Lunes, 18 de Octubre de 2021
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06/08/2021

Un par de cuestiones inquietantes


por José Mendizabal


El autor de los párrafos que siguen se reconoce totalmente lego en las materias a las que se refiere. Sin embargo, en modo alguno es indiferente a las mismas. El caso es que suele ver los “telediarios” y ojear los titulares de algún periódico, debido a lo cual cree que un tema (o sea un asunto) de bastante actualidad es la preocupación de nuestros gobernantes y de los representantes sindicales y, por supuesto, de los directamente afectados, por la sostenibilidad del actual sistema de pensiones de jubilación. No sabe si también preocupan las pensiones o ayudas de viudedad, las de orfandad, las de discapacidad, etc. Supone que sí, porque imagina que la fuente de financiación de las mismas es también, al menos principalmente, la parte que se le descuenta de su sueldo o salario a todo aquel o aquella que trabaja por cuenta ajena.

Tal preocupación tiene su origen o fundamento en el hecho evidente de que nuestro sistema de pensiones se financia (no sabe si exclusivamente o no, aunque en sui ignorancia sospecha que sí), mediante las cuotas o retenciones que la Administración Pública practica sobre los sueldos y salarios de todo aquel o aquella que trabaja por cuenta ajena. ¿Es correcto o no?. ¿Es o no legal o moral que se practiquen tales retenciones, como si se le dijera a quien trabaja por cuenta ajena “mira: si se te pagase todo lo que has ganado serías capaz de gastártelo completamente sin ahorrar nada para afrontar cualquier contingencia inesperada (enfermedad, accidente, etc.) y, lo cual es más grave, cuando ya no pudieras trabajar y llegado a tu vejez no habrías ahorrado lo necesario y suficiente para atender a tus necesidades de alimentación, vestido, salud, etc. Así que, por tu bien, el Estado será quien tome, cada mes o semana, parte de tu paga y, con ella, alimentará una hucha colectiva para que, entre todos los que son como tú, os ayudéis mutuamente ante ese tipo de contingencias.

Que este planteamiento es legal no cabe duda puesto que está establecido por la ley, pero que sea ético-moral, tal vez no esté tan claro. El currante-cotizante puede, por ejemplo, fallecer antes de alcanzar la edad de jubilación. En tal caso, sus sucesores o “derecho habientes” no reciben aquella parte destinada a jubilación, de las retenciones que se le practicaron. Tales retenciones habrán servido para financiar las “prestaciones” recibidas por otras personas como él, que se hallan en idéntica situación. De manera que, si el que suscribe no yerra completamente, nuestro sistema de seguridad social viene a ser, realmente, una organización de ayudas o socorros mutuos.

En conclusión: las atenciones médico-farmacéuticas, las pensiones de jubilación, etc., de nuestra clase trabajadora, a la cual pertenecemos una gran proporción de españoles, están financiadas por nosotros mismos. Y, según las cuentas de la Seguridad Social, este invento está dando señales (avisos) de que es insostenible, de que los ingresos que genera son insuficientes para cubrir los gastos. Por lo tanto, y, mientras no se invente-encuentre otra solución mejor, se propone que se retrase la edad de jubilación. De este modo, el currante-cotizante estaría más años pagando y menos cobrando. Genial.

Pero tal planteamiento no nos dice qué sucederá, mientras tanto, con los jóvenes en busca de su primer empleo. Su incorporación al sistema productivo se verá retrasada. Su autonomía-independencia económica también, lo mismo que sus posibilidades de crear una nueva familia. En consecuencia, tendremos una población cada vez más envejecida y dependiente. ¿A quién extraña o sorprende el acusado descenso de las tasas de natalidad o del número de hijos por pareja o de los índices de fertilidad femenina?. Todo esto está directamente relacionado con las oportunidades de empleo y las posibilidades de conservarlo.

Todo esto último, lleva a pensar (y temer) en otro tema-problema tanto o más relevante y, por ello, preocupante: la creciente mecanización-automatización en los procesos productivos y la correlativa “destrucción” de empleo.

Es cada día más frecuente oír o leer las triunfales afirmaciones de tal o cual dirigente empresarial anunciando una innovación, en algún proceso productivo de su empresa, gracias a la cual se podrá ahorrar mano de obra, que será substituida por máquinas cada vez más automáticas.

¡Bravo!. Entiendo que si esa substitución de mano de obra por trabajo mecánico significase que los trabajadores-empleados pasarían a trabajar menos horas al día o menos días por semana, sin merma de sus ingresos, esto sería estupendo.

Esto proporcionaría a todo el personal asalariado la oportunidad de dedicar más tiempo a estar con su familia o a mejorar su formación cultural o a practicar algún “hobby” o deporte… en definitiva a cuidar-mejorar su salud tanto física como mental.

Pero resulta que, por desgracia, no suele significar tal cosa sino que, en tal empresa, se producirán despidos de personal. Personal que resultará muy difícil o totalmente imposible “recolocar”, con lo cual pasará a acentuar o agravar el problema de la financiación de la Seguridad Social, al que me he referido antes.

Los propietarios (accionistas, inversores) de la empresa, pueden pensar que esta cuestión no es de su incumbencia, que no les afecta. Pero creo que se equivocan. Porque si esa mecanización o automatización se produce no en un solo o único sector de actividad sino en un creciente número de sectores, es decir, si se trata de una tendencia del progreso cada vez más generalizada, será también cada vez más grave el problema de la financiación del sistema de la Seguridad Social (puesto que habrá cada día menos cotizantes) pero existirá (en realidad creo que ya existe, aunque “no hay sordo más sordo que aquel que no quiere oír, ni ciego más ciego que el que no quiere ver”) existirá, sigo, el problema de colocación del producto en el mercado por carecer de capacidad de pago aquellas personas a las cuales va dirigida la oferta.

Perdóneme el lector mi desmemoria, debido a la cual me resulta imposible referenciar exactamente la anécdota a la que quiero referirme para terminar. A pesar de todo, la tengo por cierta.

Sucedió en los Estados Unidos de América, obviamente en la primera mitad del siglo XX. O sea, hace aproximadamente 100 años. Un destacado líder sindical (¿de la A.F.L. o C.I.O.?, no recuerdo) visitaba una nueva planta de fabricación de una de las más importantes marcas automovilísticas. Tampoco puedo precisar si se trataba de la Ford, la General Motors, la Crysler,… Dada la categoría del visitante (alto representante sindical) actuaba como anfitrión y guía un miembro también destacado de la alta dirección de la firma.

En un momento concreto de la visita pasaron a una gran nave donde todo el trabajo de montaje o ensamblaje estaba totalmente automatizado. O sea que se producían toda una serie de operaciones sin ninguna intervención humana.

Entonces, refiriéndose a todas aquellas máquinas o robots, el dirigente empresarial le dijo, al sindicalista, más o menos, las siguientes palabras: “Ya ve usted. Estos son nuestros nuevos trabajadores”. Y añadió, irónicamente: “No sé como se las apañarán ustedes para cobrarles la cuota sindical”. A lo que respondió el sindicalista: “Ciertamente, lo tendremos difícil”, pero añadió, con cierta sorna: “También yo me pregunto cómo harán ustedes para venderles los coches que fabrican”.

Y aquí es a donde quería yo llegar.

XXX

 

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Nota “post scriptum”: Cuando ya estaban redactados los párrafos que anteceden, apareció en “El País” (24-7-2021, pág. 12) un artículo firmado por Luis Garicano, claro y lúcido, titulado “Así se les roba a los jóvenes su futuro”. Se refiere a otros aspectos del sistema de pensiones que vienen a reforzar el pronóstico pesimista que se desprende de los mismos.






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