Martes, 27 de Julio de 2021
<<A la búsqueda de esa hora futura en la que la libertad sea protagonismo de los ciudadanos>>
Artículos - Editorial - El búho ante el espejo
25/05/2011

Ciudadanos, ¡ sed protagonistas!


por Antonio Colomer Viadel


documento Documento adjunto    

Siempre he creído que por debajo de la apariencia fácil de pasar de todo o conformarse en un hedonismo de fin de semana existían testimonios de compromiso y voluntad solidaria en tantas personas, muchas de ellas jóvenes, que ejercían un voluntariado desinteresado tanto en nuestro país como en el exterior a través de las múltiples organizaciones no gubernamentales de cooperación.
De todas formas, la espontaneidad y alcance del movimiento del 15 de mayo,  el pronunciamiento colectivo de los indignados y hastiados por una realidad injusta que bloquea tantas posibilidades de personas con voluntad de participación y de realización compartida, me ha impresionado e incluso puedo decir que emocionado.
Desde que hace más de 30 años fundé el Instituto Intercultural para la Autogestión y la Acción Comunal, cuyo triple lema es: Autogestión, Cooperación y Participación, hemos luchado por estas ideas en torno a la toma de conciencia crítica de la ciudadanía en la política, en la economía, en la cultura, en el trabajo y en la simple convivencia con los otros miembros de tu comunidad.
Bajo el título de este periódico La Hora de Mañana, hay un subtítulo que creo es todo un mensaje y compromiso ideológico: a la búsqueda de esa hora futura en la que la libertad sea protagonismo de los ciudadanos.
Hace tres años,  en el 2008, publicamos un libro colectivo con participaciones de todo un equipo de colaboradores y que yo coordiné, con el título “Regenerar la Política”.  A ese libro, le puse como subtítulo, el que ahora titula esta editorial,” Ciudadanos, ¡ sed protagonistas!”, era un llamamiento a la toma de conciencia y al compromiso indisoluble de la virtud cívica de responder a alguna tarea en beneficio de tu comunidad, a la vez que tu voz sea oída para determinar ese destino colectivo.  Ciertamente, una democracia con libertades y opciones plurales que puedan expresarse libre y transparentemente y con recursos suficientes para que ninguna alternativa sea silenciada es un régimen político ideal pero no cabe el reduccionismo de la democracia al simple derecho de sufragio.  Tiene que ser un compromiso más permanente y cotidiano en la participación, en los asuntos que interesa a la gente cada día.
                También tengo que decir que ante algunas tentativas de desacreditar este movimiento como de antisistema o de nihilismo facilón, me han impresionado la capacidad de autorganización consciente, el respeto mutuo y plural en las Asambleas participativas y la cultura de paz que ha traspasado todas estas reuniones.
La indignación de los indignados me parece no sólo comprensible sino incluso templada en medio de tales circunstancias discriminatorias por las que se margina hacia un desempleo sistemático  o un infratrabajo a tantas personas mientras se produce un enriquecimiento desmesurado de las élites económicas y políticas.  Es cierto que no todos los empresarios ni todos los políticos son corruptos pero es muy difícil sobreponerse a la lógica de un sistema que tiende al intercambio desigual y a la acumulación desproporcionada en unos sobre el empobrecimiento de otros.  De ahí que siempre haya postulado que no pueda haber libertad política sin libertad económica y que ello implica recuperar el principio de la reciprocidad de dones y de la equidad en la redistribución de recursos.
Esta indignación ante el bloqueo de la participación tanto en la política como en la economía viene de lejos.  En 1978,  antes de que se aprobara nuestra Constitución, ya escribí sobre estas contradicciones y en uno de aquellos trabajos, recogía una cita del entonces célebre oceanógrafo comandante Jacques Ives Cousteau, luchador incansable por la supervivencia de un mundo amenazado con agonizar, que se hacía eco de esa inquietud universal: “ Afirmar que los ciudadanos se sienten satisfechos de entregar, cada cuatro o cinco años, un mandato a un representante que no los representa más, no corresponde a nada en este mundo radicalmente transformado”.
“La gente quiere tener una influencia real sobre su vida de cada día y no una vez cada cuatro o cinco años.  Existe tal anacronismo entre el actual sistema y la realidad,  que una gran cólera está creciendo en el mundo.  Los ciudadanos del mundo entero han dejado de creer en los sistemas políticos, se burlan y desconfían de sus dirigentes.”
El eco universal despertado por este movimiento social se demuestra en algunos de los artículos remitidos por nuestros colaboradores desde el exterior.  “Indignados” de Roberto Bertossi, desde Córdoba, Argentina o “la protesta española” que firma Luís Carvajal en el Diario el Espectador de Bogotá  ( http://www.elespectador.com/impreso/opinion/columna-271569-protesta espanola) . Curiosamente un poco antes de que se iniciara esta protesta un estudiante de la Universidad de Salamanca, Carlos Vázquez, nos enviaba el artículo titulado “Decidir” en la línea filosófica de esta protesta de los indignados.
 En el plano electoral, es posible introducir mejoras mediante reformas legislativas.  Es indiscutible que algunas de las propuestas que hemos leído en esas plazas son perfectamente asumibles por cualquier persona sensata y honesta: listas limpias y abiertas, transparencia en las cuentas públicas, castigo del absentismo parlamentario, etc, etc .
Posiblemente podría irse más allá e incluso introducir el mecanismo de la revocación por democracia directa de aquellos responsables políticos que estén incumpliendo o traicionando el compromiso que asumieron a la hora de ser elegidos.
Es también llamativa la alergia de los aparatos de los partidos políticos hacia un ejercicio efectivo de instituciones de democracia directa y semidirecta como la anterior o el referéndum, la iniciativa legislativa popular, etc.  Sin lugar a dudas, hay que usarlos con ponderación pero no se puede desacreditar, en nombre del monopolio práctico de la participación política por los aparatos de los partidos políticos, instituciones que en países tan sensatos como Suiza, sirven para tomar las decisiones políticas, legislativas e incluso constitucionales más decisivas.
Cuando en el Preámbulo de nuestra Constitución se dice que la nación española, deseando establecer la justicia, la libertad y la seguridad y promover el bien de cuantos la integran en uso de su soberanía, proclama su voluntad de, entre otras cosas, establecer una sociedad democrática avanzada, tendría que entenderse como una sociedad de ciudadanos conscientes que entiendan como una virtud cívica el intervenir en responsabilidades comunitarias y no ser manejados como un simple rebaño de adhesión incondicional a los carismáticos de turno.
Podríamos añadir el sarcasmo que supone la prohibición del mandato imperativo en nuestras constituciones y su pervivencia camuflada por medio de la férrea disciplina parlamentaria que convierte a los parlamentarios y senadores en simples muñecos de guiñol, actuando por los hilos que mueve el portavoz de cada grupo.
Seguramente un sistema electoral de distritos pequeños en el que se eligiera por mayoría un solo diputado que estuviera mucho más próximo a sus electores y que tuviera que continuar dando explicaciones a los mismos a lo largo de su mandato, sería una democracia mucho más auténtica que esa adhesión incondicional a listas de desconocidos en donde no podemos cambiar a nadie y vienen recubiertos de la púrpura del partido.
En nuestro libro “Regenerar la Política”, se hacen también propuestas concretas a las que podemos añadir otras nuevas.  (Espero poder disponer dentro de poco  en abierto de este libro para que aquellas reflexiones puedan servir a todos los que estáis realizando ahora esa valiosa convivencia intelectual de compartir  e intercambiar ideas y sentimientos.)
Algunas de esas reflexiones se inician preguntándome yo mismo si es posible regenerar la política y los medios para activar esa regeneración democrática y la conciencia ciudadana.  Sigo creyendo que la educación para la participación y en los valores de la convivencia democrática y la asunción de la obligación de responsabilidades comunitarias es fundamental para estos cambios.  Algunas otras medias podrían ser la no reelección de cargos públicos o la limitación de mandatos a no más de dos para incentivar la circulación de los ciudadanos en esas responsabilidades públicas, los posibles sorteos aleatorios entre ciudadanos para estar presentes en algunas instituciones y en los procesos de toma de decisiones tanto políticas como administrativas, en la relación entre administradores y administrados; la descentralización efectiva pero de núcleos societarios responsables y transparentes, la ampliación del poder de controlar por los ciudadanos, favorecido ahora por las nuevas tecnologías;  el potenciar las instituciones de democracia directa y semidirecta, el transformar la institución del Defensor del Pueblo en una Magistratura de elección popular directa a la que no pudieran acceder aquellos que hubieran tenido un vínculo partidista al menos los últimos diez años, otorgarle al Defensor la propuesta de referéndums respondiendo a iniciativas populares.  Crear también los Defensores Municipales. 
Todas estas medidas deben tener un soporte en la educación comunitaria y participativa ya citada, que es además el mejor antídoto contra la demagogia y que puede combinar perfectamente la coexistencia de democracia participativa  y de la democracia representativa.  Otra garantía fundamental es la independencia de los Jueces que no puedan ser manipulados por ningún otro poder.  Es lo que yo llamaba en este libro la triple I: Independencia, Imparcialidad e Integridad que sería fundamental para un orden de justicia y equidad.  También la generalización de la mediación judicial mediante la cual, los propios ciudadanos pueden encontrar de común acuerdo una salida a sus conflictos y superar esa solución de vencedores y vencidos que casi es una venganza cumplida, en muchos casos.
Es necesario también que esta voluntad regeneradora tenga su proyección en el trabajo y la actividad económica.  Estamos en un paro permitido (véase el libro del Profesor Parra Luna con este título y los artículos que han publicado en la Hora de Mañana, así como el vídeo con la entrevista que le hicimos hace poco)  por falta de alternativas para salir de la crisis.  Hay que dar recursos a los emprendedores individuales pero también a los emprendedores comunitarios de formas cooperativas y autogestionarias y hay que movilizar a ese descomunal ejercito de desempleados para tareas de recuperación social, medioambiental, servicios sociales, etc, etc. para que tengan la dignidad de ayudar a la recuperación colectiva y no vivan la humillación de la actitud mendicante.
A la nefasta relación entre política y economía dediqué el Búho-Editorial anterior, bajo el subtítulo “los intereses creados en torno al botín”.  Véase también en la portada el artículo “el dinero y la ética de la economía”, de Joaquín Guzmán, catedrático de Economía de la Universidad de Sevilla.
Hay que poner el ahorro popular al servicio de esta reconstrucción y no de las grandes entidades financieras y de los grupos especulativos.  De este movimiento por la democracia real y la participación ciudadana, además de reflexiones, ideas y propuestas sobre reformas electorales, sobre propuestas de regeneración democrática y política debieran también nacer iniciativas de autorganización social y económica de carácter solidario como un instrumento al servicio de ese sector de la economía solidaria al que hay que facilitarle al menos los mimos recursos financieros, tecnológicos, comerciales, de seguros, etc que tienen los otros sectores protagonistas de la vida económica que viven mitificando el becerro de oro del mercado.
                Sin lugar a dudas, como se citaba en uno de las hojas distribuidas estos días en algunas de las plazas de nuestro país y evocando una canción en la que se decía “sólo le pido a Dios que la injusticia no nos sea indiferente”, nos encontramos ante un gran desafío de orden ético  y de orden político del que debe salir un gran aprendizaje, un principio de ayuda mutua y de reciprocidad, dentro de ese respeto al pluralismo en una cultura de paz pero sin hacernos acomodaticios a los abusos del poder económico, social o político. Tal vez esto sea un planteamiento “reforvolucionario” como escribí en el primer libro que se publicó en la Editorial La Hora de Mañana en mayo de 1977,  vísperas de las elecciones de la democracia recobrada.  La revolución de los peldaños, de los pasos irreversibles que van transformando la realidad conquista a conquista , sin afanes mitológicos ni proféticos pero con la fuerza de estar sirviendo a la razón y a la justicia del interés de las gentes honradas.
En lo que no necesitamos establecer límites ni etapas es en la exigencia ética de los comportamientos de aquellos que quieren inducir al pueblo a optar por determinados caminos. 
El imperativo ético en la conducta colectiva no se basa tanto en una concepción filosófica previa, como en la experiencia humana de que medios diferentes perturban los fines previamente elegidos, convirtiéndose aquellos en la única realidad dominante.
La historia contemporánea contempla la existencia de gigantescas organizaciones opresoras que han generado su sistema de auto justificación, aunque pervivan unas referencias retóricas a los objetivos liberadores que en principio explicaron su nacimiento.
Si sólo la verdad puede hacernos libres, hay que exigirla sobre todo, a los que nos prometen hacernos libres.


Ciudadanos, ¡ sed protagonistas!




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