04/06/2013
Paz en Colombia
por Tomas Calvo Buezas
Millares de colombianos se lanzaron masivamente el 9 de abril a las calles, exigiendo la firma de los Acuerdos de Paz entre el Gobierno y las FARC, la guerrilla más antigua de Latinoamérica. Son más de 50 años con miles de asesinatos, secuestros, terrorismo, ocupación de tierras, narcotráfico, crímenes de niños y mujeres, de indígenas y campesinos, desplazamientos masivos forzados, con la violación constante de los derechos humanos. Ha llegado el momento de terminar con esa vergüenza del siglo XXI y gritar todos por la paz. Ese clamor debe pregonarse también en Extremadura y en todos los rincones, donde haya ciudadanos del mundo que luchan por la justicia y por los derechos humanos. Y ésa condena de la lucha armada tienen mayor obligación de hacerla aquellos de dentro y fuera de Colombia, que contribuyeron , impulsaron, admiraron o fueron comprensivos con la lucha armada. Y aquí entra mi personal y grave responsabilidad, aunque sea un granito de arena, por mi comprensión de la guerrilla y admiración por los curas guerrilleros, como el colombiano Camilo Torres y los zaragozanos José Antonio Jiménez, Manuel Pérez y Domingo Laín, a quienes conocí y aprecié.
¿Cómo unos curas tomaron las armas en nombre de su compromiso cristiano sacerdotal? ¿Y qué hacía un tornavaqueño en Colombia en esos años (1963-1966)? Ordenado sacerdote en Plasencia en 1959, ejercí cuatro años en Trujillo con los ideales evangélicos de justicia social y de la lucha obrera de la JOC en un clima de acoso franquista, embarcándome hacia América en 1963 con 27 años. Fui Profesor en el Seminario de Vocaciones Adultas, el más numeroso del mundo, en la Ceja, Medellín, teniendo como alumnos a Ernesto Cardenal, luego Ministro de Cultura en Nicaragua y al Ex diputado antioqueño Bernardo López, asesinado más tarde por los paramilitares. También llegó a Colombia en 1964 mis amigos Agustín de Pasarón y el jaraízeño Cirujano, masacrado por la guerrilla en 1993. La Conferencia Episcopal nos expulsó del Seminario en 1966 a la mayoría de los profesores por nuestro apoyo al Movimiento de Camilo, según el publicado Manifiesto de los seminaristas, que dice así de mi persona “nos mostró con su sinceridad de vida el amor a los pobres hasta el extremo y el no comprometernos con las estructuras oligárquicas”. Refiero con rubor estas insignificantes anécdotas para comprender mejor el clima del aggiornamento conciliar y de la revolución de mayo 65, en que todas las utopías nos parecían posibles y los jóvenes de las más distintas ideologías, como cristianos y comunistas, soñábamos unidos y comprometidos por unas sociedades más justas e igualitarias en un mundo ancho y ajeno. Más de un centenar de curas jóvenes, varios de Extremadura, marchamos a América, comprometidos con las clases populares, optando algunos pocos por la guerrilla.
¿Cómo fue posible esa decisión, para unos martiria, para otros asesina? Éramos bastantes los convencidos de que los “signos de los tiempos” en América Latina era revolucionar las estructuras oligárquicas explotadoras de campesinos, debiendo los cristianos tomar la opción evangélica por los pobres, incluso en contra de la jerarquía aliada con los poderosos. El debate pastoral y la gran división interna se producía a la hora de elegir el instrumento ético en esa lucha contra las injusticias: algunos pocos creían y decidieron incorporarse a la guerrilla, porque estimaban que era el único medio eficaz de construir una sociedad justa; otros, la gran mayoría, rechazábamos la lucha armada, optando por la denuncia profética, tipo Monseñor Romero y jesuitas de el Salvador de años más tarde. Pero nosotros admirábamos a nuestros valientes compañeros que dieron sus vidas generosamente, y con ello comprendíamos y de hecho legitimábamos la guerrilla, como un instrumento pasajero. Yo mismo dediqué mis primeros libros universitarios a Laín y a Camilo , con quien conversé en la Universidad de Lima en junio de 1965, meses antes de marcharse a la guerrilla, donde según una hipótesis fundada fue eliminado por el mando guerrillero en un combate-trampa, por resultar imposible su “re-educación ética” en la lucha criminal. Con Domingo Laín conversé en Madrid en 1969, tras su expulsión y acoso policial en Colombia, comunicándonos a los amigos su decisión de incorporarse a la guerrilla, siendo acribillado en 1974 a los 31 años. El cura Pérez llegaría a comandante del ELN, muriendo de cáncer a los 55 años. Vuestros ideales de justicia fueron nobles, pero el medio de la violencia armada fue nefasto y criminal. Os equivocasteis y nos equivocamos quienes fuimos comprensivos con vosotros y con la guerrilla. Ha llegado el momento de abandonar las armas y construir democráticamente entre todos la Paz, obra de la Justicia, en un gran país como es Colombia.