Lunes, 18 de Octubre de 2021
<<A la búsqueda de esa hora futura en la que la libertad sea protagonismo de los ciudadanos>>
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06/09/2021

Regresar a los fundamentos (2ª parte)


por Jorge A. Núñez Hernández


El autor, es miembro del Instituto Jacques Maritain de Cuba. Actualmente

reside en Pinar del Río, República de Cuba-Desde el personalismo cristiano, contribuye de manera permanente y esforzada, para el triunfo de la libertad en uno de los últimos reductos del marxismo-leninismo en el mundo.

 

Revolución y CDR versus privacidad.

 

En septiembre de 1960, Fidel Castro crea los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), con el pretexto de proteger a la naciente revolución de las agresiones del imperialismo yanqui. Las palaras de la inauguración son muy significativas:

 

“Vamos a implantar, frente a las campañas de agresiones del imperialismo, un sistema de vigilancia colectiva revolucionaria, que todo el mundo sepa quién vive en la manzana, qué hace el que vive en la manzana y qué relaciones tuvo con la tiranía; y a qué se dedica; con quién se junta; en qué actividades anda.”

 

Las agresiones supuestamente son del imperialismo, pero es el pueblo el que debe ser vigilado. Castro trata de convertir un vicio humano, una vulgar y mezquina deformación del carácter, en una virtud cívica, por obra y gracia de la taumaturgia revolucionaria. Se naturaliza, estimula, e institucionaliza la insana costumbre de fisgonear, de meterse en la vida del otro, de violentar algo tan precioso como la privacidad, a tal punto que se construye una inmensa estructura extendida por todo el país, alrededor de ese principio. En seis décadas los CDR se han visto implicados en todas las “tareas de choque” de la revolución, desde organizar actos de repudio hasta repartir teléfonos y televisores. Se han tratado de modernizar usando la jerga comunitaria y familiar. Sin embargo, a pesar de los matices, la función primigenia de vigilancia y control ha permanecido inalterable. Más que promover la cohesión social, han sido decisivos para fragmentar el país.

 

¿Estaría justificado crear algo así, en un ambiente de supuesto enfrentamiento con un país mucho más grande y poderoso? En realidad no existe justificación posible, ni el bien común recibe ningún beneficio si se relativiza la protección de la privacidad. La historia ha demostrado que cuando los pueblos renuncian a un derecho por recibir supuestamente un beneficio mayor, terminan perdiendo todos los derechos, hasta los más elementales. Una  política auténticamente humanista se funda en el reconocimiento y la promoción de la dignidad propia de cada persona. En la medida en que ésta es mal comprendida, negada o ignorada, se afecta el ejercicio de todos los derechos a nivel conceptual, político y social. Si por mandato del Estado el mismo pueblo debe asumir la función de la policía, se genera toda una cultura política de negación de valores fundamentales, al tiempo que se estimula la desconfianza, la división y el enfrentamiento entre los hijos de una misma nación. El tirano en ciernes tampoco hizo algo circunstancial,  más bien inauguró una práctica que sería una constante en la historia de la revolución. La vigilancia, la intromisión y la delación permearían a la sociedad cubana a todos los niveles, encarnándose en todas sus estructuras y en el modo de definir y hacer política.

 

Los CDR fueron creados antes de la proclamación del comunismo por parte de los líderes del proceso revolucionario, pero en esta ideología se encontró la justificación teórica para extender y afianzar las prácticas de control, generando una atmósfera  orweliana que ha provocado un daño extraordinario, tanto en la vida cotidiana como en la subjetividad de toda la nación. En una sociedad que tiende a la masificación por todas las formas posibles, la riqueza de la individualidad no es suficientemente valorada, y hasta puede convertirse en un estorbo. El marxismo, heredero directo de Hegel, tiene una antropología pobre. Se concentra en explicar más la historia y sus grandes movimientos, que al misterio de la persona humana. El hombre sería apenas una partícula instrumental en función de cambios que superan su importancia.

 

Al Estado no debería importarle con qué personas me relaciono ni en qué actividades ando, a no ser que yo represente una verdadera amenaza para la convivencia social. La función principal del Estado no es controlar ni vigilar al pueblo, sino servir al bien común en un clima de legalidad, institucionalidad y respeto. La privacidad involucra una parte de mí a la que tienen acceso quienes yo desee, implica todo un universo interior donde se desarrolla la individualidad. Cuando un paparazzi persigue a un artista viola su privacidad con el pretexto de que el público tiene derecho a la información, y es algo lamentable. Pero es particularmente peligroso cuando la violación de la privacidad se convierte en una práctica constante del poder político. La dignidad, la privacidad y el respeto a los derechos humanos son realidades profundamente unidas. 

 

Nuestro país necesita desarrollar toda una cultura de respeto a la privacidad. Las estructuras y los conceptos políticos que no afirmen, promuevan y defiendan la privacidad, deben ser removidos de la sociedad cubana. No es posible realizar el deseo martiano del culto a la dignidad plena del hombre sin la protección de la privacidad.






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