«Ningún miedo tengo de esos hombres que tienen por
costumbre dejar en el centro de sus ciudades un espacio vacío al que acuden
todos los días para intentar engañarse unos a otros bajo juramento». Ciro, Rey de los persas, despreciando la
democracia ateniense antes de ser derrotado por ellos.
La Acampada de
la plaza 15-M se mueve. Lo que ha sido una concentración espontanea se extiende
ahora como práctica cotidiana de discusión y debate a los espacios públicos de pueblos
y ciudades de la comunidad. Los ciudadanos (re)toman la calle.
Son muchas las
experiencias que se están llevando a cabo: hay ejemplos como el de Patraix,
donde cerca de 450 personas de todas las edades están constituyendo comisiones
de trabajo y debate, e incluso plantean quedarse a dormir en sus calles. O Paterna,
donde se han creado siete comisiones con una participación de 150 personas. O
en Aldaia y Alaquàs, que la gente entra en los plenos municipales y coordina
acciones locales.
No son sólo
jóvenes estudiantes los indignados, nunca lo fueron. Al trasladar las reuniones
a los barrios se ha visto cómo ciudadanos de todas las edades, clases y
preocupaciones confluyen en una misma reivindicación: influir en los aspectos
que afectan a sus vidas cotidianas y rechazar la obsoleta democracia
representativa que se inclina a intereses financieros. Esta reorganización
política de barrios, y de base, se enfrenta a la sutil dictadura de las masas
manipuladas por el miedo al voto (in)útil y que tanto ha transformado la
realidad que sufrimos.
Con este
movimiento no se abandona la plaza sino que se gana un terreno mucho más amplio
y sólido. Así, los barrios aparentemente distantes se unen en una red que tiene
como denominador común posibilitar el debate político y la participación
directa de sus habitantes. Lo que en un principio dio lugar a una concentración
que ayudaba a visibilizar la indignación, ahora se transforma en puntos de
acción conectados que trabajan en la realidad cotidiana de sus participantes. El hecho de disponer de un espacio cercano donde
tener la oportunidad de expresarse, opinar y decidir cómo actuar, trae al día a
día los asuntos antes trabajados en los lejanos “palacios de cristal”. Así, los
participantes en la asamblea, al intentar engañarse, tienen que argumentar y
contra argumentar, tienen que dialogar, y de este diálogo van surgiendo
consensos y de los consensos, leyes. Somos, al igual que fueron los griegos, “ciudadanos”
en la medida en que pisamos ese espacio vacío que se abre en las asambleas.
La desconexión
entre quienes toman las decisiones y los que las sufren se ha vuelto
insostenible. La “casta política” ha perdido tanta legitimidad que ahora es
necesario organizarse a partir de los nodos de base que representan los barrios.
En definitiva la descentralización no nos diluye, nos vertebra y nos expande. Su
difusión descentralizada es positiva, pues de forma simultánea los barrios,
antes des-conexos por las calles, ahora se ven unidos por la fuerza de la
palabra conservando así su fuerza inicial.
Es por ello
que invitamos, a cualquiera que lo desee, a que venga a visitarnos a las
plazas, sus plazas. El visitante observara un ambiente limpio y sano, donde
niños y mayores juegan en la ludoteca e intercambian experiencias. ¿A caso
podría ser de otra forma? Quienes habitamos en ella somos los principales
interesados en que así sea. Nuestro uso como lugar de reivindicación y
convivencia es el máximo garante del mantenimiento de su higiene. No
necesitamos intervenciones ni visitas de aquellos que tienen intención de
desinfectar lo que no está contaminado ni enfermo. No necesitamos visitas de
los limpiadores que barrieron la plaza de Barcelona utilizando más el palo que
el cepillo, gracias. Sean todos bienvenidos menos ellos.