Lunes, 18 de Octubre de 2021
<<A la búsqueda de esa hora futura en la que la libertad sea protagonismo de los ciudadanos>>
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21/06/2021

EMPATÍA Y ANTIPATÍA (III)


por Carlos Díaz


  1. Reputada como grandísima puta

 

También en este terreno de la mujer la hipocresía se ha convertido en una moneda que unas veces es de circulación legal y que otras veces funciona como excitante criptomoneda. Se trata de algo que ocurre cada vez que nos enfrentamos al rostro de otro ser humano, que como el de Jano por una cara ríe y por la otra llora.

 Sea como fuere, lo cierto es que –no solamente en el contexto latinoamericano “descubierto” por la mirada redonda del cuervo español- todavía causa vergüenza y horror contemplar el abuso del machomán sobre la hembrawomán en todas y en cada una de las manifestaciones de la vida cotidiana. El  macho alfa puede sin duda ser designado como animal ginéfobo, pues realmente trata a la mujer como a un objeto de persecución y de cacería presumiendo de priapismo y de hipertrófica  genitalidad. La situación ha llegado a ser tan densa y tan extensa en estas desgraciadas latitudes, que en muchas ocasiones no se es siquiera consciente de ello, aunque no decimos esto como argumento exculpatorio de esa brutalidad omnipresente. No hay reunión de machos donde el arte venatorio no haga rápido acto de presencia. Los chistes, las risitas, las segundas intenciones, lo que aquí se denomina el albureo, no pueden faltar en el imaginario social de los más avispados, ni siquiera en el de los más torpes alcoholizados que terminan dando tumbos en cada fiesta con la botella de tequila en la mano.

Lisa y llanamente, lo que el macho comete con la hembra podría ser calificado de antropocidio, y no solo por las decenas de muertas que cada mañana aparecen violadas y descuartizadas en los sonoros desiertos que rodean a Tijuana en medio de la más absoluta impunidad. Algo tan humillante y tan sórdido también en el terreno de lo cotidiano, que en la mayoría de los estratos sociales tercermundistas, y no tan sólo, hasta la fecha, la mujer debe pedir permiso para todo, incluso para salir de casa a determinados lugares al hombre-macho y gallo del corral, cuya expresión favorita sigue siendo el aquí sólo mis chicharrones truenan. El hombre se emborracha por costumbre, no solamente durante los fines de semana, pega a la mujer tremendas golpizas, cubre de infidelidades sin límite a su pareja, se burla de ella, la cosifica y ridiculiza, y todo eso son pecadillos menores a la luz de la mayoría de la población. Si la mujer adoptase esas mismas pautas de comportamiento con la misma frecuencia e intensidad que su “guardaespaldas” varonil, pobre de ella: sería reputada como una grandísima puta.

El hombre es el hombre, el galán de los mariachis rodeado de gallinas ponedoras, el jefe de rancho. El hombre controla el dinero, y su mujer recibe si acaso de él algunas migajas “para sus gastos” a cambio de abrir las piernas en compás cada vez que así lo dispone su proveedor, y eso en el caso más favorable de que el hombre traiga a casa alguna lana en lugar de haberla despilfarrado en sus parrandas polígamas. La agresividad, la fanfarronería, las infinitas licencias que se permite ese individuo sobre las mujeres, sobre ellas en general y sobre la suya en particular, deberían causar vergüenza e indignación, y lo peor es que, a pesar de todos estos pesares, tamaña situación parece llamada a perpetuarse como si tal cosa. Al menos hasta el día de hoy.

La enorme cantidad de madres solteras es uno de sus resultados colaterales. Tampoco ignoro que muchas veces todo ello se lleve a cabo con la estúpida complicidad de las mujeres más o menos descerebradas y parásitas. A un hombre que hace hijos por donde va pasando para inmediatamente abandonarlos la ley le tolera eso y mucho más, empezando por no hacerse cargo de ellos, costando Dios y ayuda hacerle pagar algún tipo de pensión para la manutención de su prole, entre otras cosas porque los jueces mismos -inclasificable canalla- minimizan y rechazan esta violencia porque ellos mismos forman parte de esa misma realidad. Y, lo que es peor, demasiadas mujeres están apagadas, resignadas a este estado de cosas, e incluso llegan a ver con toda naturalidad que una madre pueda ser padre y madre como si tal cosa, es decir, como si los hijos e hijas no necesitasen del referente paterno. De ahí el matriarcalismo fáctico de nuestros pueblos, que pretende compensarse con un culto hiperdúlico o exagerado a la madre. Mi madre sí, la mujer no. Sólo mi madre es santa y pura, y el resto basura: pensamiento preconvencional.

 

2. A mí me jode Rigoberta Menchú, ¿empatiza usted conmigo al respecto?

 

Así las cosas, ¿qué significa en esta situación la nueva ideología de género? También en este terreno quisiera ser muy libre desde el primer momento, aunque ello sea a riesgo de contradecir palmariamente lo que también comienza a ser en los países tercermundistas y prepolíticos algo políticamente correcto.

En efecto, creo sinceramente que la ideología de género, a pesar de sus buenos deseos, no deja de ser un nuevo género de ideología que hasta el presente no ha basado su pujanza en favor de las mujeres, pues viene adoptando pautas de conducta viriloides del quítate tú macho, que me pongo yo hembra, una hembra beta derivada del macho alfa. Gusta también mucho al ultrafeminismo emergente el sillón calentito del poder, los secretariados, los comisionados, los vuelos internacionales, la fama, los peluqueros, el renombre y el bombón glasé. No pierden, desde luego, las tales “feministas” la oportunidad de acaparar una sola de las subvenciones nacionales e incluso internacionales que el poder debería hacer llegar a otros ámbitos igualmente o más desprotegidos aún que el de las mujeres, como por ejemplo el de tantos ancianos y tantas ancianas maltratadas, tantos y tantos niñas y niños de la calle, y tantos y tantos colectivos para los que no hay un solo gesto de misericordia. Defienden, en fin, por no hacer el cuento demasiado largo, su empoderamiento dando la espalda al debilitamiento de lo que no sea su propio “genero”. Realmente fantástico, qué originalidad. Era su turno en la carnicería. Es su derecho, no hay más que hablar, el pueblo ha hablado, el pueblo ha clamado, el poder ha declamado.

Y, por supuesto, qué reaccionario eres, doctor Carlos, porque dices estas cosas indecibles, maldito gachupín. Vives al margen de la historia y de los signos de los tiempos. Eres lo mismo que los payos, que no soportan a un gitano saltándose la cola porque eres un racista. 

Aquí, en nuestro continente latinoamericano, nada causa más estupor que el acceso a las élites de personajes tan funestos como -por poner un par de ejemplos como la superladrona “maestra” sindicalista de cuyo nombre no quiero acordarme, aunque no puedo olvidarlo, Elva Ester Gordillo, o la superseñorita Rigoberta Menchú, una avispada premio nobel de la paz ennoblecida y enriquecida a la que ni en su propio país, Guatemala, pueden ver ni en pintura, y con la cual he tenido que comer en un simposio internacional, ambos acompañado por el expresidente de la república mexicana Vicente Fox, según detallo en mis Memorias de un escritor transfronterizo[1]. Para ella, como para Diego Armando Maradona, también la revolución ha sido la mano de Dios después de su vertiginoso ascenso desde el abatido campesinado a la alianza cumbre con los poderosos y a la vida burguesa de los más enriquecidos. Su Fundación es una miserable tapadera, como tantas y tantas otras Fundaciones de los enriquecidos a costa de los empobrecidos.

Y díganme que pasa con esas nuevas generalas “empoderadas” de los ejércitos machistas, feministas a carta cabal que han accedido al estrellato de las armas y de las guerras: ¿les parecen a ustedes de verdad muy dispuestas a proponer la abolición de los ejércitos, la renuncia a la compraventa de armas, a la sinrazón cuartelaria? A mí no, desde luego, aunque se propongan hacer la guerra con mucho amor, o el amor con mucha guerra, ya se sabe, chi fa l’amore non fa la guerra… Y ¿creen ustedes que las economistas poderosas que por su parte se han abierto el camino hacia los consejos de administración y las presidencias bancos poderosos y de empresas multinacionales, de bancos o de instituciones internacionales, van a ser capaces de arriesgar sus cargos por proponer la superación de las escandalosas formas de explotación de los pobres de la tierra? Yo no lo creo ni en lo más mínimo, ni hay quien compre esa mercancía podrida por la cabeza, ya sea cabeza o cabezo.

Pero la ideología de género debería defender al género humano, a la especie humana compuesta por varones y varonas, por hombres y por hembras. No hay un género masculino como tampoco hay un género femenino, somos el género humano. ¿O tendremos que reinventar la lógica?

Obviamente, esta ideología de género se asienta en terreno firme porque la mujer ha venido compartiendo la misma ideología del hombre y sus mismos esquemas de dominación, como no podía ser de otro modo. Por eso cualquier esfuerzo por la liberación de las mismas conductas de unos y de otras ha de ser apoyado y asumido como cuestión prioritaria por la humanidad misma.

 

3. México lindo y querido

 

Escribo este libro a caballo entre España y México, conforme a la vida que he decidido vivir desde hace años, lo cual me da la posibilidad de entender comparativamente dos continentes y, si se me permite lo que a muchos les parecerá una inmodestia no siéndola en absoluto,  entender también mejor la complejidad de los hechos y de las vivencias de los micromundos. Ojalá pudiera acampar con mi tienda en el mundo entero, en cada uno de sus continentes, para entender mejor todos los contenidos. Pero no soy Dios.

Aquí en México, como en demasiadas otras partes del mundo, recibimos las gentes de la calle, pese a todos los pesares y a todas las propagandas verticales, con no poco desagrado y ambigüedad lo poco de lo que se nos informa. A los latinos en general, aunque parezca lo contrario, no suelen convencerles demasiado las ONG’s que desde sus parámetros norteamericanos y norteeuropeos en general vienen a “redimirles” de su brutalidad con sus poderosas “ayudas” económicas y a “reeducarles” con ese adoctrinamiento deshumanizado tan típico de las dirigencias mundiales. Por cada pozo de agua abierto para calmar la sed de los indígenas africanos, un pozo de petróleo abierto para calmar la sed de oro negro por parte de los aguadores, algo que suele denominarse y aplaudirse como comercio justo.  Dicho una vez más y de una vez: lo más enervante es que los “salvadores” creen a pies juntillas en lo que hacen, dado que su cultura es superior, al amparo del siguiente polisilogismo: si lo que es bueno para la General Motors es bueno para los norteamericanos yanquis, lo que es bueno para la General Motors de los yanquis es bueno para la humanidad.

Porque a ellos, al menos a algunos de ellos que no suelen ser los menos lúcidos, lo que les da igual es que ellas o ellos, her o his, suban al poder y se empoderen de los poderes de los empobrecidos; lo que les encantaría sería que ya nadie se suba nunca más al poder sobre los escalones de aquellas gentes tan ninguneadas, tanto que en sentido estricto no son nadie socialmente hablando, a pesar de que sean grandes mayorías. Les da lo mismo que los perros de caza del capitalismo sean galgo o galga, podenco o podenca, lo que desean es que no haya cacerías humanas.

Ya hubo demasiados laboratorios y demasiadas alquimias de diseño cortadas por el patrón del american way of life. Sin embargo, hasta la fecha todavía está eternamente pendiente e irrealizado el personalismo comunitario. Con él proclamamos que estamos hartos de feminismo posmoderno y de machismo premoderno que permite que todo cambie para que todo continúe, olvidando que el lema de la humanidad es libertad, igualdad y fraternidad, algo completamente inédito.

Aquí, en México, la verdad sea dicha, lo mismo que en el contexto latinoamericano en general, aunque no solamente en este continente, apenas sin excepciones la lucha por la verdadera liberación de la mujer va a ser muy larga y demasiado dolorosa. Para ello tendrán que superar ambos, hombre y mujer, la mutua ignorancia que les une, en algunos casos su analfabetismo, especialmente en Centroamérica, dada su carencia dolorosa de formación profesional y académica.

Y tendrán así mismo que cambiar radicalmente, no sólo un poquito sino radicalmente, de actitud antropológica los pueblos indígenas acostumbrados a la sumisión a que les sometemos los mismos criollos, incluidos los hipócritas criollos académicos y los rateros criollos políticos y financieros que desprecian a las indígenas que trabajan para ellos como cridas a cambio de nada prácticamente, y a los indígenas les revientan trabajando a cambio de un salario vergonzoso que no da ni para comer.

Tendrá esta humanidad que enfriar la violencia y la matazón del negocio de la droga, de la cual -la verdad sea dicha, sin paternalismo- son los consumidores los primeros responsables: los drogadictos son drogadictos voluntarios, y sin drogadictos voluntarios no habría negocio de la droga, y por consiguiente ni juna sola bala más. La droga dejará de causar problemas cuando no haya un solo consumidor, algo imposible porque con el curso del tiempo ocurre lo contrario: que cada vez es más frecuente la existencia de consumidores más jóvenes. Tendrán los consumidores de esa mierda que entusiasmarse con la vida misma y luchar por dignificarla, pues desgraciadamente a los drogadictos la vida no les parece argumento existencial suficiente, porque ni siquiera conocen la escala de valores capaces de ofrecer un horizonte de sentido vital por el que luchar a fondo. Sin que esto signifique -va de suyo- exonerar de su parte de culpa correspondiente a los cárteles y también a los que venden al menudeo, pues tampoco habría cárteles sin menudeo. Y, por supuesto, a los narco-Estados. Aquí, como en todo, que cada palo aguante su vela.

Tendrá que darse una generación de maestros cercanos, y no de líderes de negocios para disminuir a los liderados. No liderazgo, sino magisterio. Está por ver quién pone a flote ese tipo de cultura para el hombre nuevo. Tendrá la sociedad entera que erguirse, enderezarse, vitalizarse, y luchar. Tendrá que abrazar las leyes de virtud contra el predomino del quien no transa no avanza.

Tendrá que repensar y que rehacer muchísimas cosas de sus penosas tradiciones y culturas, sin las cuales ni el mejor de los presidentes posibles logrará alterar el orden vicioso en que las cosas suceden como si nada pasara, mientras las unas arrastran a las otras. Me temo que, con demasiada frecuencia, la cultura mexicana comience a parecerse demasiado a la cultura antropófaga, la cual cultura no parece lo suficientemente buena para los cocinados en la olla.

Está todo por hacer, por hacer ya. Este libro es una pequeña aportación al respecto. Yo, como varón in finibus mundi positus, con un pie en cada estribo, también tengo que hacer todo eso, si no quiero pasarme la vida entonando el mea culpa sin intentar cambiar, o culpabilizando a todo el mundo a mi alrededor. Eso sería más de lo mismo de lo mismo de lo mismo.

 

4. Fuiste tú

 

Las presentes páginas responden a mi experiencia terapéutica. Gracias a ella puedo hablar empáticamente en primera persona del sufrimiento de mis pacientes, es decir, de las mujeres maltratadas y vejadas por sus propios esposos o por sus propias parejas de hecho, pero también de los hombres maltratados y vejados por sus propias esposas o por sus propias parejas de hecho. Es a partir de esta experiencia desde la cual me ha resultado más completo el estudio y el análisis de los hechos, donde las víctimas no son única y exclusivamente las mujeres. Seguramente de mucho de lo negativo que les ha pasado a ellas y a ellos son ellos y ellas los responsables, aunque dicha responsabilidad pueda y deba extenderse a la sociedad entera.  Y lo común, sin embargo, es que ellos y ellas coinciden en culpar a la pareja, diciendo del tú lo que el tú dice de su yo. Cuando la expareja dice de mí exactamente lo que yo digo ella, algo pasa. Los hombres, monos desnudos, y las mujeres, monas vestidas de seda, seguirán asidos con sus manos prensoras al árbol del mal.

Quiero, al llegar al final de este ya demasiado extenso capítulo exponer ante ustedes, señoras lectoras y señores lectores, una cierta incertidumbre procedente de mi propia reflexión autocrítica. Vaya por delante que no me extrañaría lo más mínimo que los prejuicios sociales, con sus correspondientes estereotipos, llevaran a algunas/algunos de ustedes a considerar algo, poco, o muy prejuiciosas las páginas siguientes. Prejuicios y estereotipos son comunes a la entera humanidad, y eso sí que resulta una verdad universal: la verdad de la recíproca deformación a que nos sometemos o deberíamos someternos. En Latinoamérica los europeos nos parecen frecuentemente ser lo que no siempre son, y en Europa lo mismo suele ocurrir con respecto a los latinoamericanos. Son males que suelen arraigar en casi todas las latitudes y en casi todos los corazones. De cualquier manera, el asunto es muy delicado, pues el victimismo, por lo demás, no conoce distinción alguna entre hombres y mujeres, y nadie podría creerse en la posesión de la verdad absoluta.

En el caso concreto de este libro, hablar de mujeres victimadoras sonará en Europa -en la medida en que he podido informarme bibliográfica y personalmente in situ- como algo violentadoramente machista, falsario, irreal, desde luego como una exageración válida únicamente para unos pocos casos individuales varoniles. Con eso cuento de antemano, puede comenzar la lapidación. Y, precisamente por eso, es por lo que me consideraré bendecido por su paciencia y agradecido por su respeto si mantienen la lectura de estas breves páginas hasta el final sin aprioris proyectivos. Nadie lo sabe todo por el color de su raza ni por su monto munerario. Obviamente, de las conclusiones que los demás puedan extraer sobre lo escrito por este pobre pecador, nadie es en absoluto responsable.

 

5. Aquel nieto sabio, de nombre Carlos Marx

 

Pero la autocrítica a que me someto es de otra naturaleza, tal vez no menos profunda. A saber: ¿y si resultara al fin y al cabo que esto de las disimetrías adversarias entre hombres y mujeres no fuera en el fondo sino una misma manifestación, una manifestación más de la lucha misma por la vida, en la cual rige la consabida ley darwiniana según la cual los más fuertes dejan atrás a los más débiles, de tal manera que la violencia del hombre sobre la mujer y de la mujer sobre el hombre no fuera sino una cortina de humo de la cultura tanática, donde lo único que vence al final sería la muerte de todo y de todos y todas, en lugar de llevar adelante el apoyo mutuo y la empatía solidaria?

Pero además ¿y si el hombre no fuera tan fuerte como él se cree, siendo la ideología de género uno de los síntomas de esta superación compensatoria que ya está amaneciendo en nuestros días?, ¿cuál habría de ser en ese caso su nuevo programa educativo?, ¿cómo habría de liberar la hembra, desde semejante perspectiva, a la humanidad sin concurso varonil? Porque en mi opinión negar al macho no es argumento suficiente como para afirmar a la hembra, a menos que tengamos que rectificar los derechos humanos para afirmar que las hembras son superiores a los machos por el hecho de ser hembras. Luego, una vez definida de este modo la superioridad ontológica de la mujer sobre el hombre, ¿por qué  no suponer otra superioridad, la superioridad de la ética femenina y de una sociología del mismo signo respecto de la masculina, a fin de dar de este modo la vuelta definitiva a la tortilla sin huevos?

Y, sobre todo, habiendo llegado a alcanzar los límites tolerables la fisura her-his, una vez cumplida la profecía de Nietzsche según la cual los débiles debenperecer y ser excluidos de la faz de la Tierra, ¿podría ser el hombre nuevo el resultante evolutivo de la neomujer dominante, de esa Amazona valiente y de un solo pecho, sin necesidad de una nueva humanidad incluyente reconciliada?, ¿y por qué no podría servirnos de modelo al respecto el hombre nuevo de silicio, para dejar atrás tanta endíadis, tanta animadversión, tanto desencuentro?

No pocos de los argumentos que pasamos a describir a continuación en este libro nuestro parecen remitir al libro del Génesis, donde se relata el origen de Adam, es decir, de la humanidad, y no solamente de Adán, varón y varona, él costilla de ella, o ella costilla de él… Eva sigue siendo astuta y Adán sigue siendo bruto, y ambos una misma humanidad híbrida, resistente pero estéril, mitad humanidad y mitad inhumanidad de ambos: mitad de inhumanidad masculina cuando nos fijamos exclusivamente en la acusación de Eva contra Adán (“él me obligó”), mitad de inhumanidad femenina cuando nos fijamos en la acusación de Adán contra Eva (“ella me sedujo”). Permítanme que les recuerde a este respecto otro muy aleccionador relato de la tradición jasídica judía, en el cual aparecen como protagonistas Adán y Eva desterrados y afligidos después de la comisión de su pecado de origen. Escenario: una barda vigilada por ángeles con espadas flamígeras que hacen guardia a fin de que los afuera desterrados Adán y Eva no regresaran jamás al Jardín del Edén tras su expulsión. Y, como deuteragonista, un avispado nieto de ambos, que propone a sus abuelos el siguiente plan maquiavélico: “Ustedes, abuelos, siempre están añorando aquel tiempo pasado en el cual dicen que vivían al otro lado de barda, del que aseguran no saber transmitirnos oralmente su enorme belleza porque  les faltan palabras para designar algo tan distinto, pero de lo que siempre andan cuchicheando entre ustedes. Yo tengo el siguiente plan para entrar nuevamente al Paraíso. El plan que les propongo es muy sencillo, si me ayudan: ustedes me aúpan sobre sus hombros, yo salto la barda, robo unas semillas del árbol de la ciencia y otras tantas del árbol de la eternidad, regreso con ellas y las plantamos aquí fuera, donde ahora estamos. En este valle de lágrimas vuelven a crecer esos árboles únicos, el de la ciencia del bien y del mal, y el de la inmortalidad, y de este modo reproducimos fuera del paraíso la vida paradisíaca que dicen ustedes había en su interior. De este modo, nunca más volveríamos a morir, y nunca más volveríamos a ignorar cómo comportamos ante Jahvé para de tal modo recuperar la felicidad perdida[2].

Aquel nieto sabio, también judío descendiente de judíos, Carlos Marx, era justamente ese nieto, que estaba proponiendo ni más ni menos que rehacer el cielo en la tierra en una renovada comunidad idílica y exenta de rivalidades. ¿Por qué su plan iba a resultar mal? Una vez llevado a cabo, la humanidad inmortal (por comer del árbol de la eternidad) y sabia (por comer del árbol del saber) podrían codearse con el Creador dándole algunas lecciones sobre el paraíso comunista que habría de sustituir al viejo celeste. Paraíso en la tierra. Colorín colorado.

¿O será que no tenemos remedio?, ¿será que no tenemos remedio si solamente tú no tienes remedio? Intenté en otro libro anterior dar cumplida respuesta a estas preguntas, pero un escalador vuelve siempre a la montaña de sus primeras escaladas, sobre todo cuando ya no tiene fuerzas para subir más alto

 

6. Desde Tijuana, transfonterizo

 

Escribo estas páginas desde la ciudad de Tijuana, un palmo después de la cual está el Paraíso en la Tierra, al menos para tantos Adanes y tantas Evas, que se arriesgan a perder todo, comenzando por sus propios hijos, y a destruir sus propias familias, a cambio de una manzana. Pegado a la cremallera erigida por la Mister bestia rubia llamada Trump y por sus tramposos acólitos, desde aquí intento en estas fechas impulsar la militancia de las personas, de la persona hombre y de la persona mujer, sin mujerismo ni hombrismo, sin  andar contando las patitas al ciempiés de los interminables géneros sexuales, ni de las diferencias dentro del arco iris, tantas y tan líquidas que no hay manera de saber ya lo que uno lleva entre las piernas sin ayuda de una buena computadora, dicho con todo el respeto del que deseo ser capaz.

La ideología de género emergida de los abismos ha llegado a ser tan abrumadoramente dominadora en Europa, y ya cada vez más en Latinoamérica, que hasta los viejos machistas de toda la vida parecen ahora apuntarse a dicha ideología de género como almas que lleva el diablo, travestidos para no ser puestos bajo sospecha de machismo, como si hubiesen introyectado que ser varón conlleva una intrínseca perversión patológica. Los mismos verdugos de ayer llevan ufanos las pancartas (las “mantas”, decimos aquí) y se apuntan a las manifestaciones de las todavía masacradas. Valiente cobardía la de estar siempre en la cresta de la ola, y valiente ignorancia por no saber que se ahogan, que el ego ahoga. He ahí de forma palmaria el miedo del varón hoy domado que ayer fue domador. La cobardía no conoce géneros, ni es patrimonio de sexo alguno. La ayer gatita doméstica va deviniendo hoy feroz felina, pero todo el mundo cazan ratones, no importa si son gatos negros o gatos blancos, lo importante es que cacen. Resultado:

- Se está enviando un mensaje devastador y paralizante. Se les culpa por el mero hecho de ser hombres.

- Se está culpabilizando a los padres por no saber serlo, por estar de más, en definitiva.

- Se está intentando convertir las mujeres en hombres y a los hombres en mujeres.

- Se está imponiendo la idea de que la jerarquía es una construcción social del malvado patriarcado occidental frente al matriarcado idílico.

- Se está negando la biología con sus correspondientes diferencias macho-hembra para poder moldearlas sin molde (¿acaso el género femenino reemplaza al género humano compuesto de ellas y de ellos, her y his?)

- Se está ofertando un lenguaje nuevo para controlar el terreno semántico, pues quien controla el control semántico gana, sin que por el momento se hayan alzado demasiadas voces contra quienes destrozan la gramática.

- Se está metiendo miedo; casi nadie se atreve a contravenir el relato feminista por pánico a ser linchado por la turba desmadrada o por un comité de ética estatal. Así se pone en el punto de mira del disparador a quien se atreve a denunciar el paso del terrorismo masculino al femenino.

- Se está exigiendo a la vez expresión sexual ilimitada y seguridad absoluta.

Tengo que reconocer, en fin, que mis simpatías como persona se inclinan básicamente hacia la mujer como persona, y que cualquier revancha de la mujer se la tiene bien merecida el hombre, un animal predador a la altura de los peores animales. Pero tengo al mismo tiempo una gran antipatía por todo lo  que huele a revancha, al quítale tú que ahora me toca a mí hacer lo mismo. El saldo de ambas tensiones se llama en mí tristeza específica, tristeza por la especie humana, incluidos los dos géneros, y a veces incluso vergüenza por la humanidad, del mismo modo que se siente vergüenza ajena. Lo único que me salva es que hay también en mí esa misma maldad, esa misma tensión destructiva, que en los momentos mejores se traduce en empatía y a los que procuro atenerme por dignidad, por la dignidad que hay en todo ser humano.



[1] Díaz, C: Memorias de un escritor transfronterizo. Editorial Mounier, Madrid, 2020.

[2] Debo reconocer que, de vez en cuando, realizo una excursioncita al Paraíso, y no es broma, pues necesito saber del Paraíso para saber de la Tierra y si es posible reorientarla  al menos un poco desde la empatía, así en la Tierra como en el cielo, y esto no es una mera licencia retórica. Escribí en el año 1991 un libro titulado En el jardín del Edén. Editorial San Esteban, Salamanca, 155 pp, y cuanto peor se van poniendo las cosas en la Tierra tanto más espero saber del Paraíso celestial, no en la Jerusalén liberada del escrupuloso poeta loco Torquato Tasso, al fin y al cabo los fenomenólogos de profesión necesitamos conocer las cosas de la tierra a partir de las esencias celestes. Más de una década antes todavía, en el año  1980, edité un libro que alcanzó cierta notoriedad en España y que fue además traducido fuera, Contra Prometeo. Una contraposición entre ética autocéntrica y ética de la gratuidad. Ediciones Encuentro, Madrid, 194 pp, donde analizaba la ascensión al cielo de Prometeo para robarle el fuego a su padre Zeus, actitud que reintentó el doctor Karl Marx en su época, y que en ambos casos salió mal a los protagonistas respectivos. Lo peor era que los comunistas no sabían que lo estaban repitiendo, lo cual costó mucho sufrimiento para la humanidad bajo el signo de la antipatía. Sigo teniendo para mí, pues, la necesidad indeclinable de adentrarme en la antipatía humana para conocer la empatía divina respecto del ser humano, lo cual no siempre resulta fácil, al menos a quien esto escribe.

 


EMPATÍA Y ANTIPATÍA (III)




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