Viernes, 19 de Julio de 2019    
 
03/07/2014 [[Sociedad]]
POLÍTICOS CORRUPTOS Y POLÍTICAS ESPÚREAS
¿podemos salir de este sistema?
por Angel Joel Méndez López

Las viejas estrategias del poder siguen dando frutos, se perfeccionan y actualizan. En los tiempos que corren, han encontrado en la manipulación mediática un fiel aliado, que le permite llevar al máximo las estrategias de distracción, de manipulación y de opresión social.
Parafraseando a Chomsky, las élites políticas y económicas, deciden por el resto de los mortales y por el resto de los intereses. Lo insignificante se ha convertido en sustancial: lo que se dice, lo que no; lo que se muestra, lo que se oculta; lo que conviene decir y hacer y lo que se pospone para cuando bajen las estrellas.
Para consolidar la salud democrática y la confianza de la ciudadanía, todos los políticos, gobernantes y dirigentes en sociedad, deben responder por sus actos. Los extremos a los que ha llegado la corrupción en la vida pública española, denotan la gravedad del hecho y desinflan la credibilidad y la confianza ciudadana en sus marcos más sustantivos.
Hay políticos españoles, presuntos corruptos (por la buena fe de la justicia) en casi todos los ámbitos de la política y en casi todas las capas de la sociedad. Los castings políticos parecen no estarse realizando adecuadamente. España es una sociedad que simula al navío sin patrón y yace al borde del naufragio.
La creciente corrupción en la política española, nos habla de los incontables cargos públicos ocupados por naranjas podridas, por políticos que constantemente parecen estar ganando la lotería, afiliados a los fraudes y a las tropelías cotidianas. Abundan las personas corruptas que utilizan el nombre de las instituciones que dicen representar, para beneficiarse personalmente.
¿Acaso los políticos corruptos piensan que el pueblo es tonto?. La política es un mal necesario, pero ¿es necesario apoyar y apostar por políticos tan carentes de ética, de valores sociales fundantes y tan despegados del latir cotidiano de vida?. Una sociedad, donde su clase política esté contagiada por la corrupción, está condenándose a su propia autodestrucción.
La corrupción está clavada en la médula del funcionamiento social español, en el epicentro del sistema y lo hace sangrar muchas veces en esas latitudes y espacios del organismo que más fuerte creemos y por las que apostamos con mayor confianza y expectativas, sin atrevernos a concientizar de pleno, que entre nuestros dirigentes abundan los maestros en corromper y los apéndices expertos en dejarse corromper.
En nuestra sociedad y por tendencia bastante mayoritaria, se llega a admirar a los “listillos”, a los que “saben vivir bien”, a quienes aprovechen lo que tienen y lo que pueden, para escalar la pirámide. Prevalece un clima atractor diseminado socialmente, donde lo más importante es hacerse rico, tener influencia, ser respetado, admirado y no importa las formas a través de las cuales se alcancen esas máximas: el fin justifica los medios y un buen medio para alcanzar estos fines es codearse o adentrarse en la política.
El sistema social soportado en la lógica utilitarista, ha llegado a asumir en su propio ordenamiento y propósitos, una degradación infinita de valores, normas, fundamentos y actitudes vitales. Los modelos positivos no abundan, los que existen no se resaltan como se debería y las nuevas generaciones no están dispuestas a sacrificarse, enfrentándose a los embates de las fuertes corrientes oceánicas, que deambulan en una misma dirección; en la dirección del conformismo, del desapego moral, de la inacción y de los disimulos ¿cívicos?.
Es vergonzoso y obsceno actuar en nombre de la honorabilidad y enriquecerse a espaldas del pueblo con su dinero, violentando su confianza y sus apuestas más sinceras. La atracción fatal por el lujo desmedido, por los regalos suculentos y por el trasiego de millones (en pesetas o en euros), hace que muchos “representantes del pueblo” se comporten como mafiosos.
La experiencia concreta, los hechos y los datos validados, muestran que el tema de la corrupción política en España no es un mero caso aislado (por supuesto que tampoco es generalizable a todas las fuerzas o actores políticas/os) y mucho menos es un problema limitado a partidos específicos.
En España, tal parece que es vox populi los modos de proceder de los políticos y es algo normal que al cargo le vayan acompañados cambios en el repertorio de vida. Como la presunción de inocencia es una máxima en democracia, pues los hijos putativos de la ética, se encargan a diestra y siniestra, de vociferar su culpabilidad no culpable.
Aunque es fundamental poner nombre y apellido a los corruptos, es indudable que se ha descalificado en la subjetividad social y en el imaginario colectivo, el propio hacer de los políticos y gobernantes y aunque no sea generalizable esta situación denigratoria, no cabe duda de que han sido muchos políticos y gobernantes los principales responsables de las imágenes y secuelas dejadas a su paso.
Si se quiere limpiar la sociedad española de la plaga de corrupción, que se incrusta como mazmorra en sus aguas cotidianas, es necesario develar todos los niveles y ámbitos donde existen individuos corruptos, no tapar ni justificar las malas actuaciones, procediendo con mayor rigurosidad, contundencia y transparencia a la hora de seleccionar a los miembros partidistas, a los funcionarios y gobernantes que conducirán el funcionamiento de la sociedad.
Tan importante como lo anterior, es la necesidad de aumentar los instrumentos de control social, de supervisión ciudadana y de rendición de cuentas a la población española, que exige respuestas, cambios genuinos, transparencia, sinceridad.
La corrupción no es un fenómeno marginal, secundario o excremental, no es una acción de unos pocos extraños depravados; puede estar a nuestro lado, rozándonos y tentándonos constantemente, puede estar en nuestras cabezas, en los rostros que admiramos, e incluso en quienes depositamos nuestra confianza y la enturbian con sus actos.
En los ambientes generales de corrupción, de deshonestidad y de falta de compromiso cívico, se valora magnificadamente el enriquecimiento, el tener y por lo general, de forma más o menos encubierta, se llega hasta el autoritarismo, al uso o al abuso exacerbado del poder. En esta dirección y para dichas personas, lo más importante es tener dinero, reconocimiento social, emprender grandes negocios, fomentar buenas relaciones con amigos en la cumbre.
Los que tienen dinero, poder, riquezas, acciones, empresas, propiedades, son considerados como personas exitosas, son respetados y reconocidos socialmente. Entonces se constituyen como modelos a seguir, como cánones del éxito y como referentes a imitar.
La evidencia refleja que en España no se ha planteado desde los centros de poder, erradicar definitivamente la corrupción política; solo se toma y maneja como arma arrojadiza para culpar al oponente de turno, justificar los desplantes políticos y vender nuevas tácticas ante los ciudadanos adormecidos.
Ello hace que se agudice la crisis de credibilidad en la sociedad y que se cuestione sobremanera la calidad democrática del sistema, el que se tambalea no solo por los comportamientos y actitudes de unos políticos corruptos, sino y fundamentalmente por las decisiones que se toman para evitar, disminuir, eliminar, o afrontar esos eventos concretos.
La reconfiguración del poder a gran escala, en todos y cada uno de los contornos vitales de la sociedad española, es un imperativo para transformar radicalmente la realidad en materia política, social, económica, cultural y de convivencia.
La sociedad tiene que hablar alto y claro y decir basta, no puede subsumirse en el silencio, ni tolerar el desorden político que lleva al caos moral, al desamparo económico y al descrédito en todos sus alcances. Debe, eso sí, abogar por el imperio del derecho sobre la base de la legalidad y de la justicia social, redefiniendo las fronteras del pensamiento y los nervios del buen hacer, para poner en marcha definitiva la locomotora de la praxis libertaria.
Vivimos en un sistema que es permisivo con la arbitrariedad, con los usos y abusos en las formas y en los contenidos. Se monta de la corrupción y de los corruptos (¿presuntos?) un espectáculo morboso y a veces hasta se olvida que la corrupción política es un oprobio a la democracia y un escándalo que atenta contra el apego al estado de derecho; es decir, contra el mínimo respeto a la ciudadanía. Los políticos que utilizan el dinero ciudadano cuando se corrompen, juegan con la buena fe y con la confianza depositada en ellos; es impermisible.
Juntos, debemos hacer que valga la democracia y no la palabrería, que prime la nobleza y la limpieza del espíritu y no el paro o la pobreza, que prevalezca la responsabilidad y la honorabilidad y no las búsquedas de la sumisión en el Otro: en el Otro engañando, en el Otro manipulado.
Solo juntos podremos borrar de una vez y para siempre la corrupción de las avenidas de lo social complejo, recomponiéndolas, resignificándolas y dotándolas de nuevas formas de actuación más dignas, justas y transparentes.


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