Sábado, 19 de Junio de 2021
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06/06/21

EMPATÍA Y ANTIPATÍA (II)


por Carlos Díaz


El presente libro se inscribe en un contexto mundial fuertemente ideologizado y por ello muy excluyente, al punto de haberse convertido en pensamiento único ideológico. Pero una cosa son las ideas y otra muy distinta las ideologías, estas últimas son ideas deformadas y además muy resistentes, pero hasta el día de hoy inerradicables. En general las ideologías (del tipo que sean) comparten entre sí una misma identidad: ellas excluyen, rechazan, odian aquello con lo que están en desacuerdo, y exageran, magnifican, deforman aquello con lo que están de acuerdo, como si la verdad (o lo que nos parece tal) no pudiese descansar tranquila dentro de los límites de sí misma, es decir, dentro de los límites de la mera verdad. Esta desmesura de la verdad misma explica en el ser humano, animal ideológico, su violencia fundadora.

Pero odio y amor son una misma forma de energía, tanto que del amor verdadero al odio verdadero va el mismo paso que del odio verdadero al amor verdadero. Cuando dicho paso se franquea, entonces se ha cruzado un terrible Rubicón, y las personas más sensatas devienen las más insensatas. Ciertamente, entonces han dado un mal paso, el que va de la convivencia a la barbarie, la cual es siempre barbarie de “empoderamiento” por dejación de generosidad en la convivencia. Aunque ello no se reconozca, la ecuanimidad brilla por su ausencia en la historia y se expande y entra incluso en los santuarios que presumen de lo que carecen.

De las muchas ideologías que han asolado la convivencia, la ideología del nuevo empoderamiento femenino, replicante de la barbarie del viejo poderío masculino, tiende también, en tanto que ideología empoderadora, a establecerse como verdad absoluta, y por eso mismo en caballo ganador con derecho a revanchismo, ¡y ay de quien se atreva a contradecir al mito vigente en un universo poblado por mitómanos! Desde esta perspectiva, la historia de la humanidad es la historia de la infamia, en cuya noche de Walpurgis todos se dicen inocentes de la sangre derramada mientras la derraman, incluso cuando ya no saben que la derraman.

Pero una mujer sensata no quiere un párvulo como pareja, quiere un hombre, y si es una mujer competente quiere un hombre por lo menos tan competente como ella. Cosa distinta ocurre con las mujeres incompetentes y con los hombres débiles que intentan domarse recíprocamente. Existen tres géneros de orangutanes, las hembras, los machos dominantes, que cautivan todas las hembras, y los machos débiles, que morfológicamente parecen adolescentes y que, al no lograr aparearse, recurren a la violación en sus múltiples modalidades: sólo los perdedores recurren al poder para obtener más sexo del que pueden alcanzar. Pero esto afecta a los dos sexos, a ambos por igual. Ni siquiera Cristina de Suecia, la ilustrada reina discípula del fundador del racionalismo, Renato Descartes, pudo estar a la altura de la sabiduría, de ahí que escribiera a su sabio maestro francés: “Yo amo a los hombres no porque son hombres, sino porque no son mujeres. Ya ven cómo el racionalismo tiene sus límites, cómo nada puede llegar a ser tan poco razonable como un caballo desbocado, y cómo la razón pura puede llegar a merecer aquel airado venablo de Lutero: ¡hure Vernunft, razón puta.

Pero una mujer libre es justo lo contrario de una mujer fácil; si alguna mujer aspira a comportarse como un hombre es porque carece de ambición y se estima en poco a sí misma. Como dice el chiste machista -casi todos los chistes han venido siéndolo-, si tanto teme envejecer, que se case con un arqueólogo; cuanto más vieja se haga, más encantadora la encontrará. Sin embargo, lo verdadero es que para el hombre que tuvo buena madre deberían ser sagradas todas las mujeres, y para el que tuvo un buen padre deberían ser sagrados todos los hombres. A falta de ello, “con fatalismo no podemos sacar adelante ninguna reconstrucción espiritual. Debemos superarlo. Y para eso deberíamos tener en cuenta una cosa: que ni con un optimismo barato ni con un pesimismo radical vamos a salir del atolladero. Ya no creemos sin más en un progreso puro y simple, en una evolución superior de la humanidad como si fuera algo que pudiera producirse de suyo. La fe ciega en el progreso automático ha pasado a ser una ocupación del espíritu del provinciano burgués satisfecho, y hoy esa fe resultaría reaccionaria. Ya sabemos de qué es capaz el ser humano. Y, si existe una diferencia fundamental en la manera de entender entre los tiempos pasados y los actuales, sería que antes optimismo y pesimismo se daban la mano, mientras que hoy en día el activismo tiene como presupuesto un pesimismo.

Al pensar que solamente existe el progresar interior de cada individuo aislado, pero que el progreso universal consiste a lo sumo en un progreso técnico, sólo estamos comportándonos como pesimistas, pues ¡cuán inmutable tendría que ser la fe en el sentido de la vida para evitar que también ella sea mutada por semejante escepticismo, cuán incondicionalmente habremos de creer en el sentido y el valor de la existencia humana para que esta fe resulte también capaz de conllevar y soportar ese escepticismo y ese pesimismo! Pues todo lo dicho acontece justamente en una época en la que cualquier idealismo, cualquier entusiasmo respecto de lo humano, vive una decepción enorme después de haber sido muy mal gestionado.


EMPATÍA Y ANTIPATÍA (II)




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