Martes, 27 de Julio de 2021
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Artículos - Editorial - El búho ante el espejo
09/07/2010

La Hora de Mañana y las hordas bárbaras de la Usurocracia


por Antonio Colomer Viadel


Al iniciar esta nueva época de La Hora de Mañana convendrá decir algo sobre ella. Lo primero ya se adivina en la línea anterior. Hubo una época anterior, entre marzo de 2003 y marzo de 2007, en donde se velaron armas militantes por la justicia y el espíritu solidario. Afortunadamente hemos podido rescatar aquel legado y se puede acceder a ese fondo histórico de alrededor de un millar de artículos e informes a través de la palabra “histórico” que aparece en la portada de este periódico digital.

            La historia de La Hora de Mañana es, sin embargo, más antigua. Como empresa periodística y editorial personal la registré en 1975 y su primera aparición fue como editorial con la euforia de aquellas primeras elecciones democráticas de junio de 1977. En mayo de aquel año publicó su primer libro titulado “Una solución de izquierda para España” del economista Vicente Pérez Sádaba. Al mismo le precedía un prólogo que firmé como Secretario General del Partido Laborista que se presentaba a aquellas ilusionantes elecciones parlamentarias.

            El balance social y económico de aquella hora española era bien pesimista por un sistema descompuesto que a duras penas atenuaba la euforia electoral y la masiva participación de candidaturas.

            Proponíamos la ética exigente y las nuevas relaciones sociales que considerábamos necesarias, e implicaban la presencia de nuevos protagonistas sociales y un esfuerzo educativo y pedagógico para crear nuevos hábitos de convivencia.

            Intuíamos que esta esperanza “no la empaña la algarabía y frenesí de estas vísperas electorales en donde los causantes de tantos desafueros quieren sucederse a sí mismos, sustituyendo la fuerza de la razón por el bombardeo de la propaganda”.

            “Se quiere confundir la democracia –protagonismo consciente del pueblo-, por el mero mecanismo del sufragio, que es un instrumento de aquella, y que resulta inadecuado si no se dan las condiciones previas de serenidad, conciencia de los problemas, expresión libre y organización de las fuerzas sociales”. Quedó en evidencia la importancia del dinero, para los aparatos políticos en estas coyunturas electorales, y la dependencia que creaba respecto a los detentadores de ese dinero. 

            Treinta y un años después he publicado un libro con un grupo de colaboradores titulado “Regenerar la política” y que lleva como subtítulo “Ciudadanos, ¡sed protagonistas!”, algo, pues, no ha acabado de funcionar en este amplio período que ahora culmina con una crisis profunda no sólo económica sino también social, psicológica y moral en nuestro pueblo.

            Posiblemente por ello nos hemos decidido a iniciar esta nueva singladura de La Hora de Mañana, de la mano ahora de aquel Instituto que creamos hace más de treinta años: el Instituto Intercultural para la Autogestión y la Acción Comunal, INAUCO, que ha ido reuniendo estudios y experiencias sobre otras formas de organizarse y convivir, tanto en el plano social como en el político y económico, en donde el apoyo mutuo, la cooperación y la reciprocidad de sujetos éticos que comparten intereses y valores son el verdadero motor de comunidades participativas profundamente integradas y solidarias, pero a la vez con un respeto profundo al derecho al ser diferencial de cada uno que puede resumirse en esa expresión de “comunidad de los libres” tan alejada del individualismo feroz como del colectivismo disolvente.

            La Hora de Mañana ha sido también soporte como editorial de la Revista Iberoamericana de Autogestión y Acción Comunal, del INAUCO. Tanto a la página del Instituto como a la edición digital de la Revista podéis acceder directamente desde la portada del periódico.

            Lo que nos convoca ahora es ser activadores de la toma de conciencia de que otra forma de relacionarse y convivir es posible, basada no sólo en el respeto mutuo sino en una integración por la amistad y el compañerismo. Un espíritu societario tanto en la educación como en el trabajo o en la participación política.

            Y ello en medio de esta crisis donde hemos llegado al paroxismo del egoísmo acaparador que pretende enriquecerse hasta la náusea sobre los escombros de las personas y de sus familias manejadas como simples pretextos de esa escalada hacia la concentración del poder, especialmente económico, pero también social y político. Nos encontramos en medio de esa exaltación de la usura que llega a convertirse en un verdadero régimen económico y social: la usurocracia. Y con el apoyo frecuente de cipayos políticos dispuestos a proteger abusos de toda laya.

            Esta exagerada explotación alcanza a la deuda de los pueblos y Estados empobrecidos que nunca acaban de pagarla, porque los acreedores manejan y cambian unilateralmente los intereses y obligan a destinar al servicio de la deuda, que nunca se agota, lo que en realidad tendría que destinarse a cerrar la brecha social de desigualdades e injusticia.

            Y en el plano personal, qué decir de esos intereses del 28% que gravan cualquier descubierto de nuestras cuentas corrientes bancarias, o esas prácticas de quedarse lo ya pagado de plazos por hipotecas y también la vivienda y mantener la condición de deudores por el resto de deuda, que practica el sistema financiero.

            Si nos elevamos hacia las alturas, esas bandadas de capitales golondrinas que en realidad  son aves de rapiña carroñeras que van de aquí allá con espíritu vampírico, para con toda urgencia obtener beneficios descomunales y abandonar el lugar ante la primera traba. O estas últimas prácticas por las que ni siquiera se invierte capital propio sino se utilizan una especie de capitales virtuales para operaciones especulativas que generan beneficios enormes aún a costa de provocar hundimientos económicos y desempleos masivos.

            En medio de tales desastres provocados por prácticas fraudulentas basadas en el engaño y en esa concepción del prójimo del que molesta hasta su pestañeo, los gobiernos se apresuran a endeudarse para salvar a tales agentes financieros detonantes del desastre, que siempre aseguran los contratos blindados de sus dirigentes y todo ello por el mito sangrante del Mercado, al que hay que sacrificar el tributo de miles de personas honestas que lo pierden todo, para que él mantenga su poder y su impunidad.

            En épocas antiguas brujas y usureros ejercían prácticas que eran consideradas delitos infamantes que conllevaban para las personas graves penas y la inhabilitación para desempeñar cargos públicos. En la Roma clásica la lucha contra el préstamo usurario fue un esfuerzo para proteger a los deudores y establecer sus garantías, pero también por el interés público de fijar un límite a los intereses y multar a los que no los respetaran (ese interés legal no iba más allá de un 6% de media). Existía, además, la acción privada ejercible por los deudores, víctimas de la usura, y también por terceras personas que consideraban gravemente dañina esta práctica usuraria, para el interés público. Era la acción de quadruplum por la que las víctimas de la usura podían pedir cuatro veces la cuantía de los intereses injustamente percibidos por el usurero. Y los acusadores públicos por interés social a los que se llamó quadruplatores podían obtener por penas aprobadas hasta una cuarta parte de los bienes de los condenados por usura. Tal vez habría que preguntarse por qué se eliminó el delito de usura del Código Penal español no hace demasiado tiempo, y la conveniencia de crear como instituciones de la sociedad civil unos nuevos “quadruplatores” que fueran perseguidores implacables de esas usuras encubiertas en tantas transferencias mercantiles de la sociedad contemporánea.

            En el plano moral ya el Antiguo Testamento se negaba la posibilidad de exigir interés por prestar dinero (Ex, 22,25), y los Padres de la Iglesia, como San Gregorio, equiparó a los usureros con los ladrones a mano armada. En el Concilio de Letrán de 1139 se aprobó que “quien cobra interés debe ser expulsado de la iglesia; y sólo ha de ser reincorporado, con extrema precaución, y luego de una penitencia severísima”. El Papa Eugenio III, en 1150, afirmó: “quien cobra más de lo que importa el monto prestado se enreda en el pecado de la usura. Todo lo que se agrega al importe prestado es usura”.      

            Ciertamente mucho ha cambiado la situación y la propia iglesia con sus bancos ambrosianos y otras historias no dan buen ejemplo, pero qué decir de los poderes civiles y de su temor reverencial ante estos poderosísimos órganos financieros y su mirada hacia otro lado ante prácticas tan aberrantes como las descritas.

            Este régimen depredador de la usurocracia tiene también sus hordas bárbaras de lacayos ejecutores. Los antiguos bárbaros y sus hordas eran detectados de inmediato a través de los cinco sentidos: a la vista era evidente su aspecto espantoso, recubiertos de pieles y cascos cuernidotados; sus gritos y alaridos aterrorizaban los oídos de las buenas gentes; su desdén por baños públicos o privados, hacía que les precediera un aroma no precisamente embriagador, sino ahogador; el tacto lo ejercía mediante las pezuñas de sus caballos que hacía que ya no creciera la hierba allí donde golpeaban, o ellos mismos batían los cráneos a los aldeanos avasallados. Sobre el gusto…más vale no hablar. Este es el estereotipo de las antiguas hordas bárbaras. Las de ahora, los instrumentos de la usurocracia, van bien trajeados y perfumados, llevan móviles musicales y ordenadores portátiles, en vez de hachas o cachiporras, embaucan con un lenguaje cautivador, ofreciendo bicocas engañosas y, a menudo, fraudulentas -¡Oh, letra pequeña de los contratos!-, pero en su seco corazón existe el mismo espíritu depredador y vampírico de las viejas hordas aniquiladoras. Con el agravante contemporáneo de enmascararse ahora como ofertantes de ventajas irrechazables, señuelos para caer bajo su yugo implacable. 

            Por ello debemos convocarnos sin jactancia, pero sin miedo, a salir a campo abierto, como nos proponía Miguel de Unamuno en su Vida de Don Quijote y Sancho, a rescatar el sepulcro de Don Quijote y cuando nos tropecemos en el camino con aquellos que engañan y mienten, gritémosles ¡ Mentirosos!, y sigamos adelante. Y si en otro recodo del camino nos encontramos con esos chupasangre que bajo palabras llenas de melindres quieren despojarnos de lo que nos pertenece, llamémosles ¡Ladrones!, y sigamos adelante, porque en esa cabalgadura estaremos ya construyendo la hora de mañana en que toda esta gentuza ya no tendrá lugar, puesto que recibirá el reproche compartido de una sociedad que cree en la justicia, en el trabajo bien hecho, en la cooperación, en el esfuerzo común y en dar a cada uno lo suyo. Para ello tenemos que ponernos ya en marcha sin renunciar a la alegría de vivir, pero sin dejar que nos engañen y nos enturbien el entendimiento con sus señuelos y sus trampas.

 

POSTDATA: Hace dos años al cumplirse el 30 aniversario del INAUCO creamos el premio Gigante del Espíritu, para reconocer algunas personas realmente excepcionales. Ahora bien, se dan en medio de un entorno alicaído y mediocre. Por ello quisiera que consultaran un Búho ante el espejo que escribí hace años en la primera época de La Hora de Mañana titulado La hora de los enanos.

Como el hombre es un ser simbólico y mítico y las sociedades a las que pertenece también lo son, en medio de la enanez ambiental nos ha levantado el ánimo, la moral y espíritu colectivo el triunfo de esos jóvenes deportistas en Sudáfrica, al ganar el campeonato del mundo de fútbol y hacernos entrever que es posible hacer real aquella frase de Ortega y Gasset sobre un proyecto sugestivo de vida en común.

 

 


La Hora de Mañana y las hordas bárbaras de la Usurocracia




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