Queridos amigos y amigas, hermanas y
hermanos:
Se nos ha echado encima el mes de
septiembre, pero la crisis sigue azotando en todos los terrenos con cierta
intensidad, en algunos aspectos más que en otros. Yo con este artículo también
desearía irme despidiendo como quintacolumnista, pues tal me siento a tenor de
la prácticamente nula repercusión de mi palabra en otras palabras, con alguna
excepción que agradezco en el alma. Escribir y no ser respondido es algo normal
para mucha gente y, aunque no constituya mi plato favorito, tampoco puedo
ignorar que cada uno escribe o no escribe si quiere, cuando quiere, y a quien
quiere.
Desde mi punto de vista, he permanecido
estos meses y sus muchos días con esta columnita al pie de un cañón que no
tonitrona, que carece de eco, que se ha agrietado, que no dispara por
elevación, y que está a punto de estallar en mis propias manos de artificiero,
aunque sean cada día más y más poderosos aquellos enemigos a los que quisiera
abatir frontalmente, pobre de mí, no conociendo mejor modo de hacerlo.
Verdad es que todavía quisiera poseer el
mínimo de lucidez para no bajarme de mi Rocinante y subir después al asno
triunfal de lo cotidiano, pero no espero ganar la guerra yo solito, seguramente
no he perdido el juicio hasta ese extremo; por muy anarquista que sea, no llego
a tanto como para presentarme, soldadito español, soldadito valiente, con mis
cartuchos de dinamita en un frente tan inmenso y tan poderoso.
Pido al menos me sea concedido seguir
disparando siquiera sea cartuchos de fogueo, pero no sin la belleza de algunos
fuegos de artificio. Desearía, en cualquier caso, no llegar al frente con la
pólvora mojada, pues cuando eso ocurra será que el virus del desaliento se
habrá apoderado de cada una de mis articulaciones: hice lo que pude, corrí mi
carrera, alabado sea su Santo Nombre.
Un fuerte abrazo hasta siempre.