Domingo, 19 de Septiembre de 2021
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07/09/2021

Vivir con la mochila de la locura


por Carlos Díaz


1. Se puede vivir y morir amente, descerebrado (nunca olvidaré a aquellas mujeres de Lima),  o demente, malcerebrado, con un cerebro disfuncional en distinto grado. En ese sentido, el actual cerebrismo postula un tipo de cerebro nuevo para un hombre nuevo, es decir, inmune a la locura. Como lo muestra la Historia de la locura de Foucault, se puede y se debe intentar una explicación causal, es decir, buscando las soluciones de los problemas que las aquejan.

Existen dos tipos de locura, la primera es la locura cerebral. Algunos psiquiatras, que te diagnostican y estigmatizan en cinco minutos,  han terminados convertidos en distribuidores del material de la industria farmacéutica, al igual que ocurre con muchos otros aspectos de la medicina, pero no siempre por negligencia del “profesional” sino porque se les ha formado así.

En líneas generales, los aspectos somáticos de la locura son cada vez más conocidos, y los fármacos que suministran neurólogos y psiquiatras cada vez más efectivos, aunque si el cerebro está muy dañado no tienen cura; se pueden sedar, pero no sanar, como la mayoría de los males del mundo. La sedación existencial se está volviendo cada vez más presente por doquier, desde el momento mismo en que a un niño se le compran videojuegos donde podrá matar tranquilamente a marcianitos sin derramamiento de sangre, mientras sus papás quedan liberados para cotorrear y mensajear más tranquilos todavía. Obviamente estas prácticas no solamente no son sanadoras, sino que incluso  pueden empeorar yatrogénicamente a cada uno de los pacientes existentes. Hoy no se ve voluntad de revolución en  ninguna parte, no se lucha contra las raíces del mal.

Los pacientes y las pacientes mentales ven a menudo reducidas sus capacidades cognitivas, su concentración, su memoria, su habilidad para expresarse… además de que a menudo reciben una medicación que es nociva también a nivel físico, y en dosis dirigidas a conseguir que no moleste y su situación se cronifique o convierta en crónica, más que a conseguir que mejore.  

El segundo tipo de locura es la locura espiritual, llamémosla así por contraposición exagerada con la locura cerebral, aunque ambas puedan ir juntas. Si la locura cerebral es un problema, es sobre todo un misterio, y por lo mismo no un saber explicativo causal, sino un fenómeno cuyo origen se investiga, pero sabiendo que la génesis está detrás de la causalidad, y ello porque toda génesis es una causalidad incausada, inexplicable de suyo en última determinación. Los cementerios están poblados de esas locuras espirituales. 

 

2. La locura varía según el contexto social y la época. Los comportamientos o personalidades menos comunes son tildados de “locos”, aunque no es lo mimo ser el tonto del pueblo al que se apedrea, que el tonto enigmático extravagante e inaccesible con empaque académico.

La mayoría de la gente depende de la aprobación social para ser feliz, o lo que es lo mismo, sufren si no son aceptados socialmente, si son marginados o carecen de relevancia. Independientemente de ello, uno puede no sentirse loco, pero estarlo; otro puede sentirse loco, pero no estarlo; uno puede sentirse loco y estarlo; uno puede no sentirse loco ni estarlo.

Pero que uno sea más o menos consciente de todas esas cosas no significa que esté más o menos loco que el resto de la gente que  ni siquiera se intenta conocer a sí misma porque nunca se le ha ocurrido.

Si la mayoría de la gente no tiene diagnóstico psiquiátrico es porque no ha ido a un psiquiatra, pero en general la gente se excluye a sí misma de la locura. Los cuerdos, prudentes, sensatos, atinados, somos nosotros; los enajenados, chalados, desequilibrados, disparatados, trastornados son ellos. Ea mentalidad xenófoba y descalificadora está en la raíz de las locuras, pues se trata de una injusticia, y por lo mismo de un desequilibrio trufado con fórmulas de desprecio y de arrogancia, que no solamente dificultan las relaciones humanas, sino que sirven para recluir, apartar, estigmatizar e inutilidad para siempre a aquellas otras personas sobre las que recae el estigma, la lobotomía o el electroshock.

Esto no significa que por mi parte dé por buena sin más la antipsiquiatría que niega la dificultad de lo real, y por eso tampoco niego el término manicomio, políticamente incorrecta. Si dices nosocomio la gente se queda tranquila pero, si dices manicomio, a quien encierran por maniático es a ti. Por lo demás, en una sociedad y comprensiva y más amigable se reduciría tremendamente el número de internos privados de externación.

Se habla de los locos de atar, olvidando que los atadores a veces están más locos que los atados, y mucha gente atada por loca debería estar desatada. En el terreno de las luchas sociales, los más desalambradores han sido habitualmente exterminados entre alambres de púas, y los más quebradores de cadenas han visto quebrantados sus huesos. Por los mismos motivos, y precisamente por la falta de respeto debido a las palabras, se ha regresado de las cosas a las palabras, en lugar de su opuesto, a saber, de las palabras a las cosas. Poco me importa también que por presión social se haya ido sustituyendo el término locura por el de enfermedad mental, o el de viejo por el de “adulto mayor”, etc, o que se llame concierto al cacareo asincopado, o al berreo de algún guitarrista hirsuto por culpa del mal ajuste de su guitarra eléctrica, lo mismo que a un concierto de Beethoven.

Pero, si el diagnóstico externo de otro ser humano es difícil, no lo es menos, sino más, el autodiagnosticarse. La mayoría de las gentes enajenadas, desajustadas, no comprenden que ellas, como cualquier otra persona muy enfadada y vociferante, dan miedo. Incluso se extrañan cuando la gente les hace el vacío y se aparta de ellos. Ciertamente, estas personas no poseen la necesaria autoconciencia recognoscitiva, ni tampoco saben situar con realismo el marco de sus deficiencias relacionales.

 

3. De otro lado, ¿debo sentirme loco cuando lo que pienso no coincide con lo que hago, cuando algo me bloquea, o cuando me empuja inexorablemente hacia lo malo, dejándome sin  control sobre lo que pienso o llevo a cabo?

¿Me desprecio por ello? ¿Soy preferido por los dioses a causa de esa mi manía? En la tragedia griega el síndrome maniaco  era considerado como un estado elevado de excitación, afecto y energía, que en su nivel más agresivo se traducía en cólera, en orgía (orgé, orgasmo). En realidad, se trataba de una distinción otorgad por los dioses a los humanos poderosos que destacaban por su furia, por su arrogancia, por su imprudencia, y no un castigo enviado por ellos mismos, los dioses.

El así elegido por las deidades no era en adelante dueño de sí mismo, puesto que la mitología enseñaba que las emociones no pertenecían a los individuos, sino que eran fuerzas exteriores, que provenían de los dioses siempre tensos por su apasionada belicosidad (maniaca). Recordemos que el existencialismo y el estructuralismo actual vuelven sobre aquellos pasos al defender que el sujeto no está donde piensa y que donde piensa no está, etc. En fin, que la historia de la locura puede a su vez ser considerada como una locura de la humanidad.

Sea como fuere, cada loco lleva en su propia mochila la historia de la locura de la entera humanidad. Los ataques de psicosis, por ejemplo, a menudo responden a situaciones tensas, en el interior de familias gritonas o poco comprensivas y agresivas o despectivas hacia la persona, así como a la discriminación social, la falta de afecto y de comprensión, las crisis graves en la vida, como por ejemplo la muerte de alguien cercano, o el miedo a la ruina, o al futuro, contradiciendo de este mano a terapias como la gestáltica, según la cual sólo se debe percibir “el aquí y el ahora”.

Y eso por no hablar de las dificultades que para dormir padecen los así alocados o enloquecidos.

 

4. A la vista de ello, ¿cómo ayudar a una persona que necesita ayuda psiquiátrica? ¿Por dónde empezar, qué procesos seguir? La recuperación de la salud quebrada es exactamente la misma que la utilizada para no perderla, y es relacional y amorosa: me dueles, luego eres importante para mí, que el paciente recibirá del siguiente modo: me abraza, luego existo[1]. Yo abrazo a mis pacientes y se sienten mejores, hasta las lágrimas, como he comprobado infinidad de veces. La autoconciencia recognoscitiva y afectiva que no puede darse el enfermo puedo dársela yo, sin por ello estar por mi parte enfermo de megalopsijía, es decir, de síndrome de omnipotencia proyectiva.   

Ubicaría a la persona en un ambiente que le resulte familiar, tranquilo, con cosas que le puedan divertir o distraer, actividades creativas en las que pueda interesarse o participar, estar con gente que le sea cercana y lo trate con toda la normalidad posible. Sin ocultarle que están viendo la realidad de las cosas de un modo diferente a cómo él o ella las suelen interpretar, y que lo tengan en cuenta sin asustarse, porque la realidad es un constructo siempre abierto, y no un factum terminado al que debamos responder como una fotocopiadora.

Todo esto tiene que ir orientado a ayudar a la persona a ir lidiando con sus propios problemas, para que se entienda a sí misma y entienda qué le está pasando. Que le digan “estás enfermo” o “lo que estás viviendo no es real” no ayuda en nada, todo lo contrario. Siempre habrá situaciones muy extremas o atípicas en la que otras medidas quizás tengan que ser adoptadas, pero de modo excepcional y no como la norma habitual.

 

5. En lo que a mí mismo respecta, uno va sabiendo poco a poco cuál es el origen de su locura, si ésta le ha tenido al borde del abismo y del averno, o si no fue más que un ataque de nervios.

No se enfrenta la locura hasta que no se lucha durante toda la noche con ella, a brazo partido, a pierna partida, a vida o muerte, como Jacob y el ángel: “No te soltaré hasta que me bendigas”.

Quien sólo está loco, pero no es loco todavía, tiene aún mucho trabajo por delante, si quiere profundizar. En mi caso, la locura que soy, la que a mí me afecta y siempre me afectará (locura que pasa no muerde) ha tenido que ver más de lo que parece con Epicuro y con Freud, es decir, con la culpa y el subsiguiente terror al Dios que la castigaría.

Ha sido el descenso al infierno singular (si existieran infiernos en plural siempre podríamos refugiarnos en el menos malo, como dice el budismo) el que también me ha sacado de él. Si Dios me metió en las calderas de Pedro Botero, Dios me sacará de las calderas de Pedro Botero: el Señor me lo dio y el Señor me lo quitó. Dios puede con todo si es Dios, pues nada hay imposible para Dios. Aceptado esto, puedes aceptarlo todo, rechazado esto, puedes temerlo todo.

Disociar a Dios por una parte y a la locura por otra no es justo para quien cree en Dios, pues Él mismo es una divina locura, la sabiduría de Dios es a su vez una locura para los hombres. No se puede ver a Dios y seguir vivo enterrado en la tierra. El deslumbramiento que provocan las irradiaciones dinámicas de lo sagrado afecta a los ojos del alma.

Es Dios quien lo es, no quien dice que lo es, o que así lo piensa. Yo me encuentro ante Su Divina Majestad completamente desvalido y rescatado, y por tanto sumiso (Gottesabhängigkeisgefühl, sentimiento de dependencia respecto de lo sagrado divino).

Pero solamente me siento creyente cuando esa mi  sumisión es voluntaria, querida, aceptada, agradecida y confiada  No sólo es creer en Dios, ni tampoco creer a Dios, es aceptar su voluntad de tal modo que se haga en mí según su Palabra, según su designio.

A Dios quiero tomármelo en serio. Cuando para creer mejor en Dios  se le convierte en Papá Noel, y se le toma como una Providencia benéfica repartidora de regalitos, a quien por contrapartida hay que poner velitas expiatorias, se entra en el Corte Inglés y se sale del Tabernáculo. Yo me cago en las velitas. Ninguna imagen cultual a un ser divino debe ser profanada por la mirada humana, porque entonces lo fanum (sagrado) deviene profanum, y lo que te llevar a ingresar al santuario te hace salir de él.

Ahora bien, quien profana a Dios profana al prójimo y se profana a sí mismo.

Por desgracia, cuando era niño identificaron en mi cerebro al Dios omnipotente con el dios cruel, sádico, siempre presente en el Dies irae, al que suplicábamos himnícamente con letras histéricas: “No estés eternamente enojado, no estés eternamente enojado, perdónanos, Señor”.

De aquella locura a esta locura de hoy hay un triple salto sin red debajo: amar a Dios es gozar de su vida para siempre en la mía, pues mientras Él viva yo no moriré. Donde hay amor no hay temor.

 

 



[1] Lo he trabajado en mis libros: Soy amado, luego existo. I: Yo y tú. Desclée de Brouwer, Bilbao, 1999. Dolet ergo sum. Sufrimiento y esperanza se besan. Ed. Sinergia, Guatemala, 2016. Tu rostro me duele, luego eres importante para mí (Encuentro sanador y experiencia de sentido). Ed. Mounier, Madrid, 2017. La salud mental soy yo, la enfermedad mental también soy yo. Ed. Mounier, Madrid, 2017. Cuando tu sufrimiento y el mío son un mismo sufrimiento. La vida como sanación compasiva. Ed. Desclée de Brouwer, Bilbao, 2018. El miedo y la soledad. Ed. Sinergia, Guatemala, 2018. Organizar la compasión. Ed. Sinergia, Guatemala, 2019, Salud y enfermedad mental se copertenecen. Ed. Sinergia, Guatemala, 2020. En la cima de la desesperación. Ed. Sinergia, Guatemala, 2021.


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