Miércoles, 8 de Febrero de 2023
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Artículos - Editorial - El búho ante el espejo

La Rusia democrática que pudo ser: Gorbachov y la Perestroika


por Antonio Colomer Viadel


El agotamiento del modelo social, económico y político soviético llega a su culminación cuando en 1984 la crisis económica hace que su tasa de crecimiento sea negativa, debido a una burocracia opresora e incompetente que eliminaba todo estímulo para el trabajo y el esfuerzo, excepto el miedo a la represión, y una Nomenklatura política parasitaria, además de esa competencia armamentista internacional en la que se habían concentrado todos los recursos.

Ante ello surge una reacción liderada por el entonces Secretario General del PCUS bajo en nombre de Perestroika o reconstrucción. A la que se quería acompañar también de la transparencia (Glasnost). Esta última implicaba libertad de expresión, pensamiento, prensa y una ventana abierta al pluralismo, hasta entonces rigurosamente prohibido y perseguido.

¿Qué significaba la Perestroika? En la primavera de 1990 publicamos el número 19-20 de nuestra Revista RIDAA dedicado a Gorbachov y la Perestroika y el artículo de presentación lo titulé: “De la reestructuración al Renacimiento. Reflexiones en torno a la Perestroika”. En este número contamos con la colaboración primordial de Dominique Temple y su equipo. Este antropólogo es promotor de la teoría de la reciprocidad. Esa idea de la acción solidaria apoyada en la reciprocidad de dones y no en el intercambio desigual y la acumulación en unos pocos y empobrecimiento de la mayoría. Reciprocidad que ya en Aristóteles era el fundamento de la justicia, la amistad y la responsabilidad.

En su “Carta a Gorbachov” Temple considera que esa Perestroika comparte este concepto de reciprocidad frente a las otras opciones materialistas, tanto del capitalismo individual como del capitalismo de Estado soviético.

El propio testimonio de Gorbachov es decisivo cuando el Informe que pronuncia ante el Soviet supremo (Parlamento) de la URSS, el 29 de noviembre de 1988 lo titula: “Hacia la plenitud del poder de los Soviets”. En él señala que hay que recobrar, desde la democracia, el espíritu originario de la Revolución Rusa, basado en los consejos, cooperativas y Soviets de obreros, campesinos y soldados frente al poder tiránico de la Nomenklatura central, que ejerció la fuerza y destruyó militarmente a esos consejos, como en el célebre caso de la ciudad báltica de Kronstadt.

Gorbachov en ese mismo discurso afirmó que el desarrollo de la democracia es la principal garantía de la irreversibilidad de la Perestroika.

En el orden internacional fue también decisivo para la interpretación genuina de este concepto, el discurso de Gorbachov, en la Asamblea General de la ONU, en diciembre de 1988. Allí afirmó que había que construir sobre la reciprocidad en las relaciones internacionales, la pertenencia de todos los países a un mismo organismo económico común que estableciera una nueva división internacional del trabajo más equitativa, que buscara la salvaguardia de la naturaleza, objetivo común compartido y una dinámica para la reducción drástica de los armamentos que debería permitir dedicar estos enormes excedentes económicos resultantes a resolver, los graves desequilibrios sociales, económicos y culturales existentes entre países desarrollados y subdesarrollados.

La dificultad de implementar tan enorme tarea como era transformar un aparato gigantesco que hasta entonces se había basado en la unidad férrea y dictatorial del PCUS, que controlaba todos los cargos y le permitía que por debajo, teóricamente, se reconociera la autodeterminación de las repúblicas de la Unión y la gran pluralidad de Naciones y pueblos que la integraban, pero se impusiera la disciplina del Partido.

La fractura y la división del Partido que culminó con el intento del golpe de Estado de agosto de 1991, del sector más ortodoxo y reaccionario del partido, hizo ya incontrolable esa unidad democrática del Estado abierto, a la vez que la emergencia de una multitud de nacionalismos a la cabeza de los cuales se colocan antiguos dirigentes comunistas reconvertidos en entusiastas nacionalistas.

Al celebrarse los diez años de la desintegración de la URSS, a finales de 2001, celebramos un seminario (del 7 al 11 de mayo) en la Universidad Cardenal Herrera-CEU de Valencia, que luego se publicó en forma de libro: “Rusia, en vísperas de su futuro” (Universidad de Valencia, 2002). Aquel seminario y el libro que coordiné con Carlos Flores, nos permitió, junto a otros especialistas españoles, conseguir que participaran en el mismo el profesor Vladimir Davydov, Director del Instituto de Latinoamérica de la Academia de Ciencias de Rusia y Andrei Grachev, que había sido jefe de prensa de Gorbachov cuando era el máximo mandatario de la URSS en el periodo de la Perestroika y luego uno de los dirigentes de la fundación Gorbachov.

En su artículo titulado: “La trayectoria del cambio. Una visión desde dentro”, Davidov da cuenta de una encuesta efectuada en marzo de 2001 en donde se respondía a dos preguntas fundamentales ¿qué tipo de Estado prefiere Vd. para Rusia? y ¿qué vía histórica debe seguir Rusia? Al responder a la primera, el 34% se pronunciaba a favor de un Estado similar a los países de occidente y un 28%, por un Estado Socialista similar a la URSS y un 27% por un Estado con un régimen absolutamente peculiar. En cuanto a la vía histórica, más de la mitad, por una vía propia, peculiar. Lo que suponía, en suma, un total de un 53% de la población de Rusia a favor de esa vía propia de desarrollo.

Hay elementos compartidos con la visión occidental -el cristianismo- pero el espíritu comunitario ruso se reflejaba mejor en ese espíritu de reciprocidad y solidaridad que en el individualismo feroz y asimétrico de las sociedades capitalistas.

Por otro lado, nos encontrábamos en aquella fecha en el comienzo de la presidencia de Putin que tras el caos anterior del Presidente Yelsin, parecía haber dado a los rusos una cierta recuperación y dignidad tras las humillaciones de la etapa reciente anterior y de la decadencia internacional de Rusia. En el artículo de Andrei Grachev, “Rusia, entre oriente y occidente”, apunta la dificultad de este dilema en medio de una sociedad poco desarrollada y aun no configurada en una sociedad civil, que podía llevar a un resurgimiento del nacionalismo de apariencia patriótica con rasgos antioccidentalistas, en medio de corrupciones y graves polarizaciones sociales. También conservadores y nacionalistas eran herederos del antiguo filoeslavismo, que consideraba toda acción de Occidente una conspiración y un complot contra Rusia.

Aparece una nueva Nomenklatura pseudodemocrática que ha sustituido a la comunista, heredada, por cierto, en los puestos directivos por los que han ocultado sus carnés del PCUS.

Los nuevos adversarios del occidentalismo en Rusia son los nuevos hombres de negocios que se han aprovechado de las posibilidades del mercado occidental para amasar sus fortunas, basándose en métodos de corrupción, y a menudo hasta mafiosos, protegidos por el líder supremo y que no quieren ni subordinar el mercado ruso a la ley y a las normas internacionales de la transparencia, ni dejar entrar en su coto privado a los competidores occidentales.

Esto va a crear una red de oligarquías económicas y políticas para fortalecer la tendencia totalitaria del régimen y la presencia indefinida en el poder del Presidente Putin.

Esta adivinación de lo que va a ser la hora presente, que desemboca en la tragedia de la guerra de Ucrania, también plantea un conflicto interno al pueblo ruso, que es entre sus generaciones mayores que se encuentran alienados por la propaganda del régimen sin contraste posible, y sus generaciones más jóvenes que se han abierto, mediante la revolución tecnológica, a informaciones más plurales y equitativas.

La existencia de manifestaciones, aunque sean minoritarias, pero amplias, contra la guerra en Ucrania, pese al rigor de las penas y la represión, apunta hacia el futuro una posibilidad de que ese pueblo ruso, tan amante de El Quijote, y por lo tanto de la justicia y la equidad, pudiera recobrar el espíritu de la Perestroika como una democracia peculiar y propia que tuviera unas raíces éticas buscando la reciprocidad entre sus gentes, en vez de la dominación y el sometimiento.






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