Miércoles, 24 de Junio de 2026
<<A la búsqueda de esa hora futura en la que la libertad sea protagonismo de los ciudadanos>>
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28/06/2012

Negro sobre blanco


por Antonio Remiro Brotons


La globalización implica un mercado mundial sin barreras para los capitales, la desregulación de las actividades económicas y la privatización de bienes y servicios hasta un punto que, incluso, el mismo aire que se respira, el último y más esencial de los bienes públicos, puede acabar siendo de pago, embotellado como el agua mineral. La globalización ha hipotecado el bienestar del Estado al mercado y entregado los títulos a las grandes corporaciones financieras, a sus agentes y supervisores.
Sobre este fondo emergió hace tres años la crisis, primero financiera y luego sistémica, hasta provocar la más grave conmoción experimentada desde el crash norteamericano de 1929. Esa crisis tiene nombres y apellidos nacidos del vientre de la codicia y la especulación. Sin embargo, lejos de revisar los fundamentos del sistema para regenerarlo sobre bases más sanas, los gobernantes han asumido los presupuestos de la globalización, inyectando masas enormes de dinero público (es decir, de los contribuyentes) en los circuitos bancarios privados para su recapitalización, sin una adecuada exigencia de responsabilidades.
Esta suerte de socialización del sistema –que afecta sólo a las pérdidas- no parece producir ninguna clase de aprensiones en los predicadores y beneficiarios del más crudo e insaciable capitalismo. Si se tiene en cuenta la miseria con que se manejan los problemas del hambre, la salud, la educación o la conservación del medio ambiente a nivel mundial, la respuesta a la crisis pone de relieve quienes son los amos del mundo y quienes sus servidores. Los gobernantes parecen estar fabricando el arca de Noé que salvará a la minoría privilegiada del diluvio que acabará ahogando a las masas. La globalización está haciendo más ricos a los ricos, mendigos a los pobres y pobres a quienes no lo eran.
Hablar de una globalización democrática es una contradicción en sus términos. No son los zorros quienes cuidarán de las gallinas. Una sociedad global no puede ser democrática y una sociedad democrática no puede ser global. Se comprende, pues, que no falten los partidarios de deslizarse en el caos para desde la nada instaurar un orden que responda a objetivos hasta ahora relegados.
Bienvenidos, pues, los indignados, avanzadilla de esa multitud que reclama un nuevo orden político, económico y social, que promueve nuevas formas de gobierno y representación política, que actúa con la eficacia de un enjambre de eficaces sujetos anónimos en pos de un interés común, que se sirve de los avances tecnológicos para articular redes flexibles de resistencia antiglobalizadora, que es capaz de transformar la vieja mayoría silenciosa en un cuerpo vivo, festivo y solidario. Pero mientras se alumbra la nueva era, ¿Qué ha de hacer la multitud con el voto? ¿Entregarlo a quienes más han de esforzarse en destruirla?
                                                                                                                                              A.R.B.






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