Lunes, 18 de Octubre de 2021
<<A la búsqueda de esa hora futura en la que la libertad sea protagonismo de los ciudadanos>>
Artículos - Sociedad - Sociedad
06/06/21

EMPATÍA Y ANTIPATÍA (II)


por Carlos Díaz


  1.   Sin Rubicón separador

 

El presente libro se inscribe en un contexto mundial fuertemente ideologizado y por ello muy excluyente, al punto de haberse convertido en pensamiento único ideológico. Pero una cosa son las ideas y otra muy distinta las ideologías, estas últimas son ideas deformadas y además muy resistentes, pero hasta el día de hoy inerradicables. En general las ideologías (del tipo que sean) comparten entre sí una misma identidad: ellas excluyen, rechazan, odian aquello con lo que están en desacuerdo, y exageran, magnifican, deforman aquello con lo que están de acuerdo, como si la verdad (o lo que nos parece tal) no pudiese descansar tranquila dentro de los límites de sí misma, es decir, dentro de los límites de la mera verdad. Esta desmesura de la verdad misma explica en el ser humano, animal ideológico, su violencia fundadora.

Pero odio y amor son una misma forma de energía, tanto que del amor verdadero al odio verdadero va el mismo paso que del odio verdadero al amor verdadero. Cuando dicho paso se franquea, entonces se ha cruzado un terrible Rubicón, y las personas más sensatas devienen las más insensatas. Ciertamente, entonces han dado un mal paso, el que va de la convivencia a la barbarie, la cual es siempre barbarie de “empoderamiento” por dejación de generosidad en la convivencia. Aunque ello no se reconozca, la ecuanimidad brilla por su ausencia en la historia y se expande y entra incluso en los santuarios que presumen de lo que carecen.

De las muchas ideologías que han asolado la convivencia, la ideología del nuevo empoderamiento femenino, replicante de la barbarie del viejo poderío masculino, tiende también, en tanto que ideología empoderadora, a establecerse como verdad absoluta, y por eso mismo en caballo ganador con derecho a revanchismo, ¡y ay de quien se atreva a contradecir al mito vigente en un universo poblado por mitómanos! Desde esta perspectiva, la historia de la humanidad es la historia de la infamia, en cuya noche de Walpurgis todos se dicen inocentes de la sangre derramada mientras la derraman, incluso cuando ya no saben que la derraman.

Pero una mujer sensata no quiere un párvulo como pareja, quiere un hombre, y si es una mujer competente quiere un hombre por lo menos tan competente como ella. Cosa distinta ocurre con las mujeres incompetentes y con los hombres débiles que intentan domarse recíprocamente. Existen tres géneros de orangutanes, las hembras, los machos dominantes, que cautivan todas las hembras, y los machos débiles, que morfológicamente parecen adolescentes y que, al no lograr aparearse, recurren a la violación en sus múltiples modalidades: sólo los perdedores recurren al poder para obtener más sexo del que pueden alcanzar. Pero esto afecta a los dos sexos, a ambos por igual. Ni siquiera Cristina de Suecia, la ilustrada reina discípula del fundador del racionalismo, Renato Descartes, pudo estar a la altura de la sabiduría, de ahí que escribiera a su sabio maestro francés: “Yo amo a los hombres no porque son hombres, sino porque no son mujeres. Ya ven cómo el racionalismo tiene sus límites, cómo nada puede llegar a ser tan poco razonable como un caballo desbocado, y cómo la razón pura puede llegar a merecer aquel airado venablo de Lutero: ¡hure Vernunft, razón puta.

Pero una mujer libre es justo lo contrario de una mujer fácil; si alguna mujer aspira a comportarse como un hombre es porque carece de ambición y se estima en poco a sí misma. Como dice el chiste machista -casi todos los chistes han venido siéndolo-, si tanto teme envejecer, que se case con un arqueólogo; cuanto más vieja se haga, más encantadora la encontrará. Sin embargo, lo verdadero es que para el hombre que tuvo buena madre deberían ser sagradas todas las mujeres, y para el que tuvo un buen padre deberían ser sagrados todos los hombres. A falta de ello, “con fatalismo no podemos sacar adelante ninguna reconstrucción espiritual. Debemos superarlo. Y para eso deberíamos tener en cuenta una cosa: que ni con un optimismo barato ni con un pesimismo radical vamos a salir del atolladero. Ya no creemos sin más en un progreso puro y simple, en una evolución superior de la humanidad como si fuera algo que pudiera producirse de suyo. La fe ciega en el progreso automático ha pasado a ser una ocupación del espíritu del provinciano burgués satisfecho, y hoy esa fe resultaría reaccionaria. Ya sabemos de qué es capaz el ser humano. Y, si existe una diferencia fundamental en la manera de entender entre los tiempos pasados y los actuales, sería que antes optimismo y pesimismo se daban la mano, mientras que hoy en día el activismo tiene como presupuesto un pesimismo.

Al pensar que solamente existe el progresar interior de cada individuo aislado, pero que el progreso universal consiste a lo sumo en un progreso técnico, sólo estamos comportándonos como pesimistas, pues ¡cuán inmutable tendría que ser la fe en el sentido de la vida para evitar que también ella sea mutada por semejante escepticismo, cuán incondicionalmente habremos de creer en el sentido y el valor de la existencia humana para que esta fe resulte también capaz de conllevar y soportar ese escepticismo y ese pesimismo! Pues todo lo dicho acontece justamente en una época en la que cualquier idealismo, cualquier entusiasmo respecto de lo humano, vive una decepción enorme después de haber sido muy mal gestionado.

 

2. ¿Y las jóvenes generaciones?

Y, puesto que no en las viejas, tendríamos que buscar en las nuevas el idealismo y entusiasmo rectificadores, pero a estas alturas la mayoría de ellas carece ya de modelos. Las personas modélicas que dichas generaciones hubiesen podido conocer fueron metidas en la cárcel en su época, emigraron, se cansaron, o se volvieron  bastante miserables, todo hay que decirlo[1]. No hay  cosa más difícil que mantener en alto el pendón de la utopía cuando los demás santos ya no van marchando. Desgraciadamente, los seres humanos modélicos, aquellos que podrían arrojar la primera piedra contra la sinrazón, se encuentran en minoría, pero es precisamente por eso por lo que esos pocos singularizan la despreciada responsabilidad. Estamos en un cambio de la historia, en un giro de la época, a pesar de los esfuerzos del Gatopardo para que todo cambie de modo que cuanto más cambie más continúe. De todos modos, una bien conocida leyenda hasídica judía asegura que la existencia del mundo descansa en cada época sobre los hombros únicos de 36 seres humanos verdaderamente justos. ¡Sólo sobre 36, una minoría que además no lo pregona! Y, sin embargo, ella garantiza la permanencia de todo un mundo. Pero este mito nos enseña todavía más: tan pronto como uno de estos justos es reconocido como tal por su entorno, por así decirlo por sus prójimos, entonces desaparece, es retirado, y luego tiene que morir instantáneamente. ¿Querrá esto decir que cuando el rostro se convierte en rostro público político, ya deja de ser justo? Eso al menos le pareció a Martin Buber y a Elie Wiesel. También lo supo bastante bien Víktor Frankl (que para mí, junto cn los anteriores, forma la triada santa judía) desde su experiencia en Auschwitz y en otros tres campos de concentración, por eso nos resultan tan interesante su enseñanza: “¿Qué se desprende para nosotros de lo dicho hasta aquí? En primer lugar, que todo radica en la singularidad de cada uno de los seres humanos, con independencia en cualquier caso de que sean escasos los animados por los mismos sentimientos; y, en segundo lugar, que, creativamente, de hecho y no con meras palabras, el sentido de la vida se realiza en el ser propio de cada cual. Por eso únicamente cabe tratar de oponer a la propaganda negativa de los últimos tiempos, a la propaganda del sin sentido, una propaganda que en cualquier caso debe ser individual en primer lugar y activa, pero a la vez comunitaria. Sólo de este modo puede resultar positiva. La vida es un gran compromiso con el deber. Ciertamente existe también en la vida alegría, pero ésta no puede ser querida en cuanto tal, ella debe encontrar su acomodo sobre todo por sí misma y producir como resultado una cierta felicidad: ella ni debe, ni desea, ni puede nunca ser una meta, sino solamente un resultado, precisamente el resultado de la consecución de aquello que en el poema de Tagore se llama deber y que más tarde de alguna manera nosotros habremos de esforzarnos por llevar a término en concreto. En todo caso, cualquier esfuerzo del ser humano se malogra en la medida en que busque una felicidad caída del cielo que nunca se deje atrapar. La puerta de la felicidad abre hacia fuera, lo cual significa que se cierra precisamente para quien busca impetuosamente la felicidad, es decir, para quien intenta forzar la puerta de entrada hacia ella.

         En última instancia resulta falsa la pregunta por el sentido de la vida cuando se plantea en la forma habitual, por lo cual ha de replantearse como sigue: ¡nosotros no podríamos preguntar por el sentido de la vida, la vida es la que plantea preguntas, la que nos dirige preguntas, nosotros somos los preguntados! Somos nosotros quienes tenemos que responder, los que tenemos que dar respuesta a la cuestión permanente, de hora en hora, a las cuestiones de la vida. El mero hecho de vivir no significa en sí mismo sino ser preguntado, todo nuestro ser no va más allá de un responder, de un dar respuesta a la vida. Con semejante disposición mental ya nada debe ahora asustarnos, ningún futuro, ninguna aparente ausencia de futuro: ahora todo es presencia, pues cobija las cuestiones eternamente nuevas de la vida en nosotros. Ahora se trata de lo que en todo caso se espera de nosotros. Desde esta perspectiva preguntar por el sentido de la vida ha de parecernos tan ingenuo como la pregunta del reportero que entrevista a un campeón mundial de ajedrez preguntándole: ‘respetable maestro, dígame, ¿cuál es para usted el mejor movimiento?’. Pues ¿acaso hay uno solo, un solo movimiento que pudiera ser no sólo bueno, sino incluso el mejor, y en todo caso al margen de una situación del juego concreta y totalmente definida, al margen de una posición concreta de las figuras sobre el tablero? No menos ingenuo, aunque igualmente conmovedor, me resultó aquel joven que hace muchos años me interrumpió un día, antes de que yo comenzara a pronunciar una pequeña charla en algún lugar sobre el sentido de la vida. Sus palabras fueron más o menos las siguientes: ‘Oye, Frankl, sé bueno conmigo, esta noche estoy invitado en casa de mis futuros suegros, tengo que hacerlo sin excusas y no puedo quedarme a tu charla; sé tan amable y dime corriendo: ¿qué es el sentido de la vida?’.Lo que pueda esperarnos, esa concreta exigencia de cada hora puede manifestarse de diversos sentidos. En su concreto círculo existencial cada ser humano resulta insustituible e irreemplazable. Las tareas que a cada uno le ha puesto por delante su vida únicamente debe realizarlas él, y es exclusivamente él quien queda obligado a llevarlas adelante por sí mismo. No infravaloramos las dificultades económicas, ‘primero viene comer, y luego la moral’. Sin embargo, carece de sentido pensar sólo en comer. Pues nosotros hemos tenido la vivencia de que el ser humano también está sinceramente dispuesto a pasar hambre tan sólo con que el hambre tenga un sentido. Damos sentido a la vida trabajando, pero también amando y, finalmente, sufriendo. Pues, en la forma en que un ser humano toma postura ante la limitación de sus posibilidades de vida en lo referente a su actuar y a su amar, en la forma en que se comporta ante esa limitación y asume sobre sí su sufrimiento ante esa limitación tomando la cruz sobre sí, incluso en todo ello puede ese ser humano realizar valores”[2].

         Esta afirmación la suscribo enteramente, y además me parece imprescindible para  dar sentido positivo a la tensión en la relación hombre-mujer.



[1] Frankl, V: A pesar de todo, decir sí a la vida. Tres conferencias. Traducción de Carlos Díaz. Plataforma Editorial, Barcelona 2016, p. 31.

[2]Ibi, p. 72.


EMPATÍA Y ANTIPATÍA (II)




laHoradeMañana
portada
artículos     Editorial    Política    Economía    Cultura    Sociedad    Ciencia y Tecnología    Educación    Religiones    Medioambiente    Deportes    Palabras y frases escogidas    Entrevista   
informes
autores
videogaleria
contacto

INAUCO, "Autogestión, Cooperación, Participación"
Director: Antonio Colomer Viadel
ancovia@urb.upv.es
www.upv.es/inauco

Instituto Intercultural para la Autogestión y la Acción Comunal, UPV Camino de Vera s/n [Pabellón K-8], CP 46022, Valencia, España
Web creada por 3design.es
Solicitamos su permiso para obtener datos estadísticos de su navegación en esta web, en cumplimiento del Real Decreto-ley 13/2012. Si continúa navegando consideramos que acepta el uso de cookies.
OK | Más información