Sábado, 13 de Agosto de 2022
<<A la búsqueda de esa hora futura en la que la libertad sea protagonismo de los ciudadanos>>
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28/07/2022

Las plañideras a veces lloran al pie del ataúd equivocado.


por Carlos Díaz


El mundo está según la capacidad de verlo; un niño pequeño no puede tener la misma cosmovisión que un adulto, a menos que el adulto en edad tenga una mente infantilizada. Se ven las cosas según el cristal con que se miran, por ejemplo según el grado de barbarie o de solidaridad de cada uno, el grupo al que se pertenezca, la nación, la teología o ateología, las estructura políticas, y todo lo demás. En última determinación, existe una barrera entre la subjetividad y la objetividad, dicho sea sin necesidad de hacer profesión de fe escéptica.

Por venir a los hechos, baste un botón de muestra: uno no puede por menos de preguntarse cómo es posible que el 87% de los ciudadanos españoles estén encantados con la compra cuantiosísima de armas y con el incremento espectacular de los presupuestos bélicos para defenderse de los malos, siendo así que el 30% de esa misma población no llega a fin de mes, ni siquiera con subsidios. La injusticia forma parte de la lógica social, la lógica va contra la realidad: eso tenemos que asumirlo, aunque no debamos aceptarlo.

Del horizonte ha desaparecido la ética de la solidaridad, borrada del mapa de la realidad. Del mismo modo, la defensa de los débiles, la “ética del cuidado” es promovida por quienes postulan y llevan a cabo abrumadoras matanzas de inocentes nonatos, jaleadas como progresistas, una enorme aberración estimativa.

Todo apunta a la inversión de la escala de valores, pues el orden axiológico presidido por la dignidad de la persona se ha desplomado con las ideologías de género, el animalismo y el hedonismo, argumentario que a la juventud le suena a resentimiento de los viejos.

En este rubro, la religión del amor altruista está bajo mínimos, pues en las iglesias que lo predicaban se ha instalado el ateísmo, ateísmo en el cristianismo, en favor de los orientalismos escapistas, y las pararreligiones o religiones de reemplazo de la posmodernidad, que hacen su agosto en el mes gélido de enero.

La vida que llevan no es para los drogadictos un argumento suficientemente valioso en sí mismo, de ahí su recurso a lo que les mata y degrada, una penosa cultura de la muerte, de la violencia, de la corrupción y de las mafias y cárteles instaladas en los narcoestados.

Otro tanto cabe decir de las escuelas y centros educativos, incapaces de entusiasmar antropológicamente, barridas por las tecnologías, la educación a distancia, y la renuncia a la cultura del esfuerzo, convoluto al que denominan “educación por competencias” para incompetentes existenciales.

De la capacidad de rebeldía organizada (y no solo de maledicencia o malestar personales) tampoco quedan muchas huellas en el mundo. Sarna con gusto no pica, aunque mortifica. Somos un millón menos de españoles que hace diez años, pero las terrazas están más llenas que nunca, devenidas parte de la “vuelta a la normalidad”.

Muchos son los parados subvencionados habitacionalmente, para comprar un bono trasporte, e incluso para no suicidarse, que sin embargo están colgados del teléfono móvil y se emperifollan para estar más guapos. Parece que las cornadas del hambre  sólo las sienten los subsaharianos que saltan la valla, un acto tan desesperado para ellos como vandálico para los países invadidos: el derecho internacional en lo relativo a la soberanía no existe (sólo el dictado por USA-URRSS-China), y el grado de sumisión voluntaria de los países mimetizadores resulta tendente a cero.

¿Y qué decir de la atmósfera, del clima, del ecoexpolio? No muchos reducen voluntariamente el consumo, desalentados también por el comportamiento inejemplar de los imperios, incluso de los satélites de dichos imperios. Si la Tierra colapsa, que colapse: a vivir que son dos días. El futuro es muy oscuro, si es que lo hay.

Aquel enfermo acudió a los médicos aquejado por el insoportable dolor de su dedo, pero al final el psiquiatra le diagnosticó que lo que le dolía al tocar cualquier cosa no era el dedo, sino la realidad. Y es que cuando el dedo señala la luna el imbécil mira al cielo. Las plañideras  a veces lloran al pie del ataúd equivocado.

Apenas insinuado todo esto caerá sobre quien así argumenta una catarata de denuestos por parte de los buenistas: pesimismo, catastrofismo, desesperanza, reencarnación del toro que mató a Manolete.  Cuidado con él.

Pero la pregunta por la realidad es la pregunta por el dolor: ¿a usted qué le duele, y sobre todo quién o quienes le duelen? A veces nos duele lo que no debería de dolernos, y no nos duele lo que sí debería. Por sus dolencias y condolencias los conoceremos. Si el mundo es una montaña de mierda, cuidemos al menos agarrarla con las manos sin ensuciarnos el corazón, sin añadir más excrementos .

¿A dónde arrojaremos esas basuras?, ¿enchufaremos el ventilador para esparcirlas sobre los demás?, ¿nos las tragaremos para intoxicarnos?, ¿las arrojaremos al montón porque una basura más no se nota?, ¿o mantendremos la esperanza luchando activamente aunque sólo veamos jalones de derrota?

Pero ¿de dónde sacaremos la esperanza si estamos metidos en el hoyo más profundo? Cuando el monte se quema, señor conde, algo suyo se quema. ¿Hasta cuándo el si no lo veo no lo creo, y no más bien el si no lo creo no lo veo? ¿Existe, pues, Dios? He aquí una selva de respuestas: -Esa pregunta ha caducado: espiritualidad sí, religión no. -La única excusa ante el mal, es que Dios no existe. - Dios no estaba en Auschwitz. - Esa pregunta no viene en mi catecismo. - ¿De qué Dios está usted hablando? - Dios es un pensamiento que vuelve torcido todo lo derecho y que hace voltearse a todo lo que está de pie; ¿qué debería suceder para decir que Dios nos ama, o que Dios no existe?; es asunto suyo. - Es tan ateo afirmar la existencia de Dios como negarla, por eso de lo que no se puede hablar es mejor callar. - La frase hay un Dios quiere decir que en pleno ejercicio de mi libre arbitrio siento la necesidad de hacer el bien. - ¿Para qué más necesitamos a Dios?; si hubiera dioses, ¡cómo soportaría yo el no ser Dios! Por tanto, no hay dioses. - Una noche requerí a Dios para que, si de verdad existía, se declarase. Permaneció callado y ya no volví a dirigirle la palabra. - Dios existe, yo lo he encontrado. - Si Dios no existiera habría que inventarle. - Si Dios no existiera, todo estaría permitido. - ¿Cambiaría tu comportamiento si existiera Dios? En caso afirmativo, necesitas un Dios. - Todo está lleno de Dios.

         Aquel ateo cayó por un precipicio y, mientras rodaba hacia abajo, pudo agarrarse a una rama de un pequeño árbol, quedando suspendido sobre la oscuridad del abismo que se abría a sus pies, pero sabiendo que no podría aguantar mucho tiempo en aquella situación. Entonces tuvo una idea: ‘¡Dios!’, gritó con todas sus fuerzas, pero sólo le respondió el silencio. ‘¡Dios!’, volvió a gritar: ¡Si existes sálvame y te prometo que creeré en ti y enseñaré a los otros a creer!’. Más silencio. Pero de pronto una poderosa Voz, que hizo retumbar todo el cañón y que casi le hizo soltar la rama por el susto, le respondió: ‘Eso es lo que dicen todos cuando están en apuros’ –‘¡No, Dios, no! gritó el hombre. ¡Yo no soy como los demás! ¿Por qué habría de serlo, si ya he empezado a creer al haber oído por mí mismo tu Voz?¡Ahora todo lo que tienes que hacer es salvarme, y yo proclamaré tu nombre hasta los confines de la tierra!’. –‘De acuerdo, dijo la Voz. Te salvaré. Suelta esa rama’. -‘¿Soltar la rama?, gimió, ¿crees que estoy loco?’ A la mañana siguiente, unos excursionistas se encontraron al ateo congelado, agarrado con dos manos al arbusto situado a poco más de un metro del suelo. 


Las plañideras a veces lloran al pie del ataúd equivocado.




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