La globalización implica un mercado mundial sin barreras para los
capitales, la desregulación de las actividades económicas y la privatización de
bienes y servicios hasta un punto que, incluso, el mismo aire que se respira,
el último y más esencial de los bienes públicos, puede acabar siendo de pago,
embotellado como el agua mineral. La globalización ha hipotecado el bienestar del Estado al mercado y
entregado los títulos a las grandes corporaciones financieras, a sus agentes y
supervisores.
Sobre este fondo emergió hace tres
años la crisis, primero financiera y luego sistémica, hasta provocar la más
grave conmoción experimentada desde el crash
norteamericano de 1929. Esa crisis tiene nombres y apellidos nacidos del
vientre de la codicia y la especulación. Sin embargo, lejos de revisar los
fundamentos del sistema para regenerarlo sobre bases más sanas, los gobernantes
han asumido los presupuestos de la globalización, inyectando masas enormes de
dinero público (es decir, de los contribuyentes) en los circuitos bancarios privados
para su recapitalización, sin una adecuada exigencia de responsabilidades.
Esta suerte de socialización del
sistema –que afecta sólo a las pérdidas- no parece producir ninguna clase de
aprensiones en los predicadores y beneficiarios del más crudo e insaciable
capitalismo. Si se tiene en cuenta la
miseria con que se manejan los problemas del hambre, la salud, la educación o
la conservación del medio ambiente a nivel mundial, la respuesta a la crisis
pone de relieve quienes son los amos del mundo y quienes sus servidores. Los
gobernantes parecen estar fabricando el arca de Noé que salvará a la minoría
privilegiada del diluvio que acabará ahogando a las masas. La globalización
está haciendo más ricos a los ricos, mendigos a los pobres y pobres a quienes no
lo eran.
Hablar de una globalización
democrática es una contradicción en sus términos. No son los zorros quienes
cuidarán de las gallinas. Una sociedad global no puede ser democrática y una
sociedad democrática no puede ser global. Se comprende, pues, que no falten los
partidarios de deslizarse en el caos para desde la nada instaurar un orden que
responda a objetivos hasta ahora relegados.
Bienvenidos, pues, los indignados, avanzadilla de esa multitud que reclama un nuevo orden
político, económico y social, que promueve nuevas formas de gobierno y
representación política, que actúa con la eficacia de un enjambre de eficaces
sujetos anónimos en pos de un interés común, que se sirve de los avances
tecnológicos para articular redes flexibles de resistencia antiglobalizadora,
que es capaz de transformar la vieja mayoría
silenciosa en un cuerpo vivo, festivo y solidario. Pero mientras se alumbra
la nueva era, ¿Qué ha de hacer la multitud
con el voto? ¿Entregarlo a quienes más han de esforzarse en destruirla?
A.R.B.