Lunes, 3 de Agosto de 2020    
 
12/06/2020 [[Deportes]]
Una aproximación didáctica a la dirección de equipos (II)
Algunas reflexiones metodológicas básicas sobre la labor del entrenador de fútbol
por José Luis López González

José Luis López González

Miembro de la Comisión de Integridad y Prevención de la Corrupción en el Deporte de Transparencia Internacional España

I. Algunas reflexiones metodológicas básicas sobre la labor del entrenador de fútbol

Es cada entrenador con sus conocimientos y formación quien a partir de la riqueza de sus experiencias en diferentes clubes irá perfilando progresivamente su propia metodología de trabajo.

El entrenador de fútbol, como cualquier otro profesional, ha de perfeccionar constantemente su metodología estando atento a los avances tecnológicos. A modo de ejemplo, en lo que afecta a los programas informáticos de evaluación del juego y aparatos para el control de la carga física de los jugadores.

Uno de los problemas del fútbol actual es el empeño estéril de muchos técnicos en no distribuir esfuerzos y oportunidades entre toda la plantilla, creando, sin que el entrenador se lo proponga de manera consciente, zonas de oscuridad e incluso mala convivencia en la plantilla. Si sólo deben jugar los mejores, el primer cometido de un técnico es procurar que todos estén en plena disposición de acceder al once titular porque disponen del nivel óptimo preciso. Como el talento tiene límites (no todo futbolista es una primera figura mundial) es importante hacer posible que no los tengan el esfuerzo y la confianza en el trabajo bien hecho. Y para eso resulta imprescindible la dosificación de esfuerzos a lo largo de la temporada. Lesiones y sanciones fuerzan las rotaciones en cierta medida. El técnico tiene que completar este sistema integral de relevos dosificando la entrada de sus pupilos en el once inicial de cada jornada. Por ejemplo, un lateral que juega veinticinco partidos seguidos carece, por definición, de un suplente mínimamente rodado. Esto es lo que precisamente ha de evitarse. En los equipos que merecen ese nombre todos cuentan y todos suman. Nadie resta. Es mejor jugar 20 partidos a un nivel máximo que 35 en los que, por momentos, no se esté ofreciendo el mejor nivel posible. Se trata de que todos los integrantes de la plantilla estén en el mejor estado, tanto mental como físico, para de este modo ofrecer el mejor rendimiento en todos los partidos. Se trata de que el equipo resulte fiable como una máquina de alta calidad.

Un sistema de relevos que debe afectar también, en mi humilde criterio, a la portería. Recomendaría un potero titular para los partidos en casa y otro para los de fuera. Como el Campeonato tiene dos vueltas, ambos guardametas intercambian sus posiciones en la segunda vuelta: el que jugó los partidos de fuera completará en ella los partidos celebrados en el estadio propio. Idéntico sistema se seguirá en el equipo filial pues sus porteros son los recambios naturales de los guardametas titulares del primer equipo.

El equipo filial empleará el mismo sistema base que el primer equipo así como los otros tres sistemas alternativos que se pondrán en liza dependiendo del rival o de las circunstancias de un mismo partido, según corresponda. En el fútbol, y ello se aprecia en la gestión de las canteras de jóvenes promesas sobra táctica (cortoplacismo) y falta estrategia (proyecto de medio-largo plazo). La cantera necesita inversión y organización. Eso nadie lo duda. Es obvio. Lo que resulta más dudoso es lo que se ha de hacer con los futbolistas que han alcanzado un nivel suficiente de formación. La respuesta es darles oportunidades gradualmente en el primer equipo. La experiencia se obtiene a través de la práctica. Si por alguna razón un futbolista en el umbral de los 23 años no tiene cabida en el primer equipo siempre cabe la cesión a otro club. Cumplido eses período de prácticas, que cifro en dos temporadas, tendremos un futbolista que se integrará sin dificultad y ofrecerá un excelente rendimiento con el valor añadido, tanto emocional como de “conocimiento del medio”, de ser de la “casa”.

También durante el partido hay que distribuir esfuerzos. A modo de ejemplo, con sustituciones en los minutos 55 y 75 del partido que corresponda.

Teniendo en cuenta lo anterior, está claro que en un partido los jugadores no pueden desenvolverse de una manera individual, por mucha calidad de la que estén dotados, esto es, sin contar con sus compañeros, ya que se generarían una serie de desequilibrios tácticos de los que el conjunto rival obtendría franca ventaja.

Se trata entonces de trabajar un reparto de cometidos y obligaciones de manera equilibrada entre los jugadores para un mejor desempeño de la labor individual, y de todos en su conjunto, sobre el terreno de juego.

Y es ahí donde aparecen los sistemas de juego que permiten a los equipos trabajar una organización colectiva necesaria para garantizar una ocupación lógica y racional del terreno de juego evitando además desequilibrios tácticos.

Para que esta organización colectiva o sistema de juego, que es parte sustancial del trabajo del entrenador, sea la adecuada es fundamental conocer y explotar las características de la plantilla de la que pueda disponer. Cualquier plantilla es buena, en términos relativos, si hay un técnico capaz de hacerla rendir al límite de sus posibilidades. Un límite que lo va marcar la preparación física y la psicológica del conjunto. Para lograr la excelencia en ambas, resulta imprescindible la distribución inteligente de esfuerzos y oportunidades entre los jugadores.

Existen entrenadores que consideran que el sistema de juego es lo prioritario, lo entienden como definitorio de su propio modo de concebir este juego, y buscan futbolistas que se adapten a ese determinado modelo que postulan. Mientras tanto, otros entrenadores lo hacen adaptando “su sistema de juego ideal” a las cualidades de los futbolistas Estos últimos, son entrenadores que priorizan las cualidades técnicas, tácticas, físicas y mentales, además del talento de los jugadores, para confirmar no solo un método de trabajo sino también un estilo y un sistema base de juego adaptado y adecuado a esa plantilla concreta. La clave es tener un patrón de juego y que los jugadores se adapten a él.

En mi opinión, vale la pena buscar futbolistas para “tu sistema” si se tiene la suerte de entrenar al equipo desde el inicio de la temporada. Sin embargo, si el entrenador comienza a dirigir al equipo ya avanzada la misma, lo más prudente es adaptarse a las características y sistema de juego que ya tienen asimilado los jugadores. Eso sí, siempre se podrán –y se deberán- pulir pequeños -pero muchas veces importantes- detalles que harán al equipo más competitivo mejorando su rendimiento de manera sensible.

Algunas buenas prácticas deben estar particularmente presentes en cada entrenamiento:

a). El entrenamiento debe desarrollarse en condiciones de tranquilidad para favorecer la concentración del grupo y de cada uno de sus integrantes. No es lo mismo trabajar a puerta abierta que a puerta cerrada. El equipo debe trabajar centrado evitando distracciones.

b). Lanzamientos a portería desde todos los sectores del campo. Esta práctica, habitual en baloncesto, se relega a un segundo plano en fútbol con el repetitivo argumento de “el gol se tiene o no se tiene”. Pensamos que, en todo caso, el ensayo de disparos a puerta mejorará “el gol que se tenga”. Especial atención habrá que prestar a los delanteros. De ellos cabe esperar movimiento, con y sin balón, desmarque, capacidad para acercarse y ofrecerse a los centrocampistas, dar salida al pase de sus compañeros y saber jugar en los límites del fuera de juego.

c). Jugadas de estrategia ofensivas y defensivas. Se habla mucho de las primeras, siendo no menos importantes las segundas. Hay que explicar con detenimiento la utilidad y el sentido de cada jugada de estrategia. Y reelaborarlas pensando en las fortalezas y debilidades del próximo rival. Un buen equipo ha de tener un espíritu “camaleónico”: deberá saber adaptarse a los diferentes rivales y terrenos de juego.

d). Creación de un sistema de juego adaptado a situaciones de inferioridad numérica. Ha de explicarse este sistema con minuciosidad para que el equipo lo sepa aplicar con determinación cuando sea necesario. Es importante que el grupo controle las emociones negativas ante errores arbitrales que al final resultan inevitables. Cuando nos quedamos en inferioridad numérica las protestas al árbitro son pérdidas de energía absurdas y un desprecio al juego limpio y a la ética en el deporte. Los jugadores “deben perder la esperanza”: antes o después, con video-arbitraje o sin el concurso de la tecnología, el árbitro se va a equivocar.

e). Implicación de todos los jugadores en las zonas del terreno por las que no está circulando el balón. Se trata de generar ciertos automatismos, más allá de los movimientos que resultarán necesariamente más lentos, que nos permitan recuperarlo rápidamente cuando lo perdemos para poder contraatacar con velocidad sorprendiendo al rival. En fútbol hay que tratar de sustituir las indeseables entradas por la anticipación, la buena posición en el campo de cada uno de los futbolistas y el golpeo inteligente del balón.

El objetivo al que hemos de tender es lograr que el equipo tenga sobre el campo una identidad reconocible de manera que, gane o pierda, deje siempre la sensación de estar cerca del triunfo que de la derrota, disputando con ímpetu, ilusión y convencimiento cada balón. A los treinta minutos aproximadamente de un partido ya empiezas a darte cuenta de si un equipo sabe, o no, “a lo que juega”.

Todo el contenido que se pretende enseñar en cada sesión ha de quedar perfectamente explicado y asimilado en los entrenamientos. Desde el banquillo han de enviarse pocos mensajes, adecuados al momento de que se trate, sencillos y fácilmente entendibles por el futbolista que se encuentra en plena competición. En el propio entrenamiento, también las observaciones han de ser breves y claras. Y es que el entrenamiento ha de parecerse lo más posible al partido que se prepara en cuanto a niveles de exigencia.

En efecto, si se entrena de manera planificada y rigurosa, el rendimiento resultará satisfactorio durante el partido. Ha de igualarse la intensidad del entrenamiento a la del partido. Hay que “entrenar con espinilleras” y con la intensidad propia de la competición. Se trata de practicar las habilidades y estrategias en condiciones muy similares a las de la competición. En este sentido, resulta también necesario simular el estado emocional alterado de la competición, de forma que el jugador se habitúe a gestionar adecuadamente sus emociones cuando compite.

Debemos definir adecuadamente los objetivos y las tareas del entrenamiento. Es aconsejable que los objetivos propuestos para cada sesión sean pocos y muy bien definidos en cada sesión (“los sencillos verán la luz”, como se puede leer en las Sagradas Escrituras), diferenciándolos entre defensa y ataque.

En la dirección de equipos la autoridad, o legitimidad de ejercicio, producto del efectivo trato humano y el cultivo de las mejores cualidades personales, se configura como algo muy diferente de la pura imposición propia de las relaciones de poder carentes de legitimidad. La autoridad se acredita mediante el buen estilo y el comportamiento fiel a exigentes principios éticos. La verdadera autoridad, por contraposición al poder desnudo, no es impuesta por el técnico. La autoridad se reconoce y se asimila como necesaria y útil en beneficio de los intereses generales del grupo. La autoridad no se impone por la amenaza. Partiendo de esta premisa, que me parece fundamental, el papel del entrenador es el de conciliar y aunar voluntades, con la finalidad de crear “sentimiento de equipo”.

El entrenador propiciará que la relación con el jugador sea de respeto mutuo, tanto en el ámbito personal como profesional. Es preciso que el entrenador mantenga la disciplina y sancione los comportamientos contrarios a la misma previamente descritos y advertidos. La sanción ha de emplearse como un como un método correctivo para ayudar al jugador a mejorar ahora y en el futuro. No es un medio para tomar represalias al objeto de que el entrenador de salida a frustraciones o sentimientos negativos. Cuando las vulneraciones de las normas del grupo, u otras conductas desviadas, acontecen la sanción ha de formularse un modo objetivado e impersonal. Gritar o reprender con aspavientos y malos modos suele ir acompañado de un pésimo lenguaje no verbal. No sirve para enseñar a mejorar a los deportistas y se queda en una actitud de mera revancha.

Es necesario advertir antes de sancionar. No hay que confundir un error generado en las circunstancias irrepetibles de un partido con un problema de carácter disciplinario.

No hay que precipitarse en la corrección del error. Si no se está seguro sobre la causa del problema o sobre cómo corregirlo, lo mejor es continuar observando y analizando el entrenamiento hasta que se esté más convencido. Como norma, ha de comprobarse que el error se repite varias veces en los entrenamientos antes de tratar de corregirlo

Nunca hay que castigar o reprender groseramente a los jugadores cuando están jugando. Hay que analizar la situación con calma en el vestuario al día siguiente.

Un error imperdonable es utilizar la actividad física –a modo de ejemplo, dar vueltas al terreno de juego durante el entrenamiento o hacer flexiones– como sanción. Hacerlo así únicamente propicia que los deportistas aborrezcan la actividad física cuando resulta imprescindible su práctica continuada.

Ha de sancionarse con criterio y proporcionalidad. Las sanciones y las críticas constantes únicamente generan resentimiento y falta de atención. Es esencial que el jugador asuma internamente que lo que motiva la sanción es doblemente perjudicial: en primer lugar para el grupo y en segundo lugar para el deportista en el plano individual.

Un castigo eficaz consiste en privar al futbolista al que se sanciona de la parte más amena del entrenamiento, como puede ser un partido de ensayo. Siempre, naturalmente, que con ello no se perjudiquen los intereses generales del grupo. Me refiero, en particular, a los ejercicios técnico-tácticos preparatorios del próximo encuentro.

Hay que ofrecer una segunda oportunidad al jugador sancionado. Todos nos podemos equivocar y todos tenemos derecho a rectificar. Del mismo modo, el entrenador mejora su liderazgo cuando tras equivocarse es capaz de pedir perdón humildemente a sus pupilos.

Los premios o recompensas son especialmente estimulantes y han de cuidarse con esmero. Se trata de una técnica de vital importancia dentro de una estrategia de relación óptima entre el entrenador y sus jugadores.

En todo caso, hay que premiar el rendimiento por encima del resultado. La razón fundamental es que únicamente a través de la continuidad en un rendimiento alto lograremos repetir resultados óptimos. Merece la pena recompensar el esfuerzo porque será lo que nos permita dar continuidad al éxito.

Premiar pequeños detalles positivos ayuda extraordinariamente a conquistar a medio-largo plazo grandes metas. Por idéntico motivo, debe premiarse el aprendizaje y el rendimiento de las habilidades emocionales y sociales de igual modo que las técnicas.

Un fracaso ocasional es inevitable en la práctica del deporte y no constituye un fracaso. Los errores forman parte del normal proceso de aprendizaje. Un deportista ha de estar siempre dispuesto a correr riesgos razonables de fracasar. La propia incertidumbre es compañera del viaje que conduce al éxito. Hay que poner la mente en el día a día y en el buen trabajo de cada entrenamiento más que centrar la atención en uno mismo y sus miedos o su confianza excesiva producto de un estado de desmotivación más o menos latente. Un buen deportista tiene que saber que en la disciplina que practica –como en la vida en general- se alternan éxitos y decepciones (la palabra fracaso ha de reservarse para las situaciones en que la persona no se ha esforzado realmente para alcanzar los objetivos que se había propuesto).

También hay que prestar especial atención a un eventual exceso de motivación que puede resultar contraproducente. Cuando el deportista se encuentra demasiado motivado o activado, corre el riesgo de ser devorado por un sentimiento tan negativo y peligroso como es la ansiedad. En este caso, el deportista centra toda su atención en una preocupación enfermiza sobre si será capaz o no de alcanzar la victoria. Dentro de una variada gama de efectos negativos, la ansiedad hace que los músculos se tensen, por lo que los movimientos del jugador ya no son tan uniformes y ágiles como cuando los músculos estaban más relajados. De este modo, el futbolista piensa en cómo lo está haciendo en vez de concentrarse simplemente en hacerlo. En consecuencia, su atención no está bien centrada en el partido y llega incluso a sentir que pierde el control. Cuanto mayor es la inseguridad del deportista y más importante es el resultado para él, mayor es la ansiedad. Recuerdo en este momento un consejo que le ofrecía el gran deportista y comunicador, como fue Maikel Robinson (q.e.p.d.), a un periodista que acababa de debutar en la profesión y que debía sustituirle en un programa radiofónico: habla como si lo que digas por el micrófono te importara bien poco (Maikel utilizaba, en realidad, otra expresión más coloquial que no es del caso reproducir). En definitiva, sé tú mismo producto de una preparación que te avale como candidato al éxito deportivo o profesional y que, a la vez, te aleje de la dependencia de las circunstancias, o de la mejor o peor suerte. Nunca debe preocuparnos, en cualquier aspecto de la vida, lo que no está bajo nuestro control. Bastante trabajo tenemos ya con abordar disciplinadamente lo que sí lo está. De eso es de lo que se trata.

En mi humilde opinión, hay que distribuir la tensión a lo largo de todo el período de preparación para que el día de la rendición de cuentas (en el terreno de juego o en cualquier trabajo) tengamos el estrés positivo que nos hace redoblar esfuerzos y mantenernos concentrados y alejados de la ansiedad paralizante. Es más, y por tópico que pueda parecer, uno hará todo lo que pueda como máximo. Se trata entonces de hacer cuanto en realidad seamos capaces, que es mucho más de lo que la mayoría suele creer. La activación ha de detenerse en el momento en el que comienza a generar ansiedad.

Algunos entrenadores, por ejemplo, mantienen a los jugadores en la incertidumbre de si formarán parte del grupo o de la alineación inicial, o de si van a jugar. Otros continuamente recuerdan a los jugadores lo incierto que es ganar y les hacen sentir especialmente inseguros sobre sus capacidades individuales. Como se puede apreciar, y más allá de la buena intención, no es este un modo adecuado de motivar. Al futbolista hay que pedirle rendimiento a través del esfuerzo. Hay que hacerle ver que lo se espera de él es que se sitúe en el mejor rendimiento posible para él a través del esfuerzo y ello más allá del éxito en el partido. Si se hacen así las cosas, los resultados llegarán por añadidura.

Particularmente importante es la capacidad de escucha del entrenador. El jugador es una persona que tiene una vida privada con problemas y retos familiares complejos. Si el entrenador es capaz de integrar al jugador en la persona que también es, el compromiso del futbolista con su técnico terminará siendo mucho mayor. Es el liderazgo basado en la sencillez y en la escucha activa que nos lleva a una mayor probabilidad de acertar en las decisiones que adoptemos. Lo que no se debe hacer nunca por parte de cualquier formador o director de grupo es imaginar lo que nuestro pupilo desacertado en su conducta está pensando. Hemos de preguntarle para que él nos diga con sinceridad cómo valora la cuestión objeto de conflicto. Y hemos de hacerlo siendo conscientes de que lo que nos diga puede no agradarnos. Pero es ahí justamente, en la aclaración de los planteamientos y en el intercambio leal y constructivo de criterios diferentes, donde se inicia la solución del problema. La paciencia, la prudencia y la sensatez son los mejores aliados de un buen director de grupo ya sea entrenador, profesor o formador de cualquier actividad.

En esa idea de unir deportistas y personas cobra particular relieve el entorno social en el que se asienta el club para el que trabaja. El entrenador, y el resto del cuerpo técnico, deben conocer las costumbres y cultura del espacio geográfico en el que se asienta el club deportivo en el que trabajan.

En efecto, el cuerpo técnico ha de mostrar sensibilidad por la problemática social y laboral de ese contexto socioeconómico y cultural de la ciudad de la que el club toma el nombre. El entrenador deberá interesarse por los grupos sociales más desfavorecidos, intentando acercarse a ellos y ayudar en la medida de sus posibilidades.



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