Jueves, 18 de Octubre de 2018    
 
11/04/2018 [[Editorial]]
Presupuestos ideológicos y vitales de la revuelta estudiantil en el mundo
En el 50 aniversario de mayo de 1968 en Paris y en el mundo
por Antonio Colomer Viadel

Este artículo fue, hasta este momento, inédito para la letra impresa, aunque se escribió a finales de 1968[1].
Se dio a conocer, sin embargo, a través de su lectura, en el número 50 –extraordinario– de la revista oral universitaria Alfa, en el colegio mayor Alejandro Salazar, de la Universidad de Valencia, a mediados de febrero de 1969. De ahí algunos giros de su redacción, que se han mantenido para publicarlo tal como se leyó. Desde ese entonces ha habido una literatura abrumadora sobre las revueltas estudiantiles en general y sobre el mayo francés, en particular.
La información sobre aquellos sucesos tenía entonces la viveza del mensaje periodístico, al día.
A la vez, los primeros libros aparecidos casi al calor de las barricadas, escritos por protagonistas y testigos presenciales, presentan la vitalidad y la fuerza de aquello aún retenido en nuestras retinas y corazones, sin tentaciones eruditas ni pretensiones doctrinarias de interpretación histórica o filosófica.
Se cumplen ahora los 50 años de aquel mayo del 68 en Paris que fue al mismo tiempo una conmoción universal que cambió los hábitos sociales
Por último, la mayor parte de los peligros sobre las oligarquías y el Estado que entonces se denunciaban no sólo no han disminuido, sino que se han, probablemente, acrecentado.
Con una sutil y grave diferencia: la mayor astucia del poder para enmascarar su realidad y estar al acecho para no ser sorprendido en otra ocasión.
Vale la pena recordarlo.
En el momento de analizar los perfiles nuevos de este fenómeno que ha sorprendido en gran medida a las sociedades de Occidente, es necesario dibujar, aunque sea esquemáticamente, el ambiente en que se produce, es decir, hacer un breve diagnóstico de nuestro tiempo.
El mundo en que vivimos se encuentra en la encrucijada de una geopolítica que ha dividido, sin matices, a éste en dos zonas enfrentadas, radicales y sin concesiones sobre sus respectivos cotos de dominio.
Existe además un nuevo ingrediente que ha traumatizado hasta el paroxismo esta situación: la posibilidad técnica de un aniquilamiento total evitada por el equilibrio siniestro de un contrapeso de temores con toda la inestabilidad básica de los miedos.
Por otra parte nos encontramos inmersos en una sociedad industrial de masas conmocionada y potenciada en sus posibilidades por un increíble desarrollo tecnológico progresivamente en aumento. Como consecuencia de esta estructura social se han producido dos circunstancias de enorme trascendencia: el crecimiento fabuloso de la producción, como fruto de la exigencia de consumo, y la capacitación técnica de control social a través de unos medios de comunicación y difusión cada vez más absorbentes y completos.
El primer elemento va a trastocar la organización de las necesidades y la manipulación artificial de los deseos de éstas al servicio de un consumo, consecuencia de una superproducción imparable.
Los medios de comunicación social tenderán a conseguir una homogeneización social a través de la interiorización de hábitos y creencias masivos.
Respecto del mundo globalmente considerado quizá sería posible en este momento un fin de la utopía en la forma enunciada por Marcuse, ya que técnicamente dentro de poco hasta lo imposible será posible. Sin embargo, la organización socio-económica condiciona estos fabulosos instrumentos y mantiene el contraste entre una minoría de países superpotentes y el espectro flagrante del hambre y la miseria en el Tercer Mundo.
Por último las antiguas creencias están en crisis y no tenemos o dudamos de las que tenemos; una cultura que, como en otras épocas, nos explique serenamente este mundo increíble en que vivimos y nos dé razones convincentes sobre él.
Sobre esta situación ambivalente de inseguridad física e inseguridad psicológica se encuentra el hombre actual, en vilo bajo la presencia de un poder y de una omnipotencia como nunca existió.
Este es el quicio en el que debemos analizar algunos de los elementos de la rebelión estudiantil.
En primer lugar no pueden satisfacernos explicaciones excesivamente simples del fenómeno. Existen minorías organizadas sujetas a una disciplina de subversión política, pero no se puede encontrar en ella la génesis, no ya exclusiva, sino siquiera principal de un acontecimiento universal de esta envergadura.
Del mismo modo también podíamos constatar la existencia de una gran masa universitaria adaptada a la estructura de las necesidades y los cauces de promoción y de satisfacción previstos por el sistema.
Aún aceptando la presencia de estas dos actitudes radicalmente diferentes, es preciso destacar que últimamente hemos asistido a la actividad de unos movimientos irreductibles a los esquemas clásicos, no encuadrables en actitudes históricas rígidas ni afiliables a doctrinarismos antiguos.
De este movimiento heterogéneo, pluriforme, muchas veces impreciso, que algunos demasiado simplemente han calificado de neo-anarquista, cuyos perfiles más que teóricos son vitales, cuyas influencias intelectuales son múltiples y ninguna decisiva del todo y cuya anécdota histórica máxima ha sido el acontecer de mayo de1968, en Francia, es de lo quisiera hacerles a ustedes un breve análisis y exposición.
En medio de estas sociedades industriales, desarrolladas, cuya tendencia uniformadora domina la estructura social, se produce una reacción básicamente negadora de los supuestos de lo existente, en la que participan aquellos que por su origen pertenecen a ella e incluso en sectores relativamente bien situados.
Se origina más que un fenómeno de clase –los estudiantes no la forman– en sustitución del contenido revolucionario de los trabajadores, un conjunto de actitudes individuales de carácter fundamentalmente crítico, por caminos de toma de conciencia o lucidez personal ante el sistema.
Pese a lo que se ha dicho con cierta frivolidad, no pretenden sustituir a los dirigentes y asumir el poder, sino actuar como piedra de escándalo o, por decirlo en su lenguaje, como provocadores en la sociedad de consumo, hasta la consecución de una reactivación mental de toda la sociedad.
No quieren aceptar el papel predestinado en el juego social ni exigir una mejor distribución en la satisfacción de las necesidades, sino denunciar lo arbitrario, lo ficticio del montaje productivo de muchas de ellas —lujo, consumismo superrefinado, promoción central del placer como motivación—, negándose a hacerlas suyas.
El primer tema crítico con el que se enfrentan es la universidad, por ser el más inmediato a su propia trayectoria vital.
En su origen los acontecimientos en toda Europa tienen planteada una revisión de la universidad; sólo después se extenderá a una crítica de la organización socio-económica de la política y las posibilidades de una antropología humanista nueva.
La universidad llegará a nuestra época con una estructura fundamentalmente idéntica a aquellas de formación de teólogos y humanistas, que fue su origen. En primer lugar contrasta con el contorno sociológico en el que está inserta.
Además, por esta crisis de cultura de que hablábamos no podrá ser el instrumento intelectual que elabore el sentido cultural de la sociedad a la que pertenece.
La acusación general, en los orígenes del movimiento estudiantil, será de anacronismo, desfase e incumplimiento de su objetivo de enseñanza, no formando al hombre para la vida, sino estando en contradicción la enseñanza con la lucha que en la sociedad se produce.
Se pide –dirá Sauvageot, dirigente de la UNEF–, un espíritu crítico a los universitarios para luego engarzarlos en unos estudios acríticos.
No enarbola enseñanzas vitales acordes con las funciones de la coyuntura presente. Poco a poco se despierta en ellos (los estudiantes) la conciencia de que no podrán ejercer en la sociedad el papel que corresponde a su formación.
Y cuando se pretende reformarla –denuncia Cohn-Bendit– dicha reforma consiste en racionalizar los estudios, no para el hombre, sino para la proyección de tecnócratas de tipo medio, necesarios a las empresas en la lucha por los mercados. Allain Geismar hará notar que el 70 por ciento no acaban sus estudios en Francia y que entre los diplomados se produce un número importante de parados o en situación de subempleo.
Igualmente se critica el sentido clasista de acceso a los estudios o el sistema de “mandarines” que tiraniza la universidad, aunque el problema es de mayor calado. De ahí que cuando se reivindica el sistema de contestación permanente, cogestión universitaria y autocrítica necesaria, enseguida se desplazará el centro de gravedad crítico hacia la sociedad de la que la universidad sólo es el instrumento de creación de minorías dirigentes.
En el momento de enfrentarse a la sociedad en que se vive, se produce una coincidencia fundamental: la crítica de la organización capitalista de la sociedad como responsable de la inestabilidad del sistema y de la artificial y agobiante escalada de necesidades que origina una lucha por la vida, en la que la entidad misma de la persona humana está en peligro.
Sin embargo, el mismo Rudy Dutschke negará la teoría del crack inevitable del capitalismo elaborada por el marxismo oficial. El rechazo de aquel debe venir de aptitudes personales.
En ese sentido Daniel Cohn-Bendit, en su obra El izquierdismo, remedio a la enfermedad del comunismo, advierte que es preciso evitar que al capitalismo suceda un socialismo rígido y lanza un durísimo ataque a Lenin y Trotski por haber destruido el experimento de una democracia directa, y el control obrero de fábricas y sindicatos en beneficio de la burocracia del partido.
Unánimemente se ataca la función del sindicato –CGT en Francia– portavoz de simples reivindicaciones materiales, alejado de la base de trabajadores, desempeñando el papel de corrector previsto por el sistema y por lo tanto soporte de éste.
Se preconiza el control obrero directamente en las empresas y esta idea del poder de los trabajadores en los mismos lugares de trabajo se sintetizará en una palabra mágica: autogestión. Se trata de formas de socialismo no autoritario o más bien de sindicalismo de empresa de tan arraigada tradición en Francia desde Proudhon, Pelloutier, etcétera.
No se trata pues de reformas parciales las planteadas por casi todos estos dirigentes y movimientos, sino la supresión de la idea de patrono y asalariado, y el abandono del concepto de beneficio. Así resulta significativo que Rudy Dutschke escriba su tesis doctoral, aún no publicada, sobre la experiencia de los consejos obreros de la revolución húngara de 1956.
Se desmonta el capitalismo pero se rechaza igualmente la planificación burocrática y centralizada de la organización económica comunista.
Reforma política
La idea presente en la revisión de la estructura socioeconómica de partir de la base, de fiscalizar el poder desde los propios lugares de trabajo, continuará en el planteamiento de la transformación política. Su actitud política no supone un mero reformismo, no creen en la posibilidad de un gobierno de izquierdas y consideran que el equilibrio izquierda-derecha es estéril, ya que supone aspectos de un mismo orden que se mantiene por la gravedad de esta oscilación prevista. En los años de transformación de una sociedad, dirá, irónico, Geismar, “el querido colega parlamentario es un elemento que no tiene sentido”.
Por ello, el ataque radical a la democracia burguesa, al parlamentarismo y al sistema de partidos políticos.
La organización de la acción parlamentaria será por ejemplo la base doctrinal de la revista El enano negro, órgano de expresión de Tarik Ali, jefe del movimiento en Inglaterra.
Dutschke enunciará que en vez de la teoría vertical del partido, que considera un foco de manipulación, es necesaria una resistencia espontánea.
La cuestión, según Sauvageot, no es sustituir una ficción por otra. Es preciso que la población se organice en el escalón de la factoría, de la ciudad, de la universidad.
Lo que está en crisis es el principio de la delegación de poder y se busca la instauración de la democracia directa. Es presupuesto indispensable –dirá Cohn-Bendit– la revocabilidad de los delegados y el poder efectivo de las colectividades. Como consecuencia, la organización ha de ser muy primaria: comités de barrio, de empresas, etc. E incluso el mismo autor habla de la sociedad futura como una federación de consejos de trabajadores. No hay que crear un partido nuevo, sino crear una situación objetiva que permita la posibilidad de expresarse a todos los niveles.
Del mismo modo se rechazan las formas autoritarias de las sociedades marxistas existentes. Para Dutschke, en lugar del viejo sistema surge el aparato del partido, es todo. El ataque más duro proviene de Cohn-Bendit cuando acusa a Lenin de despreciar a la clase trabajadora con su teoría del revolucionario profesional y del partido bolchevique, que ha llevado a las formas brutales de dictadura del Estado soviético.
El planteamiento de su táctica revolucionaria es rigurosamente consecuente con estos principios.
Dutschke hablará de vivir la revolución en la acción y en proceso interior, aborrece los elementos abstractos o impersonales de estas élites, aparato, burocracia.
“Nada –dirá– de aristocracias revolucionarias gobernando masas indiferentes y desorientadas.”
El poder corrompe, y añadirá Cohn-Bendit que no hay que oponer a la organización, sea Estado o partido comunista, con organización, sino comités de acción que sólo reconocen la coordinación espontánea de los grupos.
Nueva antropología ética y tercer mundo
El marco de todas estas actitudes es un profundo humanismo que los diferencia tanto de los indiferentes como de los fanáticos o sectarios.
La conclusión final será la búsqueda de una antropología, basada para Marcuse en la existencia de un trabajo creador y no sufrido, y en la génesis y desarrollo de necesidades vitales en el hombre, de libertad, felicidad y paz.
En un coloquio en la Universidad de Berlín, en julio de 1967, Dutschke insistía en la importancia del factor subjetivo, en el tipo humano. Y escribirá: “Una política sin la transformación interior de los que participan en ella es una manipulación de las élites”. El hombre nuevo es causa y no consecuencia, como quería el marxismo, de la transformación, y sin un proceso de autoeducación la revolución permanente es imposible.
En este sentido humanista, en aquel coloquio de Berlín se subrayaba el peligro de convertir a los hombres en cosas por el odio. Está en peligro de pérdida el humanismo cuando el enemigo deja de ser hombre para los atacantes.
Esta valoración antropológica que se apunta se intuye también en algunas conmociones del Tercer Mundo, por ello que ésta sea una preocupación constante en el movimiento que nos ocupa.
En el amplio mar del subdesarrollo, las nuevas necesidades vitales de libertad, de paz, no son la búsqueda teórica de las bases de una depurada antropología, sino la experiencia vital cotidiana. De ahí que Fanón apunte que se busque establecer en la tierra el hombre total desde esta encrucijada.
El mismo Marcuse reconoce este alumbramiento y lo ejemplariza con una noticia que le conmueve: en los parques de Hanoi los bancos se hacen de la dimensión justa para que quepan dos personas, y sólo dos personas, de modo que cualquier “cargante” carezca ya de la mera posibilidad técnica de estorbar.
El análisis es sencillo. Ya dijimos que no se trata de ningún doctrinarismo clásico, ni siquiera anarquista.
Se los podrá acusar de elementos utópicos en las construcciones, de negatividad –aunque la negatividad a veces es constructiva–, de imprecisión en las ideas, pero una serie de conceptos fundamentales han sido recreados vitalmente.
La quiebra y agonía del sistema político liberal, del parlamentarismo y los partidos a los cuales la segunda guerra mundial salvó in extremis de la sepultura, la conciencia de que lo más vital y dinámico de estas sociedades es su organización económica, pero que ésta es generadora de desajustes sociales que atañen incluso a la misma persona.
Además la reivindicación frente a un poder cada vez más lejano de los orígenes de los que dice partir y servir, la urgencia de descentralizar, de promover capacidad de designación en las bases, de vuelta a democracias inmediatas igual en lo político que en lo económico.
Y por último reivindicar el valor del hombre, la exigencia de personalizar nuestra existencia y que el participar en lo colectivo sea acto consciente y voluntario, y no hábito o reflejo gregario.
Desde esta perspectiva, estas ideas suponen un impacto espiritual, un removernos el fondo reseco de nuestro ser para que ante el rezumar constante de crueldades de este resquebrajado odre de nuestro viejo mundo, no sean simplemente un contrapunto absurdo y sentimental las sonrisas de los niños, los ojos en los ojos del primer amor e incluso el tamaño de los bancos en los parques de las ciudades destruidas…
Bibliografía conocida y utilizada a finales de 1968 para este artículo
Ayache, Alain, Les citations de la révolution de Mai, París, Jean-Jacques Pauvert, 1968.
Cohn-Bendit, Daniel, Le gauchisme remède a la maladie sénile du comunisme, París, Seuil, 1968.
Colomer Viadel, Antonio, Algunas consideraciones en torno a la Universidad y su futuro, Zaragoza, Colección “Siempre y Ahora”, 1966.
Dutschke, Rudy, Ecrits Politiques (1967-1968), París, Christian Bourgois, 1968.
Epistemon, Ces idées qui ont ébranié la France, París, Fayard, 1968.
Marcuse, Herbert, El final de la Utopía, Barcelona, Ariel, 1968.
Morín, Edgar, Claude Lefort y Jean-Marc Courdray, Mai 1968: La Bréche, París, Fayard, 1968.
Sauvageot, J. A. Geismar, D. Cohn-Bendit y J. P. Duteuil, La révolte étudiante. Les animateurs parlent, París, Seuil, 1968.
Privat, Ed., Un mois de mai orageux, 113 étudients parisiens expliquent les raisons du soulévement universitaire, París, 1968.


[1] Para ser exactos, lo incluí como anexo en la edición de mi ensayo El Retorno de Ulises. Una flosofía política alternativa publicado por la Editorial Ciudad Nueva, Buenos Aires, 2011. Pp. 181-191



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