Como ya he tratado con anterioridad, el proyecto podemita original
era un proyecto caracterizado primaria y principalmente por adoptar una
estrategia populista que buscaba establecer como fractura principal
estructurante de la vida política la oposición entre una minoría privilegiada
servida por los políticos y partidos
tradicionales ( Los de arriba, los privilegiados, la casta) y el conjunto de la
población unificada y devenida pueblo por merced de la intervención de un
movimiento político popular que sigue disciplinadamente a un líder que es
hegemónico en el seno de aquel. El movimiento se alimenta de la preexistencia de
una triple crisis que le precede y de la que el propio movimiento trae causa y
es síntoma:
a)
Una crisis de representación.
Causada por el predominio de un modelo de partido “de electores”
progresivamente vaciado de contenido político diferencial y que viene a operar en
cada caso con una mixtura entre una maquinaria electoral y un conjunto de redes
clientelares dominados ambos por un reducido grupo de políticos profesionales
reclutados por cooptación, y en los que la reducción progresiva de los
“incentivos de identidad” amplia el espacio al rol de los “incentivos
selectivos”, y , como consecuencia, la reducción progresiva de los “creyentes”
en beneficio de los “oportunistas”.
b)
Una crisis económica de singular
profundidad y duración a la que se hace frente con una estrategia económica de
restricción del gasto público y devaluación interna que ocasiona un fuerte
deterioro de las condiciones y nivel de
vida de la mayoría de la población y un muy fuerte crecimiento de la desigualdad.
Estrategia que ocasiona un intenso sufrimiento social y, además, no tiene
éxito. Cuando la recuperación comienza a llegar lo hace esencialmente por la
vía de la recuperación de la demanda interna.
c)
Una crisis de estado motivada, de un
lado, por el hecho de que el estado nacional ha dejado de ser un marco político
eficiente en una economía globalizada, y del otro por la emergencia de un
secesionismo nacionalista que trae causa de las insuficiencias de la
construcción nacional.
Las tres crisis interactúan y se refuerzan entre si. Los partidos alternantes
no han sido capaces de hacer frente a la crisis de representación ( que aun hoy
siguen ignorando, cuanto menos en parte ) ni por vía de su propia auto-reforma,
ni por la vía de la reforma institucional. Carentes de una visión clara del
orden social deseable y de las políticas que a su realización pueden
contribuir, han quedado indefensos ante una estrategia económica errónea
impuesta por una UE mayoritariamente neoliberal, que se han visto obligados a
instrumentar aun en contra no sólo de los intereses de la mayoría de sus apoyos
sociales, sino de los propios de ambas organizaciones. No debe extrañar que el
agregado de los partidos del turno haya pasado en siete años del 83,81 VVE al
50,73 VVE . A ello hay que agregar que no han sabido, o querido, hacer frente a
una molesta realidad: la debilidad del Estado, de un Estado que cumple
deficientemente sus misiones esenciales ( justicia, defensa, relaciones
exteriores) ,de las que solo se salva la seguridad, y que cuenta con un sistema
de protección social por debajo de la media europea. Sistema que se ha
debilitado aun más por el impacto de la política económica, detrás del cual se
halla un problema crónico de insuficiencia fiscal , de la que nadie quiere
hablar, y que se halla en la base del doble problema del déficit público y del
crecimiento explosivo de la deuda pública.
El resultado de la combinación entre crisis de estado, de
representación y económica, y, en consecuencia, del pobre rendimiento del
sistema político ha sido, de un lado, el fracaso y debilidad crecientes del Estado, y del otro
la creación de un amplio espacio social entregado a las conductas y votos de
protesta. El auge del populismo y del nacionalismo secesionista en el caso de
Cataluña son los síntomas de esa crisis.
El proyecto podemita se inserta en ese contexto. Como es propio de
la estrategia populista lo esencial, a la hora de la praxis, no son tanto los
contenidos programáticos, cuanto la capacidad de movilización y dirección que
el movimiento y su dirección puedan obtener. Por ello no debe extrañar que los
contenidos programáticos cambien , a veces con extremada rapidez, tanto en su
contenido como en su posición en el orden de prioridades. En la estrategia
populista los contenidos políticos concretos son instrumentales y su
importancia no radica tanto en la determinación de una oferta de políticas
públicas, cuanto en su capacidad para fijar en un momento dado la divisoria
entre “los de arriba” y “el pueblo” o
“la gente”, cuya determinación, por supuesto, opera la dirigencia “popular”. No
en vano el padre de la teoría habla al respecto de los “significantes
flotantes”. Por eso el referéndum
autodeterminista puede ser hoy un punto
secundario en la agenda, mañana una línea roja innegociable y pasado mañana si
se tercia una herramienta al efecto de obtener contrapartidas por dejarlo en el
cajón.
Lo dicho no implica que el movimiento populista sea
programáticamente vacío, no lo es, ni lo puede ser so pena de inviabilidad, lo
que sí significa es que la estrategia populista no exige per se un proyecto político determinado y , por eso, la populista
no es una “estrategia socialista” de ninguna clase. No es de programas y de modelos del orden
social deseable de lo que se habla. De lo que se trata es algo distinto y
bastante más simple, de lo que se trata es del conflicto y del poder.
El discurso populista en su variante podemita es profundamente
schmittiano. Del jurista conservador alemán, de tan marcada influencia en
España, el discurso podemita toma dos cosas: de un lado el entendimiento de la
política como conflicto, del otro el decisionismo. Por lo que toca al primer
punto el discurso podemita asume expresamente la concepción conflictual de la
política. Obsérvese que ese discurso no sostiene que la política comporta
conflicto, cosa por demás evidente, aquí no se trata de sostener que en un
mundo de recursos escasos el gobernante esta obligado a priorizar, que ello
supone dar preferencia a unos intereses sociales sobre otros, y que esa
necesidad desencadenará la reacción contraria de los preteridos. Aquí de lo que
se trata es de sostener que la política es
conflicto y que, por ello, el enfrentamiento no sólo es constitutivo de
aquella, es que es su núcleo esencial. Obsérvese que una concepción de ese tipo
excluye por definición que pueda llegarse a alguna clase de solución armónica
que haga posible la conciliación , aun provisoria, de los intereses en
presencia. Por ello esta condenada a no contar ni con un modelo del orden
social deseable, ni con un horizonte utópico definido. Aquí no puede haber, y
por eso no hay, “amaneceres que cantan”. En lo que a esta cuestión afecta la
distancia entre la izquierda de tradición marxiana, socialdemócrata o
libertaria y el proyecto podemita es sideral.
Si asumimos que la política es conflicto y que no hay, ni puede
haber, horizonte utópico alguno que vaya más allá de la retórica, se debe
admitir que el objeto de la discrepancia política que desencadena el conflicto
no es otro que el poder. En el discurso subyacente al proyecto podemita la
política es lucha cuyo objeto es exclusivamente el poder. No pertenece al reino
de la casualidad la predilección paulista por “Juego de Tronos”. Es de la lucha
por el poder y la conquista del mismo de lo que se trata, y en ese escenario
las propuestas políticas concretas no son otra cosa que herramientas a usar en
esa lucha, armas para la conquista del poder. De ahí la apariencia azogada de
los posicionamientos sucesivos del partido morado, y , como consecuencia, del
éxito de la imputación marxista: “Estos son mis principios, si no le gustan
tengo otros”. En materia de programas el movimiento esta inclinado a la
variedad y la contradicción, sus propuestas , como el amor que canta el poeta,
“ son eternas mientras duran”.
El sentido de las propuestas programáticas de que el movimiento
hace gala no se halla en si mismas, se halla en su utilidad. Como la obtención
del poder exige la derrota y/o supresión de los competidores y esta, a su
vez, depende de la capacidad del
movimiento por conquistar la hegemonía ideológica y controlar u dirigir una
intensa movilización social, es de esperar que las propuestas que hace aquel
sean congruentes con tales objetivos. Obsérvese que en este punto el movimiento
es prisionero de sí mismo: si desea el éxito – y este es su razón de ser – esta
obligado a agrupar las demandas sociales más extendidas con independencia de
cual sea su coherencia y compatibilidad. El movimiento se presente como adalid
del cambio porque las demandas de cambio tienen un respaldo masivo en nuestra
sociedad y la parálisis reformadora de los dos partidos turnantes hace poco
probable ,y aun menos creíble, que cualquiera de ellos pueda abanderar el
cambio. En nuestro contexto PODEMOS esta obligado a ser un partido “del
movimiento” y no de la conservación. ¿De que movimiento? De todos. Vamos que
PODEMOS puede ser al mismo tiempo animalista y taurino, por ahora sin coste
electoral.
Si lo dicho se tiene en cuenta se entiende sin dificultad que el
discurso podemita insista una y otra vez en el discurso democrático-radical de
la recuperación de la soberanía para el pueblo, y que invoque cada dos por tres
la soberanía popular –lo que le otorga un marchamo de partido del estado
nacional y, en este sentido, nacionalista – y, al mismo tiempo asuma las reivindicaciones
étnico-nacionalistas del “ derecho a decidir” de las “nacionalidades del
Estado” , y sostenga la naturaleza “plurinacional” de éste, sin que nadie
parezca percibir que la afirmación “plurinacional” supone que no existe el
“pueblo del Estado”, sino que en este hay una pluralidad de pueblos en
asociación voluntaria – y por ello revisable- con lo que se priva de base al
discurso de la recuperación de la soberanía nacional-popular porque se niega su
presupuesto: la existencia del pueblo sujeto titular de aquella. Hecho lo cual
se afirma que el movimiento quiere el ejercicio de la autodeterminación, pero
en la correspondiente consulta pedirá el voto en contra de esa
autodeterminación.
Ahora bien, PODEMOS no ha nacido de la nada ni sus promotores y
dirigentes carecen de historia. Y eso condiciona y marca, quieran ellos o no.
El núcleo fundador y dirigente del movimiento proviene del mundillo de la
izquierda radical y su cultura política permanece marcada por ese origen. Los
autores de referencia son casi siempre integrantes de esa cultura, y su
modus operandi, y a veces hasta sus
tics, tienen esa imagen de marca. Ahora bien el proyecto populista exige por su
propia naturaleza de una fuerte transversalidad. La propuesta de creación del “pueblo” frente al establecimiento exige
la agrupación de una parte muy amplia, supermayoritaria, de la población. De
hecho la posibilidad misma de la compatibilidad problemática entre estado
constitucional y populismo pasa por un dato fundamental: que el movimiento
pueda ser supermayoritario socialmente y, por ello, vencedor sistemático en
toda contienda electoral. Veánse el chavismo, o mejor aun, el experimento
boliviano ( cuya gestión económica es razonable)
[1].
(Por cierto, lo de la plurinacionalidad podemita desprende un aroma boliviano evidente).
Mientras PODEMOS pudo presentarse como monopolista de las demandas
de cambio ese era un horizonte plausible, y por ello es fácil de explicar por que
el movimiento subió en flecha tras las europeas y por que a comienzos del
pasado año llegó a situarse en los sondeos como una fuerza emergente de
vocación mayoritaria e, incluso, como la de mayor apoyo. Desde comienzos de
2015 se registra algo que se halla entre el retroceso y el estancamiento. Así
la idea de desplazar como partido mayoritario al PSOE ( único partido turnante
que conserva alguna credibilidad como formación reformadora) en las
legislativas se ha saldado con un fracaso: El PSOE ha asumido ,siquiera
parcialmente, una agenda de cambio y ha conseguido conservar la segunda plaza y
evitar el “sorpasso”, aunque por lo
muy escaso margen. La previsión paulista según la cual el partido
socialdemócrata era el enemigo a batir porque es el obstáculo fundamental para
el éxito “popular” era correcta, pero si el mismo análisis tenía razón cuando
señalaba que las legislativas de 2015 eran un ocasión única en la que el movimiento
se jugaba el éxito o el fracaso, el diagnóstico post-electoral es claro: el
proyecto populista, en cuanto exige la primacía podemita en el bando del cambio
, esta en vías de fracaso.
Una mirada a los sondeos contiene cuanto menos una parte de la explicación:
a lo largo de 2015 PODEMOS ha perdido el monopolio del cambio, antes bien, le
ha salido un competidor nada desdeñable: Ciudadanos. La subida en flecha de la
formación liberal no se entiende en términos de apoyo “del Ibex 35”, ni del
deseo de una parte de las élites económicas de contar con un “PODEMOS de
derechas”, porque esos apoyos, caso de existir, de bien poco servirían si la formación de raíz catalana no respondiera
a las demandas de una parte sustancial de la sociedad. Si no me equivoco la diferencia
entre este proyecto liberal y el anterior ( la operación reformista de 1986) es
que el actual ha obtenido la recepción que el anterior no tuvo.
Si no me equivoco el éxito de C,s se debe a tres factores: en
primer lugar ser un partido nuevo con credibilidad para abanderar el cambio y
sustentar buena parte de las demandas de reforma – en especial de las
políticas- que la sociedad demanda; en segundo lugar ofrecer un cambio acordado, con explicita y
constante invocación a los acuerdos transversales que se hallan en la fundación
del presente régimen democrático, lo que conecta con una sociedad en la que es
muy alta la valoración positiva de la transición precisamente porque fue
pacífica y efectuada mediante el acuerdo, lo que enlaza, además, muy bien con
los segmentos centrales del electorado.; finalmente traer causa de una
formación creada para enfrentar la hegemonía étnico-nacionalista en Cataluña y
tener un planeamiento coherente del hecho nacional. El símbolo del corazón
tripartito con la senyera, la bicolor
y la europea no puede ser más gráfico. Y más útil en un país en el que
sistemáticamente la identidad nacional compartida (española/ regional) es la
más frecuentada en el territorio. En el sondeo preelectoral del CIS, la
pregunta sobre identidad nacional subjetiva muestra con meridiana claridad la
naturaleza mestiza de la mayoría aplastante de la población, cosa por demás,
que registra pocos cambios en el tiempo:
Cuadro I
Se siente
Solamente español 17,0
Mas español que regional 5,8
Igualmente español que regional 55,3
Mas regional que español 10,4
Solo regional 6,5
Ninguna 4,4
NS 0,3
NC 0,5
Y si nos vamos a la preelectoral correspondiente a las elecciones
al actual Parlament de Catalunya, las cosas se ven así:
Cuadro II
Se siente
Solamente español 5,3
Mas español que catalán 6,4
Igualmente español que catalán 42,1
Mas catalán que español 25,1
Solo catalán 21,6
Ninguna ---
NS 0,3
NC 0,8
Como se ve en ambos casos la identidad compartida forma el núcleo
central, superando en ambos casos el 70%, bien que con distribución interna
distinta. Si eso se tiene en cuenta no resulta difícil de entender que “el
procés” haya dividido tan profundamente la sociedad catalana. Y hasta que
punta la hegemonía cultural del discurso nacionalista en Cataluña tiene los
pies de barro.
La irrupción de C,s tiene unos efectos directos: de un lado
absorbe el voto de protesta del electorado moderado en general, y del de
centro-derecha en particular; del otro cierra el camino a PODEMOS en esa zona
del espectro, lo que priva al movimiento de transversalidad y le acantona en la
zona izquierda de aquel.
Al efecto los datos demoscópicos son claros:
Cuadro III
Voto directo
1 2 3 4 5 6 7 8 9 10
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Podemos
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