Cada día son más los pobres e indigentes que cargan el
yugo de nuestra indiferencia, una indiferencia atronadora que los viene
reduciendo a la misma irrelevancia e invisibilidad.
Siguiendo y haciendo nuestros los lineamientos de
Manfred Max-Neef sobre
sus definiciones de economía descalza, acordamos en cuanto que, los economistas, en general, estudian y analizan la pobreza desde sus
cómodas oficinas, poseen todas las estadísticas y tendencias, desarrollan todos
los modelos y están convencidos de que saben todo lo que hay que saber sobre la
pobreza. Pero ellos no entienden la pobreza. Ese es el gran problema. Y en gran
medida es también el motivo por el cual la pobreza aún existe e indignamente se
expande, incrementa y pauperiza sin cesar.
Hemos alcanzado un punto en nuestra evolución en el
que sabemos muchas cosas. Sabemos muchísimo pero entendemos muy poco. Nunca en
la historia de la humanidad ha habido tanta acumulación de conocimiento como en
los últimos años. ¿Para qué nos ha servido el conocimiento? El punto es que el
conocimiento por sí mismo no es suficiente cuando carecemos de entendimiento.
La ciencia se divide en partes pero el entendimiento
es completo. Holístico. Eso sucede con la pobreza.
Es hora de transformar humanamente dichas realidades
de pobreza e indigencia, de indiferencia, irrelevancia e invisibilidad.
Actuamos sistemáticamente en contra de las evidencias
que tenemos. Conocemos todo lo que no debemos hacer. No hay nadie que no sepa
esto. Especialmente grandes políticos, economistas y tales saben exactamente lo
que no se debe hacer. Pero aun así igual lo hacen.
Urge elegir economistas sensibles, más cultos y más
competentes, que se perciban como subsistema dentro de un sistema más grande
que es finito: la biosfera. También que entiendan y admitan
que el crecimiento económico artificioso e ilimitado, es imposible, salvo
que en su elogio a la insensatez, pretendan que funcione apenas como una
herramienta sofisticada de acaparar riqueza pero al margen de la justicia
distributiva.
Claramente, entre nosotros, sólo debe
haber espacio para el conocimiento entendido como un bien social y estratégico.
Sólo así un sistema que entienda lo anterior sabrá que
no podrá funcionar sustentablemente, sin tomar en serio los ecosistemas y el
desarrollo humano de todos los todos del todo social.
“La economía es un asunto demasiado
serio para dejarlo en manos de economistas y mercados”, (Georges B.Clemenceau)
Precisamente por esto último, debemos vincular
productores con consumidores, a usuarios con sus prestadores. Si lo logramos en
el marco de una nueva economía solidaria civil, no solo nos alimentaremos mejor
y tendremos mayor calidad en los servicios esenciales para la vida sino que
conoceremos cómo y de dónde provienen.
No obstante, en lugar de humanizar el proceso
socioeconómico, los economistas prevalecientes, actúan desde una fría
perspectiva deshumanizada la que explica y predice a cada uno de “los
irrelevantes e invisibilizados” en nuestros días.
Contrariamente, si en modo cooperativo conforme sus
principios liminares rectores, unimos productores y consumidores, prestadores y
usuarios, los segundos podrían pagar la mitad o menos de lo que se les exige
actualmente, en tanto los primeros recibirían cuanto menos el doble de lo
actual por su producción o prestación; escenario que favorecería atemperar,
reducir hasta eliminar la gran mayoría de las hirientes irrelevancias humanas
que nos acongojan e interpelan.
A todo esto si acaso una tierra incendiada
-especialmente la Amazonía, Bolivia, África, etc.- no nos fuerza a actuar
humanamente con el otro, sin duda la vida sobre la tierra cobra toda
incertidumbre cuando, objetivamente desconcertados y perplejos, venimos
observamos lo que está pasando en todos los rincones del planeta. Alarma cómo
la cantidad de catástrofes ha ido en aumento con“epifanías” múltiples
y diversas: Vg., inéditos desprendimientos polares, deshielos, nevadas,
tormentas, terremotos, erupciones volcánicas, inundaciones, tornados,
huracanes, tormentas de viento y tierra e incendios (y mucho más de
menos) de los que no se tiene memoria ni estadística.
Por todo eso, ¿cómo entender ciertos desatinos
especulativos, públicos y privados, cuando el número de eventualidades crece
dramáticamente mientras persistimos haciendo necia e insensatamente más de lo
mismo?
Como también acertadamente sostiene Manfred Max-Neef, este momento de la historia humana reclama sin demora un timonazo
histórico para que todo político, economista y tales se subordinen a
un puñado de axiomas básicos sujetos al único valor esencial.
I) La economía está para servir a las personas y no las personas para servir a
la economía. II) El desarrollo es para las personas, no para las cosas.
III) Crecimiento no es lo mismo que desarrollo y el desarrollo no
necesariamente requiere de crecimiento. IV) No hay economía posible sin ecosistema
apropiado y duradero. V) La economía es un subsistema de un sistema mayor y
finito: la biosfera. Por ende, el crecimiento
permanente e ilimitado, es definitivamente imposible.
En efecto, el mundo entero se enfrenta a un gran
dilema. Se pensaba que para sostener el desarrollo se necesitaba de un
crecimiento económico y tecnológico veloz, pero ahora sabemos que esto puede
traer consecuencias graves, sobre todo para el ambiente. ¿Cómo equilibrar
entonces la imperiosa necesidad de compatibilizar crecimiento y desarrollo
humano con la de garantizar sustentabilidad?
Lo cierto fue que tal veloz crecimiento generó grandes
presiones sobre el medio ambiente acompañado por un aumento en la desigualdad y
las desigualdades de todo tipo, de toda clase, vg., de ingresos, que en
muchos países ya alcanzó denigrantes máximos
históricos.
Sin titubeos, el único valor esencial para
sostener una nueva economía sin irrelevantes, consiste en que ningún interés
económico u otro, bajo ninguna circunstancia, puede estar por encima de la
reverencia de la vida, de todas las vidas humanas, animales,
vegetales; todas!
No admite debate que el crecimiento sea una
acumulación cuantitativa. En tanto el desarrollo humano es la liberación de
posibilidades creativas con eficacia para vincular personas con oportunidades.
Cada sistema vivo de la naturaleza crece hasta cierto punto y para de crecer,
en tanto podemos continuar desarrollándonos, ilimitadamente.
El desarrollo no tiene límites pero el crecimiento sí.
Y este es un concepto muy importante que políticos y economistas no entienden.
Están obsesionados con el crecimiento económico. En cada sociedad hay un
periodo de crecimiento económico-- entendido convencionalmente o no- que trae
una mejora en la calidad de vida; pero sólo hasta cierto punto a partir del
cual, si hay crecimiento, la calidad de vida comienza a decaer.
Ciertamente el crecimiento importa y es útil en la
medida que los factores demográficos no se tornen adversos y los desafíos
medioambientales resulten infranqueables. Por eso mismo, políticos,
economistas, empresas, gobiernos (todos) deberíamos pensar seriamente en cómo
mejorar la eficiencia de los recursos viejos y nuevos, y al mismo tiempo, cómo
promover un crecimiento económico duradero e inclusivo, sin
irrelevantes ni invisibilizados.
Ya no aceptemos lo que está pasando, despertamos y
sacudamos nuestra conciencia porque no es sólo “un sufrimiento de
otros”
Cuando la luz se está volviendo sombra arrojando su
velo sombrío sobre todo lo bello que hemos conocido, cuando ignoramos cómo y
cuánto aumentan “filas de irrelevantes” empujadas por corazones de
piedra, entonces no más rechazo a desafortunados y desdichados; basta ya de
toda frialdad interior cuando solo tenemos un mundo que todos debemos compartir;
cuando ya no es suficiente pararse, mirar y condolerse pasivamente porque
de algún modo, insolidaria e indolentemente, hemos expulsado a “los
irrelevantes” haciéndoles habitar todas las intemperies para ser devorados por la cultura del descarte,
airadamente advertida y condenada por nuestro Santo Padre
Francisco.
Finalmente entonces, ante el agónico dilema de morir o
apenas irrelevantemente sobrevivir, condenemos activamente el incremento
pavoroso de diferencias, desigualdades e inequidades.
Ojalá, con el ejemplo de Madre Teresa de
Calcuta, anhelar no haya más indiferencia, sea mucho más que una
esperanza, mucho menos que una utopía.
Roberto Fermín Bertossi
Investigador Cijs / UNC
Experto CoNEAU / Cooperativismo