Roberto Fermín Bertossi
Experto de la CoNEAU
ARGENTINA
Ante las reiteradas “fugas éticas” y holgazanería de mucha oposición (así no representa a nadie ni justifica nada), ante una Diputada de la Nación que en “un enorme elogio de la parresia” no sabe qué votó cuando recientemente aprobó nada menos que la unificación de los Códigos civil y comercial de la Nación –algo que aún nadie impugnó- bueno, ante semejante crisis representativa, republicana y federal, debemos preguntarnos ¿dónde está la ética cívica y republicana?
Una democracia en tanto forma
política de organizar racional e inclusivamente toda convivencia humana, debe
asegurar el reconocimiento y ejercicio de los derechos fundamentales del
hombre, el bien común como fin y límite del Estado, los principios constitucionales,
la plena vigencia de los derechos humanos cuanto de la ética cívica y
republicana.
Bajo estas premisas innegociables, ya
no habrá espacio para renovadas osadías y temeridades en cuanto convertir al
ciudadano reflexivo en elemento de una masa sugestionable mediante las más
increíbles ofertas preelectorales que proclaman y garantizar la efectividad de
todos los derechos, principios y garantías pero que final y recurrentemente
agonizan cual arengas de fuegos de artificio que se desvanecen en el aire
deslumbrando con la belleza de su estallido cuando se agotan al instante.
La educación para la ciudadanía en el
sentido de una conciencia cívica no sólo de los derechos sino de los deberes,
del compromiso con la comunidad a la que se pertenece y de una radical igualdad
de todos sus miembros así como de la justicia irrenunciable que es debida a
cada uno de ellos, es una formación fundamental que implica el reconocimiento
también de los medios de defensa y protección de esos derechos y de los
mecanismos de participación y control en el poder y sobre el poder, de tal
manera que nada propio de ese interés general de nuestra sociedad política lo
consideremos ajeno.
Ciertamente una sociedad civil con
una ciudadanía consciente, instruida y con voluntad participativa es mucho más
justa e igualitaria y por ende mucho más capaz de defenderse de la corrupción,
de posiciones dominantes, de los abusos de poder, de las falsedades y de los
desengaños de crónicos demagogos “siempre candidatos, siempre de campaña”.
Sin lugar a dudas tratar con una
ciudadanía formada y educada en sus derechos y en sus deberes, en sus garantías
de protección, en los procedimientos de control del poder y de participación,
es más complicado para los gobernantes que muchas veces preferirían “una
minoría de edad ciudadana” permanente que les convirtiera en tutores eternos de
tales ciudadanos incapaces.
Consecuentemente, replantear la
política, también supone dejar de quejarnos y proponernos ir rescatando “todo lo perdido y malogrado” para
lograr finalmente una democracia concreta, esto es, aquella que nos asegure
salud, nutrición, educación, vivienda digna, seguridad, transparencia, ambiente
sano y equilibrado, servicios públicos e inclusión cuantitativa/cualitativa
para un desarrollo humano creíble, palpable y duradero.
Un
primer síntoma de recuperación moral y real de nuestra democracia no
será, con ser importante, la lucha contra la corrupción y el someter la
economía en vez de a los mercados a la dignidad de las personas, sino lograr la
educación ética y cívica de todos nuestros ciudadanos como compromiso
irrenunciable para una sociedad más justa, más equitativa, más libre, más
republicana, más soberana, definitivamente.
Entonces, nos habremos reencontrado
con la vigencia de la ética cívica y republicana.