Miércoles, 23 de Septiembre de 2026
<<A la búsqueda de esa hora futura en la que la libertad sea protagonismo de los ciudadanos>>
Artículos - Editorial - El búho ante el espejo
22/09/2026

El ideal irrenunciable de la paz, a pesar de la tentación perpetua de la guerra.


por Antonio Colomer Viadel


Antonio Colomer Viadel.


Esa pugna entre guerra y paz acompaña desde sus orígenes a la historia humana y es compañera de otros dualismos ascentrales: la luz y la oscuridad, el bien y el mal.

Una de las religiones más antiguas, el zoroastrismo o mazdeísmo, fundada en Persia por Zaratrusta, hacia el siglo VII A.C. se fundamenta en el monoteísmo, el de Ahura Mazda, Dios Supremo, señor de la sabiduría – la luz y el bien -, pero también es un dualismo, la lucha contra el espíritu maligno: Angra Mainyna, aunque se impondrá, finalmente, Ahura Mazda.

El zoroastrismo tendrá influencia en las religiones Abrahamicas: judaísmo, cristianismo, islamismo o mahometismo.

Esta dialéctica de oposiciones atraviesa toda la historia conocida, pese a que la esperanza de vivir en paz parece irrenunciable frente a la violencia de aquellos que quieren imponerse por la fuerza.

Podemos rastrear antecedentes más antiguos en nuestras raíces en busca de la paz, pero, aunque volveremos sobre ellos, debo decir que el origen más próximo de este libro se encuentra en el número 80 de nuestra revista, de otoño de 2022 (www.ridaa.es), que nace del impacto que nos provocó la invasión rusa de Ucrania sin aviso previo, el 24 de febrero de aquel año 2022, y las imágenes terribles de los asesinatos sobre la población civil cometidos por las tropas invasoras en las aldeas conquistadas.

Al poco de ese inicio me dirigí al consulado de Ucrania en Valencia y me encontré allí con su cónsul honorario, Don Pablo Gil López, al que entregué un ejemplar del último número publicado de nuestra revista, RIDAA, el 78-79, de otoño de 2024, dedicado a la Transición Democrática española y en el que se incluía la concesión de nuestro Premio Gigante del Espíritu 2024, al expresidente Don Adolfo Suarez, a título póstumo. Le valoré este antecedente, para que lo hiciera al entregarle aquel ejemplar al Embajador de Ucrania y le informase de nuestro acuerdo para conceder el Premio de 2025 al pueblo ucraniano y al Presidente Zelenski. También sobre la intención de dedicar el número de la revista de aquel año 2025 a la guerra y la paz, en el horizonte de la invasión rusa de Ucrania. El Cónsul me informó que entregaría ese número al Embajador y le expondría nuestra propuesta, en una reunión que iban a tener los próximos días en Madrid.

A su retorno de la capital me informó que así lo había hecho pero que convenía que escribiera una carta al Embajador para formalizar la iniciativa propuesta. Así lo hice aquel mes de Abril, a la vez que empezamos a reunir colaboraciones para ese próximo número 80, a publicarse en el otoño, y que ha sido el fundamento primordial de este libro de ahora, en donde el dualismo Paz y Guerra está presente, y sus significados correspondientes y, con bastantes casos, con referencias a la guerra en Ucrania.

El 27 de Octubre de 2022, con la revista recién publicada, le informo por carta al Cónsul Gil López que había aparecido ese número 80, con valiosas colaboraciones y que la sección de Noticias se abría con la concesión del Premio Gigante del Espíritu 2022 al Presidente Zelenski y al pueblo ucraniano, por su lucha por la libertad, la independencia y la democracia de Ucrania, ante la invasión rusa.

En esta misma carta le decía más adelante: “comprendo que la guerra y la atención a los refugiados es la primera prioridad para vuestra embajada y vuestro consulado, pero me extraña no haber recibido, desde Abril, cuando nos vimos y le escribí una carta certificada a vuestro embajador, ninguna respuesta vuestra, ni haberme podido comunicar por teléfono”.

Poco más tarde el cónsul me indicó que convenía escribir por correo electrónico al primer secretario de la embajada que es quien tramitaría nuestra propuesta. Y me indicaba su nombre y su correo. De inmediato le escribí por este medio, pero, igualmente, nunca recibimos respuesta.

Prefiero no acordarme de sus nombres ahora que, según creo, ya no ocupan esos cargos. Mi admiración por el coraje y la dignidad del pueblo ucraniano ante tan injusta agresión permanece viva e integra, e ilumina este libro.

Algún día otros representantes del pueblo ucraniano serán conscientes del homenaje que les queríamos rendir a un pueblo valiente que se defendió con eficacia de esa agresión infame.

No puedo olvidar a aquellos compañeros que colaboraron en el número 80 de la revista y ya han fallecido: Manuel Mella Márquez, que escribió sobre el deporte como factor de paz y Josep Piqué Cams, sobre el nuevo escenario geopolítico y consecuencias para la paz mundial (q.e.p.d).

El caso del amigo Josep Piqué tuvo el agravante de haber acordado con él la fecha de la presentación de la revista en la que iba a participar, y unos días antes, inesperadamente, falleció. Tal convulsión convirtió el acto de la presentación de la revista en un homenaje a su persona.

Las raíces más hondas y profundas de esa dialéctica guerra y paz entroncan con el propio ser humano en su interioridad y la relación con sus semejantes. Mientras escribo este prólogo, leo, de vez en cuando, el libro sobre El viaje a Mongolia del Papa Francisco, escrito por Javier Cercas que lo acompañó. En un encuentro que este escritor tuvo allí con un monje budista mongol, el monje le contaba que para el budismo lo más importante era la armonía interior y también la armonía exterior, con uno mismo y con los demás. Con la naturaleza y el mundo. Ese camino, decía, significa paz y armonía (1).

Otra perspectiva, desde la psicología personal, es en la que ha buceado Carl Gustav Jung, en su Libro Rojo, escrito a comienzos del siglo XX (a partir de 1913) pero que su familia no dio a conocer hasta el 2009 (2).

Jung habla de una guerra civil interior, una lucha fundamental de cada individuo entre aspectos conscientes e inconscientes, y sus opuestos (el bien y el mal), un conflicto que debe enfrentarse para alcanzar la plenitud (individualización). Esta confrontación es necesaria y clave en la psicología, pero no nos ha podido ilustrar hasta avanzado el siglo XXI. Jung afirma en esta obra que la paz interior y la felicidad surgen cuando dejas de intentar controlar lo que está fuera de ti. La paz es un camino de crecimiento interior que trasforma el conflicto interno en consciencia.

Algunos sin dejar de valorar este aporte cuando lo conocimos mucho más tarde, seguimos otras vías en esa búsqueda. En el número 7 de nuestra revista RIDAA, primavera de 1986, publique “Pueblo de Argonarios hacia la Comunidad de los Libres”.

Ahí nació, como una parábola homérica esa denominación de los compañeros de Ulises que me iba a acompañar a lo largo de toda mi vida.

“los compañeros de Ulises constituyen un grupo de solidaridad libre, en el que se entremezclan las tareas de todos para alcanzar el horizonte de sus actos que tienen una finalidad de plenitud humana. No hay que destruir los asideros comunitarios del fenómeno humano.

Ulises y sus acompañantes, simbólicamente, son los primeros de nuestros Argonarios: unen acción con pensamiento, concepción y ejecución, a la vez que vinculan sus tareas a un proyecto final que da sentido a sus vidas como culminación de sus posibilidades humanas y que es un proyecto compartido, un entramado de esfuerzos en los que esta engarzados las tareas de todos”.

Pero, ¿Qué es la Comunidad de los Libres?

Sentirse arraigados en la comunidad, pero sin renunciar a nuestra autonomía personal.

En todos los hombres se reafirma ese germen de irrepetibilidad que hay en cada uno de nosotros. También nos hace ver que el fenómeno humano se estaría mutilado en cada uno de nosotros si no pudiéramos ser resonancias compartidas, en un equilibro esférico y vivo con todos y cada una de las posibilidades de nuestros compañeros, simbiosis de experiencias de la historia humana.

Uno de nuestros objetivos capitales debe ser el perseguir la convergencia universal para la paz, la libertad y el respeto a la dignidad de todos los hombres (p.28, del nº7, RIDAA 1986).

Una forma falseada de paz, son esos equilibrios petrificados, en realidad, sucesión de sometimientos, de expolios y de servidumbres.

Construir la sociedad del bien ser es el camino de la plenitud humana, a través del conocimiento y el dominio compartido de nuestra actividad, equilibrio abierto y dinámico, construido por las acciones creadoras de todos: complementariedad esencial.

Esa armonía de paz surge también de la práctica de la reciprocidad de dones que viven las comunidades de las culturas amerindias en donde nacen lazos de filia – amistad fraternal – entre donantes y receptores de dones o la entrega al tercio común, donde los más generosos son los que adquieren y son reconocidos con más prestigio y categoría.

A la teoría de la reciprocidad, sus raíces y manifestaciones, dedicamos el número 80 de nuestra revista (3) Dominique Temple fue un apoyo fundamental para desvelarnos este papel de la reciprocidad en la teoría de la paz. Fue él quien nos dió a conocer como desde Homero esta reciprocidad era clave de la convivencia en el mundo griego clásico y en las ciudades helénicas, y Aristóteles, en aquella época afirmaba en su “Ética a Nicómaco” que la reciprocidad es el fundamento de valores sociales como la justicia, la amistad y la responsabilidad.

También a este mundo pertenecía el medico griego Hipócrates –alrededor del 460 A.C– cuyo juramento profesional se ha trasmitido al resto de los médicos de todas las épocas, y fundamenta en su ejercicio ese sentido del deber, esa devoción al paciente, esa fidelidad y secreto en su dedicación, hasta el punto – afirmo yo posteriormente – que tal responsabilidad podría ampliarse a todas las profesiones y oficios, cualquiera que fuera su categoría, y del entrecruzamiento de tales responsabilidades de todos surgiría sin esfuerzo, la vigencia de los derechos de cada uno. A esta reflexión he dedicado algunas páginas (4).

Siempre recuerdo en el juramento Hipocrático aquel párrafo en el que afirma que el que solicita nuestros servicios debe ser considerado como un trasunto de nuestro yo, en esa relación yo – tú y ver en él a nosotros mismos como solicitantes de esa asistencia.

Poco más de un año más tarde de nuestro escrito sobre los Argonarios fundamos en Madrid, un grupo de amigos, la Asociación Tierra Unida – Tierra de Todos, cuyo escrito de solicitud de inscripción es de 7 de Enero de 1988 y el Ministerio del Interior la inscribe el 14 de Abril de ese año.

En los estatutos registrados, al tratar de Fines y Propósitos se señalaba que el documento fundamental de Tierra Unida Tierra de Todos es el Manifiesto de los Argonarios hacia la Comunidad de los Libres, y compartir sus ideales seria condición necesaria para la incorporación del nuevo socio.

En concordancia con este Manifiesto, Tierra Unida – Tierra de Todos tiene como fines, entre ellos:

6) Impulsar el sentido generalizado de responsabilidad ciudadana, por el que todos deben asumir en algún momento una función de responsabilidad social, entendida como un servicio comunal de dirigir y/o cooperar de acuerdo con sus capacidades y actitudes. Y por ello fomentar una ética social de participación comunal y apoyo mutuo.

7) Promover el conocimiento entre los pueblos y rechazar el carácter inevitable de la confrontación y el aniquilamiento. El enriquecimiento colectivo de nuestras personalidades diferenciadas se verá estimulado en la confluencia de valores diversos de pueblos y culturas, en las simbiosis entre ellos en vez del dominio de unos sobre otros.

8) Perseguir la convergencia universal para la paz, la libertad y el respeto a la dignidad de la persona. Y para ello:

a)      Defender el uso común y universal de tantos bienes que solo deben ser de la Humanidad, y al servicio de los más necesitados.

b)      Considerar que son perseguibles universalmente las medidas y actos que degradan a las personas, las privan arbitrariamente de sus derechos e impiden ejercer sus libertades.

c)      Presionar para reducir los medios de destrucción – en un horizonte de su desaparición total – y para que el enorme excedente económico de recursos que generaría tenga un uso de equidad planetaria para reequilibrar las posibilidades de los individuos, grupos y pueblos más desfavorecidos, dotándolos de los medios y equipos necesarios.

Entre los fundadores de Tierra Unida – Tierra de todos, algunos han fallecido pero los que hemos sobrevivido nos mantenemos fieles a su espíritu y a sus ideales (5).

En la búsqueda permanente de esos apoyos para la construcción del ideal de la paz al año siguiente, en 1990, nuestro amigo Dominique Temple, nos advirtió que había escrito una Carta a Gorvachov a partir de considerar que su Perestroika no solo respondía a esa ilusionada recuperación de la democracia y la libertad de expresión en su Rusia, sino que entroncaba con el valor de la reciprocidad en la economía y la búsqueda de la paz en el plano internacional.

Eso nos llevó a elaborar un número de nuestra revista, el número 19-20, de primavera de 1990, dedicado a ese análisis de la Perestroika y de la trasparencia reflejada en la Glásnost. En el A modo de presentación de ese número publiqué el artículo “De la reestructuración al renacimiento. Reflexiones en torno a la Perestroika”. Algunas frases de este libro son muy significativas: “El desarrollo de la democracia es la principal garantía de la irreversibilidad de la Perestroika. Cuanta más democracia socialista tengamos, más socialismo tendremos. Tal es nuestra inquebrantable convicción, una convicción que no nos dejara jamás”.

Sin embargo, la proyección verdaderamente planetaria del fenómeno de la Perestroika se da cuando esta implica un reajuste fundamental del orden mundial, a partir de la idea de una reciprocidad en las relaciones internacionales, la pertenencia de todos los países a un organismo económico común, y con una división internacional del trabajo más equitativa, y la consideración de la naturaleza y su salvaguardia como un objetivo común compartido al que se subordinase la economía mundial, y por último la dinámica del desarme y la reducción drástica de los armamentos que debería permitir dedicar estos enormes excedentes económicos resultantes a resolver los graves desequilibrios sociales, culturales y económicos existentes en países desarrollados y subdesarrollados. En suma, una política internacional debe basarse en un común acatamiento a valores universales compartidos, como los de la paz y la democracia.

En nuestro rastreo infatigable de cualquier señal, de cualquier signo, de cualquier acontecimiento que nos despertara una brizna de esperanza para acercarnos a esa paz armoniosa, no cejamos en el anhelo eufórico en tal búsqueda. Ello nos llevó a celebrar un seminario con el título “Cultura de paz y medidas para garantizarla”, que se celebró en la Universidad Cardenal Herrera, en su Palacio de Colomina, en Valencia, del 11 al 15 de Diciembre del año 2000. Se presentaron valiosas ponencias sobre el derecho internacional humanitario las estrategias culturales para la construcción de la paz, el arte, fundamento de la cultura de paz, las operaciones de mantenimiento de la paz, el sistema de seguridad colectiva de las Naciones Unidas, las estrategias de cooperación internacional para la cultura de paz y la paz y democracia en el sistema internacional.

Al año siguiente preparamos un libro de 318 páginas que reunía estos trabajos y me encontraba redactando el prólogo, el 11 de septiembre cuando asistimos en televisión al bombardeo y destrucción de las Torres Gemelas, en Nueva York, e incluso otro bombardeo en el Pentágono e incluso la destrucción de otro avión que por la acción de sus pasajeros no pudieron llevar los terroristas hasta la Casa Blanca.

La conmoción de este acontecimiento me llevo a cambiar el título del prólogo y parte de su contenido que titulé “La Paz, malherida entre las Torres Gemelas” e incluimos al final de este libro, junto a la declaración de Valencia para la cultura de paz que habíamos redactado al final del Seminario.

Estos hechos terribles provocaron una reacción de odio y de deseo de venganza y una espiral de iniciativas bélicas que de forma indiscriminada acusaban, no solo a los autores del atentado y sus organizaciones sino casi en general a todas las personas musulmanas del mundo. Parecía que tantas etapas y reflexiones de distintas figuras sobre esa búsqueda de paz – pienso en el proyecto de paz perpetua elaborado por Kant, en el siglo XVIII como símbolo del valor de la Ilustración - no habían servido para nada. En nuestro libro sobre la cultura de paz, publiqué un A modo de presentación titulado “La idea de la Paz en la cultura de los hombres” (6), que ahora, en este libro, mantenemos tras el prólogo.

En medio de la amargura y el pesimismo de este fatalismo de guerra y violencia, algunos acontecimientos nos hacen pensar que no todo está perdido. A la hora de ilustrar el concepto de hospitalidad en una obra mía sobre emigrantes citaba, emocionado, la cultura Pastún, esa población de casi 40 millones de habitantes que vive entre Pakistán y Afganistán para quienes es una regla de oro, la protección del que les solicita hospitalidad y se la otorgan. Se narraba, en una célebre película, la historia de un soldado norteamericano herido que solicita a una aldea Pastún que lo acojan y lo ayuden a curarse, y después de que la comunidad lo recibe, no solo se niegan a entregarlo a los Talibanes que solicitan que se lo entreguen, sino que lo defienden con las armas, por defender el derecho sagrado de proteger al huésped (7). Este valor de la hospitalidad se conecta también con el concepto de cosmopolitismo en contraste con ese aldeanismo cerrado que se niega a recibir a los de fuera. Esa apertura universal tiene una clara inspiración cristiana y humanista como destacó el filósofo y está vinculado a la ética del asilo en donde la hospitalidad es ilimitada porque de no ser así se transformaría el don en contrato. Esto afirmaba Enmanuel Levinas, el filósofo del otro, del nosotros, que vincula estrechamente la amistad, la hospitalidad y la justicia.

En la hora presente pareciera que la fiebre de la guerra se ha extendido para provocar un colapso universal. El imperativo de que la fuerza es el origen del poder nos retrotrae a un primitivismo de violencia.

No hemos desistido de ese empeño, pese a tan gigantescas dificultades, para alcanzar la armonía de la paz.

Un trabajo reciente anuncia la gravedad de ese desafío: La paz desarmada ante la nueva carrera armamentista. El autor describe como la guerra y el tráfico de armas se han convertido en uno de los negocios más lucrativos de nuestra época. De ahí que los complejos militar-industriales promueven mantener vivos esos climas de enfrentamientos y conflictos.

Por ello la doctrina clásica de la guerra justa, basada en la legitima defensa, la causa justa, la intención recta, la proporcionalidad y el último recurso - como enunció Francisco de Vitoria, en el siglo XVI, y aún antes, Santo Tomas de Aquino – podemos considerarla una falacia en la era de la destrucción total, ya que – como insiste Fernández Ruiz – la naturaleza de la guerra contemporánea, por su poder destructivo indiscriminado, ha pulverizado los cimientos éticos de dicha doctrina.

No deja de entristecernos estos renovados atentados a la paz, como si se pretendiera enterrarla para siempre.

Algún acontecimiento surge, sin embargo, que nos entreabre la esperanza. Me llega ahora, de forma inesperada, un libro de un amigo uruguayo, colaborador antiguo de nuestra revista. En la primera línea de su prólogo, leo que “en esta obra sostendremos que la empatía y la compasión nos llevan a actuar de manera altruista, esto es, pensando en el otro, sobre todo en el otro más sufriente”. Y unas líneas después recoge una cita que atribuye a Galeano: “Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas pueden cambiar el mundo” (9).

Es otra variante del concepto de ayuda mutua, presente en todas las especies y también en la humana, sobre todo en las primeras etapas de su vida. En la obra de Pablo Guerra se encuentra una resonancia cristiana y evangélica. Y es una trayectoria irrenunciable en la que podemos converger con otras religiones y otros sentimientos humanos altruistas de diferentes orígenes.

El 22 de Agosto de 1864, terminó en Ginebra una conferencia internacional en donde 12 países firmaron un documento por el que se comprometían a amparar y proteger a los soldados heridos, así como las personas y equipos dedicados a su cuidado.

A partir de este primer acuerdo se formalizaron bastantes otros para establecer límites y condiciones a las situaciones de guerra hasta crear un verdadero derecho internacional humanitario que regulara estos comportamientos y fijara límites a la violencia y la fuerza en la guerra: desde el preaviso y la declaración formal de la guerra, incluso con los respaldos de los parlamentos de los países beligerantes, la protección de la población civil que nunca podía considerarse un objetivo militar, el tratamiento digno de los prisioneros de guerra, etc., etc.

No siempre estas reglas fueron respetadas plenamente, pero eran fuente de reclamaciones y reproches que concernían a las violaciones de tales reglas, durante el trascurso de guerra.

En el conflicto entre Rusia y Ucrania, a partir de 2022, la parte rusa agresora atacó e invadió sin previo aviso ni declaración de guerra, incluso no quiso denominarla así sino con el eufemismo de “operación militar especial en Ucrania”.

Se convirtieron en objetivos reiterados y constantes las viviendas de la población civil, escuelas, mercados, hospitales, centrales eléctricas, y se cometieron asesinatos directos sobre esa población civil, en un retroceso a la barbarie y desprecio a aquellas reglas citadas, y esta práctica ha perdurado desde su inicio durante los más de 4 años de guerra.

Estamos ahora viendo en la guerra contra Irán y Líbano que tampoco ha habido aviso previo ni declaración de guerra formal por parte de Estados Unidos e Israel, y tampoco se la quiere denominar guerra. Se han producido miles de muertes de civiles y se convierten en objetivos militares las viviendas de tales civiles, escuelas y otras infraestructuras civiles de todo tipo, además de los objetivos militares.

En la Antigüedad, en la época del derrumbe del Imperio Romano, durante la llamada invasión de los Bárbaros se hizo célebre la frase “por donde pasa el caballo de Atila no crece más el pasto”. Pese al valor simbólico de aniquilación de tal frase, no deja de ser una expresión hiperbólica y limitada.

Ahora, cuando se dispone de una tecnología capaz de provocar tal destrucción gigantesca, de limites no conocidos, el presidente Donald Trump, el 7 de abril de 2026, tras unos días de inicio de aquel ataque y con tales comportamientos contrarios al derecho internacional humanitario, afirmó: “Toda una civilización morirá esta noche, para nunca más volver. No quiero que suceda, pero probablemente ocurrirá”. No se trata de una hipérbole, ni una expresión simplista, sino una posibilidad real. Una infamia moral de magnitud descomunal. La barbarie enunciada, a su máxima expresión, aunque no se aplique, de momento.

Hay que destacar también las muy graves consecuencias para la economía mundial de los bloqueos en el Golfo Pérsico y en el estrecho de Ormuz, por ambos bandos, que pudieran incrementar tales males para la mayoría de países, sino cesa pronto este conflicto bélico.

Tampoco podemos olvidar aquel proyecto y camino institucional de un tribunal de justicia internacional que persiguiera toda violación de la paz y de los derechos y que hiciera acatarlos como un mandato de equidad.

Toda la comunidad internacional debería aislar y bloquear a tales transgresores, para llevarlos hasta la justicia. Un caso paradigmático, en la coyuntura actual, es el de la República Islámica de Irán, cuyas fuerzas de seguridad han matado, en enero de 2026, a miles de ciudadanos manifestantes que reclamaban libertades para su país y mejor situación económica y política. Los tribunales del régimen de los ayatolas han condenado a morir en la horca a algunos de los manifestantes detenidos y las sentencias señalan que las ejecuciones serian en público, “para ejemplaridad”. Periodicidad frecuente de tales prácticas en los últimos años.

Toda la negrura de la violencia y del clima de guerra presente no nos puede enturbiar la esperanza de la construcción de la paz, en justicia, ni renunciar a esa trayectoria por el bien ser de la comunidad humana.

Antonio Colomer Viadel.
Valencia, Abril de 2026.

 

 

Notas

-1. Javier Cercas, “El loco de Dios en el fin del mundo”, editorial Random House, Barcelona 2025, pp. 235-236.

-2. Carl Gustav Jung, “El Libro Rojo”, editorial El Hilo de Ariadna, Buenos Aires 2010

-3. Antonio Colomer Viadel, “Los hombres verdaderos (los tojolabales) y las comunidades de reciprocidad”, RIDAA nº80, otoño 2024, pp. 9-16.

-4. Antonio Colomer Viadel, “Los deberes profesionales en el origen de una ética solidaria”, en “Comunidades y ciudades, constituciones y solidaridades”, editorial Ciudad Nueva, Buenos Aires, 2015, pp. 133-5.

-5. No quiero dejar de citar a aquellos promotores fundacionales en los que junto a mi persona -que quisieron que fuera el primer Presidente-, y nunca me han cambiado, se encontraban los citados en el artículo segundo: Antonio Colomer Viadel, Jaime Lleo de la Viña (q.e.p.d.), Manuel Luna de Toledo (q.e.p.d.), Leonora Rojas Ponce, Manuel Lizcano Pellón (q.e.p.d.), Raúl Guerra Garrido (q.e.p.d.), Carlos Villagra Ameriso, José Luis Montero de Burgos (q.e.p.d.), Gregorio Fernández Fernández, Carlos Díaz Hernández, Faustino Crespo Rodríguez, y Jesús Crespo Rodríguez.

El Primer y perpetuo tesorero Carlos Villagra ha sido el que ha mantenido la llama encendida y ha conseguido incorporar a un grupo de miembros de nuevas generaciones para que podamos decir que aún está viva y en acción nuestra veterana Asociación.

-6. Antonio Colomer Viadel (Coord.) “Cultura de Paz y medidas para garantizarla” Colección Po-Der, IBEM y Editorial Nomos, Valencia, 2001. Pp. 11-29.

Uno de los colaboradores en este libro fue el psicólogo Fernando Pardos, cuyo artículo en aquel libro quería recuperar para el actual, pero al no localizarlo, Fernando ha elaborado uno nuevo, “Cultura de paz frente a la guerra y la violencia” que junto con mi prólogo es lo más nuevo del presente libro.

-7. Antonio Colomer Viadel, “Inmigrantes y emigrantes” véase el epilogo, “el principio de hospitalidad”, editorial Ciudad Nueva, Buenos Aires, 2016, Pp. 129-144.

-8. Acaba de aparecer el articulo con este título, de José Antonio Fernández Ruiz, Revista “Acontecimiento”, número 157, pp. 34-37, 2025/4

-9. Pablo Guerra, “Homo Solidarius. El papel de la solidaridad y el altruismo en la vida social y económica”, editorial Fundación de Cultura Universitaria, Montevideo (Uruguay), 2025, pp. 11-13.






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