El pasado 7 de enero falleció en Lisboa Mário
Soares, destacado militante político, al que se considera padre de la
democracia portuguesa, que tuvo especial dedicación en luchar por la libertad y
la defensa de los derechos humanos.
En la revolución de «los claveles» de 1974,
desempeñó un relevante papel. Entre ellos llevar la voz de su partido a favor
de la creación de la figura del Defensor del Pueblo, bajo la portuguesa
denominación de Provedor de Justiça (Felipe Boa Batista en O
cidadao, o Provedor de Justiça e as entidades administrativas independentes.
Edición del Provedor de Justiça, Lisboa 2002 pp. 17 y sigs) inaugurando de ese
modo una nueva y revolucionaria concepción de la figura del Ombudsman
que tendría enorme influencia en la Constitución española de 1978 y a través de
ella, en todo el desarrollo y crecimiento de esta institución en América
Latina.
Como homenaje a su memoria, y por su decisiva
contribución de a concebir la idea de un defensor del pueblo como defensor de
los derechos humanos, el Instituto Latinoamericano del Ombudsman - Defensor del
Pueblo, se honra en recordar a este ilustre portugués, transcribiendo adjunto
el texto de su disertación inaugural del VII° Congreso de la Federación
Iberoamericana del Ombudsman (FIO) en la Asamblea de la República, en Lisboa,
el 18 de noviembre de 2002, que a pesar de los quince años transcurridos,
conserva vigencia.
Carlos Constela
Presidente del Instituto Latinoamericano del Ombudsman/Defensor
del Pueblo
DEMOCRACIA
Y DERECHOS HUMANOS EN EL SIGLO XXI
Mario Soares [1]
Texto
de la disertación pronunciada por el Dr. Mário Soares en el recinto de la
Asamblea de la República, al dejar formalmente inaugurado el VII° Congreso Anual de la Federación Iberoamericana de Ombudsman (FIO),
celebrado en la ciudad de Lisboa, Portugal, el 18 de noviembre de 2002.
Quiero comenzar por agradecer a su
excelencia, el señor Proveedor de Justiça, la honrosa invitación que me hizo
para participar en el VII° Congreso Anual de la Federación Iberoamericana de
Ombudsman (FIO), asimismo, para pronunciar unas palabras sobre el tema genérico
democracia y derechos humanos, en el siglo XXI.
Aprovecho esta feliz oportunidad
para saludar, respetuosamente, a los distinguidísimos defensores y defensoras
del pueblo aquí presentes, provenientes de toda Latinoamérica y de España, para
desearles una excelente estadía en Portugal y un fecundo trabajo reafirmando
cuánto nos honra y satisface la realización del VII° Congreso que tendrá lugar en
nuestro país, con todo el simbolismo que representa inaugurarlo en esta bella
sala de la Asamblea de la República, sede de la legítima democracia portuguesa.
Comienzo por señalar la complejidad
del tema de la democracia y también de los derechos humanos en el siglo XXI, en
el tormentoso, incierto e inseguro tiempo en que vivimos y tratándose de
Iberoamérica, subcontinente que conoce una profunda crisis, importada en gran
parte del exterior, tal vez la más seria y compleja crisis que se vive desde
las transiciones democráticas efectuadas en los años ochenta del siglo pasado,
influenciada también por el fin pacífico de las dos dictaduras ibéricas
ocurridas en la segunda mitad de la década de los años setenta.
La crisis de la democracia actual
-contra lo que pensábamos después del colapso del comunismo- cuando se
consideraba que la democracia liberal iba a ser la regla común de todos los
países del mundo, vive una situación que no escapa a ninguna sociedad
democrática de nuestro tiempo, por más consolidada que aparente ser. Donde es
claro que se hace sentir con mayor intensidad es en los países en vías de
desarrollo, estancados por las deudas externas y por los ataques especulativos
a sus monedas nacionales.
La explicación de esta crisis de la
democracia -y de una cierta minimización de la teoría y de la importancia
internacional de los derechos humanos, que tiene que ver también con la
tentativa de marginación del sistema de las Naciones Unidas- tiene varias causas.
Apuntaré algunas que me parecen importantes, en forma breve. La primera es, sin
duda, la revolución informática y la corrosión que sobre todo los medios
audiovisuales provocan en las democracias representativas clásicas, tales como
las conocimos en el siglo pasado. Concretamente, una progresiva pérdida de
importancia en los parlamentos y la dislocación en los debates centrales, de
los grandes temas políticos, que se trasladan de los parlamentos para los
medios, condicionando de esta forma las más serias decisiones de los Estados y
de los gobiernos. Ésta es una situación que contribuye a desprestigiar a la
política y a los políticos, banalizando los debates y obligándolos,
necesariamente, a descender de nivel.
Hay quien piensa que las llamadas
democracias mediáticas, al ampliar el debate político a vastas audiencias,
constituyen una forma benéfica de democratizar la política, tornándose más
efectiva en la participación de los ciudadanos. Es exacto. Sin embargo, hay que
ponderar también otros aspectos perversos que son graves: la disminución del
nivel de los debates, la confusión -hasta la náusea- que provoca la política,
cuando vista y conocida a través de los medios, apresurada y frecuentemente
deformada por la hipertrofia de cuestiones mezquinas y personales. Es una
situación que de forma manifiesta afecta el prestigio de la clase política,
invadiendo el propio derecho a la privacidad de los políticos y exponiéndolos a
una visibilidad permanente. Por no hablar de otro problema preocupante como es
la rápida concentración a la que estamos asistiendo en todas partes, de los
medios de comunicación social (diarios, periódicos, semanarios, revistas, radio
y televisión) concentrados en las manos de cada vez menos grupos -dos o tres
por país-, generalmente entrecruzados cuando no dependientes del gran poder
económico internacional. Es un fenómeno proveniente de la globalización de las
economías que –no dudo en señalar- es sobremanera peligroso y condicionante no
sólo para la libertad de prensa y de los ciudadanos sino también para el buen
funcionamiento de las democracias.
En efecto, la globalización de las
economías -a la par de la globalización de la información y del conocimiento-
es otro fenómeno inevitable de nuestro tiempo, con aspectos obviamente
positivos y otros muy negativos, que afecta considerablemente el funcionamiento
de las democracias, internacionalizándolo. Una cuestión que interesa
comprender, es que el capitalismo liberal, tal y como lo conocemos, cambia
constantemente. Se desarrolló de una fase esencialmente industrial y después,
financiera, estando hoy cada vez más proclive a convertirse en un capitalismo
especulativo, sin rostro, sin principios éticos, con tenues vinculaciones
nacionales y sin responsabilidad, sin ninguna instancia democrática.
Muchos
respetables economistas y politólogos han subrayado en los últimos años, esta gran
alteración, extremadamente nefasta para el buen funcionamiento de las
instituciones democráticas. Por medio de los fondos de pensiones y de las
acciones de las multinacionales, el llamado dinero sucio proveniente de la
droga, el comercio ilícito de las armas, de la prostitución, del tráfico ilegal
de los órganos humanos, etcétera-, se infiltra en los flujos de capital que actualmente
se mueven especulativamente, de bolsa en bolsa, por todo el mundo, a la
velocidad de la luz. Su objetivo es el lucro por el lucro, sin ninguna
obediencia a los ordenamientos jurídicos, políticos o éticos. Es lo que algunos
llaman el imperio del capital, que no se debe confundir con la superpotencia
actual dominante como son los Estados Unidos, pero que en buena parte le dio
origen. Es un monstruo que está a punto de escapar de su criador; para que se
comprenda mejor, cuando los medios de comunicación mundial difundieron el rumor
fundamentado de que las empresas financieras controladas por los grupos
terroristas, próximos a Al-Qaeda,
especularon con las acciones de las compañías ligadas al turismo, a la aviación
civil y a los seguros, vendiéndolas a la alza antes de los actos terroristas
del 11 de septiembre, volviéndolas a comprar a la baja después de los
atentados, haciendo fabulosos negocios. . . En el alto nivel, la administración
americana anunció que iniciaría una investigación rigurosa y a profundidad
sobre los llamados «paraísos fiscales» y los off shores especulativos, pero nada más se sabía. El escándalo de
las llamadas «contabilidades creativas» descubierto en multinacionales de tanta
importantes como Enron, tendría que
haber contribuido en aconsejar alguna prudencia en este tipo de
investigaciones, para que no se abriera súbitamente la caja de Pandora. . .
La
globalización, tal como la conocemos, es un fenómeno inevitable en el período
de desenvolvimiento humano y de civilización en que nos encontramos, que no
podemos eliminar e ignorar. Pero sí podemos, tal vez, imponerle reglas éticas
como lo preconizó la ex Alta Comisionada para los Derechos Humanos, Mary
Robinson. ¿Cómo? Veo solamente una manera: a través de la presión de la opinión
pública mundial, la llamada ciudadanía global, otro aspecto, éste positivo, de
la globalización- y de los medios jurídicos internacionales donde los defensores
y defensoras del pueblo tienen seguramente algo que decir, para modificar
radicalmente el comportamiento y la acción de las instituciones financieras
internacionales (el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, así como
también la Organización Mundial del Comercio), y a pronunciarse claramente y
condenar el gravísimo problema de globalización desreglada, generando un debate
en las Naciones Unidas, para lograr la imposición de reglas éticas, de acuerdo
a los principios que fundamentan la propia Carta de las Naciones Unidas.
La
globalización desreglada está por provocar un enorme deterioro en los propios
Estados Nacionales y consecuentemente en los sistemas democráticos que todavía
los conducen. En este Congreso compuesto, primordialmente, por ilustres
juristas iberoamericanos, no es conveniente dar nombres, porque surgen
seguramente en el pensamiento de todos, con una evidencia meridiana. Los
ataques especulativos dirigidos contra las monedas nacionales con el objetivo
de postrarse ante las imposiciones del imperio del capital, o sus dirigentes,
por más legítimos, independientes y honestos que sean, el problema asfixiante
de las deudas externas -y de sus respectivos intereses-, la injusta fijación de
los precios de las materias primas y de los productos agrícolas determinados de
acuerdo con los principales interesados, los países productores, la intención
de destruir el MERCOSUR sin que la Unión Europea hubiese intervenido en lo más
mínimo en su favor -como era de su interés, en particular de España y de
Portugal- son algunos ejemplos manifiestos e irrecusables de la tremenda
devastación globalizadora que están por sufrir los Estados iberoamericanos y
sus democracias.
Con
todo -nótese- la globalización desreglada no tiene que ser negativa tan sólo
para Iberoamérica. También alcanzó de forma muy negativa a África, un
continente a la deriva, y a Asia, para no hablar de Medio Oriente, donde los
peligros de un nuevo diseño de la región, especialmente de las áreas donde
tienen o pasa el petróleo -está a la vista. Y no será la «fuga para un frente»
de una guerra contra Irak que los resolverá. Muy por el contrario, las
consecuencias imprevisibles de tal acción a ocurrir, serán seguramente
terribles, para todos.
No podemos ignorar que desde antes
de los atentados del 11 de septiembre, Japón, América del Norte y la Unión
Europea (en este orden cronológico) están del brazo de una persistente recesión
económica para la cual no se ve salida a la vista. Esto podría verse agravado,
desde mi modesto punto de vista, si no se imponen reglas a la globalización y si
no son corregidos, por los grandes centros de decisión económica mundial, los
errores fatales del neoliberalismo a través de políticas económicas y sociales
de tipo neokeynesiano.
En
este contexto económico político, muy complejo, que nos recuerda a los años
treinta -aunque los paralelos históricos sean siempre peligrosos- es donde
tenemos que encarar e intentar resolver las crisis de las democracias y la
disminución que se ha sentido en el plano mundial en la defensa de los derechos
humanos. De vuelta a los medios, para dar un ejemplo de lo que pretendo decir:
hasta los atentados terroristas del 11 de septiembre, prácticamente no pasaba
un día sin que la televisión se refiriera a la situación de Chechenia y a los
graves atentados ahí cometidos por los rusos contra los derechos humanos. Con
la guerra de Afganistán -y la necesidad de recurrir al apoyo de Rusia-, se dejó
de hablar de la cuestión de los derechos humanos en Chechenia. ¿Será que sólo
se deben reclamar o respetar los derechos humanos cuando políticamente esto les
conviene, y como un arma política? Creo, por lo contrario, que los derechos
humanos son universales e indivisibles y no pueden ser abolidos, utilizando el
criterio de los pesos y de las medidas, según nos convenga políticamente o no.
La
lucha contra el terrorismo del fundamentalismo islámico -definida por la
administración americana como una prioridad absoluta y una «guerra» larga tiene,
sin embargo, características muy especiales, toda vez que ningún Estado se
asumió como «enemigo» (autor o responsable de los atentados) aunque algunos de
ellos hayan sido investidos como parte del «árbol del mal», expresión impropia,
de sentido religioso y sin un verdadero contenido en términos del derecho
internacional. Es de toda obviedad que la lucha contra el terrorismo debe ser
perseguida con la mayor determinación y energía, aunque el enemigo sea incierto
o esté escondido. Está fuera de cuestión otro procedimiento. Empero, debe ser
conducido con conocimiento efectivo, irrefutable y con mucha responsabilidad.
No puede ser conducido unilateralmente, apostando tan sólo a la fuerza militar
al margen de las Naciones Unidas y sin tener en cuenta los principios
fundamentales del derecho internacional, con la profundidad que han alcanzado
desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Si la administración de Bush pretende
tratar el asunto como una guerra, entonces deben aplicarse a los prisioneros de
Guatánamo, las convenciones de Ginebra, lo cual no ha ocurrido. Y, de cualquier
manera, como personas humanas que son, aun cuando los prisioneros sean acusados
de actos terroristas, dado que no están todavía condenados por sentencias judiciales,
debe reconocérseles aquellos derechos que tienen todos los detenidos antes de
ir a juicio, así como el nombramiento o derecho a un abogado y a la
organización de la defensa, lo que tampoco parece no haber sucedido. Son casos
que ofenden la formación de cualquier jurista, por más modesto que sea, lo cual
no puede pasar sin reparo.
Señor
Proveedor; Señores Defensores del Pueblo:
No
quiero abusar de su paciencia. Hablé, seguramente, más de lo debido en una
sesión de esta naturaleza. La verdad es que no resistí, por la alta consideración
y respeto que todos me merecen, la oportunidad de expresar ante ustedes algunas
reflexiones -y las angustias- que me suscita el tema para el que fui hoy
convocado. Soy un demócrata que vivió más de treinta años de su vida
consciente, dentro de una feroz y obsoleta dictadura; que siempre peleó por la
libertad y la defensa de los derechos humanos. Soy un abogado retirado y un militante
político que acompañó, con toda la atención, la evolución y las vicisitudes de
las democracias del mundo. Entiendo que estamos viviendo tiempos muy difíciles
y en Iberoamérica en especial. Nuestra Iberoamérica, que tanto admiro por el
genio creativo de sus pueblos, por su vasto multiculturalismo, por la admirable
explotación de sus artes, letras y ciencias, por las excepcionales
potencialidades de sus tierras y gente. La democracia es una frágil flor que
debe ser cuidada permanentemente, para que se profundice y adapte a los nuevos
tiempos. Es un sistema del buen gobierno, que reposa en la separación de los
poderes, en el respeto a la ley, no interfiriendo el accionar de la justicia,
procurando la mayor transparencia y
decencia en la administración pública, en cuidar por la transitoriedad del
poder, en el desarrollo sustentable de la economía y en el equilibro social,
obtenido de la concertación y el diálogo. Los tiempos que vivimos, de gran
desequilibrio social, en que la zanja entre pobres y ricos (personas y Estados)
se profundiza cada vez más, de gran criminalidad internacional, en que el poder
económico -sea en cualquier democracia legítima- se sobrepone al poder político
legitimado por el voto y lo condiciona; la lucha por la democracia adquiere,
necesariamente, una dimensión internacional y es indisociable la lucha por el
derecho internacional y por la paz. Los defensores del pueblo, proveedores de
justicia (como les llamamos en Portugal) como mediadores entre la sociedad y el
Estado, desempeñan un papel de la más alta importancia en la credibilidad de la
justicia, al servicio de la población y contra los abusos del poder. Por ello
se deposita tanta esperanza en la profundización de su trabajo, y en el intercambio
de experiencias que resultan de Congresos como el que se realiza en Lisboa. Por
ello, vuelvo a saludarlos, con el mayor respeto, formulando los mejores votos
por un buen trabajo.
[1] Licenciado en
Ciencias Históricas, Filosóficas y de Derecho por la Universidad de Lisboa.
Figura histórica de la oposición en las dictaduras portuguesas de Antonio
Salazar y Marcelo Caetano, y fundador del Partido Socialista de Portugal, cuya
secretaría general ejerció en varios períodos. Ha sido Primer Ministro y
Presidente de la República de Portugal (1976-1978 / 1983-1985). Considerado
como uno de los principales promotores de la adhesión de su país a la Comunidad
Económica Europea en 1985. Durante su exilio en Francia, fue profesor de las
Universidades de la Sorbona y Vincennes. Ha recibido varios reconocimientos,
entre los que destacan: el Premio Internacional de Derechos Humanos (1997), el
premio Robert Schuman (1987) y el premio Simón Bolívar (1998). Su última
responsabilidad fue presidir la Fundación Mário Soares que promueve y apoya
actividades de carácter cultural, científico y educativo sobre derechos
humanos, política y relaciones internacionales.