Lunes, 18 de Octubre de 2021
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18/05/2021

EMPATÍA Y ANTIPATÍA (I)


por Carlos Díaz


Cada dos semanas vamos a públicar un nuevo capítulo del libro de Carlos Díaz "Empatía y antipatía". Comenzamos publicando el índice de la obra y la presentación.

 

ÍNDICE

 

A LAS GENTES LÚCIDAS

CAPÍTULO  I.  LA VIDA PLANTEA PREGUNTAS

1. Sin Rubicón separador. 2. ¿Y las jóvenes generaciones?

CAPÍTULO II. PASEANDO PO EL JARDÍN DEL EDÉN Y LUEGO POR EL DESTIERRO

1. Reputada como grandísima puta.2. A mí me jode Rigoberta Menchú, ¿empatiza usted conmigo al respecto? 3. México lindo y querido. 4. Fuiste tú, canalla. 5. Aquel nieto sabio, de nombre Carlos Marx. 6. Desde Tijuana, transfonterizo.

CAPÍTULO III. EL INFIERNO EN LA TIERRA

1. Me desesperas, muérete, perra; me desesperas, muérete, perro. 2. Etimología y fenomenología de la desesperación. 3. La estructura del desesperador desesperado. 4. El resentimiento y su posible sanación. 5. Eres amargoso.

CAPÍTULO IV. LAS “TERRORISTAS” FAMILIARES

1. El terrorismo emocional. 2. Para limitar los sentimientos de omnipotencia de la terrorista.

CAPÍTULO V. RASGOS FENOMENOLÓGICOS DEL CONFLICTO

1. Consecuencias de la violencia psicopatológica. 2. La seducción y la comunicación perversa de la psicopatología subclínica. 3. Las patologías morales perversas. 4. La víctima. 5. Querer que tú no seas como eres.

CAPÍTULO VI. LA EMPATÍA COMO INTERPATÍA

1. Prenotando. 2. La empatía del cor/razón. 3. La superficie de la empatía y sus aguas procelosas. 4. Conocerse a sí mismo. 5. La base neuropsiquiátrica

6. No hay empatía sin interpatía. 7. De la simpatía idiopática y la heteropática a la intersimpática. 8. Convergencia y divergencia en el interior de la empatía. 9. La empatía como com/pasión. 10. Empoderamiento, pero también endebilitamiento. 11. La empatía y el maestro ideal. 12. Endopatía relacional constitutiva, o vuelta a empezar.

CAPÍTULO VII. LA CONSTRUCCIÓN PROLÉPTICA O ANTICIPADORA DEL “NOSOTROS” EMPÁTICO

1. Del ver para prever y del prever para ver.  2. Cómo acercarse al oso. 3. Los prejuicios prolépticos derivados de las neurosis.

CAPÍTULO VIII. CREATIVIDAD ICÓNICA Y DESTRUCTIVIDAD IDÓLICA: EL CUERPO COMO LUGAR EMPÁTICO PRIVILEGIADO

 1. No solo instintos. 2. Una buena terapia para el cuerpo contra dos malas: la idealización y la banalización clausuradas en sí mismas (neuróticas).

CAPÍTULO IX. LA VUELTA A UNA NORMALIDAD DE REBAÑO: ¿EMPATÍA O ANTIPATÍA?

1. Normalidad de normalidades, y todo normalidad 1.1. Normalidad antropológica. 1.2. Normalidad sociológica. 1.3. Normalidad psicológica. 1.4. Normalidad política. 2. El resto es locura. 3. Sabiduría y locura. Rectificar la normalidad empática estúpida. 4. En favor de una empatía simpática.

 

 A LAS GENTES LÚCIDAS

Queridas gentes lúcidas, qué alegría saludarles.

Hoy por hoy, a la altura del primer cuarto del siglo XXI, dos grandes presencias se han hecho visibles por todas partes sacudiendo fuertemente al mundo, a saber, la catástrofe ecológica y la emergencia arrolladora de la mujer. Ambas constituyen en mi modesta opinión las características más importantes del siglo XXI, que apenas comenzado casi ha consumido ya un cuarto de sí mismo. Otras grandes cuestiones, de no menor importancia, siguen golpeando al presente siglo, aunque han pasado a segundo plano como si se tratase de cuestiones menores postergables y fácilmente resolubles, por ejemplo, el hambre, las migraciones, los terremotos humanos -humanomotos, diríamos-, la esclavitud infantil, o la explotación salvaje, entre otras. Tenemos vagas noticias de todo ello, ciertamente, pero asincopadas, marginalizadas, difuminadas, subterráneas, con sordina e hipoacusia, cavando y cavando tumbas a nuestros pies. No hace falta ser un gran profeta para anunciar que algún día pasará algo muy gordo en esa cavernología, y entonces será el escatológico llorar y crujir de dientes. Pero, como digo, de momento muy pocos se dan por enterados, si es que saben algo o quieren saberlo, y de esto último no estoy demasiado seguro. En última determinación es el viejo avestruz humano quien está en crisis.

Lo que ocurre con todas las crisis, ya sean pequeñas o grandes, es que, mientras sus espadas están en alto, las tensiones son cuando menos desagradables, y sólo cesan por apaciguamiento (victoria de la empatía), o por  destrucción (victoria de la antipatía). Tanto la una como la otra son patías, pasiones, ya se trate de pasiones hímnicas de victoria, o cardiopatías  de derrota. Lo propio de la pasión, ya sea buena o simpática, o  mala y antipática, es su tensión intrínseca.

Lo que queda fuera de estos márgenes y adopta el formato de pasión ociosa y distendida se parece mucho al no ser, propiamente hablando no es ya una pasión, sino un bonancible nirvana en la hamaca del no ser. Por lo demás, no ha existido jamás sueño menos realista que el de la paz perpetua, porque ella no pertenece a este mundo. Vivir sin pulso, sin latidos, no es vivir. Entre la estratosfera y la biosfera, todo es quitar y poner, hoy tesis pero mañana antítesis, por eso la felicidad tiene su asiento en el pasado o en el futuro, pero no en la fragilidad del ahora-hoy-aquí siempre amenazado, y en ese sentido no deberíamos olvidar demasiado pronto a Freud, es decir, al psiquiatra capaz de ayudarnos a convivir con toda la carga de inidentidad vírica que llevamos dentro, y que a veces funciona como bomba de relojería cuyo estallido se lleva por delante tanta vidas que podrían ser mejores.

Se lo diré de otro modo, mis amigas y amigos: no existe personalidad madura sin un cierto equilibrio, pero equilibrio tenso hacia adentro y hacia afuera; tensiones las tendremos siempre con nosotros, pero sólo los mejor dotados lograrán domeñarlas, articularlas, y dotarlas de un sentido superior: en eso consistiría una vida buena, cuyo ideal estriba en llegar a conocerse de tal modo a sí mismo y a los demás sin necesidad de psiquiatras ajenos, pues cuanto más carezcamos de autognostas o conocedores de sí mismos, más crecerá el  número de psicólogos y de psiquiatras, y tanto peor será su servicio cuanto más contaminados se encuentren ellos mismos de los males sociales cuya maldad reintroducen mientras dicen sanar (iatrogenia). Me duele en el alma haber comprobado que esta desgracia ocurre la mayoría de las veces entre aquellos mismos que tienen licencia para “sanar” o enseñar (¿ensañar?). Sinceramente, psicoterapeuta malo puede serlo cualquiera, aunque haya sido laureado académicamente por las brujas de Salem.

Por otra parte, no todo lo que se escribe respeto de la tensión buena, es decir, de la empatía, que tan de moda está, sobrepasa los niveles periodísticos, donde encontrar algo de calidad informativa resulta tan difícil como hallar una aguja en un pajar, digan lo que digan los propios medios de masa en su cerrada autodefensa gremial. De tal desinformación, tal opinión pública. Semejante desinformación acontece en cualquier ámbito: ¿cómo ignorar la falta de profundidad de la enseñanza en los centros educativos, donde el alumno medio resulta incapaz de procesar lo que se sale de los enfoques tópicos, o lo que presente algún tipo de dificultad? Quienes tienen una mínima información sobre la deplorable posición de la enseñanza de España en el entorno europeo saben que gozamos del dudoso privilegio de ser los mejores por la cola, eso sí, “sobradamente preparados”, sobradamente preparados para ser lo peor de lo malo, ubérrima sobranza excelente.

¿Qué semejante opinión no es imparcial? No pretendo ser el príncipe de la imparcialidad. Pocas cosas resultan más presuntuosas, me parece, que presumir de ser el canon de la equidistancia. El “imparcial” siempre será un personaje cómico de opereta, como también el neutral, neutrino o neutrón. No hay escuela neutral, ni yo lo pretendo para mí mismo, pues la realidad siempre está en crisis, empática o antipática, e incluso a la vez simpática y antipática, odioenamorada. Tensión es el nombre de la vida. A mayor calidad de vida más tensión, sea ésta de creatividad o de descreatividad. Los peces muertos “no nadan nada”; quizá porque “no trajeron traje”, son arrastrados corriente abajo como camarón que se duerme. Mientras estamos vivos, siempre nos encontramos amenazados por el anzuelo de la caña del pescador, dando con nuestras aletas en la cazuela. Pescador, cazador, rastreador, delator, matón, son cañas del mismo cañaveral. Cuánto furtivo, cuanta mentira furtiva para tanta escopeta de cañones recortados. Y cuán fácil es asesinar la verdad. Pero cuán hermoso es vivir para dar vida a la verdad, que a su vez da la vida, contra la mentira que mata.

Infinitas son las patías, admirados amigos y amigas admirables, ya en su forma de empatía o de antipatía. Pero entonces, ¿Por qué son tan desgarradoras las relaciones entre parejas, entre padres e hijos? Porque la dificultad da valor a las cosas, y ya se sabe que cuando el mejor amor degenera se convierte en el peor odio. La misma historia de la humanidad es al mismo tiempo una historia de amor inmarcesible, pero también de inhumanidad insoportable. El libro primero de la Biblia, el Génesis, ilustra la relación hombre/mujer (Adam) concretada en el varón Adán y en la varona Adama, el primero más violento que la segunda, la segunda más astuta que el primero: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú la herirás en el talón”[1]. Y no parece que las cosas hayan variado demasiado desde aquel día simbólico en que la serpiente repta y envenena con su lengua bífida de la verdadera mentira y el de la mentira verdadera.

La paradoja del mentiroso se extiende por doquier. Ulises, para salvar a su tripulación de la voracidad del cíclope Polifemo, “horrible monstruo, nada parecido al hombre que se nutre de pan, y sí al umbroso espinazo que sobresale señero en la cordillera”[2], recurre al ardid de ocultar a los suyos bajo el vientre de los carneros del rebaño, en la espesa nube de su vellón. Una y otra vez, el caballo de Troya entra cargado de engaños en todas las civilizaciones. A veces, ya en mi  incipiente torpeza visual que me acerca a la de Polifemo, poblados los ojos de dificultades, me veo casi tan impotente como Ulises tratando de salvar a sus argonautas del Cíclope que palpaba astutamente a  las ovejas al grito de “comeré a los otros en primer lugar, y a Nadie el último”[3]. El rebaño seguimos siendo nosotros, un todos que es nadie, y con más pretensiones de inmunidad cuanto más debilitado e inconsciente se encuentra. En medio de tantas odiseas, quisiera  ir concluyendo esta larga dedicatoria con la siguiente breve reflexión sobre la locura, por si tiene algo que ver con la humanidad.

Por lo general, dislocarse el cerebro está peor visto que dislocarse una pierna. Pero los hombres somos tan necesariamente locos, que sería otra especie de locura el pretender no serlo.  

La esquizofrenia es la madre de todas las locuras; ella alberga el resto de las enfermedades mentales; de ellas, la paranoia es más dolorosa por lo destructivo de su relación.

Se está loco porque la longitud de onda del emisor rebota en la longitud de onda del receptor. Locura es diálogo para besugos.

También se está loco por creerse superior a los superiores a uno. El más tarumba deviene para sí mismo la divina garza envuelta en huevo. Todo soldado lleva en su mochila el bastón de mariscal.

Quien está loco y lo sabe está menos loco.

Quien cree que está loco y no lo está, al menos para sí está loco.

Loco es el otro, y el más loco el que más lo cree.

El loco se pone el mundo por montera al creer que los locos son los demás.

Todo loco necesita un espejo. Nietzsche, el gran demente, nos dio la pauta al final de su trágica existencia.

La locura aumenta con la envida comparativa. A san Francisco le gritaban pazzo por su renuncia a la herencia de su hacendado padre; a Galileo le encerraron los “sabios”.

Locura del pueblo: Antes Barrabás que Jesucristo.

El poder enloquece. A mayor poder, mayor distorsión de la realidad.

La impotencia del no poder también enloquece, es la no entrada en la realidad.

El tonto es listo por la licenciatura, el listo es sabio por el doctorado, el omnisciente por el doctorado honoris causa. Ninguno por sí mismo.

Cada loco se reserva para sí el principio de inocencia; los demás deben demostrarla en los tribunales.

El loco es el único animal que instala la trampa, pone la carnaza, y mete en ella la pata.

No te acerques a una cabra por delante, a un caballo por detrás, ni a un loco carente de humor por ningún sitio.

Sabiduría y locura son una misma puerta giratoria, entras loco y sales cuerdo, entras cuerdo y sales loco, a veces te atrancas.

A veces estamos locos en casa y cuerdos fuera.

Locuras de juventud, memeces de vejez.

Quien piensa que el gozne o quicio de la puerta de la entera humanidad es él, está más desquiciado que la entera humanidad.

Quien supone que las puertas están para ser derribadas, es un loco peligroso porque abrirá las puertas de la desolación.

Quien defiende que una puerta únicamente está para abrir a otra puerta ha leído demasiado a Kafka.

Dime cómo usas las puertas, y te diré quién eres.

Todo animal rebañego, amparado en su potencia numérica, llama locos a quienes  van  en sentido contrario al suyo. Nosotros somos más, luego ellos son menos.

Dos locos amigos, unidos por sus conductas, se sienten cuerdos: la sabiduría es para ellos una locura compartida, dos enamorados trastornados por el mismo bebedizo.

Cuando uno es menos loco que otro, el menos loco es arrastrado por el que lo es más. Todos queremos ser el perro de arriba.

Se creen más cuerdos quienes concordan o concuerdan cuerdamente en la cordada de ascenso a la montaña, aunque vayan sin brújula y desnortados. Van todos, luego van. 

Cuando dos disputan, uno de los dos está peor que el otro.

Sería imprescindible diseñar un mapa de las dos locuras, la ajena y la propia.

Ninguna locura es semejante a otra. Hay zonas más locas que otras incluso en nosotros mismos.

El necio llama loco al sabio. La gente odia a los sabios.

Si te pasas de sabio estás loco.

El vulgo necio se niega a crecer, respaldado en su infalible omnisciencia: ¡el pueblo unido jamás será vencido, no nos moverán, etc! Bueno, ya les moveremos nosotros para que no se muevan…

El sabio es un loco sublime. Pero Grullo: dos sabios, dos locos sublimes.

Un rebaño de sabios es un rebaño sin sabios.

Locos egregios han sido los que han tenido razón veinticuatro horas antes que el común de la gente.

Solo los locos egregios  son sabios, pues se salen de la grey (e/gregios: han abandonado la condición rebañega).

¿Vale más sabio solo que mal acompañado? Un sabio sin compañía no es todavía un sabio.

A más sabiduría mayor dolor, mayor cansancio, mayor desgajamiento.

Los sabios no son de este mundo, porque en este mundo reina  la conjura de los necios.

¿Un millón de moscas comiendo mierda nunca se equivoca?

Quien dice no padecer algún desorden de carácter  es un pedante, antítesis del sabio.

El sabio no pertenece al genérico homo sapiens, cada sabio es un ángel que agota su especie, no hay dos como él.

¡Pobre del perfecto! Sabio es una cosa, perfecto es otra. Lo perfecto es lo concluido. Lo concluido no aprende. Luego lo que no aprende no es sabio. Hegel decía que ni Dios escapa a esta lógica, aun siendo el que más aprende. Estos filósofos locos…

No está tan clara la relación entre desmesura y locura. Lo único que no es una locura es el amor porque cuando es bueno nadie lo puede medir, y cuando es malo tampoco.

Locura es el sueño de quien está despierto, y por eso también locura es el fruto de la sabiduría que ama.

Nada hay tan bueno  que no pueda enloquecer: el amor es la prueba. Si no hay locura no hay amor, esa desmesura que por nada puede ser medida.

De todos modos, no hay nadie tan loco del que no pueda aprender algo el cuerdo, ni tan cuerdo que no pueda aprender algo del loco.

Y hasta aquí alcanza esta dedicatoria a los/las egregios por parte de un individuo que está tan loco que rechaza toda inmunidad si ella es de rebaño; que a pesar de sus filias y de sus fobias está empeñado en mejorar la especie humana en su propia persona; que sigue perdiendo tiempo y dinero cada vez que edita un libro como este. Y que desea fervientemente que exista un ser que nos ame desde siempre y para siempre, porque entonces, a pesar de todo, nuestra locura no morirá, pero vivirá amada. Así que, ¡loquitos y loquitas de todos los países, únanse!



[1]Gn, 3,15.

[2] Homero: Odisea, IX, 190-193.

[3] Homero: Odisea, IX, 369-370.

 


EMPATÍA Y ANTIPATÍA (I)




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