Sábado, 13 de Agosto de 2022
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28/07/2022

A vueltas con el Mar Menor


por José Mendizabal


Con cierta frecuencia me llegan noticias (prensa, amistades,…) sobre el lamentable deterioro ecológico del Mar Menor, esa laguna salada, joya natural única en Europa. Tal deterioro perjudica o amenaza con hacerlo a las empresas y personas dedicadas a la hostelería, restauración y, en general, otras actividades o negocios relacionados con el turismo, sobre todo el veraniego, pero también a los particulares (y sus familias) que allí encontraban un entorno paradisíaco donde pasar sus vacaciones, muchos de ellos propietarios de apartamentos o “chalets” adquiridos frecuentemente haciendo un considerable esfuerzo económico, los cuales, ahora, se ven devaluados y difíciles de vender.

No se pierda de vista, tampoco, que el Mar Menor ha permitido, desde tiempo inmemorial, una actividad pesquera que era el sostén económico de un número de familias no desdeñable y ha ofrecido un lícito placer gastronómico a quienes valoraban la calidad de ciertas especies bastante por encima de la correspondiente a las capturadas en la mar abierta.

Las causas de tanto desastre, sin duda, son varias y de dominio público. Entre ellas, la desmesurada, abusiva (¿y caótica?) urbanización de La Manga, la excesiva utilización de embarcaciones deportivas, tanto de vela como motorizadas (lanchas, motos acuáticas, etc.) (1) y, sobre todo, de unos años a esta parte, la transformación agrícola de la zona conocida como “Campo de Cartagena”.

Desde tiempo inmemorial dicha zona fue tierra de secano. Por tanto, tierra de sembrados, siega y trilla. Excepcionalmente se obtenía algún producto de huerta (por ejemplo, melones) gracias a los molinos de viento que extraían del subsuelo el agua necesaria. Pero el agua, así obtenida, no era adecuada para la cantidad y variedad de cultivos que se practican ahora bajo ese mar de plástico que hiere la vista y el corazón.

Es de sobras sabido que el desastre se agudizó con la llegada a la zona del agua procedente del trasvase del Tajo-Segura. Agua cuyo caudal era insuficiente para regar tanta extensión de terreno como la que se riega. Pero dicha insuficiencia se subsanó perforando numerosos pozos ilegales para añadir al caudal del trasvase el agua precisa e incluso se amplió la superficie cultivable, añadiendo la extensión de terrenos de nueva roturación.

Dichas extracciones ilegales solucionaban el problema de la insuficiente cantidad de agua, pero no el de su calidad. La deficiente calidad se ha tratado de remediar con la adición abusiva de productos químicos, los cuales, por efecto de las lluvias y los propios riegos, contaminan el subsuelo y, a la larga, las aguas de la gran cloaca o estercolero en que se ha convertido la antes idílica laguna. Añádase a todo esto que las lluvias, sobre todo cuando son torrenciales, abocan al Mar Menor toda clase de desperdicios, orgánicos o no, que muchos ciudadanos han ido echando en las ramblas, las “escorrentías” de las minas o la basura y restos orgánicos generados por un número no desdeñable de residentes en algunos de los núcleos poblacionales ribereños.

Si todo lo que antecede no es ningún secreto, uno se pregunta por qué no se le ha puesto remedio todavía e, incluso, por qué se ha tardado tanto en tomar conciencia de la magnitud y gravedad del problema.

Es de suponer que las advertencias y diagnósticos de biólogos, oceanógrafos, etc., que se han pronunciado sobre el caso han sido acertados (2). Pero se me ocurre señalar un posible factor adicional de carácter cívico-político: el consistente en el alto grado de concentración de las funciones de representación cívico-administrativas o, si se quiere decir de otro modo, la concentración de poder y responsabilidad en los órganos de gobierno tanto local como provincial-regional. Me explicaré mejor con la ayuda de algunos datos numéricos:

La provincia (región) de Murcia tiene una extensión de 11.333 km2. Prácticamente la misma que las provincias de Tarragona y Gerona sumadas (Tarragona con 6.603 y Gerona con 5.910).

A su vez, es muy parecida la respectiva densidad de población: 132.356 habitantes por km2 (Murcia) y 129.892, de promedio, en el caso de las dos provincias catalanas.

Pero sobre lo que realmente pretendo llamar la atención es sobre la gran diferencia en cuanto a lo que podríamos llamar concentración-dispersión de la representación o, si se quiere, del poder local.

La provincia de Murcia cuenta con tan solo 45 municipios, mientras que la de Tarragona tiene 184 y la de Gerona 221. Dicho en otros términos, Murcia presenta un índice de 33.333 habitantes por municipio, mientras que las dos provincias catalanas de referencia presentan un índice promedio de 3.917 (3).

Podría, por tanto, decirse que la representación o si se quiere el poder y la correspondiente responsabilidad municipales en Murcia están muy concentrados, lo cual equivale a decir que el ciudadano medio se siente alejado (cuando no ajeno) de las tareas de gobierno, de representación y de responsabilidad colectivas, las cuales quedan para unos pocos. Veamos esto más claramente con la ayuda de otros datos.

El municipio de Murcia cuenta entre sus pedanías con El Esparragal (7.068 habitantes), Garres y Lajes (7.285), La Alberca (12.345), Cabezo de Torres (12.727) y El Palmar (22.996).

Por su parte el municipio de Cartagena cuenta entre su 30 de pedanías, con San Antonio Abad (44.871 habitantes), Rincón de San Ginés (11.340), Canteras (10.208), El Algar (8.201), etc.

Obsérvese el notable contraste entre los anteriores datos y los siguientes: Vilella Baixa (202 habitantes), Vilella Alta (131), La Bisbal de Falset (2.019), Margalef (94), La Figuera (104), son municipios con su correspondiente ayuntamiento, de la comarca tarraconense del Priorato, no constituyen ninguna excepción o rareza muy llamativa en Cataluña. Se podrían citar más, cosa que quien esto suscribe no quiere hacer para no resultar pesado, para muestra basta un botón.

Lo que sí deseo resaltar es que en municipios de 200 (o menos) vecinos, si se descuentan además las personas que por cualquier causa no son elegibles, la responsabilidad de la gestión de los asuntos colectivos recae, irremisiblemente, sobre un número muy reducido de personas, algunas de las cuales tienen que repetir varias veces a lo largo de su vida en el ejercicio de dichas funciones.

Dicho, aun, en otros términos: la preocupación y la responsabilidad por los asuntos o problemas que afectan a la comunidad, a unos “les toca” muy de cerca, mientras que a otros “les toca” tan de lejos, que están habituados, salvo excepciones, a que sean otros – a quienes no conocen personalmente – quienes se ocupen de todo lo concerniente a los asuntos o problemas de interés colectivo.

En conclusión, y resumiendo: unos gobernantes-gestores, muchas veces alejados (o poco sensibles) de (y ante) el problema y, por otra parte, unos ciudadanos desganados y acostumbrados a que sean otros quienes lo resuelvan.

 

(1) Muchas de esas embarcaciones polucionan el agua con restos de combustible, aceites de motor, etc., cuando no con restos orgánicos (comidas, excrementos,…) fáciles de imaginar dado nuestro ancestral incivismo.

(2) Quien esto escribe reconoce ser absolutamente lego en tales materias y no será quien ponga en duda su corrección.

(3) No se pierda de vista que nos estamos refiriendo a promedios (en las provincias catalanas de referencia existen numerosos municipios cuya cifra de vecinos no llega al centenar y, sin embargo, cuentan con su correspondiente ayuntamiento, alcalde, concejales, etc.).

Nota final: los datos numéricos, tanto geográficos como demográficos, que se citan más arriba han sido tomados de Internet. Generalmente se refieren al censo de 2018.

 

Mendizábal

 

Nota de la dirección:

 Al componer el texto original de este artículo, se sufrió un error numérico por el que pedimos disculpas.

Cuando el autor se refiere al número de vecinos de algunos municipios de la comarca tarraconense del Priorato, figura la cifra de 2019 como la de vecinos de la Bisbal de Falset cuando, en realidad, se quería decir que son tan solo 219.


A vueltas con el Mar Menor




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