Viernes, 24 de Noviembre de 2017    
 
16/10/2017 [[Política]]
Los distintos fetichismos y la reconstrucción de la verdad
La confusión de la democracia, de la revolución del diálogo y de la verdad
por Antonio Colomer Viadel

Excepcionalmente en nuestro periódico el director escribe a la vez la editorial y éste artículo de política. Son también excepcionales las circunstancias y por ello queremos persuadir con la verdad y la razón, AC.

I

El fetichismo de votación y tumulto, igual a democracia

Hace ya 2.500 años Aristóteles, que estableció las distintas formas de gobierno, fijó también las correspondientes degeneraciones de éstas, y en el caso de la democracia consideró que su perversión era la demagogia, cuando unas pretendidas mayorías, convencidas de su prepotencia y fortaleza, atropellan a las restantes minorías, pisoteando sus derechos, entre ellos la expresión discordante de ese abrumador dictado demagógico que quiere erigirse en la única verdad.

Es cierto que las formas y las garantías son importantes en la expresión de la democracia y a raíz de las primeras elecciones en la democracia recobrada española, en junio de 1977, escribí que “se quiere confundir la democracia- protagonismo consciente del pueblo-, por el mero mecanismo del sufragio, que es un instrumento de aquella, y que resulta inadecuado si no se dan las condiciones previas de serenidad, conciencia de los problemas, expresión libre y organización de las fuerzas sociales”. Esta algarabía de tumultos y odios que los últimos tiempos en Cataluña han expresado un ambiente crispado, tan contrario al tradicional seny catalán, tiene también su expresión en otros caldos de cultivo históricos en los que se quiso aprovechar el desorden y la situaciones caóticas para dar apariencia de verosimilitud o expresión popular auténtica a lo que simplemente era abuso de las circunstancias y ánimo de ventajista.

En 1641 hay constancia de un primer intento de proclamar una República Catalana y ante la movilización del rey Felipe IV que, evidentemente, no quería ver desintegrado su reino, los promotores decidieron ofrecer al rey Luis XIII de Francia el título de conde de Barcelona, y someterse a la soberanía francesa, enemiga tradicional de España. Tal malabarismo ideológico por el que ciudadanos republicanos se reconvierten en súbditos de un rey extranjero, acabó tras muertes inútiles y daños a las gentes y los pueblos, como una aventura sin sentido.

En el siglo XIX, cuando aquellos hombres moderados, y beneméritos, que eran los republicanos federales fundan la I República Española, en 1873, convencidos de la descentralización y la autonomía de ciudades y regiones y el valor del convencimiento y la concordia se entra en un frenesí caótico de cantonalismos egoístas en dónde se proclaman múltiples repúblicas y, entre ellas, por ejemplo, las de Granada y Jaén se declaran la guerra, Jumilla amenaza a Murcia, y en el cantón de Cartagena la Armada sublevada llega a bombardear las ciudades de Alicante y Almería.

Este cantonalismo suicida e irracional se extiende por múltiples regiones y en tal ambiente de desbordamiento los presidentes de la República Federal, pacifistas de pro, tienen que enviar al ejército para reconstruir el orden constitucional federal. También entonces se aprovechó esta circunstancia enloquecida para proclamar de nuevo una República Catalana que tuvo una efímera vida de pocos meses.

Y más próximo a nosotros están los acontecimientos de 1934, ese intento de pocos días de una enloquecida y alucinante nueva República Catalana que se derrumbó como castillo de naipes trucados.

Que contraste con lo que dijeron y escribieron dos notables catalanes, en el siglo XIX, Juan Prim, dirigiendo un Manifiesto para la Concordia a todos los españoles en 1866, y luego encabezando La Revolución Gloriosa, y como presidente del gobierno de España, promoviendo la aprobación de la Constitución de 1869, una de las más progresistas.

En el siglo XX, otro catalán ejemplar y notable fue Francesc Cambó, de la Lliga Regionalista, que apoyó al gobierno de Maura y es autor del libro “Por la concordia” (1927), todo un programa de reconciliación nacional.

Solo una alucinación puede identificar votación y democracia, ya que se puede también votar un suicidio colectivo o el orden de sucesivos asesinatos, o el reparto de ganancias en una organización criminal, o creer que cualquier rincón de una entidad histórica puede ser troceada del conjunto por los manipuladores de turno, autores de eficaces lavados de cerebro e inductores a ser carne de cañón a seres fanatizados a los que ponen por delante mientras ellos enmascaran sus intereses y estrategias.

II

El fetichismo de las teorías revolucionarias

En los últimos tiempos de cambios políticos hemos visto que algunos políticos de nueva traza, traían en la mochila textos de autores cuyas teorías les permitirían alcanzar el cielo del poder por la innovación de sus estrategias.

La llegada de Podemos que, en principio, fue ilusionante porque parecía recoger aquel espíritu de renovación del 15 de mayo de la Puerta del Sol, con prácticas de respeto mutuo, audiencia a las distintas ideas y reciprocidad en el esfuerzo, se descubrió que en realidad encubría el pensamiento de un escritor argentino, Ernesto Laclau, teórico del populismo, cuyas ideas principales se encuentran en su libro “La razón populista” (2005). De ahí surgió esa estrategia de asumir todos los reclamos, todas las reivindicaciones, aunque algunas sean contradictorias, y echarles las culpas a los de arriba, esa “casta”, origen de todos los males.

Por un lado se reivindicaba los círculos de participación popular de barrios y ciudades y por otra se buscaba un símbolo integrador, supremo e indiscutible que era el líder, el caudillo, en dónde todas las masas debían identificarte y que por tanto, no admitía oposición de ninguna clase.

Ahora también, junto a los viejos fetiches nacionalistas, en la conspiración que viene incubándose desde hace tiempo, ya se renuncia al ejercicio de la lucha violenta en donde frente a la fuerza legítima del Estado se tiene todas las de perder. En esta estrategia de astucias y de manipulación de la verdad aparece un autor, el filósofo y politólogo norteamericano Gene Sharp, autor de un libro “De la dictadura a la democracia” (1994), que ha sido guía de combate para distintos movimientos nacionalistas y otros movimientos de resistencia en distintas partes del mundo. El nacionalismo catalán define en su estrategia a la sociedad democrática española como una tiranía y quiere aplicarle las recomendaciones de Sharp de la lucha no violenta contra el poder, sino fomentar que los ciudadanos no obedezcan a los líderes de esas estructuras del Estrado, y conseguir que se establezca una doble soberanía y gobiernos paralelos y dos legitimidades que creen la duda y la confusión. También la presión psicológica al adversario, mediante realizar juicios al revés, al acusador, establecer listas negras de comerciantes, métodos de no cooperación política para que deje de funcionar el gobierno, rechazo a la autoridad, retirada de la obediencia, boicot a reuniones oficiales, desobediencia civil a las leyes “ilegítimas”, boicot social a grupos sociales para inducirlos a que se unan a la resistencia, cumplimiento lento y renuente que es una desobediencia enmascarada, no solo al poder ejecutivo sino también a jueces y fiscales (¿no les suena de algo todo esto?).

Y también consejos sobre acción callejera, como promover huelgas estudiantiles, suspender actividades sociales o deportivas, ruidos simbólicos como las caceroladas o tractoradas, volver la espalda a las autoridades o agentes de las autoridades, en actos públicos, etc. Las milicias urbanas de la CUP tendrían la misión de control de tales tácticas contra la tiránica dictadura española, aunque conviene recordar que Sharp ya en una obra anterior, “La política de la acción no violenta” (1973) -que definía como una política jiu-jitsu, aprovechándose de los errores y equivocaciones del adversario-, tenía en cuenta las dictaduras de países Árabes o de Serbia o Ucrania, más recientemente.

En Estados Unidos algunos analistas le han acusado de apoyar a derribar a gobiernos no afines a los intereses de Estados Unidos pero, en cualquier caso, es una lucha por las libertades que tendría algún sentido aunque una vez más hay que recordar que el dicho maquiavélico de que el fin justifica los medios, puede pervertir el fin por el contagio perverso de los medios. Y la ética siempre es la más resentida. Se trata de alcanzar el poder de la forma más fácil y menos costosa aunque se asiente en una monstruosa campaña de difamación por la que la democracia española, en cuyas normas jurídicas se fundamenta el acceso a las instituciones autonómicas y a sus presupuestos de muchos de estos conspiradores, difícilmente puede equipararse a una dictadura tiránica, a no ser en las mentes alucinadas del irracionalismo.

III

El fetichismo del diálogo y la negociación mediadora

Cuando han surgido algunas dudas sobre el éxito inmediato y arrollador de la revolución secesionista han empezado a esgrimirse en el campo nacionalista la necesidad de unos mediadores, de un diálogo, de una negociación en la que siempre se mantiene, claro está, la condición innegociable de la secesión.

Lo patético es que algunas gentes de buena voluntad y dirigentes políticos y sociales que se dicen respetuosos con el Estado de derecho y el orden constitucional, se adelantaron, frenéticamente a exigir diálogo y negociación.

Al parecer olvidan que los dirigentes políticos nacionalistas que ejercen cargos institucionales en la Generalitat o en el Parlament han violado sistemáticamente la Constitución y el ordenamiento jurídico, incluido el Estatut de autonomía, en función del cual ocupaban esos puestos y ejercían esas funciones, se han burlado de la resoluciones de los tribunales y de los jueces y fiscales, han inducido a las masas, mediante las tácticas que hemos indicado más arriba, a provocar conflictos en la calle como parte de su método de asalto al poder.

Por no señalar el negar la realidad existencial e histórica de España, de la que Catalunya siempre ha formado parte.

Es como si a una mujer violada – que podría ser la alegoría de la democracia española-, se le forzara a dialogar y a negociar con su violador y éste, condescendiente, otorgara el sustituir en el futuro, una nueva violación por solo tocamientos libidinosos ¿se podría uno fiar del “ejemplar” comportamiento futuro de tal monstruo?

Ante el escándalo que esta actitud entreguista ha provocado, algunos políticos empiezan, sin gran entusiasmo, a matizar sus primeras adhesiones incondicionales al diálogo. Solo es posible que este ocurra cuando haya buena fe mutua, compromiso ético de asumir las reglas comunes existentes de convivencia política y voluntad de respetar lo pactado. Ello es imposible con la catadura moral de esa dirección nacionalista dispuesta a cualquier cosa, incluso a un enfrentamiento civil, y una ruina de su Comunidad, con tal de ser “monarcas” de una república liliputiense. Cada cual tendrá que asumir sus responsabilidades y la menor sería la de las inhabilitaciones para participar en la vida pública ya que el sarcasmo mayor es que los autores de tales desafueros fueran a protagonizar con nuevas mascaradas y falacias el porvenir de las instituciones autonómicas.

Tendrá que ser una nueva clase política, de plurales ideologías, pero de más sano comportamiento moral los que tengan que hablar y dialogar en el futuro.

En cuanto a esos otros políticos dispuestos a aliarse con el diablo en beneficio de sus mezquinos intereses -que ellos creen coincidir con el interés general- o esos otros tibios disponibles para ceder, y acoplarse a cualquier solución en la que salgan gananciosos, habrá que recordarles una triste anécdota histórica que ya adelanto a los fanáticos y sectarios escandalizables, que es muy diferente al marco español pero no a la debilidad y cobardía intemporal entre los que la protagonizaron entonces y algunos de los actores actuales.

Me refiero a aquel momento histórico, triste, amargo, vergonzoso, el llamado Acuerdo de Múnich, en dónde los jefes de gobierno de Francia y del Reino Unido se reunieron con los dictadores Hitler y Mussolini y bajo la amenaza de un posible conflicto bélico, sacrificaron al pueblo checoslovaco, a la justicia y al derecho internacional, entregando la región de los Sudetes a Alemania y de esa debilidad se aprovechó el dictador poco después para invadir y apoderarse del resto de Checoslovaquia.

Al volver al Reino Unido, el premier Chamberlain se presentó como un salvador de la paz europea y mundial, y así fue recibido en la Cámara de los Comunes por la mayoría de los diputados. En la sesión del 5 de octubre de 1938, seis días después del triste acuerdo de Múnich, en esa Cámara de los Comunes solo un diputado se levantó al final, Winston Churchill y tras reprochar al premier que hubiera cedido al chantaje en un ejercicio de sumisión inadmisible, añadió: “Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra, elegisteis el deshonor y ahora tendréis la guerra”, trágica profecía que se iba a cumplir al año siguiente y en la que Churchill fue uno de los héroes salvadores.

Ciertamente las circunstancias no pueden equipararse ni hay un horizonte de guerra, pero lo que es cierto es que la debilidad y la cobardía en la defensa del derecho y la justicia, puede arrastrarnos a cualquier desastre.

IV

La reconstrucción de la verdad, la previsión política como exigencia en el gobernante y la concordia en el horizonte

Sin lugar a dudas la grandeza de un político no solo es enfrentarse con decisión y firmeza a los acontecimientos si no prever con antelación que vayan a ocurrir y tomar las medidas preventivas para que no ocurran en su vertiente más negativa.

Los sucesos que estos días nos conmueven, se veían venir desde hace tiempo y había que haber tomado medidas previsoras y regeneradoras además de activar la toma de conciencia en el conjunto de nuestra comunidad política. No quiero darme de profeta a estas horas pero lo cierto es que hace casi cuatro años, el 30 de enero de 2014, escribí una carta al presidente del Gobierno Mariano Rajoy proponiéndole que tomara la iniciativa de la convocatoria de un referéndum consultivo nacional en las condiciones y términos que allí se indicaba. Convencido de que tal audaz iniciativa podría ser estimulante y además un ejercicio de trasparencia sobre la voluntad política de toda la ciudadanía, incluida la de Cataluña. Tal vez conviene releer aquel texto en la hora presente.

Sr. Don Mariano Rajoy

Presidente del Gobierno

Palacio de la Moncloa

Madrid

Valencia, 30 de enero de 2014

Señor Presidente:

Asistimos con un cierto estupor y asombro a la situación surrealista de la política española actual en donde el representante del Estado en Cataluña- el Presidente de la Generalitat de Cataluña- pone en marcha un procedimiento para desintegrar ese Estado del que es la máxima autoridad en la Comunidad Autónoma Catalana.

Además, con una cierta trivialidad colaboran otros representantes políticos en un procedimiento como de trámite para alcanzar ese objetivo desintegrador de la unidad nacional y la emergencia de un nuevo Estado nacional, Cataluña, vía referéndum de autodeterminación, eso si, solicitando la bendición del Gobierno de España, para que todo sea respetuosamente legal.

Usted ha señalado el carácter inconstitucional de ese Referéndum que en consecuencia no puede realizarse sin violentar el orden legal y constitucional del país y al parecer duda de recibir al Presidente de la Generalitat en esa solicitada visita para anunciarle y pedirle su consentimiento para esa desintegración controlada y bendecida, en un marco festivo y lúdico de praxis democrática,

La cuestión surrealista se explica por la entremezcla de elementos sentimentales, emocionales e irracionales como son tantas expresiones de las pasiones nacionalistas. Ahora bien, no hay que infravalorar la importancia de estos elementos y cómo pueden ser arrastrados a comportamientos de grave violencia, como carne de cañón, algunas gentes inocentes que luego serían dejados en la estacada por los que los hubieran inducido a creencias políticas alucinógenas.

En medio de la grave crisis que vive la sociedad española y la debilidad del aparato del Estado por políticas que en cualquier caso son dolorosas y, desde luego, polémicas, quedarse simplemente en la argumentación legal para señalar que tales propuestas secesionistas se encuentran extramuros de la Constitución, no parece la estrategia adecuada.

En las encrucijadas políticas transcendentes y graves se necesita audacia e imaginación. Y estas pueden ejercerse desde el propio marco constitucional.

Ud. está capacitado para proponer al Rey la convocatoria de un Referéndum consultivo nacional por el que se le pregunte a todo el pueblo español si está de acuerdo o no en iniciar una reforma constitucional que introduzca en nuestro texto el derecho a la autodeterminación de las Comunidades Autónomas y, en consecuencia, a la posible separación e independencia de alguna de ellas de este Estado Nacional con cinco siglos de existencia que es España.

En nuestra Constitución de 1978 no hay clausulas intangibles o irreformables como ocurre en la Constitución alemana respecto a la estructura federal del Estado, o en la Constitución francesa en relación con el régimen político republicano. Todo puede ser reformado aunque en este caso afectaría al titulo Preliminar de la Constitución que tiene un procedimiento reforzado, según el artículo 168, que se refiere a la revisión total de la Constitución o una parcial que afecte a ese título preliminar-arts 1 y 2 de la Constitución, - del Título I – derechos fundamentales y libertades públicas - o al Título II, La Corona.

Si la mayoría del pueblo español, con una participación alta, como sin lugar a dudas sería en este caso, aprobara ésa reforma, aunque sea con carácter consultivo, moral y políticamente ese procedimiento de reforma, debería iniciarse mediante la aprobación en el Congreso, nuevas elecciones, confirmación, por la nueva Cámara de la reforma y un segundo referéndum nacional, - ahora vinculante - que definitivamente pueda ratificar la reforma y por tanto, constitucionalizar el derecho de autodeterminación.

Los nacionalistas podrían comprobar el parecer de sus conciudadanos en la respectiva Comunidad Autónoma, en el marco del cómputo total de votos del electorado español.

Si la constitucionalización de éste derecho de autodeterminación fuera rechazado, y pese a ello, algunos dirigentes políticos o instituciones autonómicas, se empecinaran en continuar con tales procedimientos segregacionistas, a despecho de la voluntad expresada por el titular de la soberanía nacional, el pueblo español, Usted estaría revestido de toda la autoridad no sólo legal y constitucional sino también moral, política y de legitimidad democrática, para aplicar con firmeza las medidas de suspensión institucional e inhabilitación personal previstas en la Constitución y las leyes. El respaldo mayoritario de ese pueblo, ofendido por el desconocimiento y menosprecio a esa voluntad democrática ya expresada, lo tendría garantizado.

Es la hora de las decisiones políticas audaces y del coraje democrático en esta encrucijada un tanto paranoica en que vivimos.

¡Convoque, Señor Presidente, mediante la fórmula del acto obligado del Rey, ese referéndum! ¡aclaremos este panorama confuso y absurdo en que vivimos!

Y una última adenda: no confundamos la esquizofrenia política de ciertos dirigentes, y el despilfarro en la gestión pública caótica de los últimos gobiernos autonómicos en Cataluña, con las virtudes de la sociedad civil catalana. Su laboriosidad, iniciativa emprendedora, sentido del ahorro, capacidad organizativa y societaria, cariño a sus tradiciones e ilusión por ver crecer su comunidad.

Sólo algunos pocos imbéciles pueden pretender ridiculizar, mediante caricatura deformante, tales virtudes sociales.

Necesitamos para ese proyecto sugestivo de vida en común, que hay que regenerar en España, el aporte de esas virtudes del pueblo catalán. Tal vez, en alguna medida, hay que catalanizar a España. Sin renegar del espíritu quijotesco, ponderar el sentido común de Sancho, mediante una reciprocidad que nos salve a todos.

Antonio Colomer Viadel

Catedrático de Derecho Constitucional (J), Universidad Politécnica de Valencia

Las circunstancias ahora, desgraciadamente, no son las mismas, pero tampoco podemos renunciar al coraje de defender lo que es justo y desde la fortaleza tender la mano al conciudadano, piense lo que piense porqué el pluralismo sigue siendo un principio constitucional que fundamenta nuestra Constitución pero no justifica, en ningún caso, el atropello de la ley que nos hemos dado todos y del respeto a las distintas opciones que se den en nuestra sociedad.

Solo así, ciertamente, podremos reconstruir la verdad.



 
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