Lunes, 18 de Octubre de 2021
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12/04/2021

La falta absoluta de parresía corrompe absolutamente


por Carlos Díaz


1. Precisamente de lo que hoy carecen las estructuras de poder es de autoridad, y desde luego es un tema ausente en el debate sobre los famosos empoderamientos.

Yo hace tiempo que apenas me fio de los diccionarios, y desde luego cuando leo definiciones como la siguiente me ratifico en mi actitud: “Parresía: aparentar que se habla audaz y libremente al decir las cosas, ofensivas al parecer, y en realidad gratas o halagüeñas para aquel a quien se le dicen”. Esto lo firma el Diccionario de la Lengua Española. Seguramente entre nuestros académicos habrá más de uno que sepa griego, o incluso ética, pero no sé si algo de teología. Comprendo que todos tenemos ideologías deformadoras, sin  embargo lo que me resulta más difícil de roer es que se sepa tan poco de los conceptos antropológicos básicos, y que se conceda tan poca importancia a sus consecuencias.

 

2. El vocablo griego parrhesí­a (παρρησία) deriva de παν (todo) y de ρησις/ρημα (locución) y significa decirlo todo, aunque también deriva de ῥεo (reo, fluir). Es el hablar decidido, con libertad y franqueza, sin tapujos, con valentía y audacia para decir sin  equívocos desenmascarando la mentira y los engaños con los que se pretende tergiversar, manipular y acallar la verdad; en suma, decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, aunque el mundo se venga abajo y ruja el cielo, las verdades del barquero dichas donde hay que decirlas, aunque a uno le tiemblen las piernas.

Quien vive parresiacamente sostiene una utoprofética relación indisoluble con la verdad: sin esperar a que el lobo y el cordero eternicen rondas ideales de diálogo. Hay que apretar. El parrhesiastés encarna la verdad, que a él le convierte en  verdaderamente verdadero. Sin esa relación entre verdad objetiva y veracidad subjetiva, la mentira se ofrece como verdad, lo cual hace depender al mentiroso de la verdad que conculca, pues la inverecundia  necesita para su autodefensa de otra mentira que la purifique, misión de suyo imposible: quien se avergüenza de sus mentiras es tributario de las verdades que niega. Pero quien es parresaico (parrhesiastes) dice la verdad con fuerza doble: por la fuerza misma que la verdad posee, y por su vivencia de la misma: voluntad de verdad, no dominio de ella. Por eso el parresiarca no es un impostor, ni un manipulador, ni un embaucador; el ánimo de la verdad que propone es transitivo, sin ensimismamiento.

El parresiarca jamás anuncia la verdad que ignora o la hipótesis que supone, ni espera decirla sólo catárticamente después de dichas todas las mentiras, ni define a la verdad como mentira y a la mentira como verdad (postverdad), es totalmente engendrado por la verdad y no un engendro de la mentira, hijo de la verdad y padre de la vida. Allí donde está el parresiarca, allí está la realidad, no hay que ir a otra parte: venid y veréis.

 

3. Otra cosa es que esa verdad por él enaltecida sea por los demás aceptada; no todos saben, quieren o pueden liberar las cadenas de su propio miedo (aferrarse al miedo para no enloquecer es el comienzo del enloquecimiento) ni del engolfamiento en sus egopatías. Por eso revelar la verdad coloca al sujeto de parresía en una posición de inferioridad y de peligro, pero él insiste en hablar de la verdad con la verdad que ofrece porque en ella cree y lo considera su obligación inexcusable.

Y aquí aparece otra nota esencial de la parresía: la humildad sin prepotencia frente al poder de la mentira, y la capacidad de sufrir, a veces hasta la inmolación, la martyría  final. Todo lo cual se sitúa en la antípoda del camicaze o del terrorista sin esperanza. He aquí que la liberación del tú puede pedir, y de hecho pide de suyo, la entrega servicial pero no esclava, sino liberadora, del propio yo, a la vez libre y siervo arbitrio, sumisión voluntaria a la verdad y voluntad liberadora. He aquí también que la verdad valía más incluso que la vida; o mejor, que la verdad sólo podía decirse con la efusión de sangre: en última determinación, nada se testifica sine sanguinis effusione, sacramento por su capacidad para convertir en sagrada la verdad proclamada. ¿Acaso no consiste la virtud en esto, en la fuerza con que se entrega la verdad? Toda falta a la verdad es in-decencia, in-moralidad.

 

4. Ahora bien, la parresía es univitelina de la épiméleia o cuidado, en su doble dimensión de cuidado para sí (cura sui) y de cuidado del otro (cura alterius), lo que la convierte en virtud pública, en virtud sociopolítica, evidenciando de paso la cínica falacia progresista que defiende las virtudes públicas sin las privadas, así como también de la falacia integrista que apuesta por virtudes privadas sin virtudes públicas, y en ambos casos sin horizonte societario alguno, tan sólo esquizofrenia.  Una ciudad en la que cada cual cuidase de sí mismo como a la inversa encontraría en sí misma el principio de su perpetuación comunitaria.

Esta virtud, cuyo lema imperecedero es el  “cuida al prójimo como a ti mismo”, sólo puede habilitarse o hacerse hábil cuando el tú es mi prójimo como yo lo soy para él, algo denostado hoy como consecuencia del capitalismo teófobo imperante y del abandono de la regla de oro de la moral; dicho de otro modo, la partitocracia parlamentaria es incapaz de generar bien común porque el de la bancada contraria es el enemigo, comedia y vodevil astragante donde brilla por su ausencia la alegría del servir. Es el charco donde croan empoderados y empoderadas, incapaces de autoría. La crisis de identidad parresiaca permite esperpentos políticos y culturales propios de sofistas sin desbastar.

 

5.

Por otra parte, el politiqueo pierde con la verdad su  credibilidad de hecho y su credentidad de derecho, pasando a ser las instituciones políticas literalmente el primer problema del pueblo, que sigue pedaleando con la cabeza gacha para sobrevivir como puede, entre el autoritarismo y el permisivismo, ambos fruto del relativismo en el cual nada vale más que nada porque cada uno quiere valer más que todo y que todos.

Desgraciada generación de alguaciles alguacilados, tan abundante en aulas y métodos educativos como carente de maestros de virtud. ¡Ser maestro, ser maestra! ¡Gozar del  sacrificio del estudiar y del gastarse por amor a la verdad transitivamente ejercitada, fuera de los tópicos comunes, y de los vómitos sociales, más allá del trepar y del manducar!  ¿Dónde queda la autoridad parresiaca? Auctoritas es la desembocadura de un río de oro en cada uno de sus meandros: viene de augeo (aupar, elevar), pasa por auxi (auxiliar, ayudar), y se convierte en auctum (convertirse en autor responsable). ¿Dónde fue a parar ese acuífero, o ya se secaron aquellas aguas suyas con las cuales regaba y fertilizaba?

Esta generación con tantas escuelas pero tan pocos maestros de vida necesita referentes parresiacos. O sea, testigos. Testigo era aquel que juraba por su vida la verdad que defendía agarrando sus testes, sus testículos, pues exponerse a su castración hubiera podido resultar demasiado duro. Necesitamos echarle…., porque quien defiende sus testículos los perderá y se volverá estéril, sin  que por esto decir quiera yo ser considerado como machista de/generado, o sea, fuera de género.

6.

Tenemos derecho al honor, derecho al derecho, que no se nos va a regalar sin cumplir con la decencia mínima de ser humanos, descendientes del nuevo Adam, pues una sociedad des-humanizada carece de parresía. Así que, a modo de coda final, pongo las primeras piedras del destruam et aedificabo para un vocabulario básico del  endebilitar parresiaco. Lo primero será abolir el Ministerio o Ministerios Estatales de Empoderamiento (todo con mayúsculas); lo segundo, romper el carnet de empoderadora o de empoderador; lo tercero, rechazar el lema “la empoderadora (o el empoderador) que nos empodere buena empoderadora (o buen empoderador) será; lo cuarto, abolir los ejércitos que nos empoderan aunque estén duplicados (ejército español, OTAN, y ejército mundial en ciernes); lo quinto, eliminar los bancos empoderadores de sí mismos; lo sexto, resignificar el himno “arriba los pobres del mundo”. Y luego bajamos a orinar, primera a la izquierda.

Queda abierta esta iniciativa y se admiten donativos morales para quienes deseen añadir nuevas formas de desempoderamiento constructivo sin cargo al fondo de reptiles de los presupuestos generales del Estado.

 


La falta absoluta de parresía corrompe absolutamente




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