautónomos. El estado debe intentar “establecer no sólo la realidad jurídica y cultural de la no-dominación, sino también su deseabilidad moral” (op. cit.,223).

Sandel  se decide a sugerir unas medidas más concretas, y pide que los movimientos y partidos de izquierda tomen cartas en el asunto y se hagan sensibles a estos temas que preocupan y mucho a la ciudadanía. Algunos de ellos los ha hurtado y manipulado el populismo, como es el caso del patriotismo presentado junto al temor de perder la identidad nacional por efecto de una emigración incontrolada. La parte en que Sandel nos parece más original en su obra es la dedicada a señalar cómo se pueden alcanzar estos objetivos.  Su primer objetivo es lograr que los ciudadanos estén capacitados para deliberar sobre el bien común. No es suficiente, como predica el liberalismo, poseer la capacidad de elegir sus propios fines y respetar el que sus conciudadanos hagan lo mismo. Requiere además un conocimiento de los asuntos públicos y un sentido de que estos les atañen como propios, una preocupación por el conjunto y un vínculo moral con la comunidad cuyo destino está en juego. O, dicho de otra manera, los ciudadanos deben poseer o estar adquiriendo ciertas cualidades del carácter que hemos descrito como virtudes cívicas. Para ello, opina Sandel, se requiere una política formativa de cara a los ciudadanos que faculte para el autogobierno  (Democracy’s Discontent, 5,6). Propone para este fin incluir en todos los niveles educativos una asignatura, Educación cívica, que capacite para entablar debates sobre dilemas morales y entender mejor los argumentos del oponente.

El tema del debate de los asuntos públicos es recurrente en los autores republicanos estudiados, desde Habermas (Teoría de la acción comunicativa, 1987), hasta Pettit que propone  se realicen debates en los grandes medios de comunicación y sirvan para mostrar la diversidad de argumentos y su valor moral. Estos deben ser periódicos y consistir en una cala de la opinión pública, complementando las encuestas de opinión. Seguramente, en el trascurso del debate algunas personas cambiarían su opinión, y, por medio del mismo conoceremos mejor las motivaciones e ideas del contrario (Pettit, Republicanismo, 221-2). Pero Sandel va más allá: propone  la asignatura ya nombrada de Educación cívica generalizada que pueda llevar este hábito hasta las familias para conseguir debatir todos los asuntos morales que enfrenta la sociedad.

La pérdida misma del espacio público, la aparición de espacios separados según el nivel económico de cada clase social, tanto para el ocio como para la educación y el trabajo, es traída a colación por ambos autores. Ambos coinciden en que el Estado debe proveer más y mejores espacios públicos que permitan relacionarse a las distintas clases y disfrutar de una sociabilidad cada vez más mermada por las condiciones de vida que ha impuesto la marcha de la economía y sus consecuencias. Sandel da una solución para su país, destinar los impuestos de las grandes fortunas a la construcción de estos espacios (La tiranía del mérito).  

La tarea para conseguir el objetivo reunir otra vez a las distintas clases sociales, compartido por ambos autores, es compleja y ardua. Para Sandel comenzaría por dar por caduca una filosofía pública que entroniza al individuo y su capacidad de elegir según sus gustos e intereses. La acción prioritaria del progresismo consistiría en recuperar como ideal el patriotismo centrado en la cuestión de ¿qué nos debemos unos  a los otros?, y no tanto en temores y el blindaje de  fronteras, como defiende el hipernacionalismo de derechas. La izquierda americana no ha logrado reconstruir un sentimiento de comunidad que ha destruido la globalización llevada al estilo neoliberal de liberalización extrema de los mercados. Se debería plantear otra vez el tema de una sanidad universal como se hizo en Europa. También es necesario reconfigurar la economía para hacerla más susceptible al control democrático, evitando tomar la globalización salvaje como un hecho natural. El populismo también critica la globalización, pero no parece adoptar medidas drásticas contra ella que pudieran dañar intereses de sus promotores económicos. El patriotismo populista es un patriotismo contra algunos para lograr cohesionar a un grupo social dañado por la economía y la ideología meritocrática.

En suma, habría que poner en marcha la que denomina al final de su libro Justicia, una “política del bien común”, que se apoye en una preocupación en los ciudadanos por el conjunto. Para ello propone varias medidas, en primer lugar este sentimiento solidario debería llevarse a cabo por medio de una “educación cívica práctica” que ya se daba de manera natural cuando los jóvenes de diferentes clases económicas, credos y comunidades étnicas compartían las mismas instituciones. También echa en falta la puesta en marcha de algún servicio público obligatorio para los jóvenes que podría llevar aparejada una compensación en sus gastos para estudios, por ejemplo.  Un segundo punto será plantear un debate sobre los límites al mercado capaz de modificar prácticas sociales arraigadas cómo el contratar crecientemente ejércitos y policías privadas[1], el mercado de la gestación de bebés, las propuestas de pagar a los estudiantes que saquen mejores notas, o a los profesores que obtengan mejores resultados con sus alumnos, el encargo a compañías privadas de la vigilancia en las cárceles, o la admisión de nuevos ciudadanos a cambio de inversiones en el país, etc. Todas estas y muchas más han sido entregadas a la iniciativa privada o admitidas como un producto más en el mercado.  Otro tema capital para él es el aumento de desigualdad económica en su país, que alcanza niveles desconocidos desde los años 30. El argumento principal que presenta ante este fenómeno es que, primero, esta provoca el socavamiento de la solidaridad que el funcionamiento de los sistemas democrático y republicano necesitan. La desigualdad hace que los servicios públicos se deterioren, ya que quienes no los utilizan están “menos dispuestos a costearlos con sus impuestos”, y, en segundo lugar, esos espacios públicos de su país (como escuelas públicas, centros cívicos, o polideportivos)  sólo son utilizados por los menos aventajados, perdiendo su papel de escuelas informales de virtudes cívicas. Esta reconstrucción de lo público sería más trascendental que cualquier política redistributiva que tiene como consecuencia el aumento del consumo. Esta política nunca logrará conectar justicia distributiva y bien común. Bien común qué, como decía Robert F. Kennedy, no puede ser interpretado, como pretenden los liberales, por un mero aumento del producto interior bruto (PIB), que oculta y desprecia la desigualdad, la violencia, las guerras, la inseguridad, el desánimo, que pueden ser compatibles con él; que no tiene en cuenta, entre otras cosas, el nivel de la salud de los niños, la calidad de su educación, la honestidad de los cargos públicos, la satisfacción con las condiciones de vida familiar o de trabajo, el sentimiento de orgullo por el propio país, etc., que son, concluía, “lo que hace que la vida merezca ser vivida”.

Otro tema que encomienda a la política progresista  es recuperar la dignidad del trabajador, cosa que sólo es palabrería en boca del populismo. Recuerda en esta demanda el Preámbulo de nuestra Constitución republicana de 1931, que se autodenominó “República democrática de trabajadores de toda clase” consagrando como finalidad de la educación la enseñanza de la solidaridad. La filosofía económica actual ha primado el papel de consumidor y defendido el crecimiento económico como solución a todos los problemas, la justicia que defiende esta economía es la distributiva, que se apoya en el crecimiento pero es neutra respecto al modo de vivir de los ciudadanos. La justicia que propone  implementar es  la justicia contributiva, centrada en el productor o trabajador, y que exige que se nos estime según las contribuciones que realizamos a la comunidad, no nos valora según nuestros ingresos. Recuerda cómo en la pandemia muchos empleos poco remunerados (cajeros, repartidores, cuidadores, etc.) se mostraron fundamentales para la sociedad. Se trataría, pues, de producir esta justicia que exige un compromiso ciudadano con el bien común y con el desarrollo de lo humano. En suma, volver a “la política de la comunidad, del patriotismo, y de la dignidad del trabajo”, abandonando la retórica del ascenso social (La tiranía, 271-3). Es imprescindible llegar a acordar qué debe aportar cada cual al fisco.

Tanto Habermas como Pettit reclaman que  una sociedad civil sana posea un entramado de asociaciones importante, pero no dan indicaciones de cómo deberían ser o funcionar éstas. Sandel, volviendo a una tradición que recogió Alexis de Tocqueville en su análisis de la primitiva democracia americana, cree que el fortalecimiento de una red de asociaciones de todo tipo (vecinales, religiosas, deportivas, lúdicas[2], etc.) es fundamental para el rearme de la democracia americana actual y el desarrollo de las virtudes cívicas. La sociología actual entiende que esa red que permite la adquisición de hábitos democráticos es sólo condición necesaria pero no suficiente para alcanzar la excelencia democrática. La comunidad política en la que se desarrollen estas asociaciones ha de ser inclusiva y sensible a una justicia democrática, la sinergia entre ambas en este escenario sí que permitirá alcanzar una política democrática de calidad[3]. Sandel cita un ejemplo de recuperación de la libertad de raíz cívica, modélica en su opinión, se trata de la Fundación de Áreas Industriales (IAF), que forma a los habitantes de barrios y localidades con niveles bajos de renta a conseguir habilidades para deliberar sobre las necesidades de sus comunidades locales y participar en la actividad política. Una de sus organizaciones, la COPS, consiguió mejoras para infraestructuras y escuelas de sus barrios por valor de mil millones de dólares. En conexión con otras organizaciones afiliadas se consiguieron reformas en la legislación educativa, en sanidad y en la seguridad en las granjas. El acento de la IAF estaba puesto en instituciones intermedias como la familia, el vecindario y las iglesias, así como en el papel que pueden desempeñar para la formación del carácter (coincidiendo aquí con los conservadores cívicos). Su finalidad consistía en “conectar los recursos morales de la vida comunitaria local con el ejercicio de la libertad en sentido republicano del término (Descontento dem., 270-1). Es decir, dar pasos hacia el autogobierno local y también en el nacional, en último término.

Para finalizar es importante destacar que la aportación de M. Sandel más fundamental ha sido señalar las consecuencias de la sustitución de conceptos clave del republicanismo en la historia política por sus alternativas liberales. Así pasa con el concepto de libertad republicana que consiste en participar en el gobierno de una comunidad política que controle su propio destino. El ciudadano republicano piensa y actúa en ella con la vista puesta en el bien común. En el cambio de siglo y con la revolución industrial se relega este tipo de libertad y es sustituida por la libertad de elegir por parte del sujeto según sus deseos. Curiosamente, señalará J. Dewey -el filósofo americano más importante de la época-, esta trasformación se estaba dando “en el momento en que el individuo contaba menos en la dirección de los asuntos sociales, en un momento en que grandes fuerzas mecánicas y enormes organizaciones impersonales determinaban el curso de las cosas”. El sufragio masivo, que fue paralelo, creó el espejismo de que la ciudadanía podía configurar las relaciones sociales en base a sus voluntades personales. El que existiera una relación más fluida entre los ciudadanos en base a las nuevas técnicas de comunicación y de trasporte no equivalía a que se hubiera formado una comunidad. Las comunidades tradicionales se habían desmontado en pro de esa emancipación del individuo y eran sustituidas por una unión de los individuos ya no independientes sino regidos por fuerzas económicas tan fuertes  y extensas que ninguna comunidad política, ni siquiera el Estado, podía modificar el curso de los acontecimientos, como señaló J. Dewey.

Es a esta libertad del dejar hacer dejar pasar (laisser faire, laisser passer) puesta al servicio del comercio internacional, olvidando la máxima republicana de asociarse con estados con iguales principios, a la que debemos culpar de las decisiones erróneas a nivel internacional como la de  de aceptar a un socio poco fiable como China en la Organización internacional de Comercio (OMC) en el año 2001, siguiendo la errónea doctrina de Montesquieu de la práctica del comercio llevará a igualar los intereses de los países y evitará los conflictos. Este error se ha repetido al admitir la dependencia energética alemana con Rusia y ha llevado a la guerra de Ucrania, como última muestra de la inutilidad de esta doctrina. Las fronteras seguirán existiendo pese a la globalización. El aprendizaje que debemos sacar según el pensador es que la economía no es autónoma, es una cuestión política y debería estar sometida a debate político democrático[4].

La libertad liberal convierte a la sociedad en una sociedad-mercado, dónde todo se puede comprar o vender, que degrada valores que son importantes para construir una comunidad nacional. El acceso a los puestos dirigentes de la sociedad está vedado a las clases inferiores por un sistema meritocrático selectivo que sólo está al alcance de las clases más elevadas y que ha llevado al sistema político americano a caer en un modelo oligárquico, con clases políticas convencidas de ser merecedoras de su éxito (Epílogo de 2023, El descontento democrático).

El concepto de trabajo libre que defendió el republicanismo americano desde sus comienzos y que consistía en la labor que realiza el ciudadano y le permite desarrollar sus cualidades cívicas  llevándole a la independencia y al autogobierno (situación manifiesta en el trabajo de artesanos, maestros de oficios y sus aprendices), quedó secuestrada por el trabajo-salario en la época de la revolución industrial, y sigue así. Este último, basado solamente en la lógica voluntarista del contrato entre empresario y trabajador, nada tiene que ver con el trabajo libre republicanista. Además el trabajo salario  considerado como único para la vida de los sujetos  no puede ser calificado de trabajo libre. El pensamiento republicanista admite, como en ocasiones el movimiento sindical, el trabajo cooperativo como una alternativa a aquel, ya que se supone que permite tener más tiempo para desarrollar los talentos personales, informarse, ser ciudadanos y aspirar a mejoras vitales (El descontento dem.,104 y ss).

El concepto de  justicia, no puede surgir de la especulación racional de un pacto al margen de las condiciones sociales, debe surgir después de un debate sobre los valores que delinean el modelo de vida de los ciudadanos que componen una comunidad. La justicia debe ser reflejo de esos valores y no quien los instituya.

Por último, el concepto de bien común, no puede limitarse, como pretende el pensamiento dominante, a un mero incremento de la producción y el éxito económico. Ese éxito enmascara, en  muchas ocasiones, fracasos en temas como la satisfacción en la vida familiar y en el trabajo, el acceso a bienes como la vivienda, la seguridad, la sensación de no tener participación en el gobierno del país o incluso en las instituciones más cercanas al individuo. En el fondo, el descontento democrático tiene que ver con la pérdida del ideal de autogobierno tanto en nuestra vida cotidiana como en la vida social. Y para el republicanismo llevar a cabo ese ideal es imprescindible para plasmar el bien común en la sociedad en que vivimos.

   

 Bibliografía básica:

Pettit, Ph. Republicanismo. Una teoría sobre la libertad y el gobierno. Paidós, 1999. Barna.

Sandel, M. El descontento democrático. En busca de una filosofía pública. Penguin., 2023. Barna.

-Democracy’s Discontent. America in search of a Public Philosophy. Belknap press of Harvard Univ. Press. 1996. Londres

                -La tiranía del mérito. ¿Qué ha sido del bien común? Ed. Debate, 2022. Barna.

                -Justicia. ¿Hacemos lo que debemos? Penguin., 2023, Barna.

Villaverde Rico, Mª J. La ilusión republicana. Ideales y mitos. Ed., Tecnos, 2008. Madrid.

 



[1] El número de miembros de seguridad privada ya supera en su país con creces a la policía local y estatal.

[2] Costa Granell, X., Sociabilidad y esfera pública en la fiesta de las Fallas. Ed.: Biblioteca Valenciana, Valencia,2003.

[3] Calidad de la democracia en España. Gómez, B., Palacios, I., Pérez Iruela, M., Vargas-Machuca, R. p.,115 y ss. Barna., 2010.

[4] Entrevista de Pablo Guimón,  Pais-Ideas, 14,Mayo, 2023. “Michael Sandel, filósofo: “La izquierda debe ofrecer una visión positiva del patriotismo”






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