Martes, 16 de Julio de 2019    
 
14/12/2015 [[Sociedad]]
Languidez democrática...
La corrupción como levadura desintegradora del espíritu democrático
por Roberto Bertossi

Cuando cualquier democracia cruje, reluciendo como mera caricatura o simulacro, resulta urgente y necesario, ir restaurando la confianza en la misma, por parte de toda la ciudadanía.
Precisamente caracteriza y distingue a una democracia, la confianza colectiva y una fidelidad reciproca (entre gobernantes y gobernados), para saber vivir y convivir con las diferencias, aprendiendo a superarlas mediante el diálogo, la persuasión y la comprensión necesaria, sin perjuicio de sacrificios compartidos ecuánime y equitativamente.
La no confrontación de ideas (ni siquiera en comisiones ad-hoc del poder legislativo) y las descalificaciones o falacias ad hominem, fueron languideciendo a nuestra joven democracia la que, palpablemente, empezó a desaparecer de la escena política, siendo sustituida por la prepotencia o dictadura del número, en un claro abuso de las mayorías en desmedro simétrico de las minorías.
Asimismo, la práctica reiterada y petulante de ejercer el poder “institucionalizando” la corrupción, hizo “recular” a la propia democracia representativa. En efecto, ésta finalmente quedó atrapada como tolerante, complaciente y hasta sometida al conchavo de conciencias y voluntades para el logro de peculiares alquimias traducidas en mayorías denigrantes.

A propósito, el mayor referente intelectual de izquierda en los Estados Unidos, Noam Chomsky, acaba de afirmar que, en esta última década, la corrupción fue tan grande en Sudamérica que sus gobiernos se desacreditaron a sí mismos desperdiciando grandes oportunidades.

Por su parte, la injusta postergación de una coparticipación impositiva inversa, fue suprimiendo corruptamente, autonomías municipales, federalismo, dignidades personales, oportunidades y vinculaciones.
Tampoco se proveyó al crecimiento armónico de la Nación ni a un poblamiento más simétrico y horizontal de su vasto y riquísimo territorio, todo lo cual podría emprenderse mediante el traslado gradual de capitales provinciales donde territorialmente reconcentrados y paupérrimamente desordenados, se encuentran radicados la inmensa mayoría de los argentinos, facilitando su colonización por el clientelismo, la corrupción, la violencia, el robo, el maltrato familiar, la trata, la prostitución, el alcoholismo, el narcotráfico; sus derivados y derivaciones.
Estos desagregados o desconcentraciones demográficas que implicaría el traslado de una sola de las mega metrópolis, (Vg. the leading case de Brasilia en Brasil), seria tan estratégicamente disruptivo como para ir aboliendo poco a poco tantas esclavitudes sociales, en tanto iríamos recobrando dignidades y desarrollos humanos, con la atomización de redes de vicios y la implementación de centros regionales de recuperación de las victimas, con genuinas y más directas prácticas democráticas, con más seguridad personal, con amistades imprescindibles entre “industria/consumo y ambiente”, disponiendo a la vez de inconmensurables espacios para forestación, para el desarrollo de energías renovables, para nuevas prácticas agrícolas/ganaderas, para recreación y esparcimiento como asimismo, de un notorio incremento de la paz social ante la desactivación automática de caos diarios en el tránsito citadino capitalinos o, de aquellos otros, recurrentemente provocados por abusivos reclamos gremiales/sindicales, preferente y “casualmente” en las grandes capitales.
Entonces, para reverdecer nuestra República, es el momento de participar en una gesta democrática, sin condicionamientos, sin miedos, sin prejuicios ni discriminaciones, todos con una sola voz que sea capaz de acompañar, de sostener, de tolerar, pero también, de exigir firme y determinadamente, transformaciones sociales, políticas, económicas y ambientales más conformes a la dignidad humana.
Concomitantemente, será importante la reinstitucionalización del sistema y de la justicia electoral para supervisar profundamente la formación cívica y la capacitación de sus dirigentes, la estructura de campaña de los candidatos; su cumplimiento a las exigencias constitucionales para los partidos políticos, singularmente, sus financiamientos y rendiciones de cuentas.
Urge igualmente, la insinuada ley anticorrupción para la aplicación de pruebas en la honestidad y en la garantía de confidencialidad a los informantes de toda práctica corrupta (“testigo protegido”).
Finalmente así, podremos ir recuperando, renovada y refortalecidamente, la confianza vívida del pueblo para dejar definitivamente atrás, toda languidez y anodinas (o sólo reactivas) participaciones ciudadanas en nuestros procesos electorales o secuencias federales, democráticas y republicanas.


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