Básicamente, los bancos de alimentos son
entidades públicas, privadas o mixtas que responsablemente reciben, recogen, almacenan y distribuyen
alimentos excedentarios en granjas, panaderías, frigoríficos, mercados, verdulerías,
molinos harineros, comercios, empresas lácteas e industrias alimenticias,
hoteles, restaurants, etc. para
distribuirlos o redistribuirlos entre personas con hambre insatisfecha.
Si en el mundo se desperdician alimentos y la
protesta se hace sentir, imaginemos la situación argentina cuando el hambre (por carencia de todas las comidas
personales diarias) afecta a buena parte de una población la cual debe
conformarse con ingerir –sin garantía nutricional- algunas de las comidas
diarias, biológicamente necesarias.
Todas las mediciones confirman el hecho de que
millones de personas se encuentran en condición de vulnerabilidad alimentaria
en nuestro país.
Los desperdicios de alimentos se encuentran en
niveles récord: en el mundo se pierden o desperdician 1300 millones de
alimentos cada año, esto equivale a cerca de un tercio de los alimentos
producidos para el consumo humano. En
América Latina el número aproximado es de 127 millones de toneladas de
alimentos (FAO, 2018).
Sólo en nuestro país, uno de los mayores exportadores
mundiales de alimentos, casi 20 millones de toneladas de comida se arrojan cada
año a la basura según datos de la FAO y de la Secretaria de Agroindustria. Ello
equivale a más de un kilo por día y por cada habitante, algo pavoroso cuando
más de un 30 % de su población se encuentra por debajo de la línea de pobreza
con penosas dificultades para alimentarse.
El papa Francisco acaba de denunciar y
condenar precisamente el derroche mundial de alimentos como el del agua
potable.
Ante la crisis económica y el silencio sobre
el hambre que pasan demasiados argentinos, aún “siendo el supermercado de carnes que el mundo necesita” (Luis Miguel Etchevehere, Secretario de gobierno
de agroindustria// diario El Litoral de Santa Fe, 29 de Julio de 2019) iniciativas
de esta índole y gravitación para auxiliar a las comunidades que lo requieren y
merecen, debieran implementarse resistentemente sin demora de modo semejante
a organizaciones sin fines de lucro como
la “Red Mundial de Bancos de Alimentos” o “The Global Food Banking Network”,
las que –además- reciben donaciones por parte de empresas públicas y
privadas, y así vienen trabajando en las
tareas de recuperación y ecuánime aprovechamiento
equitativo de alimentos, materias primas e insumos actualmente desperdiciados.
Con estas acciones no sólo podremos reducir
las pérdidas y desperdicios, sino que además podemos socorrer a más personas en
condición de vulnerabilidad para que digna y oportunamente dispongan de
alimentos básicos suficientes; personas que en nuestro país sobrepasan en
millones el número de conciudadanos afectados por esta verdadera calamidad en
el propio país del pan, fecunda y valiosa tierra argentina la que
paradójicamente –sin hesitación- produce
alimentos para satisfacer el hambre en diez veces más del número de sus
habitantes actuales.
En efecto, de acuerdo al último informe
oficial del «Barómetro de Deuda Social de la Infancia» de la UCA, la pobreza
alcanza ya al 51,7% de los niños argentinos, el nivel más alto de la década,
afectando a 6,7 millones de chicos. Un 29,3% (3,8 millones) tuvo déficit
alimentario y un 13% (1,7 millones) directamente pasó hambre durante 2018.
Estos números son los peores de toda la última década, algo que no extraña,
dada una inflación superior al 50%
interanual, la pérdida de capacidad adquisitiva de los salarios, el
cierre de pymes, demasiada capacidad industrial instalada ociosa tanto como un
marcado incremento del desempleo formal, ello entre las adversidades sociales
más relevantes.
La situación empeora en el Conurbano
Bonaerense, donde un 63,6% de los niños son pobres y un 15,4% son indigentes,
no llegando a cubrir sus consumos alimentarios básicos.
Según dicho informe, de acuerdo al INDEC
habitan en la Argentina 13,1 millones de niños y adolescentes, entre 0 y 17
años. Nuestro país destina asignaciones universales por hijo a 3,8 millones de
niños (3,9 millones si se suma la cobertura a hijos con discapacidad). O sea
que un 30% de los argentinos entre 0 y 17 años recibe ayuda social del Estado.
Urge entonces organizarnos solidaria y
mancomunadamente para aprovechar hasta el último gramo de alimento disponible y
actualmente desperdiciado.
Respecto del hambre humana, su neutralidad
política, racial, religiosa, geográfica, de género y de nacionalidad, es definitiva
e innegociable.
Ante semejante estado de cosas –sin perjuicio de la Ley 25.989 (régimen
especial para la donación de alimentos (Ley Donal) y sus modificatorias- se
nos ocurre que vg., desde La Mesa de
Enlace, la Sociedad Rural, Coninagro, la UIA, la FAA, la CAME, las
Universidades (facultades de agronomía),
las iglesias y ONG`s y toda otra entidad agrícola, ganadera, industrial y
comercial, se podría contribuir
substancialmente en la implementación sustentable de sistemas alimentarios
multipropósito y de macro influjo puestos en red, todo desde un enfoque de
economía circular, colaborativa, relacionalmente cooperativa capaz de
aprovechar productos primarios, insumos, descartes y residuos generados por
toda actividad humana, mecánica y tecnológica relacionada con alimentos aptos
para un consumo humano, seguro.
Finalmente, advertimos que proponer una red de
este alcance y naturaleza debe ser algo coyuntural, sólo para atemperar o satisfacer provisoriamente
el hambre humana allí donde se padezca. Revertir y resolver la misma,
estructural y duraderamente, requiere de políticas públicas federales
impostergables conforme previsiones constitucionales e insoslayables partidas
presupuestarias suficientes.
Roberto Fermín Bertossi
Investigador Cijs / UNC
Experto CoNEAU/Cooperativismo
Premio Adepa-Faca, 1990´