El maestro Mario Bunge nos acaba de enviar este artículo sobre los bienes compartidos que vamos a publicar en La Hora de Mañana, al inicio del año 2019, en el que él va a cumplir 100 años, con plenitud de creatividad y lucidez. Ya desde las páginas de RIDAA (www.ridaa.es) ha venido colaborando fecundamente como siempre. Lo notable de esta ocasión es que el tema que trata tiene que ver con el gobierno de los bienes comúnes, que es el tema central del III Congreso Internacional América-Europa, Europa América que organizan nuestros institutos junto a la Univerisitat Politècnica de València (www.congresoamericaeuropa.org), que se celebrará del 26 al 28 de junio de 2019. Sea este pues, uno de los primeros actos de homenaje que este año se celebrarán a la figura excepcional del maestro Mario Bunge, filósofo fundamental de nuestra época.
A.C.V.
Estos
días celebramos el medio centenario de una publicación que mostró que la
comunidad de bienes puede llevar a conflictos suicidas Hardin (1968). En
efecto, supongamos que dos familias o individuos compartan un predio y pongan
sus rebaños de ovejas o cabras a pastar en él. En régimen de mercado libre, al
cabo de un tiempo ambas familias se habrán beneficiado por igual, o una de
ellas, la más emprendedora, habrá desplazado a la otra con sólo poner más
animales que la otra para explotar el mismo recurso. O sea, la libertad de empresa
puede causar desigualdad. ¿Cómo evitar este resultado?
Evidentemente,
la prédica de la solidaridad no será eficaz, la intervención del Estado podrá
ser negativa, y alguien o algo debiera impedir que los bienes comunes en
cuestión sean apropiados por una de las partes. La mejor solución es el
autogobierno, o sea, la formación de un tribunal imparcial que resuelva
racionalmente los conflictos de intereses entre las partes. Esta es la solución
que propuso Elinor Ostrom (1990) y que le valió el Premio Nobel de economía de
2009.
Semejante autogobierno de recursos
compartidos no es utópica, sino que viene siendo practicada desde el año 960 en
la provincia de Valencia (Giner Boira 1969). Este tribunal es una empresa de
gestión colectiva que se ha reunido semanalmente sin interferencias políticas. Al
constituirse y renovarse, el Tribunal de las Aguas de Valencia antepone la
igualdad a la libertad, lo que corrobora el principio “La igualdad precede a la
libertad y a la solidaridad.” (Bunge 2009).
El que este principio sea rechazado tanto
por los autodenominados libertarios de izquierda o anarquistas como por los de
derecha o republicanos, sólo sugiere que estas ideologías no respetan los
hallazgos de la ciencia social. Tampoco los respetan los marxistas, quienes
jamás han imaginado experimentos para poner a prueba sus hipótesis, pese a lo
cual se han apoderado de la expresión ‘socialismo científico’.
Lo que hemos dicho sobre libertad sin
igualdad también vale para igualdad sin libertad y para solidaridad sin igualdad
ni libertad. Ello se confirma pensando experimentos en los que un grupo de
agentes sociales se sujeta a dos de los mandamientos de la triada “Libertad,
igualdad, solidaridad.” No es casual el que esta triada sea más prestigiosa y
practicable que cualquiera de sus componentes individuales.
Hace un rato nos ocupamos de la
precariedad de la libertad sin igualdad ni fraternidad. Veamos ahora qué pasa
con la igualdad a secas. Tampoco es éste tema de utopía, ya que la practicó en
Camboya el régimen de los jmeres rojos encabezados por Pol Pot, con el apoyo
estratégico del gobierno norteamericano de Nixon y Kissinger. El objetivo de
este régimen era imponer la igualdad por la fuerza, mediante la ejecución de
todas las personas que sobrepasasen los bajos promedios característicos de una
sociedad rural. Es sabido que este intento fracasó, y que se lo recuerda como
un atroz genocidio guiado por una ideología primitiva y cruel. En resumen, la
igualdad a palos es insostenible tanto teórica como políticamente.
¿Qué sucede con el comunitarismo, o el
ideal de la solidaridad o responsabilidad social del individuo? No parece
practicable, ya que la práctica de la fraternidad involucra sentimientos de
hermandad y generosidad, que no son fáciles de despertar ni de controlar. No es
casual el que el comunitarismo fuese propugnado por unos pocos filósofos
idealistas como Hegel, quien también fue
estatista. (Recuérdese su tesis “El Estado es la sombra de Dios sobre la
Tierra.”)
Dejaremos para otra ocasión el tema de la
administración del Estado, que algunos consideran un bien común y otros un mal
común. Baste recordar que
los
bienes mostrencos pueden ser arrebatados por bandidos, que todo grupo social
tiene que ser admnistrado, y que la
promesa del marchitamiento gradual y automático del Estado no tiene más
fundamento que la promesa de vida eterna.
BIBLIOGRAFIA
Bunge,
Mario. 2009. Filosofía política.
Barcelona, Buenos Aires: Gedisa.
Giner
Boira, Vicente. 1969.El Tribunal de las
Aguas de Valencia: 960-1960.
Valencia: Javier Boronat.
Hardin,
Garrett. 1968. The tragedy of the commons. Science
152: 1234-1248.
Ostrom,
Elinor. 1990. Governing the Commons.
Cambridge: Cambridge
University Press.