Cuando uno escucha la palabra ciudadano, de uso frecuente en
la literatura especializada y en el lenguaje cotidiano, tiene la impresión de
que se está hablando de algo muy evidente y conocido y al propio tiempo surgen
interrogantes acerca de lo que ello implica.
En efecto, hoy hablamos con frecuencia del ciudadano, de la importancia
que este tiene en la vigencia efectiva de nuestro sistema democrático y de la
necesidad de su revalorización. No obstante ello, surge cada vez más preguntas
acerca de que implica en realidad el ejercicio de la ciudadanía en la vida social,
política y económica.
En épocas pasadas cuando se encontraban suspendidas las
instituciones propias del régimen republicano y representativo que nuestra
Constitución establecía, quedaba bastante claro que ejercer la ciudadanía era
acceder a los mecanismos y formas que no podían ejercerse por la existencia de
una dictadura militar. Ejercer el derecho a elegir y ser elegido, designar a
las autoridades mediante elecciones
libres y competitivas, era de manera evidente manifestaciones de la ciudadanía
que no estaban permitidas y que era imperativo recuperarlas. Ahora bien en un
sistema democrático, cuya vigencia y funcionamiento, datan en nuestro país
desde la recuperación democrática que posibilito la elección fundante del 30 de
octubre de 1983 y la asunción del nuevo gobierno constitucional instaurado a
partir del 10 de diciembre de 1983, parecería que ya el tema carece de
actualidad. O dicho de otra manera, a partir del funcionamiento de las
instituciones de la democracia representativa la ciudadanía se encuentra
asegurada.
En realidad la cuestión no es así, la ciudadanía se
encuentra permanentemente desafiada y es
importante que reflexionemos sobre ella.
Desde las antiguas
Polis griegas, la ciudadanía era básicamente la participación en los asuntos
comunes de la ciudad. Se entendía que la dimensión política del hombre no se agota
en la intimidad del oikos ,es decir en la
casa y los negocios propios, sino que se manifiesta plenamente en el agora, la
plaza pública en la que se reúne junto a los otros ciudadanos para discutir y
resolver los temas de todos. Es cierto que en la época contemporánea, solemos identificar
a la ciudadanía como el conjunto de derechos
que permite a sus titulares
elegir y ser elegidos y que también componen y amplían ese concepto la
titularidad de los derechos civiles y los económicos sociales. No es que sea incorrecto
este planteo, pero a mi criterio es insuficiente. Por eso vuelvo sobre la idea
primigenia de participación en los asuntos públicos. La distancia, el
aislamiento en nuestras cuestiones más cercanas y la obsesiva preocupación por
los problemas propios, conspiran con esa idea de participación. La misma supone
un cierto grado de renunciamiento a nuestras legítimas preocupaciones
personales, para informarnos y ser parte activa de las cuestiones públicas. He
dicho informarnos y participar. La información es condición necesaria para la participación,
pero no es suficiente .Suelo ejemplificar esto de la siguiente manera. Hay dos personas,
la primera es un profesional universitario con amplia versación en cuestiones
sociales, politicas y económicos, posee además un alto grado de competencia en informática
lo que le permite estar informado al instante. La segunda es una persona mayor,
de nivel escolar muy básico .Ambos son convocados a presidir una mesa electoral
en un día de elección. El primero, simplemente no asiste y ni siquiera se preocupa en justificar su inasistencia
ya que, según sus palabras” sabe lo que ocurrirá en la elección
y puede predecir fácilmente el resultado”. El segundo concurre a la hora prevista
antes de la apertura del acto eleccionario y permanece toda la jornada hasta la
finalización del escrutinio, no permitiendo que nadie lo reemplace en esta
tarea. Entiende que es su obligación y responsabilidad, participar en el
comicio. La pregunta evidente es cuál de los dos es más ciudadano, el perfectamente
informado o el participante en la tarea encomendado para el acto eleccionario.
La respuesta es evidente. Estar informado sobre las cuestiones públicas es importante,
incluso indispensable, pero no es suficiente, ya que sin participación no hay
ciudadanía.
Ahora bien, así precisada la cuestión de la ciudadanía, se
trata de responder de qué manera el abogado y el ejercicio de la abogacía,
contribuyen a la formación de la ciudadanía.
Digo en primer lugar que en el ejercicio privado de la función abogadil ya se encuentra un
primer desafío. Allí no se trata solamente de la búsqueda o del restablecimiento de un derecho
presuntamente violado o negado que afecta a una persona o a un grupo de ellas.
Se trata de contribuir a la paz social, que es según la genial definición
Agustiniana, la tranquilidad en el orden justo. Esta mirada nos permite
advertir que en ejercicio normal y diario de la abogacía, no solamente una
defensa de intereses privados, sino la contribución a la vigencia de una república,
basada en la libertad y la justicia.
En segundo lugar la función asesora del abogado en
organismos públicos y privados, en el ámbito de las instituciones y de la
sociedad civil, se convierte en un instrumento privilegiado para contribuir en
el diseño de ámbitos y estrategias de participación política y social. Desde
esta mirada y con este enfoque el abogado no será simplemente el que contribuya
al eficaz funcionamiento de instituciones, sino el que aliente, promueva y
diseñe caminos de mayor involucramiento de la comunidad y de los ciudadanos en
las cuestiones de todos.
En tercer lugar en el mundo de los negocios, el abogado no
solo debe actuar como el eficaz asesor para el logro de mayores negocios y
mejoras ganancias, sino el de no perder la perspectiva en el respeto por el
bien de todos y la consiguiente responsabilidad social de la empresa y los
negocios. La búsqueda del beneficio y el lucro como única y principal
motivación, debe encontrar en la abogacía y en el rol del abogado una
permanente voz que recuerde a todos, la necesidad de contribuir al bien común y que no piense solamente en el beneficio
exclusivo y excluyente de algunos.
Muchos de los que leerán estas breves reflexiones, pensaran
que me olvido de aquello que la
abogacía es un medio de “ ganarse la vida “como
cualquier otro. Y no es así Utilizo la figurar de dos personajes
entrañables de la literatura universal, Don Quijote y Sancho Panza. Muchos
piensan a la abogacía y al abogado con una visión exclusivamente
Sanchopanzista. Ganar mucho, vivir holgadamente y disfrutar de los beneficios
“del mucho pan y cebolla”. Pero también existe una visión Quijotesca de nuestra
profesión. Es la que nos convoca a estar presente en cuanta empresa exija la
presencia del protector de desvalidos, perseguidos o injustamente tratados. Esa
vocación de “desfacedor de entuertos” que nos lleva muchas veces a luchar
contra molinos de viento o terminar aporreado por aquellos maleantes que
libero, creyéndodolos injustamente cautivos. Ese caballero andante que no
se preocupa de otra cosa que el “hacer
la justicia” y ese buen escudero preocupado por el buen comer y mejor beber.
Quijote y Sancho, muy diferentes y buenos compañeros de camino, son tal vez las
dos grandes dimensiones de lo humano. Ambas se proyectan sobre el abogado y el
ejercicio de la abogacía. La defensa de todos y la búsqueda del interés propio,
el restablecimiento de la justicia y la búsqueda del pan y las cebollas. No
olvidarse nunca de lo primero, es una buena contribución a la formación de la
ciudadanía.
Quiero detenerme en otra dimensión de la vida abogadil, el
cumplimiento de la ley. Para muchos, incluso en la etapa de la formación del
abogado, el conocimiento y cumplimiento ciego de la ley es la clave de arco de
nuestra profesión. La frase tan común de “ lo siento, pero es la ley”, el juez
que se siente prisionero de la aplicación de la ley, el colega que con grandes
anteojeras, solo mira a la ley y cual
noble equino que trota por las rutas sin
ver a las costados arremete contra todo sin atender a necesidades, aspiraciones
y sentimientos de justicia, constituyen una visión y una versión bastante
difundida de nuestra profesión.
No dudo que la lucha por el derecho, es un imperativo para
el abogado y así lo recordaba magníficamente el inolvidable Eduardo Couture en
sus mandamientos del abogado. Decía “tu deber es luchar por el Derecho” pero agregaba
el día que encuentres en conflicto el Derecho con la justicia, lucha por la
Justicia.
Por eso siempre le digo a mis alumnos de derecho, le
pregunto a mis colegas y me pregunto a mismo cada día, aquello que se cuestionó
Antígona frente al mandato de ley del príncipe, esta es justa? Porque si no lo es ,no debo obedecerlas, “porque es
necesaria obedecer a las leyes no escritas de los dioses” antes que el mandato
del príncipe. Sé que la respuesta no es fácil, pero es trágico para la ciudad y
los ciudadanos, cuando no nos animamos a formular la pregunta y buscar la
respuesta para actuar en consecuencia. En definitiva esto es construir
ciudadanía.
Ricardo del Barco
Catedrático de Derecho Público
Universidad de Córdoba (Argentina)
Abogado