Mes
a mes, más pobres e indigentes por el flagelo de una inflación interanual
exorbitante (+-60%) como por una indiferencia colectiva lacerante, la misma que
los viene reduciendo a toda irrelevancia e invisibilidad.
Oficialmente
este lunes se nos informó que la pobreza llegó a un 35,4% atrapando ahora a 14,4 millones personas. En
los últimos doce meses, otros 3,4 millones de argentinos, son nuevos
pobres.
Siguiendo
y compartiendo los lineamientos principales de Manfred Max-Neef en sus definiciones de ´economía desde el pie´, los
economistas estudian y analizan la pobreza y la marginalidad desde sus cómodas
oficinas, poseen todas las estadísticas y tendencias, desarrollan todos los
modelos y están convencidos de que saben todo lo que hay que saber sobre la
pobreza. Pero ellos no entienden la pobreza. Ese es el gran problema. Y en gran
medida es también el motivo por el cual la pobreza aún existe e indignamente se
expande, incrementa y pauperiza sin cesar.
Según
Max-Neef, hemos alcanzado un punto en
nuestra evolución en el que sabemos muchas cosas. Sabemos muchísimo pero
entendemos muy poco. Nunca en la historia de la humanidad ha habido tanta
acumulación de conocimiento como en los últimos años. ¿Para qué nos ha servido
el conocimiento? El punto es que el conocimiento por sí mismo no es suficiente
cuando carecemos de entendimiento.
La
ciencia se divide en partes pero el entendimiento es completo. Holístico. Eso
sucede con la pobreza.
Es
hora de transformar humanamente dichas realidades de pobreza e indigencia, de
indiferencia, irrelevancia e invisibilidad.
Actuamos
sistemáticamente en contra de las evidencias que tenemos. Conocemos todo lo que
no debemos hacer. No hay nadie que no sepa esto. Especialmente grandes políticos,
economistas y tales saben exactamente lo que no se debe hacer. Pero aun así igual
lo hacen.
Urge
elegir economistas sensibles, más cultos y más competentes, que se perciban
como subsistema dentro de un sistema más grande que es finito: la biosfera. También que entiendan y
admitan que el crecimiento económico artificioso e ilimitado, es imposible, salvo que en su
elogio a la insensatez, pretendan que funcione apenas como una herramienta
sofisticada de acaparar riqueza pero al margen de la justicia distributiva.
Claramente, entre nosotros, sólo debe haber espacio para
el conocimiento entendido como un bien social y estratégico.
Sólo
así un sistema que entienda lo anterior sabrá que no podrá funcionar
sustentablemente, sin tomar en serio los ecosistemas como la transformación y
la eficacia del desarrollo humano para todos los todos del todo social.
“La economía es un asunto demasiado serio para dejarlo en
manos de economistas y mercados”, (Georges B.Clemenceau)
Precisamente
por esto último, debemos vincular productores con consumidores, a usuarios con
sus prestadores. Si lo logramos en el marco de una nueva economía solidaria
civil, no solo nos alimentaremos mejor y tendremos mayor calidad en los
servicios esenciales para la vida sino que conoceremos cómo y de dónde
provienen.
No
obstante, en lugar de humanizar el proceso socioeconómico, los economistas
prevalecientes, actúan desde una fría perspectiva deshumanizada la que explica
y predice a cada uno de “los irrelevantes e invisibilizados” en nuestros días.
Contrariamente,
si en modo cooperativo conforme sus principios liminares rectores, unimos
productores y consumidores, prestadores y usuarios, los segundos podrían pagar
la mitad o menos de lo que se les exige actualmente, en tanto los primeros
recibirían cuanto menos el doble de lo actual por su producción o prestación;
escenario que favorecería atemperar, reducir hasta eliminar la gran mayoría de
las hirientes irrelevancias humanas que nos acongojan e interpelan.
A
todo esto si acaso una tierra incendiada -especialmente la Amazonía, Bolivia, África, Australia, etc.- no nos fuerza a
actuar humanamente con el otro, sin duda la vida sobre la tierra cobra toda
incertidumbre cuando, objetivamente desconcertados y perplejos, venimos
observamos lo que está pasando en todos los rincones del planeta. Alarma cómo
la cantidad de catástrofes ha ido en aumento con “epifanías” múltiples y diversas: Vg., inéditos desprendimientos
polares, deshielos, nevadas, tormentas, terremotos, erupciones volcánicas,
inundaciones, tornados, huracanes (el
devastador Dorian por estos días), tormentas de viento
y tierra e incendios (y
mucho más de menos) de los que no se tiene
memoria ni estadística.
Por
todo eso, ¿cómo entender ciertos desatinos especulativos, públicos y privados,
cuando el número de eventualidades crece dramáticamente mientras persistimos
haciendo necia e insensatamente más de lo mismo?
Este
momento de la historia humana reclama sin demora un timonazo histórico sobre lo cual también luce acertado el sabio planteo
de Manfred Max-Neef para el cual todo
político, economista y tales deben subordinarse a un puñado de axiomas básicos
sujetos al único valor esencial. I) La economía está para servir a las
personas y no las personas para servir a la economía. II) El desarrollo es para las personas, no
para las cosas. III) Crecimiento no es lo mismo que desarrollo y el desarrollo
no necesariamente requiere de crecimiento. IV) No hay economía posible sin
ecosistema apropiado y duradero. V) La economía es un subsistema de un sistema
mayor y finito: la biosfera. Por ende, el crecimiento permanente e ilimitado,
es definitivamente imposible.
En
efecto, el mundo entero se enfrenta a un gran dilema. Se pensaba que para
sostener el desarrollo se necesitaba de un crecimiento económico y tecnológico
veloz, pero ahora sabemos que esto puede traer consecuencias graves, sobre todo
para el ambiente. ¿Cómo equilibrar entonces la imperiosa necesidad de
compatibilizar crecimiento y desarrollo humano con la de garantizar
sustentabilidad?
Lo
cierto fue que tal veloz crecimiento generó grandes presiones sobre el medio
ambiente acompañado por un aumento en la desigualdad y las desigualdades de
todo tipo, de toda clase, vg., de
ingresos, que en muchos países ya alcanzó denigrantes máximos históricos.
Sin
titubeos, el único valor esencial
para sostener una nueva economía sin irrelevantes, consiste en que ningún
interés económico u otro, bajo ninguna circunstancia, puede estar por encima de
la
reverencia de la vida, de todas las vidas humanas, animales, vegetales; todas!
No
admite debate que el crecimiento sea una acumulación cuantitativa. En tanto el
desarrollo humano es la liberación de posibilidades creativas con eficacia para
vincular personas con oportunidades. Cada sistema vivo de la naturaleza crece
hasta cierto punto y para de crecer, en tanto podemos continuar
desarrollándonos, ilimitadamente.
El
desarrollo no tiene límites pero el crecimiento sí. Y este es un concepto muy
importante que políticos y economistas no entienden. Están obsesionados con el
crecimiento económico. En cada sociedad hay un periodo de crecimiento
económico-- entendido convencionalmente o no- que trae una mejora en la calidad
de vida; pero sólo hasta cierto punto a partir del cual, si hay crecimiento, la
calidad de vida comienza a decaer.
Ciertamente
el crecimiento importa y es útil en la medida que los factores demográficos no
se tornen adversos y los desafíos medioambientales resulten infranqueables. Por
eso mismo, políticos, economistas, empresas, gobiernos (todos) deberíamos
pensar seriamente en cómo mejorar la eficiencia de los recursos viejos y
nuevos, y al mismo tiempo, cómo promover un crecimiento económico duradero e
inclusivo, sin irrelevantes ni invisibilizados.
Ya
no aceptemos lo que está pasando, despertamos y sacudamos nuestra conciencia
porque no es sólo “un sufrimiento de
otros”
Cuando
la luz se está volviendo sombra arrojando su velo sombrío sobre todo lo bello
que hemos conocido, cuando ignoramos cómo y cuánto aumentan “filas de irrelevantes” empujadas por
corazones de piedra, entonces no más rechazo a desafortunados y desdichados;
basta ya de toda frialdad interior cuando solo tenemos un mundo, “una casa común” (Carta
encíclica, ´Laudato Si’ del papa Francisco) que
todos debemos cuidar ´de puntillas´ y compartir; cuando ya no es suficiente pararse, mirar y
condolerse pasivamente porque de algún modo, insolidaria e indolentemente,
hemos expulsado a “los irrelevantes” haciéndoles habitar todas las intemperies
humanas devoradas por la cultura del descarte, lo que airadamente y sin descanso nos advierte,
previene y condena el papa Francisco.
Finalmente
entonces, ante el agónico dilema de morir o apenas irrelevantemente sobrevivir,
condenemos activamente el incremento pavoroso de diferencias, desigualdades e
inequidades.
Ojalá,
con el ejemplo de Madre Teresa de Calcuta, anhelar no haya más indiferencia como lograr
los objetivos de desarrollo sostenible para la sociedad civil, urbana y rural,
que integra la Agenda 2030´, sea mucho más que una esperanza, mucho menos que
una utopía.
Roberto
Fermín Bertossi
Investigador
Cijs / UNC
Experto CoNEAU / Cooperativismo