“Si no puedes alimentar a un centenar de personas,
alimenta a una sola.
Entonces, vive sencillamente para que otros puedan simplemente
vivir”
Madre
Teresa de Calcuta
Hace
meses que en la antesala político-electoral argentina, la centralidad de sus
debates se centrifuga en un festival de egos sin ninguna referencia principal
ni programa fundamental para la población; y de esta, la más acuciante e
indignamente hambreada y empobrecida, virtualmente descartada cuando hace demasiado tiempo
carece del pan suyo de cada día.
La
seguridad alimentaria existe cuando todas las personas tienen acceso en todo
momento a alimentos suficientes, seguros y nutritivos para cubrir sus necesidades
nutricionales y a las preferencias culturales para una vida sana y activa.
Naturalmente conforman seguridad alimentaria, los medicamentos,
las cobijas y los servicios esenciales imprescindibles para conservar cada vida
sana personal, familiar y comunitaria.
Esta
impunidad del poder tanto por recurrentes defraudaciones electorales cuanto por
omisión como por incumplimiento de los deberes de funcionario público para
asegurar los beneficios de la libertad y de los merecimientos constitucionales
del bien común, explican y predicen al “Hambre y Pobreza 0´” como condenable fetiche politiqueril.
En “Los
crímenes de la calle Morgue” de Edgar Allan Poe leemos: ´las características de
la inteligencia que suelen calificarse de analíticas son en sí mismas poco
susceptibles de análisis. Sólo las apreciamos a través de sus resultados. Entre
otras cosas sabemos que, para aquel que las posee en alto grado, son fuente del
más vivo goce´.
Sin
dudas, tal lectura es un aporte que contribuye substancialmente a revelar la
ausencia de inteligencia política vernácula como fuente indolente e insensible
de tanto incomprensible sufrimiento, de tanta hambre, pobreza e indigencia
argentinas; sin perjuicio de los cinismos y canalladas del caso.
Adentrándonos
en “El hambre”, un libro de Martin
Caparrós de editorial Anagrama, personalmente podemos leer inquietantes
interrogantes como: ¿se imagina no saber
si va a poder comer mañana? ¿Se imagina cómo es una vida hecha de días y más
días sin saber si va a poder comer mañana? ¿Se imagina una vida que consiste sobretodo
en esa incertidumbre y el esfuerzo de pensar cómo paliarla?
Sorprende
la facilidad con que los argentinos convivimos con la miseria y la
vulnerabilidad ajena encarnando objetablemente esa idea que más de uno enunció
de más de una manera: “es una vergüenza ser feliz con tanta miseria alrededor”,
con tantas angustias y aflicciones (no solo en villas miserias y asentamientos)
que parecieran sernos tan lejanas, casi extrañas.
Ante
semejante estado de cosas, el dantesco espectáculo de la dirigencia política
nacional (así lo acaba de admitir Sergio Massa), pretende sostener que en las listas y candidaturas para
las próximas elecciones habrá renovación política como si ello fuera una
cuestión cronológica derivada de la biología humana. Claramente, renovar es
quebrar la línea, inutilizar las ideas presentes que nos empacharon de ascuas, postergación
e indignidad, renovar es espíritu crítico, es replantear la realidad; renovar
no es imponer a un candidato, renovar es proponer un plan de desarrollo humano
con futuro pero no presentar una y otra vez los mismos candidatos infectados
del pasado, de la pesadez y embriaguez para conservar egoístamente tan nefasto status
quo.
Entre
nosotros los argentinos, “Renovar” es
arriesgarse a probar algo nunca vivido para lograr finalmente afiatar la unión
nacional, afianzar la justicia, consolidar la amistad cívica, la paz interior y
el bienestar general de todos los todos del todo social, porque renovar jamás
será “más de lo mismo” ni, o peor aún, ¡más de menos!
Preconclusivamente,
lo más urticante para las camarillas y castas políticas que deciden el futuro
de los argentinos, es sinónimo por antonomasia de elitismo y sectarismo, alimentando
un tufillo nauseabundo de oligarquía feudal (nacional,
provincial y municipal),
con la ratificada figura: “Mesa Chica”, la cual describe con mayor verosimilitud, la
manera, el mecanismo y la forma como se resuelven las ´alquimias´ de ofertas electorales
que nos impusieron y nos impondrán consuetudinariamente, quebrados partidos
políticos para elegir autoridades y representantes a lo largo y a lo ancho del
país; politiquerías responsables de toda declinación y derrumbe de aquellos
hidalgos índices estadísticos (vg.,
pobreza, desocupación, inflación, etc.) que exhibió el sencillo y humanista gobierno
(sin distracciones) de don Arturo H. Illia a la fecha.
Finalmente
con Caparrós, sostenemos que el hambre es el mal que más personas sufren
–después de la muerte, que sufren casi todas. Y es, por eso, el que más mata
–sí, después. No tienen plata, no tienen propiedades, no tienen peso: no suelen
tener formas de influir en las decisiones de los que toman decisiones. Hubo
tiempos en que el hambre era un grito, pero el hambre contemporánea es, sobre
todo, silencioso: una condición de los que no tienen la posibilidad de hablar.
Hablamos –con la boca llena– los que comemos. Los que no comen generalmente
callan. O hablan donde nadie los escucha.
Roberto Fermín Bertossi
Investigador Cijs // UNC
Experto CoNEAU / Cooperativismo