Miércoles, 2 de Diciembre de 2020
<<A la búsqueda de esa hora futura en la que la libertad sea protagonismo de los ciudadanos>>
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12/04/2020

La mentira en la escena pública: relaciones entre política, economía y ciencia


por José Luis López González


La creación, desde los poderes públicos, de relatos dispares sobre la trágica realidad de crisis económica, que tuvo su punto álgido con la caída de Lehman Brothers, en agosto de 2008, o la pandemia COVID-19, desatada a finales de 2019, sólo resultan explicables por el color del gobierno autonómico o estatal identificable como autor de los mismos, ha vuelto a marcar la actualidad política. Lo que se acaba de comentar, se materializa finalmente en una sucesión de narraciones de lo que sucede en el espacio público casi imposibles de contrastar por la ciudadanía.

Este predominio de la mentira, o la creación de argumentos y comunicados alejados de la realidad, bien merece una mirada crítica. El político de hoy ya no miente, sencillamente construye realidades alternativas para el consumo de una ciudadanía de baja intensidad democrática: escasamente formada e informada.

No se trata de buscar un acercamiento al “deber ser” de la democracia. El objetivo se centra, antes al contrario, en construir un análisis, abierto y en ocasiones claramente escéptico, sobre “cómo es” en este momento la “práctica de la democracia”. Más allá del diagnóstico, se trata, en realidad, de incentivar la recuperación de la condición de ciudadano partícipe y responsable, esto es, una persona que no circunscriba su “libertad” a tantas opiniones absurdas, carentes de fundamentación, y en muchos casos portadoras de noticias falsas (el lector disculpará que no quiera emplear, por respeto a mi lengua materna, la totalmente innecesaria expresión inglesa), localizadas en el entorno de la inmediatez de las redes sociales.

¿Cómo se transmite lo que sucede en el ámbito público desde el poder político? No es aventurado afirmar que, en una apreciable cantidad de situaciones, la realidad es manipulada sistemáticamente, construida y reconstruida, para que se ajuste a los intereses de cada cual. Así las cosas, la verdad se convierte en un conjunto de informaciones que resulta imposible contrastar.

Estamos en una sociedad de marcado carácter individualista. Uno de los corolarios de esa condición es que la libertad de expresión se concibe, ante todo y sobre todo, como la emisión de opiniones sobre asuntos de los que, en muchos casos, se carece del imprescindible conocimiento. Así las cosas, demasiadas veces brillan por su ausencia tanto la identidad cierta del autor como las argumentaciones, más o menos documentadas y sensatas, que en otro tiempo acompañaban, por lo común, a esas opiniones.

De este modo, y simultáneamente, la política real es dominada por la tecnocracia que  genera un pensamiento único. Tal pensamiento es el que impulsa gran parte de las decisiones públicas. Determinados hechos como, a modo de ejemplo, la reducción del gasto público, no se pueden cuestionar. O, al menos, eso se sostiene. Se precisaría, en una visión más sensata, un mayor diálogo entre la percepción tecnocrática de la realidad y la propia de la gente común que se ve afectada por esa adopción, casi robotizada, de decisiones. Hoy en día, en muchos casos, la prejubilación de un trabajador la marca un mero logaritmo, de tal suerte que los recursos humanos son cada vez más “recursos” y menos “humanos”.

La democracia es, por lo común entre nosotros, el cruce entre la complejidad derivada de opiniones diversas, no siempre suficientemente fundamentadas, y esa gestión, de dirección única y de naturaleza casi siempre económica, que es la que realmente se acaba imponiendo en la escena pública. La conexión entre política y economía se encuentra, ya desde hace mucho tiempo, en el centro del debate intelectual.

Un ejemplo reciente es el de Grecia: la histórica elección del Partido Socialista de Papandreu no evitó que este país fuera gobernado por el directorio de los países centrales del euro. De nada sirvió su programa electoral ni la libre participación del pueblo griego en las elecciones. Los líderes de Grecia, en definitiva, habían perdido la autonomía para hacer la política que les pudiera reclamar su pueblo. La crisis griega puso en primer plano el condicionamiento de la política por la economía. No ha de olvidarse que la deuda genera una espiral diabólica muy difícil de contrarrestar: a mayor deuda, mayores tipos de interés, mayor desconfianza de los mercados y, en el caso de la zona Euro, mayores presiones para el ahorro por parte de los socios de la unión monetaria europea. La gran cuestión reside en dilucidar quiénes deben financiar la salida de la crisis. Si algo genera una crisis como la de Grecia es miedo, al poner en serio peligro casi todos los logros de nuestro Estado de Bienestar.

En mi criterio, es tan cierto que democracia y capitalismo han caminado siempre de la mano cuanto que los mejores momentos de esa relación se produjeron en el último cuarto del siglo XX. El motivo es que en ese período se alcanzaron las mayores dosis de equilibrio entre forma de Estado y modo de organizar la economía. Lo que sucede ahora no es otra cosa, a mi modo de ver, que lo contrario. Una sucesión de ataques del estricto neocapitalismo en el que estamos instalados cuyo destinatario es la democracia. Un neocapitalismo que se encuentra realimentado ahora por los efectos del COVID-19 con los mismos síntomas que en la recesión de 2008: crisis económica, destrucción progresiva de las clases medias, grave deterioro del tejido productivo, caída alarmante del consumo y miedo generalizado en la sociedad.

 

En este contexto, se va imponiendo progresivamente una suerte de pensamiento único materializado en una posición que tiende a la conservación de lo que ya tenemos más que tratar de proyectarnos hacia mayores cotas de progreso. Se va perdiendo la ilusión y la iniciativa por la consecución de una sociedad de mayor desarrollo y se acepta incluso que el futuro será peor que el presente. Así las cosas, las posiciones conservadoras tratan de combatir los miedos “en y desde” el interior de las fronteras de los Estados.

Desafíos globales, como el cambio climático, requieren, sin embargo, una más decidida y eficaz cooperación trasnacional. Si bien lo más probable es que a medio plazo  el Estado siga siendo el protagonista principal de este tipo de acciones, es imprescindible que sea capaz de asumir e interiorizar esta otra acción exterior cooperativa imprescindible en mundo definido por la interdependencia.

Estas deformaciones de la realidad afectan, como se ha señalado, a la economía, pero también a la ciencia. En ocasiones, las conclusiones de los científicos, algunos de ellos profesores de universidad reiteradamente premiados, también se ven condicionadas. Sólo así, puede hallar una explicación causal la rectificación de algún científico galardonado al que le ha delatado el enemigo común de las personas con repercusión pública que tratan, o se ven obligados a, tergiversar la realidad: la hemeroteca. En tales situaciones, bien puede decirse que el científico propone y el político, como portavoz de los poderes fácticos, dispone. A nadie le puede escandalizar que hablemos de casos de auténtica manipulación de la ciencia a manos de inconfesados intereses. Si la investigación con financiación pública es cada vez más débil, la privada, como el escorpión que siempre pica, se suele poner al servicio del beneficio empresarial privilegiado, tanto en la norma como en su aplicación, a manos de políticos sin escrúpulos.

Siempre ponemos el foco en las maldades de los poderes económicos, pero nuestros representantes políticos no le andan a la zaga. Llama la atención que en España dos expresidentes del Gobierno hayan tomado asiento en los consejos de administración de las dos más grandes compañías eléctricas, entre otros muchos casos, menos conocidos, de las denominadas “puertas giratorias”. A lo anterior, han de añadirse manifestaciones el deterioro ético en la actividad política, como sucede en los casos de transfuguismo y “chaqueterismo”. En realidad, el problema radica en que no existe una nítida frontera que separe el “interés general” del “interés del político y de su partido”.

Tal conflicto de intereses se resuelve, con demasiada frecuencia, en favor del rédito electoral y del interés de partido. En definitiva, al político le cuesta encontrar, al menos, espacios de intersección entre el interés general y el interés del partido que apoya al gobierno.

Con todo, se trata ahora de poner también de relieve el condicionamiento del científico por el político y de éste por el poder fáctico. Y todo ello con el efecto de la propiedad transitiva de la teoría matemática de conjuntos que, en este caso, relaciona al tercero (poder fáctico) con el primero (el científico riguroso e independiente) cuyo trabajo vocacional y esforzado se destruye sin escrúpulos gracias a la “inestimable intermediación” (nótese la ironía) del político.

La historia contemporánea muestra un sistema de partidos en nuestro entorno político cuya existencia y sostenimiento sólo se justifica desde los objetivos relacionados con la democracia: la convivencia en libertad y el bienestar de la ciudadanía.

Si aceptamos el anuncio bíblico de que “la verdad nos hará libres”, se concluirá que merece la pena hacer un esfuerzo por recuperar la esencia de los partidos políticos, en clave de ética (más allá de cualquier formalismo normativo), transparencia y democracia. A ello habría que sumar una ciudadanía verdaderamente exigente (con resultados visibles, como ha sucedido en nuestro país con la ruptura del bipartidismo en las urnas) y formada en valores cívicos y cultura constitucional (la asignatura pendiente de nuestro sistema educativo que nos haga comprender que vivir en democracia conlleva elementales obligaciones como permanecer informados o participar responsablemente en la vida pública). El producto de dicha suma, me parece, podría permitirnos recuperar la confianza en nuestros representantes y, a través de ella, en la propia democracia.

Finalmente, y en lo que a la ciencia se refiere, una sociedad desarrollada está obligada a formar y respaldar, moral y económicamente, a científicos que merezcan ese nombre y, en general, intelectuales independientes, honestos y de reconocida competencia, como los que colaboran habitualmente en este excelente periódico digital que es La Hora de Mañana.

 

 






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