Domingo, 19 de Septiembre de 2021
<<A la búsqueda de esa hora futura en la que la libertad sea protagonismo de los ciudadanos>>
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12/07/2021

EMPATÍA Y ANTIPATÍA (IV)


por Carlos Díaz


1. Me desesperas, muérete, perra; me desesperas, muérete, perro

Según mi criterio, que no aspira a la infalibilidad ni goza de inerrancia o ausencia de error, la mala relación genera siempre una actitud de desesperación. En efecto, una persona desesperada es una persona renegada respecto del tú, respecto del yo y respecto del nosotros.

Existen tres clases de reniegos, el primero, el reniego yo-ello. Alguien puede desesperar de la vida, de las cosas, de los pájaros y de las flores que por algún motivo percibe como hostiles para él: el sol y la luna le vigilan hasta el punto de convertirse en su sombra amenazante; los cables de la luz chisporrotean o silban mensajes letales contra su persona; los muertos le vigilan desde sus sepulturas, y todo cuando de paranoico pueda imaginarse. Todo, el cosmos entero, los marcianos y los lunáticos, especialmente estos últimos, conspira contra él, Su Majestad el Gran Sufridor. Pero de este modo la relación yo-ello, propia de la relación con las cosas, sin dejar de ser lo que es, de alguna manera termina personalizándose, es decir, convirtiéndose en una relación yo-tú: los cables de la luz son personas con poderes mágicos ocultos, las sepulturas están vivas, las estatuas me miran, los espejos me vigilan, el sol y la luna me focalizan y van a por mí, yo contra todo y todo contra mí.

Ocupadísimo, el odiador-temedor, porque no se puede odiar sin temer el odio con que el odiado contrincante busca devolver su golpe y hacer diana en mí, su tú aborrecido, no tiene tiempo para nada más que para eso, para alancear vivos y muertos, los cuales gozan sin embargo de una mala salud de hierro.  Incluso un soñador que tal sufre los gritos todos los días no es un mero soñador, es una obsesión convertida en obseso, un estado de ánimo en sí mismo insufrible para quien lo padece.

Después está la segunda clase, es decir, el reniego yo-él, yo-ella. Aquí todo es una fauna de rumores contra mí. Él, ella, ellos y ellas no son un tú, sino una jauría entrenada conjuntamente para ir a por mí y para hacerme su presa. Todos los hombres-ello sin excepción son iguales entre sí, todas las mujeres-ello son iguales entre sí porque les une su conspiración contra mí. Así que cualquier posible entendimiento con lo disimétrico, con lo antitético, deviene un malentendido imposible de superar, el infierno son los otros según pontificó el por entonces sumo pontífice Jean-Paul Sartre, pero yo el purgatorio, ni siquiera podemos habitar la misma gehenna, no hay lugar para tanta rata revuelta, ni tormenta cuya lluvia apacigüe o refresque tanta quemazón, tanto resquemor. Tu pasión contra mi pasión, tú eres mi anti-pático:

En la relación yo-él, yo-ella no se tiene delante a la persona concreta, sino tan sólo su representación abstracta, imaginaria, sucedánea. Las rutas neuronales, que se van configurando sobre los caminos que transitamos, al final ha devenido una ruta tóxica, y entonces, caminante, no hay camino. No hacerse ilusiones, el yo sin el tú no conduce a ninguna parte. Por lo demás, en la relación-ello tampoco funciona el oído, la escucha bien intencionada. Resumiendo, lo mismo que la relación yo-ello, la relación yo-él, yo-ella muere por desinterés, por des-inter-es, vale decir, por carencia de espacios entre los cuales podamos conjugar nuestras vidas.

La tercera clase de reniego está en la relación yo-tú, a cara de perro. Perro de arriba violento contra perro de abajo manipulador, perro de abajo taimado contra perro de arriba dominante. Ninguna relación interpersonal es tan complicada y a veces tan desagradable como ésta. Cuando el impulso hacia la salud ya no existe en quien se relaciona aterrorizando emocionalmente, en realidad se trata de alterópatas, alteropatía limítrofe con la psicopatía y con la sociopatía.

Si en la relación yo-ello este era personificado para despreciarlo (personificar es convertir en persona a lo que de suyo no tiene estatuto de persona), en la relación yo-tú por el contrario este último queda cosificado, utilizado como un ello, no más que una cosa para mí en exclusividad y a mi servicio. A pesar de que podría parecer lo contrario, ambos caminos de anulación confluyen. Y entonces, una vez que la persona no ha sido reconocida ya como tal, entonces no hay lícito ni ilícito, estamos en el imperio del nihilismo donde todo vale.

 No se trata tampoco de esa alternancia de amor y de odio a la que Lacan llamaba odiamoramiento, y que hasta cierto punto y dentro de ciertos límites puede acompañar a cualquier relación interpersonal. El tú-objeto queda tan rebajado, que ni siquiera sirve como objeto-objeto, existe en el perverso una falta de amor tanto como una frustración por no poder obtener del otro lo que desearía de él en tanto que objeto, de ahí su progresiva necesidad, ese su pathos de destruir y de anular absolutamente a la víctima de tal manera que ni su recuerdo quede. La paradoja consiste realmente en que se ha dedicado de por vida a destruir lo al final inexistente, lo cual significa a su vez, rizando el bucle, que su existencia propia tampoco ha existido, pues no existe quien no destruye nada y, por si todo ello fuera poco, ello significa que tampoco él pasará a la historia. El hombre falso, verdadera pasión inútil, como si Sartre se hubiera salido de su tumba. Verdaderamente la persona lúcida sólo podría tener lástima de semejante ciego, en lugar de pretender asesinarlo, pero muchas veces la lucidez brilla por su ausencia. Además, la venganza es la lepra corrosiva de la salud, aunque desafortunadamente no siempre tengamos los leprosos la lucidez suficiente a la hora de la verdad.

A pesar de todo, la luciferina mente del perverso o de la perversa no renunciarán a ese odio ni siquiera con el paso del tiempo siendo muy similar al delirio paranoico de persecución. Una vez inficionado con el contagioso virus, los mismos hijos serán pensados como meros eslabones transmisores de esa misma cadena de odio fuera de la cual ya no tienen sentido. “Buenos hijos” quiere decir, así las cosas, buenos odiadores, hijos de la ira y de la amargura, dignos verdugos en la genealogía de la decapitación (pues el odio descerraja la cabeza, la elimina con hachazo visible y homicida, abole la jerarquía del pensar constructivo), vástagos que morirán cortando cabezas, pura y simple manifestación de la genealogía acusadora, y por tanto satánica. Montescos contra Capuletos y Capuletos contra Montescos, en semejante lógica del mal los hijos serán utilizados como balas de cañón, hijos-bala e hija- bala. Continuar en esta actitud termina siendo insoportable y desesperante. Hay que cambiar.

 

2. Etimología y fenomenología de la desesperación

 

Esperar no significa estar sentado en una nube renegando. Esperanza (spes) viene a su vez de ex pes, que significa a partir del pie, tener los pies en la tierra. En consecuencia des/esperar quiere decir no tener los pies en la tierra, perder el piso, desbalancearse, en definitiva una forma más de andar por la vida in-firme, no firme, enfermo. El desesperado no tiene dónde asirse, no sabe cómo hacer, pierde el suelo firme de la relación con la realidad, no va a ninguna parte concreta, no sabe qué hacer.

Yo desespero de ti, pero al mismo tiempo desespero de mí, porque yo soy yo-tú, aunque ni tú ni yo estemos dispuestos a creerlo, aferrados cada quien a su propio vértigo. Tú a mí me haces tropezar, me desestabilizas, me sacas del ritmo, no sé cómo hacer contigo, me des-hace tu propia des/esperación. Lo común en esta situación del des es un razonamiento del tipo siguiente: yo puedo terminar mi relación contigo, sin comprender que de alguna forma también cerceno las posibilidades de mi yo-contigo, soy un pollo descabezado que aún después de su decapitación sigue unos momentos corriendo hasta la caída. Cuando la des/esperación se extiende conforme a la lógica del mal, cuanto más crece mi propia des/esperación de los otros tanto más me convierto yo mismo en un des/esperado de mí mismo. La desesperación consiste en perder todo punto de referencia, cualquier norte. ¿Y ahora qué? ¿Cómo saber quién soy si ignoro dónde estoy? Al desesperar de ti ¿acaso no lo hago también de mí, al menos en este aquí-ahora de nuestra relación? ¡Mejor solo que mal acompañado, tal es mi venganza contra ti aunque repercuta sobre mí!

Pero ¿qué pasa cuando esa desesperada relación aquí-ahora se ve constreñida a permanecer y alargarse, cuando se mantiene siempre porque no puede des-ligarse? Que esa ligazón deviene un infierno, que el infierno eres tú porque no sabrá convivir con los demás quien no sepa convivir con los demás que hay en el propio yo. Y, mientras enviamos al otro al infierno, nos vamos abrasando un poco más cada uno de nosotros en el propio. Ah ¿pero esto era vivir?

A veces las brasas son tan fuertes que deseo acabar contigo, que des-aparezcas. La desesperación llama al odio y el odio mata y muere, muriendo mata y matando muere. La desesperación siembra de cadáveres la faz de la Tierra, pero de sus tumbas los cadáveres mal enterrados, reavivando de cuando en cuando su fuego, su fuego fatuo, nos reclaman para volver a ir con ellos al mismo infierno. Memoria invoca a Deseo pero, cuando desea que no seas, devienes más y más Desesperación Agigantada; por paradoja, incluso hasta el deseo pierde su sentido cuando lo que desea no es nada más que la nada del otro. Deseo que viene de Desespero muere cuando mata y mata cuando muere, pero al mismo tiempo vive más cuanto más pervive: es tan suficiente como insuficiente, y por eso desequilibra, pues no acaba de dar con el fiel de la balanza dónde descansar la cabeza. Los muertos que nos matan, igual que los muertos que nosotros matamos, gozan de buena salud, la Hiedra se reproduce cuanto más se descabeza, no ha nacido su verdugo. Me gusta un cementerio de muertos bien repleto, canta el ave nocturna.

Ahora bien, las formas de sacar de circulación al otro también nos desvían a nosotros, pues –ya lo hemos dicho- carecemos de Norte pero pisamos el acelerador para no ir a ninguna parte: ¡buen viaje! En cualquier caso, ambos viajan juntos pero separados, atroz bicefalia para dos conductores en el mismo auto, uno frenando y el otro acelerando al mismo tiempo, derrape seguro. Y otra vez a acelerar y frenar en un destino a ninguna parte, convertido sin embargo en fin en sí mismo, único paisaje en el baile de semejantes vampiros cuyo ahínco por aparecer en el espejo sin embargo sólo refleja la nada.

 

3. La estructura del desesperador desesperado

 

La cabeza del desesperado no piensa, embiste, es cabeza de adversario (ad-versus: va contra), son Señor y Señora Contreras. Yo sí pero tú no, yo más pero tú menos. Uno cree eso, pero el otro también y siempre lo mismo, y siempre lo mismo, y siempre lo mismo: por descalificación personal y por humillación e interiorización colectiva: usted es incapaz de entenderme; por aumento y exageración de nuestras razones: usted no intenta ponerse a mi altura; por rechazo y disminución de los argumentos ajenos: todo eso son cosas de usted y de quienes piensan como usted; por prolongación de las discusiones, desviaciones, minucias; por amontonamiento y repetición incesante, incluso con las mismas palabras, con los mismos argumentos hasta la extenuación de todas las extenuaciones y todo extenuación; por desplazamiento en las comparaciones, de modo que examinando lo que es menos se lo realza como si de lo más se tratase. Jamás se conceden atajos ni treguas, jamás hace acto de presencia la razón discursiva clara, patente, directa, sin recovecos ni truculencias.

Las cabezas des/esperadas argumentan des/argumentando, se rigen por un mismo círculo del eterno retorno: niegan y reniegan lo negado renegado re-renegado para lo mismo renegar mañana, sólo atienden al no del sí, son dialécticas pero contra toda síntesis, y como puerca lavada vuelven al mismo vómito. Del yo al yo el yo es el único camino, la línea recta, allí donde me sitúe, soy yo. Así son las cabezas desesperadas y exasperadas, puro mensaje tú, es decir, contra-ti. Mi verdad es tu mentira, mi diálogo es un monólogo adversativo, sin con/vocación. Yo golpeo el avispero que tú eres aunque así me llene de picaduras, eso es lo de menos. Afirmo para negarte; ya ni siquiera me afirmo; puesto  que tú no me quieres, quiero tu querer para no quererlo, sin más importarme  des/afirmarme a mí mismo al propio tiempo, pues yo soy tu no: como Mefisto, soy quien siempre te niega, mi norma de justicia va más allá de la ley del Talión, que me saquen a mí un ojo para que a ti te extirpen los dos y tú te quedes ciego, pues de este modo me empodero con tu vista que ya no ve, en el país de los ciegos el tuerto es el rey. ¡Cuán hermosa es la tiniebla! ¡Oh, prodigiosa senda del nihilismo, la avaricia del todo convertida en nada, la metáfora estética por excelencia, la plenitud del vacío, tiniebla para no ver que ciego que niega a ciego cae en la misma zanja! Diálogo feliz, mundo a oscuras.

La lógica de la noche donde ya nada se distingue, pues todas las vacas son pardas. ¿Hay alguien ahí? No, señorito sólo soy yo. Pero ¿por qué tanto no? ¿Y por qué no? Yo soy Yo, Su Majestad Mi Ego. ¿No lo comprendes? ¡Es que no Me comprendes, no Lo comprendes porque no entiendes que yo soy Yo y también soy Lo! Yo-mi-me-conmigo, mi mamá me mima mi mamá me ama, yo amo mucho a mi mamá… después de haber matado a mi mamá y reencarnado en ella. No es la realidad como es, tampoco como parece, es como Me parece, la realidad es para mí, yo soy un en-sí-para-mí, lo propio de la propiedad es que es Mía. Yo nací para colmar la necesidad que tenía de Mí mismo. Y tú no estás más que para asombrarte siguiendo mi sombra. No estás a mi altura, pues solo yo soy la vara de medir. Te necesito, sí, para que me adores, eres mi prótesis. Si así me adoras, si sólo a Mi me adoras, te daré todo lo que ves y todo lo que no ves. ¿Por qué no Me-Lo comprendes? Aquí la única ley es la ley del embudo, lo ancho para mí y lo estrecho para los demás, yo soy la medida y lo medido, aunque de este modo yo sea el primero en no dar el ancho. Me enfado con el pantalón que ya no me cabe, lo hago reventar por sus costuras, tengo que caber en él.

Pero estas gentes, por tanto y tan desmesurado amarse, se quieren mal. Aferradas a su ego, ese su mismo ego hinchado, tumefacto, les hace estallar como ranas. Narcisos, se ahogan en el agua de su propia estima disparatada. Se miran de frente, de espaldas, de costado, por arriba, por abajo, pero deseándose perfectos sufren por el insaciable deseo de perfección. El problema está en que me quiero a mí mismo a través de la estimación  del otro al que no estimo, negocio ruinoso que termina con un cuerpo cosido por costuras y cuchilladas, siempre hasta la tragicomedia: todo se queda pequeño en la compraventa de Yo para Nos, para Nos, y nada más que para Nos. Agotamos las existencias del supermercado y nos quedamos sin esencias. La avaricia yoica excluye a la relación tuica arruinándola, desfondándola, desertizándola. Muy difícil que anoréxico egocéntrico supere esta perniciosa relación comerse-vomitarse.

Y claro, con semejante actitud ¿cómo esperar la calma, el bienestar, el estado de ánimo tonificado, integrador, cómo mantener la distancia con la realidad previamente por mi ego fagocitario devorada, tanto que me ha convertido en mi propia presa? Imposible, no queda otro que el siguiente código: en lugar de iluminar, enredar; en lugar de converger, dilacerar; en lugar de ceder, partir al niño, ni para ti ni para mí; en lugar de generosidad, ofuscación, con su larguísimo etcétera: sembrar insidias y  desconfianzas por norma, prejuzgar primero, juzgar después y para finalizar la faena condenar, distorsionar, manipular hasta quemarse la propia mano, marearse por no saber si la escalera sube o baja, no dar la cara, hacer jugarretas, ponerse máscaras, procrastinar por no querer, por no saber, por no poder, por no esperar ningún mañana, victimizarse, autodestruirse para morir matando, abrir la puerta a patadas y trancarla para evitar compartir un  mismo espacio, pues el otro es aquel cuyo parpadeo me molesta y no podemos respirar el mismo aire, ese mosquito nocturno y silbante al que hay que destruir aunque sea a cañonazos, decir que sí pero ser que no, decir que no pero ser que sí, aunque en realidad quién sabe, quizá pueda ser sí y no, o ni sí ni no sino todo lo contrario, ni comer ni dejar, clamar, proclamar, declamar y re-reclamar la atención y a cambio cubrir de reproches al reclamado porque nunca se me satisface, ¡con lo que yo he hecho por ellos!

 

4. El resentimiento y su posible sanación

 

Ya no te soporto, perro. Pero hombre que maltrata a perro (propio o ajeno) es un perro, y perro que escupe al cielo recibe su propio esputo. Mucha atención, pues, porque tu alma bella puede devenir corazón duro si ingresas en tan complicado laberinto con el acusativo en la boca, si te dejas llevar por el pueril e inimaginativo ¡y tú más!, canto de sirena del propio yo envilecido que, como el asno cargado de esponjas secas por el río, se hunde más y más en él por el peso de sus ahora empapadas esponjas. Ahora pesas más, bribón, y te hundes. De nuevo la misma odisea que también a nosotros, que no somos mejores, termina convirtiéndonos en cerdos del rebaño de Epicuro sin necesidad de que matarife alguno se encargue de rajarnos.

El mecanismo lo conocemos bastante bien casi todos: crié demasiados cuervos, pero estos enanos sucios, raza inferior que jamás estará a mi altura, ahora se creen superiores a mí con esa astucia de las hienas malolientes, no es que no me requieran, es que ni siquiera me quieren, de desagradecidos está el mundo lleno. Jamás seré de los suyos, con ellos sólo el común egoísmo sería posible, no el bien común. Nunca jamás aprenderán, es decir, nunca jamás aprenderán de mí, yo tan postconvencional y ellos tan preconvencionales. No es justo, no me saludan como quien realmente me siento ser, un patriarca idumeo a cuyo paso ellos deberían levantarse, descubrirse, y reverenciarme con un gesto de servidumbre voluntaria. ¿Acaso no soy yo quien les ha sacado de su miseria, su maná llovido del cielo, acaso no les he dado trabajo, becas, consideraciones, y ellos a cambio si pudieran me secuestrarían? Ponchan las llantas de mi coche ignorando que ese coche les trae y les lleva, pero no sabrían ir a ninguna parte sin mí. Chaparros también intelectualmente, son incapaces de crecer existencialmente, sus inveteradas costumbres les arruinan, y no hay modo de que alcen la vista hasta donde yo veo, su horizonte es el cero, el mío el infinito. Vienen de la nada y van a la nada, así que para no contaminarme my castel is my home. Del sentimiento del rechazo al sentimiento del re/sentimiento, y ahí muere todo, otra cosa sería ontológicamente imposible, sin fundamento en la cosa. Y lo que no puede ser no puede ser y además es imposible. Todos los optimistas me repelen con su sean realistas, demanden lo imposible. Pero no, no hay más cera que la que arde, ingenuidades a estas alturas de mi vida no, gracias.

Pero es bien sabido que quien a resentimiento mata a resentimiento muere. En el fondo tampoco tengo que ponerme así, pues al fin y al cabo siempre es la misma cosa, los iguales a mí se sienten superiores a mí porque yo, mal que bien, a pesar de todos los pesares, condesciendo con los de abajo, con esos des: desgraciados desagradecidos desagraciados, desechos desechables como bramar de mares que braman.

 

5. Eres amargoso

 

¿Vas a estar siempre regañando, deseas hacer del regaño tu proyecto de vida?  “Mi maestra es bien mala y regañadora y a mí ya no me quiere ya me corrió de la escuela no más por unas fotos y yo se lo digo sólo que se le olvida y también le digo de la cuota y yo sí hago mi tarea”[1].  No sé si pobre niña, pobre maestra, o pobres las dos a cual más pobres. Las cosas comienzan abajo, así que bájate a tu abajo para corregir tu arriba. La realidad viaja en el vagón del claroscuro. Un niño no aprende a hablar por competir con otros, sino porque tiene el deseo y las habilidades para hacerlo. Un niño aprende a hablar porque quiere decir te quiero a su papá[2].

Y no sustituyas con tu masoquismo su sadismo; además la esencia del amor es el humor, diles quién eres para que no digan lo que no eres, que no eres tan adorable aunque lo seas, y que por ello no deseas que te adoren, sino que piadosamente te ad/oren, que oren por ti al Adorable Adorador, practica inteligentemente la intención paradójica, adelántate a ellos y sirve tu propia cabeza en su bandeja de plata para evitarles el trabajo de cortártela. Ten piedad del prójimo como de ti mismo. No te vayas enfadado con el mundo entero y todas sus criaturas. Si algún legado, pequeño o grande, has regalado a la humanidad por esta vez sé tú el primero, no se lo dejes en postumidad como herencia cuando te estén comiendo los insanos gusanos de tu ego, sé capaz de ser feliz con  ellos, y si no te lo agradecen procura compensar tu abundancia de alma con su pequeñez, de todo hay en la viña, pero tú sigue sembrando, comparte sabiamente con el tonto, pues cuando la linde sigue el tonto que tú eres continúa. Bendice a quien te maldiga y sigue adelante, aún no ha concluido tu carrera, la vida es el río que no cesa. Si esto no lo vives es porque ya estás muerto, muerto en vida. Una vida intrascendente no sirve ni de estiércol para la labranza de tu propia fama póstuma, esa que buscas labrando cada día tu epitafio a golpe de animadversión. Cuando más busques la transcendencia en tu propio ombligo, más te herniarás y más fajas para contener tu demolición vas a necesitar. Y al final al corralón de muertos.

Ojalá no te canses, sea tu venganza cansarles a ellos con tu descanso para la novedad de su alegría venidera.

 

 



[1]Método integral Minjares. Didáctica de la expresión oral y escrita. Eclosión. Editorial Escartín Minjares y asociados. México, 2018, p. 117.

[2] “Te pido que regreses el domingo, serás muy feliz, te esperarán muchas sorpresas papacito tu hija te pide que regreses eres el jefe de la casa y te quiero mucho porque me mantienes y me das para la escuela tu hija desea que vengas el domingo y todos los días. Marta”. “Carta a mi papá: “Te deseo que estés muy contento en tu día eres muy bueno mamá te va a hacer pastel te dará tu regalo cantándote las mañanitas eres muy bonito te quiero mucho te llamas Valentín Quiero que seas bueno con mi mamá y también que no te enojes lo que quiero es que siempre estés contento todos los días. Y sé que puedes calmarte tus nervios cuando te entran los nervios empiezas a regañar a mamá quiero ser una familia feliz” (Ibi, p. 228).


EMPATÍA Y ANTIPATÍA (IV)




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