Ayer regresé de presentar mis Memorias de un
escritor transversal en Extremadura. En Badajoz quince personas
sin ritmo, y en Zafra seis, pues el coronavirus hace estragos en cuanto al
miedo. Vendimos cuatro libros, en un viaje en autobús arrastrando maleta y
sin interlocutores, amén de haberme tenido que pagar los gastos de
desplazamiento. De eso no me quejo, porque las cosas son así y porque no
soy autor de éxito.
Mi hija Esperanza, catedrática de medicinas en la
universidad noruega de Bergen, por el mero hecho de regresar del Perú a donde
había ido por motivos profesionales, sin tener fiebre ni sentirse mal, ha sido
puesta (¡ella y su familia!) en cuarentena en el país nórdico. Todo el mundo
está apanicado. Obviamente, tampoco en España habíamos vivido una situación
similar; yo tampoco, claro está, y todos andamos aún un poco asombrados por la
magnitud del imprevisto.
Para mí este nuevo microapocalipsis está siendo
la confirmación de una realidad y por ese motivo no me sorprende lo más mínimo:
la gente a lo único que le teme, lo único que le preocupa es la salud y por
supuesto la muerte. Nada de las cosas postmortales y más profundas
reflexivamente que planteamos nosotros en vida tiene verdadera fuerza de
alcance, si acaso lo que nosotros planteamos les preocupa tal vez en un segundo
plano muy lejano, y casi como un divertimento. Poco le importa a mi vecino
el coronavirus de su corazón infectado por los excesivos miasmas del ego
y del mi. Poco le importa al pueblo el coronavirus ecológico que nos
mata, e incluso muchos ni lo tienen en cuenta.
Ya estoy viendo a los más prepotentes y a los más
postureros lloriquear (se cagan en dios y en la virgen, pero están encacados
ellos mismos antes de que el virus se cague en ellos), agazapados en su rincón
implorando más mascarillas y más vacunas, más médicos y más ventiladores y más
respiraciones asistidas, temiendo por el desabastecimiento de los alimentos que
los más avispados piratas ya se han llevado de los almacenes hasta dejarlos
completamente vacíos. ¡Tanto sacar pecho sobre el futuro del postántropo y el
advenimiento del metántropo y un pequeño virus -“tan pequeñito que si se cae de la mesa se
mata”, como dijo aquel ministro de sanidad ante otra crisis sanitaria en
tiempos de Adolfo Suárez- podría tumbar al homo sapiens!
Y ya me imagino lo que estarán haciendo los encuarentenados
forzosos: hablar como posesos por el teléfono móvil y cuchichear sobre el
miedo de los vecinos. ¡La cantidad de separaciones de parejas que va a ver
después de llevar cuarenta días aislados y sin salir de casa! ¿Qué van a
decirse ahora, cuando nunca supieron decirse antes de estos tiempos del cólera?
No me imagino a Jahvé lanzando plagas de coronavirus
infecto-contagiosos sobre la humanidad, pero desde luego nos lo mereceríamos
sobradamente. La pregunta sería cómo podríamos cruzar ahora el Mar Rojo del
"empoderamiento" para liberarnos del “debiulitamiento”, cuando el
único que se apodera de esta frágil barquilla es el virus “extranjero” (Reagan
dixit).
Dicen que en la cama y en el juego se conoce al
caballero, eso decían al menos; en la realidad de hoy, sin caballeros pero con
mucha yeguada, es en el coronavirus donde se prueba la medida del hombre. El
coronavirus es la medida de todas las cosas, de las que son en tanto que son, y
de las que no son en tanto que no son.
Por lo demás, a ver cómo afrontan ahora la realidad
los defensores de la postverdad: si la verdad no es verdad, va a ser que la
verdad sí es verdad, y que la verdad la tiene el coronavirus. Contra la verdad
vivíamos mejor, pero con el coronavirus, sin esa la verdad negada, morimos
más: la muerte existe y el fugitivo será por ella alcanzado antes de que le dé
tiempo a escapar. Y si esto parece duro, más duro es el coronavirus.