Lunes, 3 de Agosto de 2020    
 
20/03/2020 [[Sociedad]]
En las cimas de la desesperación
El miedo a vivir
por Carlos Díaz

Este articulo es una versión ampliada y notablemente completada de "El Microapocalipsis del corona virus",que antes aparecia aqui.

AQUÍ, SENTADO EN MI HABITACIÓN, SE ME PASA EL TIEMPO

I.

Estoy sentado ante el ordenador confinado en mi habitación por un virus que desea el mal de la humanidad, tanto que si pudiera acabaría con la vida humana sobre la faz de la tierra. El muy cabrón, pues yo no le he hecho nada. El virus contra el mundo, el mundo contra el virus. Estábamos tan instalados en nuestra cotidianidad, cuando un potente pero invisible enemigo ha venido a destronarla de su condición de centro del planeta. Esto es una violación en toda regla. Y no le van a caer más años que a Plácido Domingo, que ha perdido la placidez de su anterior vivir siempre dominical.

Esta vez algo, una res extensa me ha golpeado como un mazazo en la parte trasera de mi cerebro; aún no sé si me contagiaré de él con resultado de muerte, pues en este momento soy por mi edad una de sus presas más codiciadas. Él no tiene escrúpulos, no va a considerar que aún puedo escribir libros muy buenos, ni le importa que se me haya otorgado algún que otro doctorado honoris causa, cualquier sangre es buena para este vampiro.

Mis hijas me dicen que no salga a la calle ni reciba visitas, que rompa con el mundo antes de que el mundo me rompa a mí. Y todo esto cuando la cosa parecía ir como la seda, como si estuviésemos en un remanso de paz. Pero de repente, ¡zas! Toque de queda, queda usted confinado por su propio bien, sí o sí. En el nombre del bien común, abanderando la bandera de la humanidad, el gobierno nacional le obliga a no salir a la calle, no baje la escalera, no toque el ascensor, cálese la máscara, lo hacemos por su bien. El marrón más grande que vieran mis siglos. Claro que hubo otras veces en los siglos postreros en que todo se pobló de miasmas hasta el punto de haber podido acabar con la humanidad, las calamidades forman parte de la vida.

La estupefacción anterior a ésta me sorprendió cuando un militarote de zarzuela apayasado invadió el Congreso de los Diputados durante los primeros compases de la democracia, y dando tiros al aire gritó primero “no se levanten de sus escaños”, y poco más tarde “todo el mundo al suelo”, esperando que llegara la autoridad, “militar, por supuesto”. Cuando alguien te saca el revolver y te enseña su bigote afeitadito sabes que no es razonable desobedecer. Hay que mantener el aliento contenido, los músculos tensos, el ademán impasible, impasible el ademán que está presente en nuestro afán… Pero esclavo ya has comenzado a ser si quieres vivir en libertad tu sumisión.

Muy pocos se esperaban aquel “glorioso” o ignominioso alzamiento de los gorilas armados, pero desde luego lo de ahora sí que nadie lo había profetizado, ni siquiera estaba en los catálogos de Nostra Damus. Como fuere, no sé muy bien si con ambos zurriagazos estoy más preparado ya para el fin del mundo, pero un poco más al menos sí. Cuando el planeta Venus y el Virus Horribilis ya no nos sirva de escudo productor, no nos quedará sino regresar cadáveres a nuestros hogares, no cum scuto, sino supra scutum, conforme al mandato de las madres de los soldados romanos: ya no podremos volver más que muertos.

En realidad, a un viejo sabio como yo lo soy, y ustedes perdonen la aparente inmodestia, aunque todavía se me pueda mirar, nada de esto le extraña demasiado, pues ya ha comenzado a convivir con la máxima inidentidad existencial, que es la inidentidad de la muerte, esa mujer innombrable e insobornable. Más aún en mi caso, tanatólogo de profesión, que además ha escrito algunos libros sobre el morir, no tan tontos como para decir que la muerte no es sino el cambio de las condiciones vida. Incluso si tal fuere, yo no quiero cambiar mi vida para andar vagando eternamente de migración en migración y de transmigración en transmigración, prefiero perderla tal y como la he tenido, única, irrepetible, tanto la amo y tanto ella me ama con indisoluble fidelidad. Tanto y tanto, que creo en su eternidad. Pero dejemos estas reflexiones sobre las que cualquiera puede leer en mis libros ya escritos, no soy budista y no quisiera marear más la perdiz. No es en la muerte cuando uno comprende la nada de todas las cosas, sino mientras vive. Pero no nos atasquemos, lectores y lectoras amigos, porque yo he venido aquí a hablar del virus, un poco como el borracho Francisco Umbral en televisión, ebrio como una cuba, balbucía yo he venido aquí a hablar de mi libro.

Y aquí comienzo, sentado ante el ordenador, de un tirón como suelo hacerlo, sin apenas variar una coma, excepto para corregir las erratas que cada vez me respetan menos.

II.

Me lleve o no me lleve por delante, el microapocalipsis del coronavirus, tal como lo están viviendo mis contemporáneos, me resulta muy incómodo. Mi hija Esperanza, catedrática de medicina en la universidad noruega de Bergen, por el mero hecho de regresar del Perú a donde había ido por motivos profesionales, sin tener fiebre ni sentirse mal, ha sido puesta (¡ella y su familia!) en cuarentena en el país nórdico. Todo el mundo está apanicado. Obviamente, tampoco en España habíamos vivido una situación similar, y todos andamos aún un poco asombrados por la magnitud del imprevisto.

Para mí este nuevo microapocalipsis está siendo la confirmación de una realidad y por ese motivo no me sorprende lo más mínimo: la gente lo único que teme, lo único por lo que pierde el trasero, es la salud y por supuesto la muerte. Nada de las cosas postmortales y más profundas reflexivamente que planteamos nosotros (o yo al menos) en vida tiene verdadera fuerza de alcance, si acaso lo que nosotros planteamos les preocupa tal vez en un segundo plano muy lejano, y casi como un divertimento. Poco le importa a mi vecino el coronavirus de su corazón infectado por los excesivos miasmas del ego y del mi. Poco le importa al pueblo el coronavirus ecológico que nos mata, e incluso muchos ni lo tienen en cuenta.

Ya estoy viendo a los más prepotentes y a los más postureros lloriquear (se cagan en dios y en la virgen, pero están encacados ellos mismos antes de que el virus se cague en ellos), agazapados en su rincón implorando más mascarillas y más vacunas, más médicos y más ventiladores y más respiraciones asistidas, temiendo por el desabastecimiento de los alimentos que los más avispados piratas ya se han llevado de los almacenes hasta dejarlos completamente vacíos. ¡Tanto sacar pecho sobre el futuro del postántropo y el advenimiento del metántropo y un pequeño virus -“tan pequeñito que si se cae de la mesa se mata”, como dijo aquel ministro de sanidad ante otra crisis sanitaria en tiempos de Adolfo Suárez- podría tumbar al homo sapiens!

Y ya me imagino lo que estarán haciendo los encuarentenados forzosos: hablar como posesos por el teléfono móvil y cuchichear sobre el miedo de los vecinos. ¡La cantidad de separaciones de parejas que va a haber después de llevar cuarenta días aislados y sin salir de casa! ¿Qué van a decirse ahora, cuando nunca supieron decirse antes de estos tiempos del cólera?

No me imagino a Jahvé lanzando plagas de coronavirus infecto-contagio-asquerosos sobre la humanidad, pero desde luego nos lo mereceríamos sobradamente. La pregunta sería cómo podríamos cruzar ahora el Mar Rojo del “empoderamiento” para liberarnos del “debilitamiento”, cuando el único que se apodera de esta frágil barquilla es el virus extranjero (Reagan dixit).

Dicen que en la cama y en el juego se conoce al caballero, eso decían al menos; en la realidad de hoy, sin caballeros, pero con mucha yeguada, es en el coronavirus donde se prueba la medida del hombre. El coronavirus es la medida de todas las cosas, de las que son en tanto que son, y de las que no son en tanto que no son.

Por lo demás, a ver cómo afrontan ahora la realidad los defensores de la postverdad: si la verdad no es verdad, va a ser que la verdad sí es verdad, y que la verdad la tiene el coronavirus. Contra la verdad vivíamos mejor, pero con el coronavirus, es decir, sin esa verdad negada, morimos más: la muerte existe y el fugitivo será por ella alcanzado antes de que le dé tiempo a escapar. Y si esto parece duro, más duro es el coronavirus.

III.

Por la fuerza de los virus, aquí estoy, queridos amigos, y no en México como debiera, porque no me dejan salir: madrileño infectado, Achtung!

Esta mañana la ciudad de Madrid parecía otra, he visto a las gentes haciendo colas a medio metro unas de otras para comprar inútilmente mascarillas de protección, pues después del maná egipcio nunca hubo alimento más deseado en pueblo alguno en su travesía hacia la salud. No sé si soy yo quien les mira raro a ellos y a ellas, o ellos e incluso ellas los que me miran a mí del mismo modo. No pocos andan embozándose como en el motín de Esquilache, y por las noches seguramente caminarán por las calles de Madrid con el sombrero coronado de pluma y calado hasta las narices, no vaya a ser que reciban alientos fétidos de indeseadas exhalaciones, para que las superficies de sus rostros no queden al descubierto. De nuevo a cubrirse, a defenderse, a emboscarse. Algo de ellos me está diciendo: cuidado, no te acerques ni un milímetro más, no invadas con tus virus mi virilidad (virus y viris lo tienen en común todo etimológicamente, como es sabido).

Me malicio incluso que, así las cosas, para más de uno esta alarma no está resultando tan mala porque mayoritariamente se está llevando por delante a las personas ancianas, así que de algún modo va a servir de limpieza etnogeriátrica. Los toros más robustos saldrán fortalecidos para empitonar con mayor fuerza y seguir embistiendo.

Interesante experiencia sociológica sobre la que se escribirán millones de libros y que, como otras anteriores, más o menos parecidas, no sé si servirán mucho para que la gente aprenda a tomarse la vida de una forma menos cerril. De momento ya hay un montón de artículos que han desaparecido de las tiendas como por ensalmo, pues hay gente que se ha llevado toneladas de papel higiénico, seguramente para la incontenible diarrea que brotará sin cesar de sus gordos traseros. El miedo, es decir, la baba trasera. Como me dice un amigo, la pena es que, por lo visto, preferimos el papel suave y a doble capa que el papel impreso, aunque no hay que desesperar el excusado es un lugar tradicional de lectura, a lo mejor algunos empiezan ahora una vida de lectura intensa.

Tenía por aquí en casa un libro de Ciorán, En las cimas de la desesperación, que voy a hojear de nuevo para ver si me explica algo de esta experiencia mundial, a ver si me entero de la metafísica del mal. Merecería un libro mío comentándolo, y aunque no creo llegar tan lejos sí que algo haré, aunque me salga un Ciorán cioranado y más puposo aún que el suyo. De mis reclusiones voy a mis reclusiones vengo, y a Dios gracias nunca me ha faltado trabajo. Quizá hoy mismo la alerta de no viajar fuera se extienda a la comunidad de Madrid, así que miraré a ver si tengo por ahí La peste de Camus, y comparar también si aquella peste literaria es tan apestosa como esta otra hoy presente. Sería al menos una ocasión para escribir un Diario de la Peste Coronada por el Virus, o La coronación de la peste y el calvario del ser humano, aunque según voy escribiéndote esto me van surgiendo cataratas de imágenes; pero, en fin, el mundo y la realidad no están hechos para que yo los escriba o describa. Sea como fuere, nada de lo que está aconteciendo me sorprende, pues al fin y al cabo me he esforzado siempre por conocer el alma humana individual y colectiva, especialmente en los periodos de avalanchas y de crisis: se me da bastante bien la historia de la histeria, e incluso la histeria de la historia.

Increíblemente, por lo demás, hay gente que desde que se levanta entra en internet y allí se queda pegadita a la pantalla como una mosca catatónica contemplando una especie de reloj de víctimas que va registrando a cada instante entre los fragores del combate el deceso en todas las latitudes de la Tierra, pues el número de muertos en el mundo crece por milisegundos. Para los más falsos, en cualquier caso, es la hora de la verdad, pues durante toda su vida han estado deseando que llegara este día, el día de los cementerios de muertos bien rellenos. Las agujas van moviéndose y los muertos cayendo. Oficio de tinieblas.

IV.

Enfrente de mí, en la noche lúgubre, tengo el libro de Eugen Cioran En las cimas de la desesperación. Su autor, hijo de un pope de la iglesia ortodoxa, nació en una pequeña ciudad de Transilvania (Rumanía), patria de Drácula, doctorándose en 1932 y escribiendo el libro ya citado en 1933 a los 22 años. Es una obra tan desesperada como desesperante para sus críticos españoles, que no la leyeron hasta 1991, fecha de su aparición en 1991, siendo uno de sus adalides más furibundos Fernando Savater, por aquel entonces desesperado contra el sentido de la vida y hoy desesperado por la pérdida del sentido de la vida, encarnado al parecer en su última compañera sentimental. A ese libro siguieron después -alcanzando fama mundial- Breviario de podredumbre, Silogismos de la amargura, y Ese maldito yo, entre otros.

Siempre me he preguntado por qué escriben los apologetas de la muerte; en cuanto a la acción práctica, no me parecen muy distintos de los más comprometidos con el optimismo, y hasta les veo con gran ilusión picando piedra en favor de la desesperación y remando a todo remar sobre las superficies de las aguas que a ellos les parecen putrefactas. Algunos de ellos alcanzan incluso en la vida gran éxito de crítica y público, son aplaudidos, existen con mayor certeza no dubitativa que Renato Descartes mientras se instalan en el no-ser, en la noche, y no entiendo por qué no dejan de bogar corriente arriba con el entusiasmo de quien va a por la medalla olímpica. En todo caso, yo a estos exportadores del llorar y del crujir de dientes les deseo mucha felicidad, aunque lo tengo bien difícil, pues si les deseo felicidad parecería que les ataco, en la medida en que ellos se mueven en la infelicidad cual pez en el agua, pero si les deseo mucha infelicidad van a pensar que soy un mal bicho y van a dejar de seguir leyéndome. No sé si tomar criada o criado, o ponerme a servir.

A veces, para promover la libertad de la gente hay que encerrarla, aunque esté mal que eso lo diga alguien que como yo mismo se proclama libertario. Pero es verdad, por lo menos en el caso presente. Tenemos una pandemia y se ha decretado que la gente no salga a la calle para no contagiar ni ser contagiado. La gente tiene que quedarse en su casa, en una especie de arresto domiciliario, domicilio coatto le llaman los italianos, que por cierto también se han visto obligados a prohibir el exilio exterior a los ciudadanos a la vista de la emergencia nacional e internacional. Así que, en esta forzada situación de reclusión domiciliaria, y no habiendo mal que por vez no venga, aquí estamos encerrados defendiendo la libertad. Claro que no sería yo el espíritu burlón y el alma inquieta que creo ser, si no dejara constancia de mis discrepancias con las medidas adoptadas por el gobierno: la primera es que hayan quedados exentos de la eventualidad coactiva los señores y las señoras caninas para que sus amados perros y sus amadas perras puedan cagar en la calle (¿se dice cagar, correctores de estilo?); la segunda es que del paquete de medidas ordenadas para evitar el contagio no hayan sido excluidas las peluquerías, y ello por el supino argumento de que una permanencia forzosa de las señoras en las casas sin verse bien peinadas podría deprimirlas. Claro, claro. La verdad es que si las cosas las piensan los gobiernos al final el mundo al revés: que se mueran los viejos pase, pero intolerable fuere que se nos deprimiesen las damas y caballeros o cabelleros con sus malos pelos. Al fin y al cabo, una cabeza bien moldeada siempre ha sido mejor considerada que una cabeza bien hecha. Ni una palabra más. No sea que se nos multe por desacato.

En cualquier caso, no creo que pueda encontrar libros más adecuados que los de este rumano apátrida y afrancesado para pasar el tiempo en que dure la cuarentena, la cincuentena, la sexentena o la septentena virológica. Espero que mi mano a mano con este joven de veintidós años, Eugenio Ciorán, no sea el virus que definitivamente me arrastre por contagio al otro barrio. Pero no esperen tampoco ustedes que no me lo tome muy en serio. Cuando el sermón es bueno no hay que preocuparse de la forma que tenga el púlpito.

Estas pocas páginas que siguen son a vida o muerte. Quieren la vida y la viven desde las dimensiones de vida que hay en la muerte; aceptan la muerte, pero como resultado de una experiencia de vida. El medio para deshacerse de quien siempre contradice es callar y escuchar reposadamente, pero no es mi estilo. Mi estilo es luchar, con o sin libertad.

Post scriptum: ¿Creen ustedes en las coincidencias y en las diosidencias? Pues en este instante, cuando ya había comenzado a hacerlo, me escribe Emmanuel Buch, un pastor protestante que es la mitad de mi alma, dimidium animae meae: “Oye, ¿por qué no vas escribiendo un libro a modo de diario mientras dura la obligación de quedarse en casa? John Donne hizo algo así en el siglo XVII mientras se recuperaba de una enfermedad”.

Por si fuera poco, otra mitad verdadera de mis almas, me escribe hoy mismo, en plena escalada de la crisis, lo siguiente:

Querido Carlos:

Leído tu texto, así es. Quiero que sepas, para tu futura reflexión.

1.-Tenemos un problema sanitario que consiste en que una infección viral de buen pronóstico, pero muy contagiosa, se mete en nuestras casas. Genera una alarma sanitaria por cuanto la contagiosidad es capaz de bloquear a la “mejor sanidad del mundo”, la nuestra, en la que los médicos y sanitarios más jóvenes se presentan voluntarios a las urgencias porque dicen que es mejor que se contagien ellos que nosotros, que somos más mayores y de riesgo. ¡Qué buena gente! Como no hay mascarillas para todos, pues van sin ella, alguno se ha traído de casa una especie de pasamontañas que utiliza para ir a la sierra.

2. La “mejor sanidad del mundo” dice que no se vaya a los centros de salud ni hospitales, pero cuando consultas por teléfono y le planteas alguna duda razonable, te contesta a las 48 horas que no sabe resolver y te mandan al centro de salud.

3. La “mejor sanidad del mundo” dice carecer de suficientes respiradores para tratar los casos agudos, complejos y vitales, dicen que van a contratar a los médicos de último curso de residencia para que se queden y a los que aprobaron el MIR pero no obtuvieron plaza, así como a los médicos extranjeros que se están homologando para ejercer, no descartan cerrar fronteras, pero nos dicen también que no estemos nerviosos ni alarmados. Algunos presidentes de comunidades autónomas, con las competencias transferidas de sanidad, se ponen a las órdenes del ministerio, algunos otros dicen que le quitan competencias y no está de acuerdo. Algunos enfermos acuden al hospital para que les atiendan “de lo suyo” que, aunque saben es de rutina, es lo suyo y exigen celeridad y buena atención.

4. Los líderes políticos de la “mejor sanidad del mundo” se hacen los análisis, “la prueba”, los primeros, aunque el protocolo dice que no estaría indicado, y cumplen la cuarentena según convenga. ¿Cuál es la credibilidad?

5. Los líderes políticos de la “mejor sanidad del mundo” se siente desbordados, muertos de miedo, pues se atenta contra su “inmortalidad”. Echo de menos líderes éticos, moral y espiritualmente capacitados, estos no aman a nadie ni identifican prójimo alguno, aunque sea muy próximo.

6. Aun con todo, mantengo la esperanza. En los enfermos que te miran a la cara y confían antes que exigir a voces, en los médicos y todos los sanitarios que les dicen con su mirada ¡estoy aquí y no te abandonaré. Me quedo con los líderes humanos. Esto y otras muchas cosas están pasando, ¡vaya tropa!

A finales de mayo hablaremos de otra manera, tendremos un montón de actos para colgar medallas y seguir viviendo en la media verdad, la que alimenta a la mediocracia, pero quizá alguno de estos jóvenes cansados y comprometidos haya visto y experimentado el rostro del otro. Entonces vuelvo a dar gracias a Dios porque la esperanza sigue viviendo.

Un fuerte abrazo de tu amigo y hermano.

Profesor F. Bandrés. Catedrático. Facultad de Medicina.

Departamento de Medicina Legal, Psiquiatría y Patología.

Bien, pues hasta aquí hemos llegado. Hace tres días se declaró el toque de queda higiénico para España, y he querido pasar los tres primeros días escribiendo algo para distraer humildemente a los amigos y amigas que, clausurados en sus domicilios, podrían necesitar alguna lectura para romper el hastío y quisieran hacerlo. Setenta y dos horas eternas. Aquí está su lectura, aquella que he sido capaz de hacer en setenta y dos horas. Quien da lo que tiene y lo que es no está obligado a más. Tampoco tú estás obligado a leerlo. Gracias.



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