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01/05/2021

DE UN CATÓLICO, O LO QUE QUEDA DE ÉL


por Carlos Díaz


En aquel 1891 publica el Papa León XIII la célebre encíclica Rerum Novarum (Novedades, con nombre de mercería de barrio)  que sorprende a los católicos españoles, enzarzados en sus disputas de sacristía y ajenos a toda actividad social de vanguardia.  Aunque la Encíclica continúa con su condena reiterada del liberalismo y del socialismo, y eleva a realidad de derecho natural la propiedad privada, innova con su defensa la existencia de diversas clases sociales complementables en orden al logro del bien común, concediendo asimismo suma importancia al Estado (católico) para subsidiar a las empresas deficitarias y para proteger legalmente los derechos del obrero, entre ellos el salario justo y digno, así como el derecho de asociación, con lo que insta a los obreros cristianos a formar sus propias asociaciones, mostrando una clara preferencia por el corporativismo[1]. Un avance importante dentro del retardo importante no llega a mucho, pues los enemigos de la dignidad antropológica, y hasta de la realidad divina, continuaban siendo los socialismos, los comunismos  marxistas emergentes, madres de todos los vicios y del fin del mundo. Y no es que careciera la Encíclica de razón al señalar la viga en el ojo social/marxista ajeno, pero erraba estrepitosamente al no ver la viga en el propio.

Aquellos Círculos católicos, dependientes de la jerarquía eclesiástica y en buena medida dominados por patronos católicos modélicos, como el Marqués de Comillas, tan vinculado a los jesuitas, buscaban en síntesis por entonces lo siguiente: remediar la apostasía de las masas; propagar el cristianismo mediante obreros ‘honrados y sólidamente cristianos’;  luchar contra la blasfemia, contra la profanación de domingos y festivos, en favor de lecturas piadosas, catequesis y prácticas de piedad; crear cajas ‘para inválidos, viudas y huérfanos’, cuyo fondo se forma con las cuotas de los socios protectores, socorros mutuos para socios enfermos, cajas de ahorro y montes de piedad (Montepíos) destinados a hacer productivas las pequeñas economías del obrero y a facilitarle recursos en los momentos difíciles, cooperativas de consumo y compras al por mayor en común para abaratar los precios, y bolsas de trabajo ‘para aliviar al pobre obrero en sus enfermedades y demás penalidades’; potencial lo cultural y recreativo mediante conferencias; establecer patronatos de la juventud obrera abriéndose escuelas y clases nocturnas de alfabetización y de enseñanzas profesionales, no debiendo de faltar la biblioteca ni la suscripción a revistas religiosas, científicas, literarias o técnicas, y organizando asimismo certámenes en orden al perfeccionamiento técnico-profesional del obrero. En las salas de juego ‘lícito’ se pasa el tiempo, y si los medios económicos lo permiten se establecen instalaciones deportivas, se readapta el sistema económico y político liberal por otro corporativo de inspiración cristiana mediante la modernización de los antiguos gremios con la aspiración de que el Estado los declare obligatorios en un régimen corporativo.

Todo esto significaba un paso adelante, dada la situación social de las clases trabajadoras tal y como nos la presenta la Primera Internacional de Trabajadores. La consideración del catolicismo como eje y nervio de nuestra cultura nacional; el formidable esfuerzo de documentación que respalda cada una de sus afirmaciones; el talante polémico y apasionado de muchas de sus medidas, resulta explicable por la circunstancia histórica en que hubo de forjarse la nueva cristiandad. La suya es una teología descendente, que va de los dogmas de la Iglesia a la descripción de la realidad, y no a la inversa, algo propio de toda ideología. Pero ¿qué dogmas?, ¿cómo entendería los dogmas un pueblo dogmatizado y prácticamente analfabeto, fraguado a machamartillo?, ¿acaso  no existió el mismo ambiente entre los luchadores sociales, especialmente entre los anarquistas de la época? Qué difícil resulta estar por encima de la propia época, algo que los beatos de toda condición jamás reconocerán...

A los católicos españoles de hoy, casi un siglo y medio después, se les da mejor seguir pidiendo perdón con la boquita chica (aunque la cerrilería no desaparece jamás), que cambiar para seguir a Jesús. Pidiendo perdón a los nuevos marranos (judíos neoconversos al hedonismo), se siente legitimada. Ser español y ser católico al modo en que se ha sido en esta piel de toro a mí me parece una gran desgracia, aunque esta afirmación mía haga estallar de rabia al español de toda la vida contra ese renegado camuflado que al parecer soy, o podría ser, o quién sabe si estoy en vías de ser….

La verdad es que no me gusta, pero me paso la vida renegando de cosas demasiadas. Hasta que no nos muramos todos, no sé yo si va a sacar la cabeza la famosa Madre Patria, la madre patria que nos parió entre tantos reniegos, ya que al nacer cada españolito tiene su media mitad de antiespañolito. Y nacer dividido es bien jodido. Yo al menos no he sabido ser lo suficiente vocativo, ni invocativo, y ya no me queda más que lo provocativo. Pronto me ha cantar la sororoca, y aquí paz y después gloria, hasta que el cuerpo aguante, hasta que ese país ayer España y hoy Expaña estalle por sus costuras. Si es que antes no nos lleva a todos la única pandemia democrática que conozco con cierta capacidad de modificar las cosas, el virus del coronavirus. Debe de ser verdad, porque al término de los antiguos  libros de moral católica venía impresa la frase  finis coronat opus, el fin corona la obra. De todos modos, creo que esto no lo ha entendido todavía pero la obra del Opus Dei con su Camino de perfección.

 



[1] Cfr. Díaz, C: España, canto y llanto. Historia del m0ovimiento obrero con la Iglesia al fondo. Editorial Acción Cultural Cristiana, Madrid, 1996, 463 pp. de letra más que muy pequeña


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