Sábado, 4 de Abril de 2020    
 
26/02/2020 [[Editorial]]
En hombros de un Gigante como Mario Bunge vemos más lejos y más hondo, donde otros no alcanzan
En esta hora del sentimiento por un amigo que se va
por Antonio Colomer Viadel

Hace más de un año, en el Ateneo de Madrid, al entregar la paloma que es el símbolo del Premio Gigante del Espíritu que concede nuestro instituto INAUCO, en este caso del año 2018, a otro hombre de talla extraordinaria como es el historiador del pensamiento español, José Luís Abellán, utilicé en mi intervención el título de un libro póstumo de Umberto Eco traducido aquel año al español, que había titulado “A Hombros de Gigantes”. Me pareció una imagen y una metáfora muy certera porque es apoyándonos sobre estas personas clarividentes, como crecemos y llegamos más lejos en nuestra visión del mundo y de sus gentes.

Por ello he elegido este título que se acopla tan bien a mi vivencia de lo que ha representado Mario para mí y para otras muchas personas.

Tengo que volver a decir que mi fascinación por Bunge empezó en aquella conferencia que le oí en mayo de 1983 en la Universidad Autónoma de Madrid sobre “Paradigmas y Revoluciones” en la que denunciaba la frivolidad con la que se utilizan algunos términos y la necesidad de rigor intelectual y metódico para abordar los análisis e investigaciones.

En octubre de aquel año 1983 apareció el primer número de nuestra Revista Iberoamericana y Gestión Comunal (RIDAA) y en su presentación introductoria afirmábamos la voluntad de seguir el método y modelo bungeriano, tal como lo había expuesto en la conferencia de unos meses antes, en nuestro trabajo que ya dura 37 años con la revista. (www.ridaa.es).

A partir de entonces ha existido una relación basada en la empatía mutua. Se incorporó al Consejo Editorial de RIDAA y ha colaborado en ella desde aquel primer trabajo en 1987 sobre “Cooperación y Competencia” que dada su brillantez y calidad incorporé al libro “Sociedad Solidaria y Derecho Alternativo”, coordinado por mí y publicado por FCE en 1993.

En todos estos años no hemos dejado de comunicarnos desde que me confesó que su famoso Tratado de Filosofía en varios volúmenes hacía referencia al termino autogestión, para mi tan querido.

En esta recta final de su vida y trayectoria recuerdo que a finales de 2018 le dije que al año siguiente íbamos a celebrar el III Congreso Internacional América-Europa sobre la gestión de los Bienes Comunes a partir del ejemplo del Tribunal de las Aguas de Valencia. Se apresuró a enviarme un artículo titulado “La tragedia de los bienes compartidos” que en enero de 2019 publicamos en nuestro periódico digital La Hora de Mañana (www.lahorade.es) y aún ahí figura.

En la celebración de este Congreso en junio de 2019, en la Universitat Politècnica de València, decidí que fuera también un homenaje a Mario Bunge con motivo de su próximo cumpleaños de sus primeros cien años, el 21 de septiembre de aquel año. Además de en la presentación inicial del Congreso, pronuncié la lección final de clausura bajo el título “El difícil equilibrio entre libertad, igualdad y fraternidad (en homenaje en Mario Bunge en su centenario). Esta lección y todos los trabajos del Congreso se encentran en el número 73-74-75 de RIDAA, tanto en papel como en versión digital (www.ridaa.es).

En este recuerdo apresurado no podemos profundizar en tantos aspectos de su gigantesca obra, pero reafirmar nuestra admiración hacia aquel luchador incansable por tantas causas justas, denunciador de falsarios y estafadores del conocimiento. Debo reconocer en especial la impresión de una de sus obras últimas, “La filosofía política”, subtitulada “Solidaridad, cooperación y democracia integral” con la reivindicación de una democracia con protagonismo de los ciudadanos y no sólo en la política sino también en la cultura y economía. Y con un trasvase moral que lo presida todo. Ya que decía Bunge en esta obra “el componente más importante de la acción política es el moral…” “En este sentido el núcleo de la filosofía política es la moral, el arte de ayudar a otros a disfrutar de la vida”.

Con personas como Mario piensas –contra toda lógica- que no se van a morir nunca, incluso en el cumpleaños de sus cien años, la celebración resultaba festiva, la alegría por una fuente de sabiduría que no va a dejar de manar nunca. Nos resistimos a aceptar, en estos casos la afirmación de Heidegger de que somos seres para la muerte.

Ahora bien, si reflexionamos sobre la semilla fecunda que Mario sembró en nosotros sentimos que él está vivo en la ejemplaridad motivadora que heredamos y en cierta forma, nos vemos alzados sobre sus hombros para otear un horizonte más lejano y profundo que no siempre otros ven. Gracias, Mario.



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