Este articulo es una versión ampliada y notablemente completada de "El Microapocalipsis del corona virus",que antes aparecia aqui.
AQUÍ, SENTADO EN MI HABITACIÓN, SE ME PASA
EL TIEMPO
I.
Estoy sentado ante el ordenador confinado
en mi habitación por un virus que desea el mal de la humanidad, tanto que si
pudiera acabaría con la vida humana sobre la faz de la tierra. El muy cabrón,
pues yo no le he hecho nada. El virus contra el mundo, el mundo contra el
virus. Estábamos tan instalados en nuestra cotidianidad, cuando un potente pero
invisible enemigo ha venido a destronarla de su condición de centro del
planeta. Esto es una violación en toda regla. Y no le van a caer más años que a
Plácido Domingo, que ha perdido la placidez de su anterior vivir siempre
dominical.
Esta vez algo, una res extensa me
ha golpeado como un mazazo en la parte trasera de mi cerebro; aún no sé si me
contagiaré de él con resultado de muerte, pues en este momento soy por mi edad
una de sus presas más codiciadas. Él no tiene escrúpulos, no va a considerar
que aún puedo escribir libros muy buenos, ni le importa que se me haya otorgado
algún que otro doctorado honoris causa, cualquier sangre es buena para este
vampiro.
Mis hijas me dicen que no salga a la calle
ni reciba visitas, que rompa con el mundo antes de que el mundo me rompa a mí.
Y todo esto cuando la cosa parecía ir como la seda, como si estuviésemos en un
remanso de paz. Pero de repente, ¡zas! Toque de queda, queda usted confinado
por su propio bien, sí o sí. En el nombre del bien común, abanderando la
bandera de la humanidad, el gobierno nacional le obliga a no salir a la calle,
no baje la escalera, no toque el ascensor, cálese la máscara, lo hacemos por su
bien. El marrón más grande que vieran mis siglos. Claro que hubo otras veces en
los siglos postreros en que todo se pobló de miasmas hasta el punto de haber
podido acabar con la humanidad, las calamidades forman parte de la vida.
La estupefacción anterior a ésta me sorprendió
cuando un militarote de zarzuela apayasado invadió el Congreso de los Diputados
durante los primeros compases de la democracia, y dando tiros al aire gritó
primero “no se levanten de sus escaños”, y poco más tarde “todo el mundo al
suelo”, esperando que llegara la autoridad, “militar, por supuesto”. Cuando
alguien te saca el revolver y te enseña su bigote afeitadito sabes que no es
razonable desobedecer. Hay que mantener el aliento contenido, los músculos
tensos, el ademán impasible, impasible el ademán que está presente en
nuestro afán… Pero esclavo ya has comenzado a ser si quieres vivir en
libertad tu sumisión.
Muy pocos se esperaban aquel “glorioso” o
ignominioso alzamiento de los gorilas armados, pero desde luego lo de ahora sí
que nadie lo había profetizado, ni siquiera estaba en los catálogos de Nostra
Damus. Como fuere, no sé muy bien si con ambos zurriagazos estoy más preparado
ya para el fin del mundo, pero un poco más al menos sí. Cuando el planeta Venus
y el Virus Horribilis ya no nos sirva de escudo productor, no nos
quedará sino regresar cadáveres a nuestros hogares, no cum scuto, sino supra
scutum, conforme al mandato de las madres de los soldados romanos: ya no
podremos volver más que muertos.
En realidad, a un viejo sabio como yo lo
soy, y ustedes perdonen la aparente inmodestia, aunque todavía se me pueda
mirar, nada de esto le extraña demasiado, pues ya ha comenzado a convivir con
la máxima inidentidad existencial, que es la inidentidad de la muerte, esa
mujer innombrable e insobornable. Más
aún en mi caso, tanatólogo de profesión, que además ha escrito algunos libros
sobre el morir, no tan tontos como para decir que la muerte no es sino el
cambio de las condiciones vida. Incluso si tal fuere, yo no quiero cambiar mi
vida para andar vagando eternamente de migración en migración y de
transmigración en transmigración, prefiero perderla tal y como la he tenido,
única, irrepetible, tanto la amo y tanto ella me ama con indisoluble fidelidad.
Tanto y tanto, que creo en su eternidad. Pero dejemos estas reflexiones sobre
las que cualquiera puede leer en mis libros ya escritos, no soy budista y no
quisiera marear más la perdiz. No es en la muerte cuando uno comprende la nada
de todas las cosas, sino mientras vive. Pero no nos atasquemos, lectores y
lectoras amigos, porque yo he venido aquí a hablar del virus, un poco
como el borracho Francisco Umbral en televisión, ebrio como una cuba, balbucía yo
he venido aquí a hablar de mi libro.
Y aquí comienzo, sentado ante el
ordenador, de un tirón como suelo hacerlo, sin apenas variar una coma, excepto
para corregir las erratas que cada vez me respetan menos.
II.
Me lleve o no me lleve por delante, el
microapocalipsis del coronavirus, tal como lo están viviendo mis
contemporáneos, me resulta muy incómodo. Mi hija Esperanza, catedrática de
medicina en la universidad noruega de Bergen, por el mero hecho de regresar del
Perú a donde había ido por motivos profesionales, sin tener fiebre ni sentirse
mal, ha sido puesta (¡ella y su familia!) en cuarentena en el país nórdico.
Todo el mundo está apanicado. Obviamente, tampoco en España habíamos vivido una
situación similar, y todos andamos aún un poco asombrados por la magnitud del
imprevisto.
Para mí este nuevo microapocalipsis está siendo
la confirmación de una realidad y por ese motivo no me sorprende lo más mínimo:
la gente lo único que teme, lo único por lo que pierde el trasero, es la salud
y por supuesto la muerte. Nada de las cosas postmortales y más profundas
reflexivamente que planteamos nosotros (o yo al menos) en vida tiene verdadera
fuerza de alcance, si acaso lo que nosotros planteamos les preocupa tal vez en
un segundo plano muy lejano, y casi como un divertimento. Poco le importa
a mi vecino el coronavirus de su corazón infectado por los excesivos miasmas
del ego y del mi. Poco le importa al pueblo el coronavirus
ecológico que nos mata, e incluso muchos ni lo tienen en cuenta.
Ya estoy viendo a los más prepotentes y a los más
postureros lloriquear (se cagan en dios y en la virgen, pero están encacados
ellos mismos antes de que el virus se cague en ellos), agazapados en su rincón
implorando más mascarillas y más vacunas, más médicos y más ventiladores y más
respiraciones asistidas, temiendo por el desabastecimiento de los alimentos que
los más avispados piratas ya se han llevado de los almacenes hasta dejarlos
completamente vacíos. ¡Tanto sacar pecho sobre el futuro del postántropo y el
advenimiento del metántropo y un pequeño virus -“tan pequeñito que si se cae de
la mesa se mata”, como dijo aquel ministro de sanidad ante otra crisis
sanitaria en tiempos de Adolfo Suárez- podría tumbar al homo sapiens!
Y ya me imagino lo que estarán haciendo los encuarentenados
forzosos: hablar como posesos por el teléfono móvil y cuchichear sobre el
miedo de los vecinos. ¡La cantidad de separaciones de parejas que va a haber
después de llevar cuarenta días aislados y sin salir de casa! ¿Qué van a
decirse ahora, cuando nunca supieron decirse antes de estos tiempos del cólera?
No me imagino a Jahvé lanzando plagas de coronavirus
infecto-contagio-asquerosos sobre la humanidad, pero desde luego nos lo
mereceríamos sobradamente. La pregunta sería cómo podríamos cruzar ahora el Mar
Rojo del “empoderamiento” para liberarnos del “debilitamiento”, cuando el único
que se apodera de esta frágil barquilla es el virus extranjero (Reagan dixit).
Dicen que en la cama y en el juego se conoce al
caballero, eso decían al menos; en la realidad de hoy, sin caballeros, pero con
mucha yeguada, es en el coronavirus donde se prueba la medida del hombre. El
coronavirus es la medida de todas las cosas, de las que son en tanto que son, y
de las que no son en tanto que no son.
Por lo demás, a ver cómo afrontan ahora la realidad
los defensores de la postverdad: si la verdad no es verdad, va a ser que
la verdad sí es verdad, y que la verdad la tiene el coronavirus. Contra la
verdad vivíamos mejor, pero con el coronavirus, es decir, sin esa verdad
negada, morimos más: la muerte existe y el fugitivo será por ella alcanzado
antes de que le dé tiempo a escapar. Y si esto parece duro, más duro es el
coronavirus.
III.
Por la fuerza de los virus, aquí estoy,
queridos amigos, y no en México como debiera, porque no me dejan salir: madrileño
infectado, Achtung!
Esta mañana la ciudad de Madrid parecía otra, he
visto a las gentes haciendo colas a medio metro unas de otras para comprar
inútilmente mascarillas de protección, pues después del maná egipcio nunca hubo
alimento más deseado en pueblo alguno en su travesía hacia la salud. No sé si
soy yo quien les mira raro a ellos y a ellas, o ellos e incluso ellas los que
me miran a mí del mismo modo. No pocos andan embozándose como en el motín de
Esquilache, y por las noches seguramente caminarán por las calles de Madrid con
el sombrero coronado de pluma y calado hasta las narices, no vaya a ser que
reciban alientos fétidos de indeseadas exhalaciones, para que las superficies
de sus rostros no queden al descubierto. De nuevo a cubrirse, a defenderse, a
emboscarse. Algo de ellos me está diciendo: cuidado, no te acerques ni un
milímetro más, no invadas con tus virus mi virilidad (virus y viris lo
tienen en común todo etimológicamente, como es sabido).
Me malicio incluso que, así las cosas, para más de uno
esta alarma no está resultando tan mala porque mayoritariamente se está
llevando por delante a las personas ancianas, así que de algún modo va a servir
de limpieza etnogeriátrica. Los toros más robustos saldrán fortalecidos para empitonar
con mayor fuerza y seguir embistiendo.
Interesante experiencia sociológica sobre la que se
escribirán millones de libros y que, como otras anteriores, más o menos
parecidas, no sé si servirán mucho para que la gente aprenda a tomarse la vida
de una forma menos cerril. De momento ya hay un montón de artículos que han
desaparecido de las tiendas como por ensalmo, pues hay gente que se ha llevado
toneladas de papel higiénico, seguramente para la incontenible diarrea que
brotará sin cesar de sus gordos traseros. El miedo, es decir, la baba trasera.
Como me dice un amigo, la pena es que, por lo visto, preferimos el
papel suave y a doble capa que el papel impreso, aunque no hay que desesperar
el excusado es un lugar tradicional de lectura, a lo mejor algunos empiezan
ahora una vida de lectura intensa.
Tenía por aquí en casa un libro de Ciorán, En las
cimas de la desesperación, que voy a hojear de nuevo para ver si me explica
algo de esta experiencia mundial, a ver si me entero de la metafísica del mal.
Merecería un libro mío comentándolo, y aunque no creo llegar tan lejos sí que
algo haré, aunque me salga un Ciorán cioranado y más puposo aún que el suyo. De
mis reclusiones voy a mis reclusiones vengo, y a Dios gracias nunca me ha
faltado trabajo. Quizá hoy mismo la alerta de no viajar fuera se extienda a la
comunidad de Madrid, así que miraré a ver si tengo por ahí La peste de
Camus, y comparar también si aquella peste literaria es tan apestosa como esta
otra hoy presente. Sería al menos una ocasión para escribir un Diario de la
Peste Coronada por el Virus, o La coronación de la peste y el calvario
del ser humano, aunque según voy escribiéndote esto me van surgiendo
cataratas de imágenes; pero, en fin, el mundo y la realidad no están hechos
para que yo los escriba o describa. Sea como fuere, nada de lo que está
aconteciendo me sorprende, pues al fin y al cabo me he esforzado siempre por
conocer el alma humana individual y colectiva, especialmente en los periodos de
avalanchas y de crisis: se me da bastante bien la historia de la histeria, e
incluso la histeria de la historia.
Increíblemente, por lo demás, hay gente que desde que
se levanta entra en internet y allí se queda pegadita a la pantalla como una
mosca catatónica contemplando una especie de reloj de víctimas que
va registrando a cada instante entre los fragores del combate el deceso en
todas las latitudes de la Tierra, pues el número de muertos en el mundo crece
por milisegundos. Para los más falsos, en cualquier caso, es la hora de la
verdad, pues durante toda su vida han estado deseando que llegara este día, el
día de los cementerios de muertos bien rellenos. Las agujas van moviéndose y
los muertos cayendo. Oficio de tinieblas.
IV.
Enfrente de mí, en la noche lúgubre, tengo el libro de
Eugen Cioran En las cimas de la desesperación. Su autor, hijo de un pope
de la iglesia ortodoxa, nació en una pequeña ciudad de Transilvania (Rumanía),
patria de Drácula, doctorándose en 1932 y escribiendo el libro ya citado en
1933 a los 22 años. Es una obra tan desesperada como desesperante para sus
críticos españoles, que no la leyeron hasta 1991, fecha de su aparición en
1991, siendo uno de sus adalides más furibundos Fernando Savater, por aquel
entonces desesperado contra el sentido de la vida y hoy desesperado por la
pérdida del sentido de la vida, encarnado al parecer en su última compañera
sentimental. A ese libro siguieron después -alcanzando fama mundial- Breviario
de podredumbre, Silogismos de la amargura, y Ese maldito yo,
entre otros.
Siempre me he preguntado por qué escriben los
apologetas de la muerte; en cuanto a la acción práctica, no me parecen muy
distintos de los más comprometidos con el optimismo, y hasta les veo con gran
ilusión picando piedra en favor de la desesperación y remando a todo remar
sobre las superficies de las aguas que a ellos les parecen putrefactas. Algunos
de ellos alcanzan incluso en la vida gran éxito de crítica y público, son
aplaudidos, existen con mayor certeza no dubitativa que Renato Descartes
mientras se instalan en el no-ser, en la noche, y no entiendo por qué no dejan
de bogar corriente arriba con el entusiasmo de quien va a por la medalla
olímpica. En todo caso, yo a estos exportadores del llorar y del crujir de
dientes les deseo mucha felicidad, aunque lo tengo bien difícil, pues si les
deseo felicidad parecería que les ataco, en la medida en que ellos se mueven en
la infelicidad cual pez en el agua, pero si les deseo mucha infelicidad van a
pensar que soy un mal bicho y van a dejar de seguir leyéndome. No sé si tomar
criada o criado, o ponerme a servir.
A veces, para promover la libertad de la gente hay que
encerrarla, aunque esté mal que eso lo diga alguien que como yo mismo se
proclama libertario. Pero es verdad, por lo menos en el caso presente. Tenemos
una pandemia y se ha decretado que la gente no salga a la calle para no
contagiar ni ser contagiado. La gente tiene que quedarse en su casa, en una
especie de arresto domiciliario, domicilio coatto le llaman los
italianos, que por cierto también se han visto obligados a prohibir el exilio
exterior a los ciudadanos a la vista de la emergencia nacional e internacional.
Así que, en esta forzada situación de reclusión domiciliaria, y no habiendo mal
que por vez no venga, aquí estamos encerrados defendiendo la libertad. Claro
que no sería yo el espíritu burlón y el alma inquieta que creo ser, si
no dejara constancia de mis discrepancias con las medidas adoptadas por el
gobierno: la primera es que hayan quedados exentos de la eventualidad coactiva
los señores y las señoras caninas para que sus amados perros y sus amadas
perras puedan cagar en la calle (¿se dice cagar, correctores de
estilo?); la segunda es que del paquete de medidas ordenadas para evitar el
contagio no hayan sido excluidas las peluquerías, y ello por el supino
argumento de que una permanencia forzosa de las señoras en las casas sin verse
bien peinadas podría deprimirlas. Claro, claro. La verdad es que si las cosas
las piensan los gobiernos al final el mundo al revés: que se mueran los viejos
pase, pero intolerable fuere que se nos deprimiesen las damas y caballeros o cabelleros
con sus malos pelos. Al fin y al cabo, una cabeza bien moldeada siempre ha sido
mejor considerada que una cabeza bien hecha.
Ni una palabra más. No sea que se nos multe por desacato.
En cualquier caso, no creo que pueda encontrar libros
más adecuados que los de este rumano apátrida y afrancesado para pasar el
tiempo en que dure la cuarentena, la cincuentena, la sexentena o la septentena virológica.
Espero que mi mano a mano con este joven de veintidós años, Eugenio Ciorán,
no sea el virus que definitivamente me arrastre por contagio al otro barrio.
Pero no esperen tampoco ustedes que no me lo tome muy en serio. Cuando el
sermón es bueno no hay que preocuparse de la forma que tenga el púlpito.
Estas pocas páginas que siguen son a vida o muerte. Quieren la vida y la viven desde las