¿Qué puedo decirles, sobre la cuestión penitenciaria, que ahora
disfruta, en mi país, de sus quince minutos de evidencia, potencializada por
los medios de comunicación, las redes sociales, antes que un nuevo hecho, ajeno
a este universo, de enorme repercusión social, les quite el foco y la haga
retornar al lugar que siempre le cupo en el curso de décadas, impuesto por la
indiferencia de la sociedad y de los gobernantes? En su miopía, en su omisión,
crearon un monstruo de muchas cabezas y ahora, en definitiva, no saben qué
hacer. Están perdidos. Presentan una plétora de propuestas, algunas
superficiales y/o ridículas, otras serias, peros incapaces de responder a la
amplitud y complejidad de un problema que no se agota entre las cuatro paredes
de una institución penal ni tampoco en los límites de un derecho penal
populista, tan obsoleto como ineficaz. En verdad, estamos pagando un precio muy
alto por nuestra incompetencia en un territorio de nadie que nunca ha sido
visto con atención (muy al revés), como se exige de una temática indisociable
de la seguridad pública. El escenario brasileño es el mismo de la gran mayoría
de los países latinoamericanos, donde las prisiones, saturadas, conviven con
idénticos problemas: sobrepoblación (la reina de los males), exceso de presos
provisionales, falta de separación, insuficiencia cuantitativa y cualitativa
del personal, ociosidad, corrupción, violencia, a que se suma el señorío
creciente de las pandillas, cada vez más desenvueltas, más voraces, peleándose
por el poder. Es la metástasis del mal, cuya anatomía se exhibe de múltiples
formas, mayormente por las vísceras expuestas, los cuerpos mutilados, sin
cabeza, el corazón arrancado de quien sucumbe en la barbarie de las masacres,
crónicas de tragedias anunciadas, que se reiteran en las sucursales del
infierno en las que se convirtieron nuestras prisiones, cementerios de teorías,
normativas e ilusiones. Algo más debe ser dicho acerca de esta vieja historia,
bañada de errores, desaciertos, desafíos perseguidos y casi nunca alcanzados:
no es tarea para amadores, para iniciantes, ni tampoco sus respuestas (no me
gusta el término “soluciones”) son así tan fáciles. Ello, de hecho, es
incumbencia para generaciones, de las cuales se espera un avance lento,
progresivo, rumbo a un sistema penitenciario más humano. Nunca olvidemos de
Leibniz: la naturaleza no da saltos. Aquel que escribe (sobre todo) y muchos de
mis amigos, a quienes ahora escribo, difícilmente vivirán este tiempo, ya
presente en otras latitudes, donde la cárcel nada más es que la privación de la
libertad. Treinta años visitando prisiones, en cuatro continentes, me autorizan
a ser realista, aunque sienta, en las entrañas de mi fe, que nunca perderé la
capacidad de soñar. (César Barros Leal)