Lunes, 17 de Enero de 2022
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27/12/21

LAS CÁRCELES Y LA LOGOTERAPIA


por Carlos Díaz


Dahauerstrasse ein hundert fünf und vierzig. Al final de esa calle en cuyo número 145 en la que viví durante mis estudios en Munich, se encontraba el campo de concentración de  Dachau. Son recuerdos que no debería de olvidar. Por mucho que franquees un portón de hierro en cuya entrada se lee Arbeit macht frei, nunca saltarás sobre tu propia agonía.  Hay muchas formas de clausurar una puerta, con o sin llaves. Aún recuerdo la canción: “Otra noche mas que no duermo./ Otra noche mas que se pierde./ ¿Que habrá tras esa puerta verde?/Suena alegremente un piano viejo tras la puerta verde./ Todos ríen y no sé qué pasa tras la puerta verde. / No descansaré hasta saber que hay tras la puerta verde”. No hay luces de discoteca detrás de la puerta de la cárcel, sólo existe vacío de libertad y de posibilidades de realización; con suerte, hasta posibilidades de no ser violado, embrutecido, engolfado, agredido o matado. Cuando eso es una suerte, qué desgracia es apelar a esa suerte.

Las cárceles son el otro mundo, el mundo subterráneo, el mundo del subsuelo de los nihilistas rusos. Pero esos submundos se construyen desde la superficie, desde los palacios y las mansiones de quienes encarcelan. No erraríamos demasiado si dijésemos que la historia de la humanidad se parece bastante a la historia de la infamia, unas veces con barrotes y otras sin ellos. No ha habido cárceles ni infiernos peores que Auschwitz. En los campos de concentración nazis los presos estaban triangulados. En efecto, los políticos llevaban un triángulo rojo con una letra en el interior que especificaba la nacionalidad (excepto la de los alemanes). Los políticos judíos llevaban un triángulo rojo (con el vértice hacia arriba) con otro amarillo (con el vértice hacia abajo) superpuesto. Los judíos llevaban una estrella amarilla (formada por dos triángulos). Los Bibelforscher (estudiantes de la Biblia), un triángulo de color púrpura con un triángulo amarillo superpuesto. Los presos comunes llevaban un triángulo verde, los asociales un triángulo negro. Los profanadores de la raza llevaban un triángulo negro sobre un triángulo amarillo, los homosexuales uno de color rosa, los gitanos un triángulo pardo, y los apátridas y emigrados (republicanos españoles entre ellos) un triángulo azul. Los SAW (Sonderaktion Wehrmacht, depurados del ejército alemán) tenían un triángulo rojo con el vértice hacia arriba. Eran los “adornos” que portaban los habitantes de los infiernos de la inhumanidad. Algunas cárceles y refugios nos recuerdan aquello, que parece una pesadilla interminable.

Por eso algunas cosas hay que recordarlas siempre. En 1986 un diputado mexicano visitó la cárcel de Cerro Hueco, en Chiapas. Allí encontró un indio tzotzil, que había degollado a su padre y había sido condenado a treinta años de prisión. Pero el diputado descubrió que el difunto padre llevaba tortillas y frijoles, cada mediodía, a su hijo encarcelado. Aquel preso tzotzil había sido interrogado y juzgado en lengua castellana, que él entendía poco o nada, y con ayuda de una buena paliza había confesado ser el autor de una cosa llamada parricidio. Desgraciadamente, la historia de las cárceles está llena de “anécdotas” semejantes.

            Todavía sigue trabajando gratuitamente desde hace más de una década en las cárceles de México Ana Cordero, una discípula modélica en su comportamiento logoterapéutico con los reclusos, la cual nos escribía el siguiente testimonio desgarrador: “Querido maestro Carlos: Conocí a Armando Tejerina hace 6 años y se me ocurrió decirles a los alumnos del penal de Valladolid (Yucatán) que escribieran sus delitos y los quemaríamos para empezar a ‘ser personas’. Hace aproximadamente tres años que usted fue al Cereso y ahí le conoció en persona; para él conocerlo a usted significó más cambios en el mismo y querer ser mejor persona. Armando Tijerina siempre tenía en una hoja de papel la frase da más fuerza sentirse amado que creerse fuerte, razón por la que pusimos en su lápida esas palabras. Ya descansa en paz. Tijerina era un sicario que había matado a personas y tenía una condena de 18 años de prisión, de los cuales ya había pasado siete. Yo iba a dar clases y un día llegó a decirme: “Yo era tan ignorante que pensé que la santa muerte en la que creía era una religión, pero ahora ya sé que no y me convertí en cristiano”. Me pidió que le consiguiese una Biblia, y tras recibirla me dijo: “La Biblia y los libros del Sr. Carlos Díaz me hacen querer seguir adelante”. Yo, maestro, incluyéndoles estrategias, les aterrizaba sus libros con ejemplos vivenciales como el del águila. Tijerina me dijo que esa sabiduría de sus textos la tenía en su celda para leerla y tenerla a la vista siempre. Al mismo tiempo yo le exigía que siguiera adelante y le marcaba tareas tales como cuidar al más desvalido del grupo, Papo, y Tijerina lo hacía. En el transcurso del tiempo, yo platicaba de manera individual con Armando, un día lloró al confesarme sus delitos, alegando que ya no quería ser el mismo que llegó al Cereso. Hace 4 años pasé la Navidad con los reclusos, y Tijerina era el más feliz porque hasta entonces nunca había sabido qué era cenar en Navidad con alguien que le apreciase. Hace dos años que Tijerina fue creciendo más, aunque llegó prácticamente analfabeto, obtuvo buenas calificaciones en la Preparatoria libre y comenzó a leer con criterio la realidad; me decía que quería apoyar a los chavos para que no cometieran delitos.

            La última vez que lo vi con vida fue hace 25 días y estaba bien de salud. Inesperadamente, hace 15 días me llamaron por teléfono de la cárcel para decirme que Tijerina había fallecido, era día domingo. Según el parte del reclusorio, lo operaron de apendicitis, sin embargo, creo que hubo gran negligencia por parte de las autoridades. El lunes me fui a Valladolid para saber si era cierto. No querían enterrarlo porque carecía de familiares y nadie le visitaba; yo estaba dispuesta a pasar incluso por su concubina para poder darle sepultura. Llegué a tiempo para reclamar su cuerpo, porque se lo iban a llevar a la fosa común. Afortunadamente me entregaron su cadáver, no me importa haber tenido que mentir diciendo que era su concubina, pues solo de esta manera me entregaron el cadáver. Ayer los alumnos reclusos del grupo me fueron informando de las cosas que Tijerina había comenzado a realizar desde hacía dos años, realmente ya era otro. Y comentaron que Tijerina ayudaba a quien podía. Un alumno recluso me dijo que hace dos años que se fracturó su brazo y que al no poder trabajar Tijerina le dio 30 pesos para que se compre algo para comer. Los guardias me dijeron que Tijerina les platicaba que “había entendido que ser malo no lleva a nada”, y que él había elegido ser la persona que dice el Sr. Carlos Díaz en sus libros. Otro alumno, Don Marquitos (un señor mayor, al que usted conoció) compartió que Tijerina le arreglaba su ventilador y además se lo limpiaba, también me dijeron que arreglaba las cosas de sus compañeros sin pedirles nada a cambio. Cuando alguien necesitaba dinero, Tijerina empeñaba sus cosas para ayudar al que lo necesitaba. Siempre me pedía que le explicara más y más de sus libros, maestro. Hace 20 días pidió recibir el bautismo. Tijerina empezó a buscar ocupaciones dentro del Cereso, al mismo tiempo que leía lo que yo le marcaba. Apenas hace dos semanas que él se inscribió al grupo de costura (bordar paños de cocina) y decía a sus compañeros que lo importante era tener la mente ocupada... eso fue lo último, maestro”.

            No me diga nadie que no merece la pena trasladar a las cárceles el amor rehabilitador. Se puede para La vida, para la muerte y para el amor que une cielo y tierra.  En efecto, sobre la lápida de la tumba de Tejerina está escrito este lema: “Da más fuerza sentirse amado que creerse fuerte”.

            Hace muchísimos años, aproximadamente hace treinta, un recluso condenado a muerte me contó que al ser trasladado del penal de Ocaña (España) se arrancó un diente y se lo regaló a su amigo porque no tenía otra cosa que darle. Esos reclusos merecen ser liberados, por mucho mal que hayan hecho, porque hay en ellos mçás cosas dignas de admiración que de desprecio.

            Más recientemente, en el mismo Cereso donde trabaja Ana, un recluso me regaló una arqueta de madera que había labrado y atesorado como su único objeto de sentido vital. La conservo como oro en paño al lado de esta computadora con la que escribo las presentes páginas. Ella me recuerda aquellas palabras de Albert Camus: “El mundo  donde vivo me repugna, pero me siento solidario con las personas que en él sufren. Hay ambiciones que no son las mías, y no me sentiría a gusto si tuviera que recorrer mi camino apoyándome en los pobres privilegios reservados para los que se conforman con este mundo”[1]. Es una manera de amar a la patria que “consiste en no quererla injusta y en decírselo”[2]. Y no tengo mucho más que añadir, pues para quien ama la oscuridad nunca es visible la luz. Hay gentes que parecen existir para habitar las tinieblas.



[1][1] Camus, A: Moral  y política. Editorial  g4de la Universidad Juárez del Estado de Durango, México, 2009, p. 144.

[2]  Ibi, p. 44.


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