Miércoles, 2 de Diciembre de 2020
<<A la búsqueda de esa hora futura en la que la libertad sea protagonismo de los ciudadanos>>
Artículos - Editorial - El búho ante el espejo
03/11/2020

El sentido de la vida y la dignidad recíproca


por Antonio Colomer Viadel


Este texto es el prólogo que he escrito para el libro "El derecho a la vida", de José Carlos de Bartolomé (Dikynson,2020). La lectura del impresionante articulo de Carlos Diaz," Tribulación y Pandemia...", publicado tambien aqui ,y sus afinidades, me ha impulsado a dar conocer el texto del citado prólogo.

 

En la hora presente de crisis profunda hemos pensado y sentido, consecuentemente, en el valor de la vida y la urgencia de medidas para protegerla. De ahí la oportunidad de este libro

No sólo medidas jurídicas sino comportamientos de respeto mutuo y ayuda mutua entre las personas. La ética siempre inspirando al Derecho.

Por ello, el sentido pleno de la vida y el alcance de su existencia no se consigue sin la dignidad de la persona. De ahí la importancia de que nuestra Constitución, en el Título I, De los derechos y deberes fundamentales, se inicie por el artículo 10, cuya primera afirmación es que “la dignidad de la persona y los derechos inviolables que le son inherentes, el libre desarrollo de la personalidad, el respeto a la Ley y a los derechos de los demás, son fundamentos del orden político y de la paz social”. Una notable redacción que tal vez podría haberse completado con la referencia al “orden moral”.

El complemento indisoluble es el art. 15 de la CE, que abre la Sección Primera de ese Título I: “Todos tienen derecho a la vida y a la integridad física y moral, sin que en ningún caso, puedan ser sometidos a torturas ni a penas o tratos inhumanos o degradantes”. Esta defensa radical de la vida debe llegar hasta las últimas consecuencias. En mi ensayo sobre “El Defensor del Pueblo” (Cívitas, 2013), y alabando el crecimiento de este Instituto en actuaciones de oficio, al ejercer de Mecanismo Nacional de Prevención de la Tortura (MNP), llegué a afirmar que una interpretación flexible de esos tratos crueles o degradantes deberían incluir el acoso moral, en forma, a veces sutil, de vejaciones, desconsideraciones y presiones arbitrarias en el trabajo, y en cualquier organización, empresa o en la Universidad, donde tan penosos actos merecerían esa intervención de oficio.

No debemos olvidar que no se trata sólo de la defensa y salvaguardia de la vida, sino también –como se indica en el art. 10 CE– “del libre desarrollo de la personalidad”. Estos días, el Prof. Luis Jimena ha publicado un notable artículo titulado: “El derecho a la protección contra la pobreza y la exclusión social como paradigma del respeto de la dignidad humana”, suscitado por la inserción del ingreso mínimo vital en el marco de los estándares establecidos en la Carta Social Europea y la jurisprudencia del Comité Europeo de Derechos Sociales (Lex Social. Revista de derechos sociales. Vol. 10, núm. 2, 2020, págs. 361-423). Quiero entender que este papel de receptor de dones es el camino para poder llegar a ser donante a otros en el futuro, tras “el libre desarrollo de la personalidad”.

Vida y dignidad, en una reciprocidad de dones entre personas que comparten ese destino vital, es el modo de construir esta reciprocidad de vidas y de dignidades.

Y en estos casos siempre hay que volver a los clásicos. El Prof. Bartolomé cita a numerosos autores, filósofos y juristas. Todos los aportes son válidos y nos enriquecen.

Quisiera centrarme en otros autores que han influido en mi construcción de los paradigmas de la “Comunidad de los libres” y la “civilización de sujetos éticos”.

En el siglo XV, a los inicios del Renacimiento, un brillante joven, Giovanni Pico de la Mirandola (1463-1494), escribe a los 23 años, la “Oración acerca de la dignidad del hombre” (Oratio de hominis dignitate, 1486). Este breve y notable escrito era la introducción a una obra de novecientas tesis, “las Conclusiones filosóficas, cabalísticas y teológicas”, que se publicó en Roma, ese mismo año, 1486. Trata de demostrar la convergencia de distintas corrientes filosóficas y religiosas en torno al hombre y su dignidad.

En el siglo XV, a los inicios del Renacimiento, un brillante joven, Giovanni Pico de la Mirandola (1463-1494), escribe a los 23 años, la “Oración acerca de la dignidad del hombre” (Oratio de hominis dignitate, 1486). Este breve y notable escrito era la introducción a una obra de novecientas tesis, “las Conclusiones filosóficas, cabalísticas y teológicas”, que se publicó en Roma, ese mismo año, 1486. Trata de demostrar la convergencia de distintas corrientes filosóficas y religiosas en torno al hombre y su dignidad.

Los que no realizan ese esfuerzo de estudio y filosofía, y por el contrario, piensan en cosas inútiles devienen casi un vegetal ignorante. El hombre es el demiurgo de sí mismo. La capacidad del hombre de elegir –señala Pico– es la libertad. La búsqueda de la dignidad del hombre es su sustancial libertad de hacerse a sí y de hacer el mundo.

Vida y dignidad son inseparables y Pico cita el famoso dicho de Hermes Trimegisto: “Gran milagro, ¡oh Asclepio!, es el hombre”.

La modernidad renacentista tiene inicio en esta construcción. Trece de las tesis fueron consideradas heréticas, y su autor excomulgado y encarcelado. La dignidad era el derecho inalienable a la discrepancia, el respeto por las diversidades culturales y religiosas, y el derecho al crecimiento y enriquecimiento de la vida, a partir de la diferencia.

El Papa Alejandro VI lo absolvió de herejía y lo readmitió en la Iglesia Católica. Pico de la Mirandola se hizo dominico, tuvo amistad con Savonarola, y murió envenenado en Florencia, el 17 de noviembre de 1494.

El otro hito en este proceso de vida y dignidad lo representa, a mi modo de ver, el sefardita judío nacido en Ámsterdam en 1632 y fallecido en La Haya en 1677, Baruch (Benito) Spinoza.

Como algún comentarista ha señalado, su pensamiento representa una filosofía de confianza en el orden de la naturaleza y el carácter divino de todo lo real. Su obra central, “Ética”, (“Éthica ordine geométrico demostrata”, 1677, publicada tras su muerte), gira en torno a la noción de la vida como potencia. El hombre ejerce una fuerza, un dinamismo –al que llama “conatus”– que supone ese esfuerzo por perseverar en su ser. El hombre es un impulso, no ciego, porque está sometido a la razón. El dinamismo del viviente excluye cualquier iniciativa que quiera romper el orden de la naturaleza. Se trata, pues, de la búsqueda de las ideas adecuadas, abandonando las inadecuadas.

En esa filosofía de la acción encontramos que cualquier cosa expresa, en un grado distinto, el poder de la vida, y su vínculo divino. Esta verdadera teoría del conocimiento y de la metafísica impregna toda su obra –así también en su posterior “Tractatus theológico-políticos”– de una constante ética que nos permite alcanzar una vida libre y equilibrada confiada en el mundo con un esfuerzo continuo para existir y en ello aparece, mediante la perseverancia en el ser, el sentido mismo de la vida y de las cosas, en el marco de las Leyes naturales del Universo. La acción no debe estar sujeta a fuerzas externas. Ese ser activo y potente es al que denominará “essentia actuosa”. Esta serenidad y alegría nos permite vivir gozosamente en ese orden natural, reflejo de la divinidad. Dentro de esta complejidad de pensamiento se atisba la posibilidad de una clarividencia del hombre que da sentido a su vida.

El último salto para estas claves demostrativas surge tras la Segunda Guerra Mundial, cuando a partir de la experiencia de supervivientes de campos de exterminio, un joven psiquiatra vienés –que también fue interno en ellos– quiere encontrar la razón de esa supervivencia de algunos. El Doctor Viktor Emil Frankl (1905-1997), construye una psicoterapia a la que llama “logoterapia”, por encontrar la voluntad de sentido para la propia vida, su finalidad justificativa del esfuerzo por continuar –lo que concluye de las centenares de entrevistas con aquellos supervivientes y de su propia experiencia–. El Dr. Frankl, discípulo de Freud, pero que no comparte la explicación del principio del placer como causa exclusiva, señala que hay que buscar la voluntad de sentido, esto es, el esfuerzo del hombre por el mejor cumplimiento posible del sentido de su existencia. Así se mantiene el equilibrio y la dignidad, en una apertura a los otros. Como señala Viktor Frankl. “en servicio a una causa o en el amor a una persona se realiza el hombre a sí mismo” (“Ante el vacío existencial. Hacia una humanización de la psicoterapia”, ED. Herder, 1980, y el mismo año y editorial, “El hombre en busca de sentido”, primera edición 1946, Austria). A todas ellas presté atención en RIDAA, (núm. 1, octubre de 1983, pág. 10 y nota 10). No deja de impresionar su constatación de que en los campos los que mantenían la dignidad y una reserva espiritual se mantenían moralmente en pie.

Es interesante el asombro de Michel Foucault, que en sus estudios sobre poder, personalidad y locura, tras no aceptar ese sentido de la vida, porque –dice– no hay nada que sea la naturaleza humana, mantiene, sin embargo, el asombro admirativo hacia el fenómeno de resistencia, aquello que proporciona a los hombres del anti-Gulag el coraje de sublevarse y morir por poder decir una palabra o un poema” (en “Poderes y estrategias”, uno de los artículos de “Microfísica del poder”, editorial de la Piqueta, Madrid, 1978).

En la misma línea de concepción tendría que citar a la mayoría de autores del personalismo comunitario que entre nosotros ha dado a conocer Carlos Díaz (Colecciones Sinergia y Persona, de la Fundación Emmanuel Mounier).

No desconozco que otros muchos autores han hecho aportes significativos a este eje de vida y dignidad pero he querido centrarme en aquellos que influyeron –como así mismo Mario Bunge– en la redacción de mi artículo “El paradigma recobrado de la comunidad de hombres libres (núm. 1 de RIDAA, 1983), y que luego vertebró mi ensayo “El retorno de Ulises. Una filosofía política alternativa” (Ed. Ciudad Nueva, Buenos Aires, 2011, 4ª edición).

Se trata de distanciarse tanto del individualismo feroz y egoísta como del colectivismo disolvente y gregario. La autonomía de los libres, voluntariamente integrados en comunidades de apoyo mutuo, es el espacio de la vida digna.

Más tarde, al tratar de comunidades y ciudades, lo enuncié como ese horizonte mejorativo de la civilización de sujetos éticos. No podemos ignorar tantas violaciones de vidas, tantas degradaciones y humillaciones existentes entre nosotros, pero también es irrenunciable el deseo de mejorar de la especie cuando algunas raíces vienen de lejos. Recordemos que Aristóteles en su “Ética a Nicómaco”, considera la reciprocidad el fundamento de valores sociales tan importantes como la justicia, la responsabilidad y la amistad. En ello entronca con el valor de la reciprocidad de dones en las culturas amerindias.

Hay que rescatar el sentido del deber y la conciencia de responsabilidad, huyendo de esa concepción mercantilista de la indemnización por derechos civiles menoscabados.

Para enraizar esa ética solidaria vinculada a los deberes profesionales y societarios, recordaba el juramento del médico griego Hipócrates hace 2400 años, pero aún vivo, formalmente, en su gremio. En su juramento ante Apolo se exigía “fidelidad en la enseñanza a los alumnos de acuerdo con el mejor saber y entender, así como el mejor tratamiento en el bien de los enfermos en lo que yo pueda y sepa, jamás en daño suyo y con mala intención. No operaré a nadie por cálculos, dejando este negocio a menestrales de oficio. En cuantas casas yo entrare, harelo por el bien de los enfermos absteniéndome de caer en injusticia involuntaria y corrupción. Lo que acaso en el ejercicio de la profesión, y a mi fuera de esta, viere u oyera de la vida de las personas y que no deba alguna vez ser revelado, callaré considerándolo secreto”. Este juramento “si se cumple, debe ser recompensado y lo contrario me ocurra si lo quebranto”.

Esta ética profesional puede ser trasladada a cualquier actividad profesional y a toda relación con los usuarios y también en los deberes cívicos de ciudadanía.

Se trata de considerar al que solicita nuestros servicios como un trasunto de nuestro yo, en esa relación yo-tú y ver en él a nosotros mismos, o a nuestro hijo, en la ayuda solicitada para su hijo. En suma, esa autoexigencia de conocimientos forzada, de precio justo, de dedicación plena.

Este entrecruzamiento de deberes y responsabilidades nos acercaría a la sociedad del bien ser y del bien hacer, en consecuencia. De ello emanarían de forma natural nuestros derechos, sin necesidad de exigencias ni reclamos.

En tales comportamientos no habría una jerarquía de dignidades, ya que cualquier trabajo y actividad, desde el más humilde hasta el más complejo tendría la misma dignidad con tal de que practicaran el mismo rigor, como en la exigencia de conocimientos, la misma dedicación, sin prisas, la emulación para prestar el mejor servicio (Comunidades y Ciudades, Constituciones y solidaridades, 2ª edic., Editorial Ciudad Nueva, Buenos aires, 2015, pp. 129-135).

Durante mis 47 años de Profesor universitario he construido estas ideas, valores y principios, y los he dado a conocer a mis alumnos, pero sin ninguna concepción doctrinaria, porque considero mi deber como persona y como profesor abrir horizontes de conocimientos, despertar la ilusión del saber, entregar pistas de indagación, sin retener ni ocultar nada, para que los alumnos, en su crecimiento, las sigan y amplíen y lleguen a sus propios objetivos. Y avivar la ética del apoyo mutuo para colaborar sinceramente con los compañeros.

En este libro y su autor –discípulo admirado– encuentro el florecimiento de aquella siembra, la satisfacción del deber cumplido de impulsar aquel esfuerzo de crecimiento de la potencia del ser que apuntaba el sefardita Spinoza.






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