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24/09/2010 [[Sociedad]]
La pasión de la Libertad y las Cortes de Cádiz
(Hoy, hace 200 años)
por Antonio Colomer Viadel

Incorporo este viernes, 24 de septiembre de 2010, el Buho-editorial, del segundo número de la nueva época de La Hora de Mañana, consciente de que justamente hoy se cumple el bicentenario del inicio de aquellas Cortes constituyentes que se reunían en la isla de León, en la Bahía de Cádiz, con un centenar de diputados en aquella primera sesión –otros se incorporarán poco a poco-, y en circunstancias bien dramáticas. (Véase el video adjunto, con mi intervención en el acto inaugural del Congreso Internacional “Las Cortes de Cádiz, la Constitución de 1812 y las independencias nacionales en América y el Mediterráneo”).
El dos de mayo de aquel año 1808 en Madrid, capital de Reino, un ejército francés que venía como amigo y aliado se convierte en verdugo y carnicero de una población desarmada, pero que resiste heroicamente el secuestro de la familia real. A lo largo y ancho del país, la resistencia se extiende, se constituyen juntas para organizar la independencia de la patria y la lucha contra el invasor.
Ciudades y villas de la península ceden poco a poco ante el brutal empuje de un enorme ejército profesional, veterano de mil batallas y conducido por los generales de Napoleón. Una Junta Central convocó a las Cortes de Cádiz por un decreto del 22 de mayo de 1809.
A Cádiz y a la isla de León acudirán de las formas más audaces y peligrosas, estos diputados, en trayectorias que a veces duran meses, llenas de aventuras y riesgo. Llegan diputados no sólo de la península sino también de las tierras de la América española.
El Consejo de Regencia, compuesto de cinco miembros que suplen la ausencia del rey Fernando VII, cautivo en Francia, y presidido por el obispo de Orense don Pedro Quevedo, abre aquella primera sesión con un mensaje, y luego se retira.
Las Cortes eligen a su presidente y secretario y la tarde de aquel mismo día 24 aprueban un proyecto de decreto presentado por el diputado Sr. Luján en el que se dice: “Los diputados que componen este Congreso y que representan la nación española, se declaran legítimamente constituidos en Cortes generales y extraordinarias en las que reside la soberanía nacional”. Añaden que no reconocen la cesión de la Corona española a Napoleón por la violencia ejercida en el rey legítimo y “principalmente por faltarle el consentimiento de la Nación”.
También habilitan al Consejo de Regencia que reconocerá la soberanía nacional de las Cortes y deberá prestar juramento de acatar la misma y las leyes de las Cortes. Cerca de la medianoche cuatro de los cinco regentes juraron, y no lo hizo el presidente, el obispo de Orense, bajo excusa de su edad y estado de salud, pero en realidad, como indica Francisco Pi y Margall al historiar estos acontecimientos, “era enemigo vehemente de este poder revolucionario que se levantaba como gigante contra todo el orden de cosas anterior”.
El 27 de septiembre se acordó la conveniencia de aprobar un decreto sobre Libertad de imprenta. La polémica sobre el mismo definió los bandos entre liberales y conservadores, que de forma peyorativa van a ser llamados serviles en un poema satírico de Eugenio Tapia en donde la palabra se escribe con un malicioso guión: ser-vil. El 29 se aprueba que ningún diputado pueda aceptar cargo, empleo, pensión, gracia o merced ni condecoración de la potestad ejecutiva y hasta un año después de ser diputado. Se había iniciado ya las añagazas del gobierno del Consejo de Regencia, para seducir y atraer a algunos diputados. También se limitan las retribuciones de los empleados públicos. Por un decreto del 15 de octubre se declara que los naturales que sean originarios de dominios europeos o ultramarinos son iguales a los de la península. Se daba satisfacción a los diputados americanos y se adelantaba lo que sería el extraordinario artículo primero de la Constitución de 1812.
El 24 de febrero de 1811 las Cortes se trasladan a la ciudad de Cádiz, se declara el 2 de mayo fiesta nacional y la abolición del tormento que irá seguido de la abolición de la Inquisición.
Por el decreto del 6 de agosto de aquel año se incorporan a la nación los señoríos jurisdiccionales y quedan derogados los privilegios de estos señoríos y eliminados los términos de vasallo y vasallaje. Casi un tercio de las villas eran de señores particulares que actuaban como verdaderos señores feudales ejerciendo de jueces de la población asentada en sus territorios y recibiendo gabelas que excedían a las contribuciones ordinarias. Los últimos vestigios del régimen feudal quedaban así eliminados, pero aún subsistiría el tema de la propiedad de la tierra y la enorme desigualdad entre campesinos sin tierra y grandes propietarios latifundistas.
La estrategia antifeudal del liberalismo exaltado, que es un liberalismo no sólo de pasión por la libertad sino de pasión por la justicia, va a tener en años posteriores, cuando se restaura la Constitución de 1812 que Fernando VII deroga a su regreso a España en 1814, otras oportunidades en 1820 y en 1836. La obra de la desamortización por la que se venden los bienes nacionales; es decir, las grandes propiedades urbanas y rústicas en manos de la nobleza y de la Iglesia, fue la gran oportunidad histórica de la revolución social española, para crear una amplia clase de campesinos, pequeños propietarios de tierra, que tuvieran vinculada esta transformación social y económica a los ideales y principios del liberalismo progresista. Fue una ocasión perdida el no hacerlo así con radicalidad que hubiera cambiado la estructura social española y hubiera favorecido la estabilidad de ese constitucionalismo liberal, basado en la soberanía nacional. Por el contrario, la venta especulativa de aquellos bienes nacionales lo que confirmó es, de una parte, la propiedad de la nobleza y por otra, la aparición de nuevos grandes propietarios burgueses, alejados del campo, en donde se mantenían vinculados al mismo jornaleros y campesinos sin tierra.
Uno de los mejores historiadores de las ideas y del pensamiento español, José Luis Abellán, escribió “este fondo de idealismo moral del liberalismo español del XIX, vincula la idea de nación, con la pasión por la libertad, lo que da al liberalismo doceañista pleno carácter romántico…”
La Constitución del 12 se convertirá en un verdadero mito político y bandera irrenunciable para aquellos políticos liberales perseguidos, exiliados e incluso asesinados por la reacción servil y absolutista. Ese carácter mítico hace que la Constitución doceañista sea vista, nos dice el profesor Luis Diez del Corral, como una suerte de “reino de Dios laico, súbitamente aparecido sobre la tierra, que lleva en sí todos los bienes”. Lo que no hay duda es donde se coloca el centro del poder cuando se dice en su artículo 3 que “la soberanía reside esencialmente en la Nación, y por lo mismo pertenece a esta exclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales”.
Los liberales harán de los ayuntamientos democráticos su espacio de libertad y plataforma de asalto al poder frente a la posición conservadora e incluso de los liberales moderados que querían que el gobierno designe a los alcaldes y a través de ellos controlar a los ayuntamientos locales.
La otra gran institución revolucionaria de los exaltados es la Milicia nacional creada también por la Constitución del 12 en contrapunto del Ejército dependiente directamente del rey y en cierta forma como una organización del pueblo en armas, vinculada a los principios e ideales liberales.
En algún lugar me he permitido establecer un paralelismo atrevido entre ese liberalismo exaltado y justiciero que nace en Cádiz, tan alejado del mercantilista y utilitarista liberalismo actual, y el movimiento libertario español. Ese paralelismo se da entre la lucha por los ayuntamientos democráticos de los liberales y la tesis de los municipios libres de la corriente comunalista de los libertarios expresada en la obra de Federico Urales. También la institución de la Milicia nacional apoyada y alimentada por los militantes liberales y la tesis libertaria del pueblo en armas. Por último, la revolución social libertaria podría encontrar su antecedente en la estrategia antifeudal de los liberales y en sus medidas desamortizadoras que desgraciadamente no llegaron a sus últimas consecuencias de transformación social y económica. Sin lugar a dudas hay también diferencias importantes entre estos dos movimientos que no ignoro, pero su arraigo nacional y su pasión por la libertad y la justicia les implican en una resonancia compartida.
La historia española es una sucesión de ocasiones perdidas para esa convergencia entre libertad y democracia, no sólo política sino también económica. Las contradicciones entre las familias liberales darán oportunidad a los espadones de turno para imponer la sinrazón de la fuerza de las armas.
La tremenda decepción de aquel rey deseado, que pronto se convertirá en indeseable, y que había cedido de forma cobarde y miserable la Corona española al emperador francés, se transforma en una infame vesania persecutoria contra todo lo liberal y todos los liberales, sin ningún intento de pacto o acuerdo y reafirmándose en su concepción absolutista del poder sobre una persecución política implacable.
La otra ocasión perdida es la de realmente constituir una nación española compuesta por la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios. La derogación, dos años después, de la Constitución gaditana abortó la construcción de este proyecto común de americanos y peninsulares. En 1820, restaurada la Constitución de Cádiz, Bolívar hizo, a través del embajador de la Gran Colombia en Londres y por medio del embajador español en aquel Reino, el duque de Frías, una propuesta al rey Fernando VII: Crear una gran confederación encabezada por el rey con los territorios ya independientes y los que aún estaban bajo la soberanía española, con ciudadanía compartida y grandes acuerdos comerciales, económicos, educativos y militares. Pudo ser una gran ocasión para la civilización iberoamericana y tal vez, pese a sus dificultades, hubiera podido cambiar la historia del mundo. Fue rechazada sin contemplaciones por aquel rey mezquino al que algunos le gritaban ¡Vivan las cadenas!, con una vil adulación de su despotismo, a pesar de lo cual él azuzaba a los liberales para que dispararan contra ellos.
De fracaso en fracaso ese liberalismo gaditano que se va a hacer universal en el lenguaje político y se incorpora a cultura política de todos los pueblos, llega inconcluso, mutado en neoliberalismo egoísta y usurocrático, a nuestros días.
Sobre la transición española he escrito que algunos de sus protagonistas destacados podía responder al perfil de estos líderes liberales y justicieros de hace doscientos años. La figura de Adolfo Suárez, primer presidente español del gobierno de la transición, así la he considerado. Cometió, tal vez, el error de enfrentarse simultáneamente a enemigos muy poderosos: la Iglesia, el ejército y la banca., que defendían desde distintas perspectivas tesis muy conservadoras y contrarias a esa transformación profunda que el país requería. Su renuncia forzosa fue otro fracaso y ocasión perdida de ese largo proceso que se inició a partir de las Cortes de Cádiz en la historia española. También el liderazgo de Felipe González, las expectativas que creó y la ilusión que movilizó, pudieron encajar en ese perfil del liberalismo social y exaltado, amante de la justicia. Desgraciadamente tales expectativas se desvanecieron con el paso del tiempo.
También podríamos contar una larga historia de ocasiones perdidas y de fracasos históricos en los países latinoamericanos desde su independencia, pese a todas las esperanzas e ilusiones del momento fundacional de las nuevas repúblicas independientes. La sucesión de distintas oligarquías, unas civiles y otras militares, con una sistemática marginación de sus pueblos hace que siga inconclusa también esa revolución social igualitaria de los pueblos, de la antigua América española.
Ahora nos encontramos en las vísperas de una huelga general convocada en nuestro país, para el día 29. (Fecha tal vez elegida por estar consagrada al Arcángel San Miguel, que en la iconografía católica se le representa alanceando al Diablo). No sé si será un éxito o un fracaso. El carácter adocenado de unos sindicatos convocantes preocupados sólo por las cuestiones de salario y nunca de las grandes transformaciones sociales y el acceso a la propiedad de los trabajadores, ofrece grandes dudas sobre la eficacia de ese instrumento político y revolucionario que es la huelga general.
Por otra parte, sin embargo, el que después de estas últimas décadas de derroche y despilfarro, de especulación y fraudes, de corrupciones y enriquecimientos desmesurados, por los usurócratas de todo signo, que nos aseguraban un bienestar y progreso ilimitado mientras llenaban sus bolsillos y faltriqueras de forma desmesurada, nos hayan llevado a este desastre de los cuatro millones y pico de parados y que la solución sea el congelar las pensiones, ya miserables, el rebajar los sueldos a los únicos que son rigurosamente fiscalizados y controlados, los empleados públicos, y el no poner en marcha ninguna política innovadora y creativa, mientras que la desigualdad social y económica se mantiene y las manadas de asesores incompetentes, reclutados por el clientelismo y el nepotismo político, social y económico, sigan gozando de todos sus privilegios, justificaría un grito colectivo de ¡BASTA, YA! En nuestras voces, en nuestros gestos, en nuestra ausencia compartida está el pronunciarlo, para que sea entendido. Queda en pie el rescatar aquel espíritu liberal de justicia que debió acompañar a la revolución española, que en los liberales del XIX nacía de la soberanía de la Nación, y en los libertarios del XX, de la soberanía del pueblo.



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