Lunes, 11 de Noviembre de 2019    
 
03/09/2019 [[Sociedad]]
Los irrelevantes
Pobreza y marginalidad
por Roberto Bertossi

Cada día son más los pobres e indigentes que cargan el yugo de nuestra indiferencia, una indiferencia atronadora que los viene reduciendo a la misma irrelevancia e invisibilidad.

Siguiendo y haciendo nuestros los lineamientos de Manfred Max-Neef sobre sus definiciones de economía descalza, acordamos en cuanto que, los economistas, en general, estudian y analizan la pobreza desde sus cómodas oficinas, poseen todas las estadísticas y tendencias, desarrollan todos los modelos y están convencidos de que saben todo lo que hay que saber sobre la pobreza. Pero ellos no entienden la pobreza. Ese es el gran problema. Y en gran medida es también el motivo por el cual la pobreza aún existe e indignamente se expande, incrementa y pauperiza sin cesar.

Hemos alcanzado un punto en nuestra evolución en el que sabemos muchas cosas. Sabemos muchísimo pero entendemos muy poco. Nunca en la historia de la humanidad ha habido tanta acumulación de conocimiento como en los últimos años. ¿Para qué nos ha servido el conocimiento? El punto es que el conocimiento por sí mismo no es suficiente cuando carecemos de entendimiento.

La ciencia se divide en partes pero el entendimiento es completo. Holístico. Eso sucede con la pobreza.

Es hora de transformar humanamente dichas realidades de pobreza e indigencia, de indiferencia, irrelevancia e invisibilidad.

Actuamos sistemáticamente en contra de las evidencias que tenemos. Conocemos todo lo que no debemos hacer. No hay nadie que no sepa esto. Especialmente grandes políticos, economistas y tales saben exactamente lo que no se debe hacer. Pero aun así igual lo hacen.

Urge elegir economistas sensibles, más cultos y más competentes, que se perciban como subsistema dentro de un sistema más grande que es finito: la biosfera. También que entiendan y admitan que el crecimiento económico artificioso e ilimitado, es imposible, salvo que en su elogio a la insensatez, pretendan que funcione apenas como una herramienta sofisticada de acaparar riqueza pero al margen de la justicia distributiva.

Claramente, entre nosotros, sólo debe haber espacio para el conocimiento entendido como un bien social y estratégico.

Sólo así un sistema que entienda lo anterior sabrá que no podrá funcionar sustentablemente, sin tomar en serio los ecosistemas y el desarrollo humano de todos los todos del todo social.

“La economía es un asunto demasiado serio para dejarlo en manos de economistas y mercados”, (Georges B.Clemenceau)

Precisamente por esto último, debemos vincular productores con consumidores, a usuarios con sus prestadores. Si lo logramos en el marco de una nueva economía solidaria civil, no solo nos alimentaremos mejor y tendremos mayor calidad en los servicios esenciales para la vida sino que conoceremos cómo y de dónde provienen.

No obstante, en lugar de humanizar el proceso socioeconómico, los economistas prevalecientes, actúan desde una fría perspectiva deshumanizada la que explica y predice a cada uno de “los irrelevantes e invisibilizados” en nuestros días.

Contrariamente, si en modo cooperativo conforme sus principios liminares rectores, unimos productores y consumidores, prestadores y usuarios, los segundos podrían pagar la mitad o menos de lo que se les exige actualmente, en tanto los primeros recibirían cuanto menos el doble de lo actual por su producción o prestación; escenario que favorecería atemperar, reducir hasta eliminar la gran mayoría de las hirientes irrelevancias humanas que nos acongojan e interpelan.

A todo esto si acaso una tierra incendiada -especialmente la Amazonía, Bolivia, África, etc.- no nos fuerza a actuar humanamente con el otro, sin duda la vida sobre la tierra cobra toda incertidumbre cuando, objetivamente desconcertados y perplejos, venimos observamos lo que está pasando en todos los rincones del planeta. Alarma cómo la cantidad de catástrofes ha ido en aumento con“epifanías” múltiples y diversas: Vg., inéditos desprendimientos polares, deshielos, nevadas, tormentas, terremotos, erupciones volcánicas, inundaciones, tornados, huracanes, tormentas de viento y tierra e incendios (y mucho más de menos) de los que no se tiene memoria ni estadística.

Por todo eso, ¿cómo entender ciertos desatinos especulativos, públicos y privados, cuando el número de eventualidades crece dramáticamente mientras persistimos haciendo necia e insensatamente más de lo mismo?

Como también acertadamente sostiene Manfred Max-Neef, este momento de la historia humana reclama sin demora un timonazo histórico para que todo político, economista y tales se subordinen a un puñado de axiomas básicos sujetos al único valor esencial. I) La economía está para servir a las personas y no las personas para servir a la economía. II) El desarrollo es para las personas, no para las cosas. III) Crecimiento no es lo mismo que desarrollo y el desarrollo no necesariamente requiere de crecimiento. IV) No hay economía posible sin ecosistema apropiado y duradero. V) La economía es un subsistema de un sistema mayor y finito: la biosfera. Por ende, el crecimiento permanente e ilimitado, es definitivamente imposible.

En efecto, el mundo entero se enfrenta a un gran dilema. Se pensaba que para sostener el desarrollo se necesitaba de un crecimiento económico y tecnológico veloz, pero ahora sabemos que esto puede traer consecuencias graves, sobre todo para el ambiente. ¿Cómo equilibrar entonces la imperiosa necesidad de compatibilizar crecimiento y desarrollo humano con la de garantizar sustentabilidad?

Lo cierto fue que tal veloz crecimiento generó grandes presiones sobre el medio ambiente acompañado por un aumento en la desigualdad y las desigualdades de todo tipo, de toda clase, vg., de ingresos, que en muchos países ya alcanzó denigrantes máximos históricos.

Sin titubeos, el único valor esencial para sostener una nueva economía sin irrelevantes, consiste en que ningún interés económico u otro, bajo ninguna circunstancia, puede estar por encima de la reverencia de la vida, de todas las vidas humanas, animales, vegetales; todas!

No admite debate que el crecimiento sea una acumulación cuantitativa. En tanto el desarrollo humano es la liberación de posibilidades creativas con eficacia para vincular personas con oportunidades. Cada sistema vivo de la naturaleza crece hasta cierto punto y para de crecer, en tanto podemos continuar desarrollándonos, ilimitadamente.

El desarrollo no tiene límites pero el crecimiento sí. Y este es un concepto muy importante que políticos y economistas no entienden. Están obsesionados con el crecimiento económico. En cada sociedad hay un periodo de crecimiento económico-- entendido convencionalmente o no- que trae una mejora en la calidad de vida; pero sólo hasta cierto punto a partir del cual, si hay crecimiento, la calidad de vida comienza a decaer.

Ciertamente el crecimiento importa y es útil en la medida que los factores demográficos no se tornen adversos y los desafíos medioambientales resulten infranqueables. Por eso mismo, políticos, economistas, empresas, gobiernos (todos) deberíamos pensar seriamente en cómo mejorar la eficiencia de los recursos viejos y nuevos, y al mismo tiempo, cómo promover un crecimiento económico duradero e inclusivo, sin irrelevantes ni invisibilizados.

Ya no aceptemos lo que está pasando, despertamos y sacudamos nuestra conciencia porque no es sólo “un sufrimiento de otros”

Cuando la luz se está volviendo sombra arrojando su velo sombrío sobre todo lo bello que hemos conocido, cuando ignoramos cómo y cuánto aumentan “filas de irrelevantes” empujadas por corazones de piedra, entonces no más rechazo a desafortunados y desdichados; basta ya de toda frialdad interior cuando solo tenemos un mundo que todos debemos compartir; cuando ya no es suficiente pararse, mirar y condolerse pasivamente porque de algún modo, insolidaria e indolentemente, hemos expulsado a “los irrelevantes” haciéndoles habitar todas las intemperies para ser devorados por la cultura del descarte, airadamente advertida y condenada por nuestro Santo Padre Francisco.

Finalmente entonces, ante el agónico dilema de morir o apenas irrelevantemente sobrevivir, condenemos activamente el incremento pavoroso de diferencias, desigualdades e inequidades.

Ojalá, con el ejemplo de Madre Teresa de Calcuta, anhelar no haya más indiferencia, sea mucho más que una esperanza, mucho menos que una utopía.

Roberto Fermín Bertossi

Investigador Cijs / UNC

Experto CoNEAU / Cooperativismo



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