Martes, 27 de Julio de 2021
<<A la búsqueda de esa hora futura en la que la libertad sea protagonismo de los ciudadanos>>
Artículos - Editorial - El búho ante el espejo
22/10/2012

LA AUDACIA POR NECESIDAD


por Antonio Colomer Viadel


Hace muchos años me impresionó la lectura de aquel libro del joven Kennedy titulado: “Perfiles del valor”.  En esa obra reunía una serie de admiradas figuras de la historia política norteamericana  que en momentos de gravedad se atrevieron a tomar medidas aún a riesgo de la impopularidad, convencidos de que a la larga servían al interés general de su país.
Sin lugar a dudas se necesita coraje cívico para este comportamiento y por cierto, el exigir sacrificios no es de lo que se espera los mejores aplausos ni euforias de los que son invitados a realizarlos.  Entiendo que la virtud cívica de una sociedad  se demuestra en esas coyunturas y en la asunción de los mismos.  El recuerdo inevitable de Churchill y el comportamiento del pueblo británico ciertamente en circunstancias excepcionales como los de la guerra, lo testimonian indubitablemente.
Ahora bien, los sacrificios deben ser equilibrados con el compromiso de las recompensas futuras porque en caso contrario estaríamos ante esa gran injusticia del reparto desigual y de la acumulación asimétrica.
En el plano privado es el caso de las empresas que exigen a sus trabajadores sacrificios tanto en los salarios como en el tiempo de actividad para aumentar la competitividad sacrosanta y la supervivencia empresarial, durante las vacas flacas pero cuando llega el rebaño engordado  son sólo los beneficios de los propietarios, accionistas y gerentes los inflados por estas ubres renovadas y hay una gran facilitad de amnesia y olvido sobre aquellos sacrificios exigidos en las horas difíciles.
Algo parecido podríamos decir en el plano de la vida pública respecto a la obligación del Estado, una vez recobrados los equilibrios financieros, presupuestarios y de déficit,  por compensar a los ciudadanos en el aumento de los servicios públicos,  en las prestaciones de subsidios y pensiones y en general en otorgarles la palabra, más allá del simple derecho de voto, para oír sus reclamos y reivindicaciones.  Este equilibrio y compromiso debiera ser sacrosanto.
Hay sacrificios,  sin embargo,  que no se comprenden: mantener la gran injusticia de esas hipotecas que se siguen cobrando después de que la banca acreedora se ha quedado con la vivienda pagada ya en parte y de la que han sido desahuciados las personas que en ella vivían y a las que el paro ha llevado a no poder seguir abonando los plazos, o el socorro a una banca gestionada desastrosamente cuando no deshonestamente.   El Estado lo que debiera garantizar prioritariamente son los ahorros de los ciudadanos, sorprendidos en su buena fe y perseguir con todos los instrumentos legales, por medio de la justicia,  a los banqueros incompetentes y aún más defraudadores.
Por otro lado, la hora presente exige imaginación, espíritu innovador y audacia en las decisiones si queremos revertir ese fatalismo de la recesión rampante y el paro galopante.
El problema afecta incluso a países que pretenden estar protegidos ante esta crisis y resulta significativo que un destacado intelectual de izquierdas como Jacques Attali escribiera este verano que Francia se encuentra al borde de una profunda recesión con el agravamiento del desempleo y la deuda pública y que ello exigía audacia para poner en práctica numerosas reformas  de poco coste que considera imprescindibles  para generar crecimiento.   Señala Attali en ese artículo cuyo título es reproducido en el mío, “L´audace par nécessité” (Véase L´express,  nº 3190, 22 de agosto de 2012),  que si tales iniciativas  no se aplican mediante un acuerdo  de todos, nos serán impuestas brutalmente por los acreedores.
Hay una docena de estas medidas, sin orden de importancia,  que son las que siguen:
1.    Reducir el número de colectividades territoriales, confiando las actuales responsabilidades de los Departamentos a otras aglomeraciones urbanas
2.    Reformar la escuela primaria desarrollando una enseñanza apropiada para reducir el fracaso escolar.
3.    Rescatar de las manos de los Alcaldes el poder de atribuir los permisos de construir  para dar al Estado los medios de liberar los espacios destinados a la construcción y aumentar masivamente la altura de los inmuebles en las grandes ciudades.
4.    Reducir a 20 el número de Ministerios y Ministros, para disminuir el número de autoridades gastadoras y reagrupar sus servicios.
5.    Prohibir toda publicación de un nuevo Decreto o una circular que no sea acompañada por la supresión de, al menos, dos veces más de reglamentaciones existentes.
6.    Concentrar prioritariamente las inversiones en infraestructuras sobre aquellas que unen las zonas urbanas a los grandes puertos marítimos y fluviales.
7.    Crear empleos de chófer de taxi, aprobando por todo el país, numerosas nuevas autorizaciones, dando prioridad a los asalariados de las compañías.
8.    Crear empleos de peluqueros a domicilio, liberalizando las condiciones de acceso a esta profesión.
9.    Vincular los oficios de Notario y Abogado en una gran profesión del Derecho.
10. Suprimir las docenas de “Altas autoridades” y otras “Comisiones permanentes” que no hacen en lo esencial nada más que retardar las decisiones públicas, sin tener ninguna utilidad social.
11. Reducir masivamente el número de Centros de gestión de viviendas protegidas, (offices HLM)  fusionando aquellos que ya no construyen, con sus vecinos más dinámicos.  Igualmente en relación a las Cámaras de Comercio y a todos los organismos gestionadores de tasas parafiscales.
12. Utilizar los enormes recursos, hoy malgastados, de la formación permanente, para la conversión de los parados y de los asalariados amenazados de perder su empleo.
Attali reconoce que estas medidas serán impopulares y que diversos grupos de presión como los Colegios Profesionales o los electos locales serán claramente hostiles a estos cambios, pero la democracia deberá salvarse frente a estos intereses.
Podremos estar  más o menos de acuerdo en tales propuestas, aunque lo que resulta evidente es la necesidad de transformaciones audaces para  salir de la crisis.
Hace más de 25 años – y no quisiera desempeñar ese papel de profeta a posteriori- en un texto que después refundí en mi ensayo: “El retorno de Ulises” ya escribí sobre el necesario saneamiento del sistema económico que tiene que apoyarse en el fomento de los condicionantes para el trabajo creador, en la apertura de las oportunidades creativas de todos los hombre y no sólo de unos pocos, lo cual beneficia a toda la comunidad y alimenta la armonía y la eficiencia del grupo trabajador.
El miedo a la lógica del determinismo tecnológico que legitima bajo el imperio de la competitividad cualquier bajada de salarios y endurecimiento de las condiciones de trabajo viene de una pretensión monopolística del uso de esas tecnologías sólo por los detentadores privados, y no un uso social de las mismas.
Del mismo modo hay una degradación del método asistencial  ya que la situación social del paro humilla y rebaja la dignidad de la persona convirtiéndola en un objeto inútil y pasivo del asistencialismo colectivo.  Convertir a todos aquellos desempleados en agentes libres de tareas de reagrupamiento social, de equilibrio humano, de autoorganización social, de protección a los ancianos, de salvaguarda del niño, de mejora en la educación, de equipamiento de los entornos, urbanos o rústicos en los que vivimos, de repoblación forestal, de animación cultural.  En fin, un conjunto de tareas comunitarias fundamentales y decisivas en esta sociedad del no trabajo industrial y apoyadas en el uso social de las nuevas tecnologías,  que son de todos y para todos.
Del mismo modo, hemos reivindicado aquellos programas ILE, iniciativas locales de empleo, por el que se ponen recursos públicos financieros para microcréditos a la vez que tutelaje de factibilidad y de diseño por expertos  que apoyen iniciativas de microempresas, de jóvenes o veteranos tanto en proyectos que no exijan alta tecnología, tales como mudanzas, jardinería, etc como para proyectos  innovadores que aporten ideas creativas y renovadoras pensando especialmente en el desempleo de los jóvenes profesionales  recién salidos de su formación académica.
Hay una sordera y una ceguera de los poderes públicos para las ideas renovadoras.  Hace ya bastantes meses nos hicimos eco en La Hora de Mañana del libro del Profesor Francisco Parra Luna titulado :”El paro permitido” una alternativa para salir de la crisis” – que puede aún consultarse en nuestras páginas- y que era la continuación de un libro –informe de un equipo académico más amplio en el que el Prof. Parra Luna era uno de los coordinadores, con el fin de salir de la crisis y fijar un modelo para la creación de empleo, teniendo en cuenta la relación entre necesidades y valores y recursos financieros que a veces se ignora su existencia.
¿Cómo es posible que iniciativas de este calibre con la que sería perfectamente posible reducir el paro de España a la mitad no se tengan en cuenta?
Una de las claves es ciertamente las anteojeras del pensamiento ortodoxo y el miedo a innovar de los dirigentes de nuestro país que son muy atrevidos con las palabras en la oposición y muy conservadores en el poder.
Otra clave es el juego de los intereses y el papel de los grupos de presión al servicio de esos intereses que fuerzan a tomar medidas que les favorezcan aún a riesgo de perjudicar a las grandes mayorías.
 El sociólogo Manuel Castell, citado por Parra Luna en su libro, decía en una entrevista en 2006: “en ese momento aún creía que servía para algo hacer recomendación a los políticos, ahora ya no lo creo, sólo sirve si los políticos ya  lo piensan, es decir, si piensan algo y entonces hay un informe científico que corrobora su opinión.  Quizás es lo normal porque la política está determinada en función de la política y no en función de la ciencia.”
Tal vez se necesita un enorme griterío de ese pueblo lacerado por la crisis  para destapar los sordos oídos  de la clase política dirigente.
Tal vez se necesita la emergencia de un liderazgo que una a la lucidez de la cabeza la fortaleza del corazón y que no tenga miedo a la impopularidad de lo justo y el coraje para enfrentarse tanto a los demagogos como a los egoístas.






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