Miércoles, 15 de Abril de 2026
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05/09/2023

Finito e infinito


por Carlos Díaz


De lo finito sólo alguien infinito podría decir algo con total propiedad, pues en su condición de tal infinito llevaría en su interior el conocimiento de todas las cosas, de las finitas y de las infinitas, ya que si le faltaran las unas o las otras, o ambas, no sería infinito en sí mismo. El infinito, pues, debe contener todo, incluso la coincidencia de los opuestos, como dijera Nicolás de Cusa. Nada le falta. Resulta imposible al nada más que humano entrar en esa senda y en ella permanecer sin más sentir, ni pensar, ni desear, ni decir: principio y fin de todas las cosas.

Del mismo modo, sólo lo infinito puede contener lo pasado, lo presente y lo futuro simultñaneamente, pues si le faltara alguna forma de temporalidad tampoco sería infinito. Su presente absoluto no coincide con nuestro tiempo. Allí no está aconteciendo al mismo tiempo que aquí. Por tal motivo, un absoluto presente no sería temporal en el tempo absoluto, sino intemporal, al contenerlo todo al mismo tiempo, simultáneamente, sin el tic-tac del reloj mundano. Por ese mismo motivo, nuestras peticiones nunca pueden llegar al Infinito tarde ni pronto: llegan pasando y pasan llegando. Un infinito en movimiento, como quería Hegel, cuya filosofía de lo absoluto postulaba la necesidad de una secuencia entre su sabiduría de ayer, de hoy, y de mañana, sólo podría darse misteriosamente.

Sea como fuere, constituye una empresa tremenda y superexcedente la búsqueda, a pesar de los exiguos resultados. Es algo metafísico, que siempre queda más allá. Explicar lo absoluto e infinito por parte de un ser finito no solamente  resultaría algo “muy complicado”, sino total, absoluta y mayúsculamente imposible. Sólo lo infinito podría explicar lo infinito, pero esto no podría entenderlo ninguna inteligencia humana limitada, finita y caduca. De ahí también la fascinación que su misma ignorancia nos impone ardientemente: “Dios y el alma deseo conocer, nada más, absolutamente nada más”, dijo Agustín de Hipona.

Pero además de lo infinito está lo finito. Si lo finito no se hizo a sí mismo, ¿quién o qué hizo lo finito, quien lo echó a rodar, quién le insufló existencia, para qué, hasta cuando, por qué, cómo?  A diferencia de lo absoluto, que sólo es pensable de una manera, la que fuere, dentro de lo finito mismo hay muchos y muy variados grados posibles de percepción, de animación: alma mineral, alma vegetativa, alma sensorial animal, alma intelectiva, y a su vez en cada una de ellas muchas y muy diferenciadas formas, sin que ello impida que cada una de ellas sea energía de mayor o menor potencia, intensidad y dínamis. Una sim/patía o com/pasión universal rige y mueve todo, aseguraba Heráclito de Éfeso y por ello la denominaba Logos, “fuerza para reunir”, y a la que el amargado Schopenhauer designaba “sufrimiento universal”, pues no hay nada que una tanto como el sufrimiento verdadero. En definitiva, de tejas abajo todo está en todo gracias a la fuerza de atracción del Amor que viene de lo alto: en las escombreras, en la demolición misma de lo meramente material florece la fuente de la poesía, como aseguraban los poetas y aedos griegos.

Por muy grandes que sean las diferencias entre los seres finitos, desde la ameba hasta el ser humano, nada allí puede explicarse totalmente a sí mismo de principio a fin: nada conoce su origen por sí mismo y después de su último suspiro nada se sabe. Por muy complejo que sea su aparato afectivo y cognitivo, nihil scitur, todo es nesciencia. Por grande que sea su autarquía y su autonomía, no pasa de ser una caña que piensa, que ama, y que busca. Lo que ya es mucho.

Con o sin grandes esperanzas, también las búsquedas son polimorfas, pero es ese deseo suyo de perseverar el que le permite seguir buscando. Poesía, filosofía, teología, exploran por diversos caminos, o incluso por distintas laderas de la misma montaña, tratando de conjugar lo finito y lo infinito, la tierra y el cielo, la muerte y la vida. Solamente en el ser humano se da ese milagro de la prima/vera, la primera y la verdadera que viene, la que para venir a serlo todo no debe querer ser algo en nada.

No deja de resultar asombroso que arte, religión y filosofía, las tres disposiciones anímicas más elevadas de la existencia humana según la escala de valores diseñada por Max Scheler, sean las gestoras capaces de explicar tanto el secreto del principio antrópico (consistencia de la vida), como al mismo tiempo del principio entrópico (desistencia en la muerte). Quizá la explicación de esa dualidad haya estado bien detectada por los mejores poetas: “Con tres heridas yo, la de la vida, la de la muerte, la del amor” (Miguel Hernández), “todo hombre tiene dos heridas que pelear, con su Leonor y con la mar” (Antonio Machado). El amor es Leonor para morir y mar para infinitizar; es la herida, pues nadie anda más herido que el herido de amor que el tocado por la dorada espina cupídica, esa espiga dorada bajo el sol.

El amor es la fuente de toda creatividad, es decir, la fuente de donde todo mana y corre,  fuerza poiética, del verbo griego poieo, que significa actuar creativamente y  que se escribe para ser cantada rítmicamente expresando así los sentimientos individuales del poeta (lírica monódica) o los colectivos (lírica coral). Poeta significa lisa y llanamente creativo.

Como casi todo está en Grecia, las poesías épicas, versificadas, cantaban las “hazañas de los héroes” pero eran leídas narrativamente por unos poetas llamados aedos o rapsodas (recitadores de poemas) al son de una lira, y no transmitidas por escrito, sino oralmente, gracias a técnicas de improvisación y memorización, entonces tan frecuentes y hoy casi borradas del mapa. Itinerantes iban los poetas poderosos de corte en corte y de ciudad en ciudad recitando los poemas en banquetes de nobles o en plazas públicas ante auditorios numerosos. Las poesías líricas, unas veces al servicio, de la lucha política, como en Arquíloco y en Tirteo, y otras expresando sentimientos personales tales como el deleite de la vida regalada que hallamos en Anacreonte, o la pasión amorosa expresada por la poetisa Safo de Lesbos. Por su parte las poesías dramáticas agarraban con las manos el sudor y las lágrimas de la tragedia humana individual y colectivamente, pero siempre con la esperanza en una resurrección, tal y como lo hacía en el teatro el deus ex machina, un aparato que se pasaba por el escenario para volver a poner en pie a los muertos, heridos o desafortunados de la vida.

Más allá de lo finito, el infinito, asegura Anna Duart, buena conocedora del debate en este más acá. Pero este transallende del aquende ha de tener un límite, pues de lo contrario ni siquiera habría allende, ya que un allende que es superado por un trans/allende está aún demasiado cerca de nosotros y no pasa de ser un aquende. Sólo es verdaderamente infinito aquello de lo que no tenemos ni la menor idea los finitos.  Más allá de lo infinito no ha de haber nada, y si lo hubiere estarían aún tan cerca como la última de las más remotas galaxias, es decir, a la vuelta de la esquina. Ana Duart cree en Dios, al que agradece su presencia ausente en el ser humano, como corresponde a la maravilla de la fe. Creer de este modo es creer sin burla de lo divino. Hay que confiar en Dios sin tomarse demasiadas confianzas.

De lo hasta aquí dicho existe una única excepción, una excepción de tales magnitudes, que anula todo lo dicho: es el saber del infinito divino en el Padre -a quien nadie ha visto- en el infinito cercano en el Hijo - manifiesto a través de algunos- y presentificado  a través del Amor del Espíritu.

Feliz aquel poeta que, como Ana Duart, nos tiene en pie en este brete y en esta brecha. Yo siempre se lo agradeceré.


Finito e infinito




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